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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 143 - Número 11 -  Agosto 2022  (en Castellano)

 
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Luz, Amor y Esperanza - I

RAGHAVAN N. IYER

El profesor Raghavan N. Iyer (10.3.1930 – 20.6.1995) se educó en Oxford y enseñó en la UC de Santa Bárbara durante 20 años. Asimismo, fue cofundador de la Logia Unida de Teósofos (LUT) en Santa Bárbara. De Hermes, Marzo 1985, Theosophy Trust books, <theosophytrust.org/RNI-article>.

 

La Luz es el primogénito y la emanación primera de lo Supremo, y la Luz es la Vida, dice el evangelista [y el kabalista]. Ambas son electricidad –el principio de vida, el Ánima Mundi– que impregna el Universo, el vivificador eléctrico de todas las cosas. La Luz es el gran Proteo mágico, y bajo la voluntad divina del Arquitecto [o más bien de los Arquitectos, los “Constructores” (llamados colectivamente Uno)], sus ondas diversas y omnipotentes dieron nacimiento a toda forma, así como a todo ser viviente. De su seno eléctrico henchido brotan la Materia y el Espíritu. En sus radiaciones yacen los principios de toda acción física y química, y de todos los fenómenos cósmicos y espirituales; ella vitaliza y desorganiza; ella da la vida y produce la muerte, y de su Punto Primordial surgieron gradualmente a la existencia las miríadas de mundos, los cuerpos celestes visibles e invisibles.

H.P. Blavatsky

La Doctrina Secreta, Tomo II, pág. 320-321

(traducción de varios miembros de la S.T.E)

 

El mantra metafísico “La luz es Vida y ambas son electricidad” invoca a una visión profunda que solo se alcanza durante los niveles más elevados de meditación. Vacíe la mente de todos los objetos y cuestiones, de todos los contrastes y contornos en un mundo de nombres, formas y colores y podrá sumergirse en la Oscuridad Divina absoluta. Una vez en este reino de puro potencial, se podría aprender el oculto nóumeno de la materia, esa substancia última o substrato primordial que es la suma de todos los objetos posibles de percepción.

Al mismo tiempo, se podría aprender que el Espíritu es la totalidad de todas las posibles expresiones, manifestaciones y radiaciones de la energía divina o Luz Una y central. En esa Oscuridad Divina, el reino del potencial ilimitado, donde ninguna cosa existe, el amor es como la Luz que se oculta en la Oscuridad. Esa Luz es el origen de todo lo que está latente, de todo lo que por siempre emergerá y persistirá, de todo lo que se apartará de la forma y, sin embargo, permanecerá como rayos inmaculados.

El reino primordial de la Luz potencial y la Vida potencial es también el reino de la energía potencial. En este reino pregenético, donde no hay manifestación, se puede aprender el potencial completo de la energía, que no produce ninguna interacción con el espíritu latente y la materia noumenal.

Esto no es electricidad en ningún sentido de manifestación, ni ninguna fuerza que pueda ser construida en términos de lenguaje ordinario o sentido común de percepción; es una corriente primordial. Incluso las concepciones abstractas de la ciencia pura no pueden alcanzar este reino, donde hay una vibración eléctrica cósmica tan fundamental y omnipresente que no puede ser localizada o caracterizada de ninguna manera particular.

Fuera de esta Oscuridad Divina –fuera de esta Luz potencial, vida potencial y energía oculta– hay un venir a la manifestación. Hay un proceso de radiación y emanación, en el que vuela una miríada de chispas. Hay una coalescencia del rayo inicial primordial de luz-energía y de la latente corriente-vida que libera pulsaciones, radiación y corrientes que fluyen en todas direcciones.

En esta etapa del cosmos incipiente, la gupta vidya afirma la presencia de grandes seres, de grandes mentes y corazones, grandes almas perfeccionadas en períodos anteriores de la evolución. Ellos permanecen despiertos durante la larga noche de la no-manifestación –aun sin tener un objeto de referencia y ninguna concepción particulares en el estado de mahâpralaya– permanecieron en un estado de vigilante, incesante y armoniosa contemplación de todo lo que era potencial.

Estos seres surgen con el florecimiento de la Luz y la Vida primordiales, la reverberación primera de la energía divina a través de la esencia vítrea del espacio. Ellos se convierten en el instrumento focalizador de lo que después será conocido como la Mente Universal o Mahat. Ellos se convierten en la lente viviente a través de la que todo lo que está latente dentro de la noche de la manifestación es removida hacia la vida activa.

Estos seres perfeccionados, que posteriormente serán mitificados en todas las religiones del mundo como los dhyânis buddhas, arcángeles, Señores de la Luz, se convierten en agentes autoconscientes para la dirección y focalización hacia un mundo emergente de particularizaciones primarias a partir de una esencia que es, en cambio, universal, puro potencial y completamente homogénea. Para meditar, podría pensarse [que estos seres] son como rayos que disparan color y emiten sonidos dentro de escalas musicales trascendentes. Se podría pensar que pertenecen a siete clases, cada una de las cuales correspondiéndose a una nota o color más sublimes. Cada uno de ellos correspondiendo a un número particular o diferente grado de diferenciación y todos ellos trabajando al unísono.

Podría imaginarse como si tuvieran sus propias notas diferenciadas, colores y números, pero también como si se unificasen y sintetizasen las múltiples potencialidades del Logos manifestado. En este anterior estado ontogenético, justo antes de la manifestación, hay un campo sutil inmenso, una energía precósmica eléctrica, que algunas veces se llama daiviprakrti: la luz noumenal del Logos.

En el mundo visible de la manifestación, los fenómenos que son identificados como electricidad y magnetismo, luz y calor, son efectos observables de esta radiación Logoica primaria.

Son gigantescos y titánicos, pero, no obstante, no son sino sombras de la materia suprasensible en movimiento en un plano noumenal, anterior al reino de los fenómenos. El estudio de la luz-energía en manifestación involucra curvas y relaciones complejas y requiere el uso de muchas categorías e instrumentos.

Este es el reino de la difracción y difusión, de la reflexión y la refracción, donde hay posibilidades complejas debidas a la interferencia y solapamiento de las ondas sobre las ondas de luz-energía. Es simultáneamente el reino de los fotones, de las partículas luz-energía viajando a una velocidad increíble, como la luz de la luna llega la Tierra en un segundo. La noción de la luz es tan compleja, aunque virtualmente instantánea, agencia que tiene un impacto en cada uno de los niveles del cosmos, agitando el corazón mucho antes de que pueda ser verdaderamente pronunciado por la mente.

El corazón entiende la significancia vital de la vida porque resuena con aquello que es primordial, omnipresente e instantáneo. Dentro del corazón de cada ser humano arde un fuego de luz-sabiduría y amor-compasión, prajñâ y mahâkaruna. Esta chispa del fuego Uno parpadea de forma irregular en el neófito al principio, pero puede ser almacenada en una llama poderosa que arde vigorosa, firme e incesantemente. En su plenitud dirige y guía a los individuos en la aplicación sabia y expansiva de la energía sin límites fluyendo desde el insondable amor-compasión y luz-sabiduría dentro del corazón espiritual. El corazón monádico de cada ser humano es exactamente un espejo del corazón del cosmos, ese henchido, eléctrico seno del que emerge la corriente dual espíritu-materia.

El Sexto Principio en el Hombre (Buddhi, el Alma Divina), si bien un mero soplo en nuestras concepciones es, sin embargo, algo material, cuando se le compara con el Espíritu Divino (Âtmâ), del cual es el mensajero o vehículo. Fohat, en su calidad de Amor Divino (Eros), el poder eléctrico de afinidad y de simpatía, se representa alegóricamente como tratando de unir el Espíritu puro, el Rayo inseparable del Uno Absoluto, con el Alma, Constituyendo los dos la Mónada en el Hombre, y en la Naturaleza el primer eslabón entre lo siempre incondicionado y lo manifestado

La Doctrina Secreta, Tomo I, pág. 169

La presencia de esta Luz, Fuego y Llama divinas dentro del corazón secreto significa que cada ser humano es capaz de ver e iluminar una esfera mucho más amplia de existencia de lo que él o ella está normalmente preparado para habitar conscientemente. De forma similar, cada ser humano tiene una capacidad mucho más rica y profunda para amar sin esfuerzo, de lo que él o ella se imagina, amor que es espontáneo y desinteresado, pidiendo nada y dispuesto a dar libremente, amablemente y con generosidad a todos.

Sin embargo, poco de ese inmenso amor y luz-energía tiene la oportunidad de surgir en un mundo de máscaras y sombras, un mundo de mentiras y miedos y soledad personal. Este es el dilema de la humanidad; pero esta misma humanidad huérfana, que ha empezado a duras penas a sacar una mínima fracción de su ilimitado potencial insondable, puede hacerlo si busca sostener una concepción de la existencia que vaya más allá de las divisiones y dicotomías habituales.

Se deben trascender las distinciones tales como la juventud y la vejez, los roles sociales y las etiquetas externas. Incluso aunque la mente se haya embotado y el corazón se haya enturbiado, se deben desaprender todos los hábitos asfixiantes y se tiene que aprender a apartar la mente y el corazón de las lealtades falsas y fugaces.

Solo así se puede restaurar la plasticidad y resiliencia de la mente y del corazón.

En varias sociedades y en épocas diferentes de la historia registrada, los buscadores han intentado superar este desafío emprendiendo una disciplina monástica sistemática. Han intentado ayudarse mutuamente, obligándose a ello mediante reglas, votos y plegarias inexorables.

A través de un repetido refuerzo de estas resoluciones fundamentales, han buscado desarrollar una vida dedicada a la regeneración espiritual. Aún a pesar de esto, una y otra vez en la historia, estas instituciones monásticas han florecido durante un tiempo, pero invariablemente han degenerado. El impulso vital se marchó de ellas y las personas quedaron atrapadas en la mera imitación, en la mímica vacía de los juegos y rituales.

La lección de este patrón repetitivo es que no hay cantidad de reglamentación externa que pueda funcionar, a menos que esté relacionado con la suficiente concentración y continua ideación a través de la meditación interna.

No se puede forzar a otro ser humano a convertirse en un hombre o mujer de la meditación. Un ser humano tiene que sostener un deseo de hacer esto, que sea lo suficientemente fuerte como para permitirle a él o a ella ver a través de la máscara de aquello que es falso e ilusorio en este mundo.

Cada ser humano debe llegar individualmente a una reflexión profunda sobre el significado de la muerte y su conexión con el momento del nacimiento. Y cada uno debe de tomar una decisión por él o ella misma que le capacite para tomar libremente esta serie de prácticas espirituales. Estos ejercicios autoelegidos, ahora y siempre, resultan ser extremadamente agotadores y solo pueden ser sostenidos por el impulso de una gran motivación.

Como todos los grandes benefactores de la humanidad han enseñado, debemos estar preparados para dejarlo todo por el beneficio de la totalidad. A menos que se libere una motivación, que es universal, enraizada en el amor por la humanidad, no se puede mantener uno sobre el camino espiritual. Resulta fatal apresurar cualquier pretensión de que se ama a toda la humanidad. En cambio, aunque lleve más tiempo, se debería permanecer una y otra vez sobre la sublime y extraordinaria naturaleza de esa motivación fundamental y que todo lo abarca, que está representada por la plegaria de Kwan-Yin y el voto del Bodhisattva. Solo a través de esa motivación, liberada de manera auténtica y mantenida intacta, puede haber un despertar de la chispa de bodhichitta.

El amor redentor de la parte por el todo florece del alma inmortal. Es inmortal en origen y es la parte individual compartida en aquello que es universal e inmortal. Detrás de todas estas modificaciones y manifestaciones de prakriti, hay purusha – el Espíritu universal, único e indivisible conocido con muchos nombres. Es indestructible, sin principio y eterno. Es en sí mismo, un reflejo prístino de la misma esencia de la Oscuridad Divina.

 La chispa o rayo de ese Espíritu dentro de cada alma humana es el poder del amor. Puede iluminar la mente y dar luz al corazón tanto tiempo como se esté listo para renunciar a todo, dispuesto a estar solo y con un solo corazón, una sola mente y un solo objetivo.

Entonces ese amor se convierte en una forma de sabiduría, un rayo de luz, reafirmándonos en la hora de necesidad y aparente oscuridad y perdición en la que hay esperanza. Le dice a uno donde ir y que hacer, advierte si se debería permanecer de pie y esperar. Da una inmensa paciencia mediante la cual se puedan reconocer esas tendencias, de manera que se libere esa energía espiritual.

Hay eso en la naturaleza inferior que quiere poseer y medir, que al mismo tiempo es insegura e inconstante, incierta de sí misma y deseosa de algo del exterior. Se debe aprender a esperar, a renunciar y degastar ese lado de uno mismo que es más débil, si se quiere liberar al más fuerte.

Mientras tanto, antes de que se sea capaz de liberar la verdadera fuerza del corazón y mientras se está todavía asido a aquello que es más débil, se puede aprender. Se pueden descubrir los patrones, las inestabilidades y vulnerabilidades de la propia naturaleza. Este proceso de diagnóstico del aprendizaje no puede, sin embargo, llevarse a la fructificación a menos que esté balanceado por una profunda adoración a aquellos dhyâni buddhas que sostienen el cosmos.

Se debe colocar la mente y el corazón deliberadamente dentro de ese campo magnético de atracción del ideal, la poderosa hueste de los dhyânis y bodhisattvas. Se puede pensar en ellos como galaxias de seres iluminados que son fuerzas cósmicas, hechos vivos en la Naturaleza invisible y al mismo tiempo, brillantes ejemplares para la humanidad en el mundo visible.  A través de oír sobre ellos y a través del estudio de los textos sagrados y de las nobles tradiciones que han preservado sus Enseñanzas, se puede comenzar a asimilar la forma de vida ejemplificada por estos seres.

Entonces se puede aprender a vivir en un estado de aprendizaje y de desapego – aprendiendo la alegría – osada y vigorosamente mientras que al mismo tiempo se deja marchar lentamente el yo furtivo, temeroso y voluble. Después de un punto, uno no puede ni tan siquiera concebir vivir de otra manera. Se encuentra una satisfacción profunda en esta forma de vivir y como resultado se es capaz de mirar al mundo no como alguien que recibe sino como alguien que da. En la soledad de la propia contemplación de uno mismo, se piensa naturalmente en los corazones hambrientos y almas abandonadas a quienes uno puede tratar de alcanzar a través de un ardiente deseo del corazón e intenso pensamiento.

(Continuará)

 

Yo no soy este cuerpo que pertenece al mundo de las sombras;

Yo no soy los deseos que llenan mi mente;

Yo no soy la mente.

Yo soy la Llama Divina dentro de mi corazón,

Eterna, inmortal, ancestral, sin principio, sin final.

 

De una invocación védica a la meditación.

 

 

 

 

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