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Vol. 143 - Número 11 - Agosto 2022 (en Castellano) |
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La batalla de la Teosofía PEDRO OLIVEIRA
No es raro encontrar miembros de la Sociedad Teosófica (ST), o incluso recién llegados, que dicen que cuando entraron en contacto por primera vez con las enseñanzas de la Teosofía, tuvieron la impresión de que las conocían antes de venir a la Sociedad. Platón propugnaba que conocer es recordar, implicando que el alma en nosotros, la conciencia superior, tiene conocimiento de aquellas cosas que vale la pena conocer. El contacto con la literatura teosófica expande la mente, inspira el corazón y le da al estudiante un sentido de percepción lógica sobre la vida y sus procesos. Varios autores, analizando los diversos aspectos de las enseñanzas, presentan su comprensión única de ellas y contribuyen a mostrar que una sola presentación nunca puede agotar el tema. Así, gradualmente, la Teosofía asume una posición clave en nuestra visión del mundo y en ella encontramos respuestas a muchas preguntas. Sin embargo, el conocimiento de la Teosofía viene con una prueba: ¿seguirá siendo una “sabiduría” teórica, por muy inspiradora que sea, o puede transformar nuestras vidas por completo? Leer muchos libros puede darnos la impresión, disfrazada de certeza, de que sabemos lo que es la Teosofía. Pero la diferencia entre esa idea y su realización se llama vida cotidiana. T.S. Eliot, en su poema Los Hombres Huecos, escribió:
La sombra es el yo en nosotros. Es entonces cuando comienza la batalla de la Teosofía. Para que la Teosofía llegue al centro mismo de nuestra conciencia y provoque en ella una transformación completa e irreversible, tiene que abrirse camino a través de capas sobre capas de la estructura llamada “yo”. Y no son solo las enseñanzas más profundas de la Teosofía las que apuntan a esta batalla arquetípica, muchas otras tradiciones también lo hacen como la Vedanta, el gnosticismo antiguo, a diferencia de la parodia que lleva su nombre hoy, el sufismo, el Evangelio de Tomás, la tradición budista zen, las enseñanzas budistas, el misticismo, así como la poesía clásica y contemporánea, entre otras. Todas ellos denuncian el "yo" como el mayor impedimento para el descubrimiento de la naturaleza indivisa de toda vida y conciencia. Para la Vedanta, el yo es solo una idea, sin fundamento verdadero en la realidad. Está construido por ahamkâra, la facultad de construir el "yo" envuelta en la actividad misma de la mente. Cada uno de nuestros pensamientos, acciones y respuestas emocionales tiende a construir y fortalecer el sentido del yo. Esa facultad nos ha convencido con éxito de que somos el yo y crea una zona de exclusión a su alrededor, para que nada pueda desafiarlo. Para Buda, el yo era una estructura, creada por Mâra, el poderoso demonio de la dualidad y la separatividad. La estructura del yo está cimentada por trishna, la sed de más experiencias, que ve la vida como un mostrador de adquisiciones, con muchas cosas que conseguir y poseer. Tal deseo domina la mente por completo, moviéndose entre los polos opuestos del “yo quiero” y el “yo no quiero”, siendo este último también una forma de deseo. Según el budismo y otras tradiciones, esta sed es insaciable aunque dura cientos de encarnaciones. Para Meister Eckhart, el yo es lo que impide que tenga lugar el nacimiento místico dentro de nuestras almas. El pasaje del Evangelio “No había sitio en la posada”, según Eckhart, es la representación metafórica de una mente tan abarrotada con imágenes, conceptos, obstinaciones, memoria, que no puede brindar ese espacio tranquilo, humilde y apacible para que nazca en nosotros esa conciencia que ha sido descrita como “la fuente de la Compasión”. Uno de los aspectos intrínsecos del yo es estar vivo para las cosas sensoriales pero muerto para las realidades espirituales. Esto es lo que dice el Evangelio de Tomás (113): Sus discípulos le dijeron: “¿Cuándo vendrá el reino?” Jesús dijo: “No vendrá por esperarlo. No será cuestión de decir 'aquí está' o 'ahí está'. Más bien, el reino del padre se extiende sobre la Tierra y los hombres no lo ven.” La actividad egocéntrica nos ciega ante la belleza inimaginable de la Tierra y la existencia. Thomas Traherne compartió algo de esta percepción que cambia la vida, cuando escribió: “Nunca disfrutas del mundo correctamente, hasta que el mismo mar fluye por tus venas, hasta que te vistes con los cielos y te coronas con las estrellas…” Las enseñanzas teosóficas también señalan la naturaleza insidiosa del yo. La regla 4 de Luz en el Sendero compara el yo con una maleza gigante: “… es una planta que vive y se desarrolla a través de las edades. Florece cuando el hombre ha acumulado en sí mismo existencias innumerables”. Y añade: “No vivas ni en lo presente ni en lo futuro, sino en lo Eterno. Allí no puede florecer esta maleza gigantesca; esta mancha de la existencia la borra la atmósfera misma del pensamiento eterno”. Lo que llamamos el “presente” es muy a menudo el pasado que nos habla a través de nuestras mentes personales. ¿Cuáles son entonces los obstáculos que la Teosofía tiene que enfrentar en su viaje hacia el centro de nuestra conciencia? Aquí debemos recordar que todos ellos son aspectos del yo personal, nuestra propia creación a través de numerosas encarnaciones. Uno de estos obstáculos es el condicionamiento que se manifiesta como la incapacidad para considerar nuevas ideas. Es como establecer un fondo desde el cual la mente se ve a sí misma y al mundo. Tal visión está destinada a ser obsoleta y no dinámica y no está sincronizada con el movimiento de la vida y la conciencia. Es evidente que a la Teosofía le resulta difícil penetrar esta barrera de condicionamiento. Otro obstáculo en el sendero de la Teosofía hacia las profundidades de la conciencia humana es la reacción. La mayoría de las reacciones son no-racionales. La sospecha es una forma de reacción. Se nos presenta a alguien que no conocemos y se establece el sutil movimiento de reacción: “¿Quién es esta persona? ¿Qué quieren él o ella? ¿Se puede confiar en ellos? ¿Se aprovecharán de mí?” Había un miembro en Sydney hace algunos años que era un hombre amable, afectuoso y colaborador. Una vez me dijo: “Me gusta la Teosofía pero no puedo aceptar sus enseñanzas sobre la reencarnación”. Probablemente su formación católica hizo imposible considerar este aspecto de la Teosofía. Afortunadamente, sabía que la Sociedad no imponía ninguna enseñanza a sus miembros o simpatizantes. Sin embargo, ni siquiera podía considerar que la reencarnación fuera una posibilidad que podría explicar, quizás, los misterios de la evolución humana. La vanidad es, quizás, uno de los obstáculos más fuertes que enfrenta la Teosofía cuando intenta acercarse a las profundidades del corazón humano. Proviene de lo que el idioma sánscrito llama svârtha, “interés propio”, atribuyéndose un valor excesivo a uno mismo. Como lo describió Madame Blavatsky, la mente personal está llena de deseos, que se magnifican constantemente por su actividad egocéntrica. Ella lo llamó kâma-manas, “la mente deseo” y cada una de sus actividades es una proyección de su deseo central: ser un yo separado. Sería muy difícil para la Teosofía penetrar esta fortaleza creada por el ego. Finalmente, otro obstáculo en el camino de la Teosofía para entrar en el corazón humano es la falta de atención. Con tantos deseos, imágenes, recuerdos, comparaciones, custodiando la fortaleza del yo, nuestras mentes tienden a ser gobernadas por la desatención. La esencia de la falta de atención es ser incapaz de ver la totalidad de la vida en el momento presente. Los contenidos egocéntricos de la mente crean una pantalla confusa y ruidosa que la distrae de la vida que se desenvuelve siempre en el momento presente. Por lo tanto, tal pantalla es una negación de la compasión. El significado del nombre Kwan-Yin, la Diosa de la Misericordia y la Compasión, es “que ella escucha los gritos del mundo”. Cuando miramos el sufrimiento del mundo, que nunca termina, miramos a través de la pantalla ruidosa de nuestro arraigado egocentrismo. Cuando Kwan-Yin mira el mismo sufrimiento, lo hace desde una condición de vacío absoluto y su respuesta es una compasión sin límites. A pesar de todos los obstáculos, una vez que el estudiante persevera en la indagación de qué es la Teosofía y reflexiona sobre pasajes de profundo significado, puede comenzar a ocurrir un cambio trascendental. Uno de esos pasajes viene, de nuevo, de Luz en el Sendero: “Trabajar para uno mismo es trabajar para la decepción”. En palabras extraordinarias y sencillas, ese pequeño libro hace eco de una verdad eterna: nada puede satisfacer realmente al yo y sus estructuras placenteras. La búsqueda en la que se involucra el egoísmo nunca termina y tal búsqueda es en realidad el arquitecto del sufrimiento. Es una red de aislamiento de la totalidad de la vida. Otro pasaje que puede llevar a un cambio profundo en nuestra percepción, si reflexionamos sobre su significado e implicaciones es este: “El servicio es el gran iluminador. Cuanto más servimos, más sabios nos volvemos, porque no aprendemos sabiduría estudiando sino viviendo”. (La vida teosófica de Annie Besant). El servicio desinteresado puede erosionar la fortaleza del egocentrismo y revelar la verdad de que ninguno de nosotros vive para sí mismo. Construye un conducto puro a través del cual los dones del Espíritu increado pueden inundar el corazón y la mente humanos y recrear a una persona como una fuerza benéfica en el mundo. Gradualmente, el estudio de la Teosofía se convierte en un yoga de autotransformación, cuando se descubren nuevas profundidades y aparecen nuevos conocimientos como pequeñas epifanías que revelan el misterio siempre presente que siempre ha estado aquí con nosotros. Se descubre así que la Teosofía no es una doctrina o una enseñanza para ser memorizada, que detenta los derechos de autor de la verdad, sino una Sabiduría que emana de las profundidades mismas de la vida, una Sabiduría que se perdió en nuestro caminar guiado por el fuego fatuo del engreimiento aislacionista. La Teosofía se descubre como una Sabiduría viva, una trascendencia que ha venido a visitarnos en la quietud de un corazón simplificado por el servicio desinteresado. Se nos dice en la literatura teosófica que en esas dimensiones de la Teosofía como Sabiduría viviente, el estudiante encuentra lo sagrado, esa totalidad increada que no ha sido tocada por la mente personal y su actitud mundana hacia el misterio de la vida. Lo sagrado es “el lugar de reunión de los santos”, los seres sagrados. Cada uno de ellos no vive para sí mismo, mientras caminan por el suelo no pisado de la unidad sin principio ni fin, totalmente libres del tiempo y sus procesos, trayendo al mundo la fragancia de esa conciencia que encarna el manantial mismo de lo nuevo. Los seres sagrados viven para bendecir al mundo en su totalidad y evitar su destrucción. La Teosofía, al romper todas las barreras construidas por el egoísmo a lo largo de los siglos, llega por fin al corazón mismo del estudiante dedicado, al centro de su conciencia. Ha dejado de ser una descripción de los procesos universales y humanos, una cosmovisión inspiradora, una doctrina sagrada. Deja de ser Teosofía tal como la entendemos y se convierte en la luz pura de bondad, verdad y belleza infinitas. Y el estudiante se pierde en su campo ilimitado de la conciencia sagrada que los grandes maestros llamaron “amor”, un amor sin fin por la humanidad. La batalla ha terminado; el enemigo, el egoísmo, yace sin vida, asimilado en la gloria de la vida universal. Los que ganan se convierten en una fuerza irresistible para el bien. Se vuelven uno con el Alma que todo lo da y que animó a la Sociedad Teosófica desde sus sagrados comienzos. Y muchos en la ST han ganado esta batalla en los últimos 145 años. Se convirtieron en pilares de luz en la Sociedad y derramaron fuerza, sabiduría, paz y unidad en su vida. Ellos son nuestros grandes benefactores y mentores. La batalla está llamando. ¿Estamos preparados para ella?
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