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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 143 - Número 07 -  Abril 2022  (en Castellano)

 
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La Belleza de la Virtud

 

          N. SRI RAM

 

N. Sri Ram (15 de diciembre de 1889 - 8 de abril de 1973) fue el quinto Presidente Internacional de la ST, Adyar, Chennai, India (1953-73). Reimpreso de The American Theosophist, vol. 56, oct. 1968, incluyendo esta nota: este artículo ha sido editado a partir del original para permitir un lenguaje de género neutro y cambios de estilo menores.


Existen ciertas palabras en el idioma inglés -y también en otros idiomas- cuyo significado sólo se conoce parcialmente porque hay que descubrirlo a través de nuestra propia vida y acción. Sabiduría es una palabra así. Podemos tener un cierto concepto de lo que significa, pero ese concepto, incluso si no es vago y defectuoso, es probable que sea parcial en su verdad. Puede que no conozcamos su verdadera cualidad, belleza y acción.

 

Otra de tales palabras es Virtud. A veces usamos la forma singular para cubrir todo lo que es de esa naturaleza; a veces hablamos de "las virtudes" en plural, distinguiendo unas de otras. Las virtudes así divididas han sido clasificadas de diferentes maneras.

 

Por ejemplo, en el pensamiento griego antiguo, justicia, templanza, valor, y prudencia, se consideraban como las virtudes cardinales. Estas palabras, siendo traducciones del griego original, podrían no trasmitir debidamente el sentido que se les confería en aquel momento. Pero utilizando esas palabras según lo que significan actualmente, no resulta enteramente claro por qué se les consideraba a esas virtudes en particular como fundamentales, siendo otras presumiblemente adicionales o secundarias.  

 

No obstante cuan excelentes o imprescindibles puedan ser éstas en ciertos aspectos, son virtudes que pertenecen al campo de la razón, por donde uno tiene que comenzar para una correcta premisa. Cualquier persona inteligente vería que la prudencia, por ejemplo, es necesaria para salvaguardar sus intereses, y la templanza o moderación, para asegurar su propio bienestar. Junto con el valor y la justicia, éstas serían aceptables para la mayoría de las personas conforme a su sabiduría mundana. Pero el interés personal o egoismo y la virtud en sus aspectos superiores podrían no ir juntos.

 

Cuando la influencia del cristianismo se extendió por Europa, asumieron importancia otras virtudes de carácter predominantemente no mundano, tales como la humildad, caridad, amor y fe. Se las consideraba más cercanas al corazón de Dios o la Naturaleza Divina.

 

En la escuela de pensamiento Mahayana del Budismo del Norte, el sendero de la virtud no estaba separado de la sabiduría ni de los actos altruistas. Se le concebía como marcado por siete portales, cada uno de los cuales  requería un cierto tipo de desarrollo que representaba un aspecto de la perfección humana, y teniendo sus raíces en la naturaleza incorrupta e incorruptible presente en lo más hondo de cada ser humano. La llave del primer portal, como se explica en el libro La Voz del Silencio, de H. P. Blavatsky, es Dana, una palabra sánscrita que se traduce como “caridad y amor inmortal”. Literalmente, la palabra significa dar, pero es un dar con el corazón sin reservas, así como con las manos. A menos que el viaje se emprenda con un motivo puro de altruismo -el anhelo de dedicarse a la tarea de llevar luz y felicidad a todo ser humano y al bien de toda criatura viviente- no puede emprenderse en absoluto. Nuestro corazón y mente tienen que estar primero en sintonía con el corazón y la mente de todos los seres vivos.

 

El segundo portal se llama Sila -todos los portales tienen nombres en Sánscrito o Pali-, normalmente entendido como vida limpia y rectitud en todos los aspectos de la vida y la conducta de uno. HPB lo traduce como "armonía de palabra y obra", ya que es la armonía dentro de uno mismo, inseparable del recto vivir, que se manifiesta como armonía de palabra y obra.

 

El tercer portal significa Kshanti, que ella describe como “dulce paciencia que nada puede alterar”. El significado común de la palabra paciencia en el diccionario incluye los aspectos de tolerancia y perdón.

 

Las dos virtudes siguientes son Vairagya, o desapasionamiento o desapego, y Virya, o energía. H.P.B. traduce Vairagya como “indiferencia al placer y al dolor, conquista de la ilusión, y percepción solo de la verdad”, y Virya, como “energía intrépida que lucha en su camino hacia la verdad suprema”. No es el tipo de energía que pertenece a las cosas de la materia, sino la energía de la vida o el espíritu que surge desde un estado puro e incondicionado y, por lo tanto, puede manifestar el máximo ardor o pasión y, sin embargo, permanecer desapegada, no involucrada en las cosas en medio de las cuales se mueve.

 

Los dos últimos portales nombrados Dhyana, que significa contemplación o estado meditativo, y Prajna, percepción o  comprensión perfecta, son realmente condiciones del ser en quien pueden estar presentes las cualidades de alguna o de todas las virtudes.

 

Cuando utilizamos la palabra virtud, ¿cuál es nuestro concepto de ella? Comúnmente pensamos que se trata de una fórmula, principio, o precepto al  cual tenemos que adaptarnos. Al hacerlo, siempre existe una brecha entre lo ideal y lo real, y esto llega a causar un conflicto interno. El ideal puede ser la veracidad, no meramente en palabras, sino también en conducta y pensamiento. Si fallamos en lograrla, a no ser que amemos la verdad por sí misma —sin un yo que esté buscando éxito, un sentido de logro, o una buena opinión de sí— de seguro que habrá descontento con nosotros mismos, y esto podría incluso transferirse al ideal mismo. Tal insatisfacción podría llevar a una reconsideración del ideal o incluso a una rebelión contra él. Podemos advertir esta clase de reacción en el caso de una persona que quiere renunciar a algo a lo cual está apegada, pero le resulta difícil hacerlo. Incluso después de un tiempo, a esa persona puede parecerle que es bueno complacer sus debilidades hasta cierto punto porque le alivia la tensión, le conduce a tener mejores relaciones, etc.

 

La virtud puede ser considerada, bajo otra luz, no como la conformidad a una regla o principio colocada ante nosotros que aceptamos por una u otra razón, sino como una libre y espontánea expresión de  una naturaleza básica pura o ser, que existe en cada ser humano, una naturaleza que es incorrupta, de hecho, incorruptible. Cuando esa naturaleza entra en acción, la forma en que ésta actúa es en sí misma el sendero de la virtud. Esta es la verdad que Lao Tzu, el gran filósofo chino, expone en su famoso clásico, pero esto requiere una clara percepción para ver esto como un hecho. Por lo tanto, el asunto es: ¿Vemos la existencia de esa naturaleza en nosotros mismos como una posibilidad? Si esa posibilidad existe —tanto si nos referimos a la virtud en general o a virtudes específicas— entonces, son todos modos o formas de acción asumidos por la energía que brota de esa naturaleza pura que es siempre incondicionada, no modificada por ninguna influencia extraña.

 

En el Noble Óctuple Sendero enseñado por el Buda, el primer paso es “una recta percepción”, no una creencia, como con frecuencia se traduce erróneamente la palabra en lengua Pali. Es la percepción de uno mismo —la forma en que una persona se ve afectada por las cosas externas, incluidas sus acciones y reacciones— la que coloca a una persona en el sendero de la sabiduría. Entonces puede haber recto pensamiento, recto hablar, recta acción, etc., que son los otros pasos. Uno tiene que ser capaz de ver lo que es correcto o lo que no es correcto en cada forma de su propia acción, incluyendo pensamientos y palabras.

 

Cuando la virtud se entiende de este modo, como una expresión completamente libre y espontánea de una naturaleza que existe en todos, al menos potencialmente, no existe voluntad propia puesta en ello. La voluntad propia entra sólo cuando la propia acción tiene que ser dirigida de acuerdo con cierto concepto o imagen, y esto surgirá desde nuestros propios condicionamientos e inclinaciones. No es libre albedrio en sentido verdadero o real, ya que puede convertirse en una forma de autoafirmación y obstinación egoísta. No es la voluntad innata en los movimientos libres de la vida. La energía que nace desde cualquier forma de condicionamiento es mecánica en su acción, una resultante de fuerzas inducidas. No es la energía de la naturaleza espiritual, que es siempre original, no condicionada, que actúa totalmente y no parcialmente, libre o espontáneamente y -- debido a que no actúa según un patrón fijo-- también inteligentemente.

 

La virtud en acción —sin acción no existe virtud— no incurre en errores por exceso ni por defecto. Es por esto que se ha hablado de su sendero como "la regla de oro". Esa naturaleza que es incorrupta conoce por instinto lo que es correcto en acción y pensamiento, y por lo tanto actúa en consecuencia, como un gran artista sabe cómo crear una curva bella y la crea con un instinto seguro. Él sabe exactamente dónde debe colocar la línea y a través de qué puntos debe pasar la línea. Existe en la naturaleza pura incondicionada tal instinto, que se manifiesta tanto en la forma de su acción como en  la calidad de los resultados logrados. La forma es tan importante, y puede ser incluso más importante que el resultado concreto perceptible.
Porque la forma transmite un sentimiento, irradia una cualidad; es como la inflexión de la voz al producir música, que tiene que ser perfecta en todo momento.

 

La energía de la naturaleza incondicionada  actúa libremente, y al hacerlo crea un patrón o forma la cual es siempre una especie de armonía. Puede haber innumerables formas de este tipo. No actúa según un patrón establecido —en tal acción no habría libertad— pero su libre acción asume esa forma así, porque la forma expresa la cualidad de armonía que es innata en esa naturaleza, la cual incluso actúa como un todo, sin perder nunca su unidad. Todas estas formas que surgen de una misma base, esto es, desde esa naturaleza unificada, tienen también que estar en armonía entre sí, así como todas las leyes de la naturaleza concuerdan mutuamente. En otras palabras, puede haber una síntesis de todas las virtudes, que es la virtud en un sentido general o integral, representando la total armonía de esa naturaleza como un todo.

 

La forma que llega a la existencia cambia de un momento a otro, porque la acción que crea la forma surge desde una base de vida y sensibilidad. Puede haber esa acción espontánea porque, cuando el terreno está limpio, cuando existe una cualidad de pureza o inocencia en ese suelo, la semilla Divina que está presente por doquier en la Naturaleza —es realmente una concentración de energías— florece por su propia voluntad. Lo que es divino es hermoso y, sus energías actúan siempre de común acuerdo o en armonía y crean una forma de belleza. Un  bien conocido himno de la India alude a “la Semilla Una” que florece en muchas formas diferentes. Es tan potente, tan llena de potencialidades, que las energías entran en acción por su propia voluntad cuando el camino está dispuesto para que lo hagan así. Todas las virtudes que nacen del mismo terreno puro de una naturaleza incorrupta constituyen en su totalidad una forma de perfección. Es ésta la verdad que se trasmite en la leyenda del Cristo que nace de la Virgen María, el Cristo siendo la personificación de la gracia, belleza y sabiduría, y María representando esa naturaleza inmaculada desde la cual la perfección surge espontáneamente.

 

Cuando existe un instinto de belleza, todo lo que uno hace siguiendo ese instinto será hermoso. De la misma forma puede haber un instinto de  virtud o de  rectitud, y cuando entra en acción, todo cuanto uno hace, piensa, y siente será correcto y hermoso.

 

Cuando la armonía que es innata y latente en la naturaleza espiritual o incondicionada se manifiesta en una forma de belleza, podemos llamarla belleza del alma, y es más hermosa que cualquier belleza exotérica. Se dice que todas las artes aspiran a la música. Son una aproximación a la forma  asumida por la música perfecta. Todas las obras de pintura, escultura y arquitectura han sido creaciones en un medio menos plástico que el sonido, y la música sobresale porque en ella hay cambio y movimiento de un momento a otro. La naturaleza de la que hablamos también cambia de un momento a otro y es más sutil que todo lo que puede concebir nuestra mente. Es una naturaleza de sensibilidad y armonía tal - libre de todo elemento que pueda impedir o distorsionar su acción, prestándose a las más sutiles modificaciones e inflexiones- la que constituye la verdadera individualidad o alma del hombre. Toda la belleza que vemos a nuestro alrededor, en las cosas externas a nosotros, son solo fragmentos que reflejan la belleza que está dentro. Esa belleza interior, al llegar a la manifestación, se traduce a sí misma en vida y acción, siempre cambiante, pero siempre presentando un aspecto de esa armonía que es su base.

 

Una distinción fundamental en las virtudes estaría entre esas que podrían llamarse básicas o espirituales, expresando la naturaleza esencial del alma, la cualidad presente en ella —con virtudes tales como humildad, inocencia, pureza, y amor— y otras que les siguen como corolarios o efectos secundarios y que apelan a la razón según sea necesario y práctico. Ejemplos de esto último serían la ausencia de la  pereza, perseverancia, discreción, etc. Por sí solas estas son insuficientes.

 

La perseverancia es buena y necesaria, pero uno puede perseverar en estar equivocado. Uno puede no ser perezoso sino energético, pero hacer más daño que bien con esa energía. Tiene que haber una  comprensión de lo que implica la pereza y lo que  hace a uno mismo y a los demás. Cuándo existe esa comprensión, uno deja de ser perezoso, encerrado en sí mismo, estático y aburrido.

 

Cuando un artista crea una forma hermosa, siempre expresa una cierta cualidad que  parece impregnar esa forma; evocando en quien la contempla una sensación que tiene esa misma cualidad. Cada forma hermosa de conducta expresa una cualidad que se encuentra en la naturaleza del alma. Pero una forma copiada de un modelo no puede tener la belleza ni la gracia poseídas por una forma que nace de una comprensión interna o sentimiento, como una creación inmediata. La naturaleza del alma tiene una belleza eterna, que no es de esta Tierra. Todas las virtudes son manifestaciones de esa belleza. En su totalidad, constituyen la forma, o como podríamos decir, la flor del alma.

 

Esa belleza se manifiesta cuando uno es verdaderamente inegoista. No es fácil extirpar el yo. Porque aun cuando no esté presente como una entidad activa imponiendo su presencia, puede invadir subconscientemente nuestra naturaleza y operar de manera indirecta. Pero cuando todo lo que denota la palabra “yo” — ambición, engrandecimiento, lujuria, engaño, etcétera—desaparece, entonces como un cielo claro, la naturaleza del alma se revela con sus hermosas cualidades.

 

Incluso, si una de estas cualidades se desarrollara a la perfección, todas las otras le seguirán. Porque todas ellas surgen de uno y el mismo estado del ser que es siempre indivisible y las involucra a todas. Es posible decir que la humildad es la madre de todas las virtudes; o que el amor, en su sentido más hermoso, es la virtud fundamental, o que tiene que existir una cualidad de inocencia o pureza en uno mismo como una base primordial. Pero no es necesario cultivar éstas —de hecho, no pueden ser cultivadas en absoluto— una tras otra; uno puede comprender ese estado del ser en el cual todas estas y otras virtudes están simultáneamente presentes.

 

Porque es un asunto de darse cuenta por uno mismo, la virtud es algo que en su verdadera naturaleza, no puede enseñarse. Uno puede aprender por medio de la observación o las palabras de otros, los modos o formas en que una virtud se manifiesta en particular. Pero la mera forma, aun cuando pueda ser sugerente para una persona intuitiva, no puede crear el espíritu ni el sentimiento del cual es su  expresión. La virtud no es un conocimiento del tipo común y corriente que puede transmitirse mediante las palabras. Es de la misma clase que el gusto, o la sensación que provoca la belleza, y otros dones innatos que no pueden enseñarse. Tienen que aprenderse por otros medios. Cuando existe amor en un sentido verdadero, creando una relación de simpatía o un estado de comunión entre una persona y otra, como por ejemplo, entre una madre y su hijo, lo que está en el corazón de la madre puede ser trasmitido al hijo.

 

No sabemos realmente lo que significa el amor. Sólo conocemos el amor que está basado en el apego y la posesión. Cuando una persona se enamora, especialmente si es el amor que ocurre a primera vista,  el objeto del amor parece divinamente hermoso. Lamentablemente esta condición es pasajera,   porque está mezclada con otros sentimientos. Pero indica la naturaleza verdadera del amor; es la luz interna que revela la belleza que se esconde en las cosas.

 

Toda acción de la naturaleza espiritual tiene el encanto y la frescura de la espontaneidad. La virtud tiene este encanto. Es como una flor siempre fresca. No sólo es la acción de la naturaleza espiritual enteramente voluntaria, sino se da también sin reservas. Se entrega completamente. La belleza de la virtud está en tal acto de entrega.

 

Existe una naturaleza en lo más profundo de nosotros que se revela sólo cuando el terreno es propicio para ello. Esa naturaleza permanece siendo la misma y es eterna. Pero es capaz de una infinita variedad de acción. Cada modo y forma de su acción es una forma de belleza, tal como aparece en la  conducta de uno, es también una forma de virtud.

 

 

 

 

 

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