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Vol. 143 - Número 11 - Agosto 2022 (en Castellano) |
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La Escala de Oro – II DAVID P. BRUCE David P. Bruce es Secretario Nacional de la ST en Estados Unidos y forma parte de su Junta Directiva. También es Director de Educación, supervisa el programa penitenciario y es orador, escritor y editor nacional. 6. Una fraternidad para todos Aquellos que han tenido una experiencia genuina de una percepción espiritual revelada, por breve o leve que haya sido, ahora ven el mundo a través de nuevos ojos. Un solo momento de trascendencia ha revelado una visión universal de la vida, que inspira y une, dejando una huella indeleble a su paso, incluso cuando la marea de viejos hábitos y patrones de pensamiento intentan reafirmar su influencia. El hecho de que esta visión de lo numinoso se describa como desvelada es importante. Desvelar algo indica que lo que se está revelando estuvo detrás de la cortina todo el tiempo. Simplemente desconocíamos su existencia. De manera similar, esta facultad espiritual innata -denominada buddhi en la literatura teosófica- ha estado esperando el catalizador adecuado o el conjunto de condiciones para activarla. Es posible que antes haya estado en gran parte inactiva o dormida, pero una vez que se despierta y se vuelve a la conciencia diaria, no se puede volver a dormir. Uno de los frutos de este despertar interior es el claro sentido de solidaridad que tenemos con otros miembros de la familia humana. Ya no nos sentimos tan aislados o separados de los demás. Sentimos que hay algún lazo invisible que nos une al resto de los seres humanos del planeta, aunque la mayoría de ellos son y seguirán siendo, completos extraños para nosotros, nuestros caminos nunca estén destinados a cruzarse, al menos en esta vida. Este sentido de conexión se expresa en el sexto escalón de “La Escala de Oro” como “una hermandad para todos”. También se expresa en el primer Objetivo de la Sociedad Teosófica, que habla de una “fraternidad universal de la humanidad”. Aquellos que no han experimentado un verdadero momento de trascendencia tienden a descartar el ideal de la solidaridad humana como una quimera, una noble visión de soñadores y poetas, pero que no es probable que se logre en un mundo dividido por raza y religión, lengua y cultura. Dirán que en un mundo gobernado por intereses egoístas que prosperan enfrentando a un grupo de personas contra otro para su propio beneficio egoísta, tales sueños de unidad y hermandad universal son idealistas pero poco realistas. Sin embargo, aquellos que han sido bendecidos por un momento de profunda comprensión espiritual saben que la verdadera hermandad no es una quimera; no es una utopía lejana como la concibieron escritores imaginativos. Es una realidad en la Naturaleza, pero es una de esas realidades más profundas que no son visibles al ojo profano. En otras palabras, porque no podamos verlo no significa que no esté allí. La ley de la gravedad operó mucho antes de que Newton la descubriera. Así también, la unidad de espíritu que conecta a toda la humanidad está ahí, ha estado ahí y seguirá estando ahí. Corresponde a cada persona descubrir esa realidad por sí misma. Cuando el aspirante espiritual experimenta la unidad del espíritu de primera mano, revelando a toda la humanidad como hermanos y hermanas, este momento de percepción deja una impresión vívida y duradera, cambiando fundamentalmente la forma en que se ve el mundo. Nunca más parece que la buena voluntad y la armonía universales son inalcanzables. Por supuesto, ese estado idílico no se realizará en el futuro previsible y ciertamente no existe ahora, pero la visión de la trascendencia deja un sentido innegable de que se realizará en algún momento de nuestro viaje evolutivo. Por el momento, sin embargo, todavía hay desconfianza, odio y conflicto entre las facciones de la humanidad. La naturaleza humana no cambiará de la noche a la mañana y muchos estarán de acuerdo con el arquitecto gótico Horace Walpole, quien dijo: “El mundo es una comedia para los que piensan, una tragedia para los que sienten”. Es fácil hacerse el cínico y ver solo lo peor de las personas; los que toman esta postura dicen que están siendo realistas, citando ejemplos de la historia para justificar sus puntos de vista. Dicen que la naturaleza humana está viciada por el egoísmo y la codicia, que ha sido así durante miles de años y seguirá así durante miles más. Señalan tiempos turbulentos de agitación social cuando la razón y la civilidad se desvanecen y el vacío resultante se llena con violencia y caos, como sucedió en los siglos XVIII y XX durante el Reino del Terror en Francia, la Revolución Bolchevique en Rusia y los Campos de la Muerte de Camboya. Como dijo Alexander Hamilton en Federalist Nº 16: “Una vez que se desenvaina la espada, las pasiones de los hombres no observan límites de moderación”. Al observar el absurdo del comportamiento humano a lo largo de la historia, uno no sabe si reír o llorar. El filósofo Montaigne pareció elegir lo primero cuando bromeó: “Cuando es tan común hacer el mal, es prácticamente loable hacer lo que es meramente inútil”. Los cínicos tienen razón. La naturaleza humana es ciertamente defectuosa; pero el hecho de que no puedas ver un glaciar en movimiento no significa que no haya movimiento. Una tarea difícil no es necesariamente una tarea imposible. Además, ver lo peor de las personas es un hábito, incluso una elección. ¿Por qué no ver lo bueno? Eso también puede convertirse en un hábito, si así lo elegimos. Cuando notamos lo bueno en otras personas, en lugar de sus fallas, en realidad las estamos ayudando a crecer. El reconocimiento de nuestra unidad con los demás proporciona un imperativo interno para el aspirante, uno que se establece muy claramente en La Clave de la Teosofía de H. P. Blavatsky (H.P.B.): “Solo si todos los hombres se vuelven hermanos y todas las mujeres hermanas y si practican en su vida diaria la verdadera fraternidad … se podrá alcanzar la verdadera solidaridad humana”. 7. Disposición para dar y recibir consejos e instrucción La Doctrina Secreta contiene numerosos pasajes que pueden sorprender al lector como misteriosos, abstrusos o incluso insondables. Esto es parte de su encanto. Sin embargo, este pasaje del Proemio no es uno de ellos: “Una alternancia como la del día y la noche, la vida y la muerte, el dormir y la vigilia, es un hecho tan común, tan perfectamente universal y sin excepción, que es muy fácil comprender que en él vemos una de las leyes absolutamente fundamentales del universo”. Incluso el lector casual verá que no hay nada abstruso o críptico en esa afirmación, ya que la verdad ha sido afirmada por la experiencia humana a lo largo de los siglos. Este principio de polaridad es intrínseco al séptimo peldaño de “La Escala de Oro”: una disposición para dar y recibir consejo e instrucción. Dar y recibir son parte de la vida. A lo largo de la vida de una persona, el dar y el recibir pueden alcanzar una especie de equilibrio. Es natural que un infante, un niño o un adolescente necesite alimento y techo, amor y guía y mucho más. Al llegar a la edad adulta y convertirse en un ciudadano productivo, puede tener la oportunidad de retribuir a su familia, comunidad o nación. Mucha gente hace esto libre y alegremente, algunos por un sentido de gratitud por las oportunidades que han tenido en la vida; otros por la creencia de que compartir los frutos de nuestro trabajo es simplemente lo correcto. Dar y recibir también juegan un papel en nuestra vida interior. A medida que pisamos los escalones inferiores de “La Escala de Oro”, dependemos de los ancianos sabios para recibir consejo e instrucción. A medida que subimos esa escalera, adquiriendo valiosos conocimientos y experiencia, pronto nos encontramos en una posición para ayudar a otros que están hoy donde estábamos nosotros ayer. Si bien el impulso de ayudar es loable, se necesita discreción. Esta frase de el Almanaque del pobre Richard, es tan cierta hoy como lo fue en la época de Benjamin Franklin: "Los necios son los que más necesitan consejos, pero solo los sabios son mejores gracias a ellos." Recuerdo una tarea que me dieron hace muchos años. Mi trabajo consistía en revisar un folleto agotado llamado “Los misterios de la existencia” para una nueva edición. En ese momento, tenía una opinión inflada de mis habilidades de edición. Después de pasar muchos días trabajando en el texto, le di mi borrador a un editor experimentado, esperando que respondiera con abundantes palabras de elogio. En cambio, me dieron una revisión realista: el manuscrito regresó con marcas rojas en cada página. Me sorprendió y me decepcionó, pero rápidamente dejé mis emociones a un lado y decidí usarlo como una experiencia de aprendizaje. Es posible que hayan notado que las personas generalmente están más dispuestas a dar consejos que a recibirlos. El punto es que cuando nos llega un buen consejo, es posible que primero tengamos que sacar nuestro ego del camino para beneficiarnos de él. 8. Un sentido leal del deber hacia el Instructor A lo largo de toda su vida adulta, mientras tuvo que soportar la adversidad, la mala salud y los ataques personales, Mme. Blavatsky ejemplificó de manera inquebrantable el octavo escalón de “La Escala de Oro”: un leal sentimiento del deber hacia el Maestro. La relación maestro-alumno es importante y conlleva obligaciones para ambas partes. Esto se aplica tanto en el ámbito secular como en el espiritual. Como mujer joven, el vínculo de por vida que HPB forjó con sus maestros espirituales se basó en la confianza y el respeto. Si bien reconocemos que la palabra maestro está abierta a varias interpretaciones, primero considerémosla en el sentido común de la palabra. En su comentario sobre “La Escala de Oro”, John Algeo señala el carácter jerárquico de esta relación: “Profesor y alumno están en niveles diferentes respecto al conocimiento que los une”. También señala que mientras hoy somos un estudiante, mañana podemos ser un maestro, incluso del que nos enseña ahora, pero tal vez en un campo diferente del conocimiento. La Teosofía enseña que evolucionamos a lo largo de muchas vidas. El filósofo trascendentalista Ralph Waldo Emerson usó la metáfora de una escalera para describir este proceso: “Nos despertamos y nos encontramos en una escalera; hay peldaños debajo de nosotros, que parece que hemos subido; hay peldaños arriba de nosotros, muchos, que suben y se pierden de vista”. Vemos esta lealtad al maestro en la vida de Ludwig van Beethoven, quien cuando era joven viajó a Viena para estudiar con Joseph Haydn. Beethoven ya se había establecido como un pianista virtuoso, pero ahora quería perfeccionar sus habilidades como compositor. Haydn era un prolífico compositor de sinfonías, conciertos, cuartetos de cuerda y otros géneros musicales. Según el libro de Jan Caeyers, Beethoven: Una vida, desde la muerte de Mozart, “Haydn había tomado el lugar [de Mozart] como el más influyente y moderno de todos los compositores”. Aceptó ser mentor de Beethoven tres veces por semana, un arreglo que fue extremadamente beneficioso para el crecimiento musical de Beethoven. Pero como señala Lewis Lockwood en su libro, Beethoven: la música y la vida, “En el aspecto personal, su relación parece no haber sido fácil”. Surgieron tensiones por diferencias generacionales y políticas; después de un año se separaron. “Los sentimientos de inquietud en ambos lados surgieron de diferencias artísticas innatas”, agrega Lockwood. A pesar de ello, Caeyers afirma que “desde el punto de vista musical, no hay duda de que Beethoven veneraba a Haydn como un maestro del más alto nivel”. De hecho, varias semanas antes de la muerte de Beethoven, un amigo le hizo un regalo: una litografía de la pequeña casa donde nació Haydn. Con solo unas semanas restantes de vida, dice Caeyers: “Beethoven hizo un gesto simbólico final y enmarcó la obra de arte”, superando así las diferencias personales y demostrando un sentido del deber leal a su maestro. Los estudiantes de literatura esotérica están familiarizados con el adagio: “Cuando el alumno esté listo, aparecerá el maestro”. Esta máxima venerada se ha repetido con tanta frecuencia que con el tiempo se ha convertido en un cliché, una frase familiar sin el poder de inspirar el pensamiento crítico y que generalmente se toma o rechaza al pie de la letra. Reconociendo que la naturaleza humana tiene una tendencia a fomentar el autoengaño, uno se pregunta cuántos “alumnos” hay que se contentan con esperar a un maestro mientras hacen muy poco para prepararse para esa relación. Fácilmente podemos ver cómo se requiere esfuerzo y entrenamiento para convertirse en un maestro competente, pero ¿qué pasa con el alumno? ¿Cuál es su responsabilidad? ¿No se requiere algún tipo de preparación del alumno? ¿Puedes estudiar cálculo sin haber estudiado primero geometría? ¿Álgebra sin haber dominado primero la aritmética básica? Como mínimo, ¿no le corresponde al alumno cultivar una mente abierta, libre de ideas preconcebidas y prejuicios y una mente libre de distracciones? En realidad, la relación de maestro y alumno es de dar y recibir, y se requiere preparación por ambas partes. Entonces, si hay algo de verdad en la máxima citada anteriormente, probablemente tenga muy poco que ver con esperar, pero mucho que ver con hacer: hacer lo que sea necesario para llegar a un estado de preparación y receptividad. En cuanto a los maestros, podemos tener muchos durante nuestra vida, todos los cuales contribuyen en algo a nuestro crecimiento y desarrollo general. Algunos funcionan como guías, como en el caso de un profesor de apreciación musical que introduce a los estudiantes a la música de diferentes estilos y épocas. Otros funcionan como entrenadores, ayudando a los estudiantes a aprender habilidades especializadas, como lucha libre, tiro con arco o tocar un instrumento musical. Muchos sirven como comerciantes de información, que transmiten de manera clara y organizada a quienes pueden pagarla. En todos estos casos, el maestro juega un papel valioso, ya que, como señaló el filósofo griego Plutarco, “la habilidad natural sin entrenamiento es ciega”. Sin embargo, el aprendizaje no se trata solo de acumular habilidades e información. Plutarco también dijo: “La mente no es un recipiente que pide ser llenado”. De manera similar, el filósofo francés Montaigne se lamentaba: “Trabajamos solo para llenar nuestra memoria y dejamos vacíos el entendimiento y la conciencia”. En El Profeta, Kahlil Gibran afirma: “Nadie puede revelarte nada que no sea lo que ya yace medio dormido en el amanecer de tu conocimiento”, haciéndose eco de Platón. En cuanto a los maestros de la tradición de la sabiduría, algunos sirven como guías, otros como entrenadores y otros como distribuidores de conocimientos ocultos. Todo eso está muy bien, pero quizás el mentor más valioso es aquel que ha vivido la vida y en consecuencia sirve como un auténtico ejemplo de sabiduría. 9. Una obediencia voluntaria a los mandatos de la Verdad A veces, un precepto espiritual se comprende mejor no por lo que dice, sino por lo que no dice. Este enfoque contrario a la intuición puede ser útil después de una exposición prolongada y repetida a una declaración aforística. Las palabras que alguna vez fueron inspiradoras se han vuelto demasiado familiares, se repiten mecánicamente, sin producir una mayor percepción o comprensión. Consideren, por ejemplo, el noveno escalón de “La Escala de Oro”: una obediencia voluntaria a los mandatos de la Verdad. Está la voz de la Verdad y nuestra respuesta a ella. Detengámonos en la palabra “obediencia”, que, ciertamente, puede ser problemática. Todos hemos tenido la experiencia de que se nos diga que obedezcamos a nuestros padres, a nuestros maestros, a las reglas de la sociedad, etc. Para un niño, dicha orientación es generalmente beneficiosa y necesaria. Sin embargo, como adulto, uno comienza a hacer preguntas y pensar por sí mismo, en lugar de seguir ciegamente los dictados de la autoridad, ya sea secular o religiosa. Como señaló Emerson: “La fe que se basa en la autoridad no es fe”. La capacidad de ejercer el libre pensamiento es una capacidad distintivamente humana. A la mayoría de las personas les molesta que les digan que sigan ciegamente leyes o reglamentos que consideran injustos o imprudentes. Digo “la mayoría de la gente” porque hay individuos que exhiben una aquiescencia dócil y supina a la autoridad de cualquier tipo. Immanuel Kant definió la libertad como “independencia de la voluntad obligatoria de otro”, describiéndola además como “el único derecho original innato que pertenece a cada persona en virtud de su humanidad”. No podemos subir los peldaños si permanecemos cautivos del pensamiento convencional. La obediencia mencionada en este escalón no es una conformidad a regañadientes con la autoridad externa, sino una alineación voluntaria con la Verdad revelada por una percepción espiritual desvelada. **Una vez más, vale la pena volver a Beethoven. En Beethoven: Su desarrollo espiritual de J. W. N. Sullivan, el autor explica: “Para el desarrollo de una personalidad es necesaria una vida interior rica y profunda y por esa razón suelen ser los grandes artistas y maestros religiosos quienes nos impresionan como personas completas”. A medida que maduró, Beethoven se mantuvo fiel a su visión de la verdad. Sullivan agrega: “Los estados de conciencia que le interesaban contenían elementos cada vez más elusivos y procedían de mayores profundidades”. Si Beethoven no se hubiera mantenido firme en su visión, si hubiera bajado sus estándares y compuesto para las masas, el mundo habría sido inmensamente más pobre. En un artículo de La Gran Época titulado “Ludwig van Beethoven: El triunfo sobre el sufrimiento”, Raymond Beegle dice: “Lo que había dentro de él, su música sublime, no fue escrita para las aulas, los académicos o los críticos. Fue escrita para el corazón humano y excluye tanto el análisis como la crítica”. Al igual que la música más sublime de Beethoven, sus últimos cuartetos de cuerda y sus últimas sonatas para piano, "La Escala de Oro" no fue compuesta para académicos o intelectuales. Su atractivo es para el corazón y no para la cabeza. En lenguaje sencillo, presenta preceptos prácticos sin ornamentación ni ostentación. Aunque Blavatsky empleó una impresionante variedad de términos esotéricos en sus otros escritos, en este caso se tomó la determinación de evitar la sofisticación en favor de la simplicidad. Habiendo dicho eso, es interesante notar que los trece preceptos de “La Escala de Oro” contienen solo 89 palabras, sin embargo, hay una palabra que se destaca del resto. Los escritores modernos rara vez la usan. Suena antigua y es antigua, lo cual no sorprende, ya que deriva de la lengua inglesa utilizada entre 1100 y 1450. Parece una palabra que podrías encontrar en los Cuentos de Canterbury de Chaucer. De hecho, lo encuentras en Canterbury Tales como, por ejemplo, en esta línea: “Ve ahora… y haz el mandato de mi señor”. Encontramos esa misma palabra en el noveno peldaño de “La Escala de Oro”: una obediencia voluntaria a los mandatos de la verdad. * La palabra mandato no se refiere a una solicitud ordinaria, sino a una orden o directiva que tiene el peso de la autoridad. Tiene un tono majestuoso y también puede transmitir un sentido de urgencia. A lo largo de nuestras vidas hemos recibido numerosas órdenes, primero de nuestros padres, luego de nuestros maestros y entrenadores y luego de empleadores, funcionarios públicos y figuras religiosas. Independientemente de cómo respondamos, todas estas órdenes tienen una cosa en común: provienen de una autoridad externa. Ese no es el caso de “La Escala de Oro”; no nos dice que seamos obedientes a una autoridad exterior, sino a la voz de la verdad que habla desde dentro. Es un impulso interior, a veces denominado “la voz suave y apacible”. Siempre está presente, pero no la oímos. No podemos escucharla, porque estamos distraídos por las cosas externas. Los primeros cuatro pasos: una vida limpia, una mente abierta, un corazón puro, un intelecto ávido, nos preparan para volvernos receptivos a esa voz interior. Si encontramos que nuestras vidas están desequilibradas, sobreestimuladas desde lo externo, empobrecidas por dentro, necesitamos recuperar nuestro equilibrio. Podemos comenzar a cultivar una vida interior rica aprendiendo el valor del silencio. Si lo hacemos, nos proporcionará el contrapeso necesario contra la turbulencia y la confusión sin fin del mundo exterior. Solo entonces podemos volvernos receptivos a los mandatos de la Verdad.
* (hace referencia a la palabra en inglés “behest” que se encuentra en el escrito original, traducida al español como mandato)
Resumen En este punto de nuestra discusión, puede que nos resulte útil recordar una observación hecha anteriormente: los trece preceptos de “La Escala de Oro” no son una lista aleatoria de elementos que no guardan relación entre sí. En su perspicaz comentario, Sidney Cook plantea la pregunta: “¿El hecho de que ella [Blavatsky] los nombre una escalera no sugiere que debe haber orden y secuencia en los escalones de la escalera, que la escalera tiene estructura y forma y que, por lo tanto, cada peldaño debe pisarse en su debido turno? La respuesta obvia es afirmativa. Sin embargo, esto puede no ser tan evidente si uno pierde de vista el todo al concentrarse exclusivamente en los pasos individuales, por lo que vale la pena repetir el punto de Cook. Los trece pasos consisten en tres grupos. Los primeros cuatro pasos (una vida limpia, una mente abierta, un corazón puro, un intelecto ávido) son preparatorios y se ocupan de los principios generales de la vida ética. Una persona cuya vida es guiada por esos principios ya ha alcanzado un alto nivel de desarrollo; pero lo que puede faltar es una conciencia de cualquier propósito mayor para la vida humana, tal como lo proporcionan las enseñanzas de la Teosofía. Este conocimiento de un plan divino, junto con la realización de un Yo interior más grande y el reconocimiento de la conexión más profunda de uno con toda la humanidad, se pone de manifiesto en el siguiente paso: una percepción espiritual desvelada. Este despertar trascendental a nuestra verdadera naturaleza y la unidad subyacente con los demás lleva al segundo grupo, los pasos 6 a 9, que son más específicos y se ocupan de la formación y las relaciones: fraternidad para todos, disposición para dar y recibir consejo e instrucción, un sentido leal del deber hacia el maestro y una obediencia voluntaria a los mandatos de la verdad. El tercer grupo (pasos 10-13) es el más difícil, ya que representa la prueba que el aprendiz (discípulo) tendrá que pasar antes de llegar al Templo de la Sabiduría Divina. Se espera el éxito, pero no está garantizado. La experiencia de innumerables santos, sabios y yoguis que han escalado las alturas espirituales habla del hecho inalterable de que en algún momento el aspirante será probado. La Voz del Silencio atestigua esto: “Cuanto más avances, más escollos encontrarán tus pies”. Un pasaje similar se encuentra en el Libro del Eclesiástico: “Porque el oro se prueba en el fuego y los hombres aceptables en el horno de la adversidad”. Pero no todo es pesimismo. El consejo que da Geoffrey Hodson es “continuar, continuar, seguir a toda costa”. (El Llamado a las alturas) “Pueden ocurrir caídas… y si ocurren, la recuperación debe hacerse rápidamente”. La Voz también ofrece aliento: “Tened perseverancia como aquel que perdura para siempre”. Ningún fracaso es permanente mientras uno persevera.
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