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Vol. 143 - Número 03 - Diciembre 2021 (en Castellano) |
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El significado oculto de la Navidad
Catalina Isaza Cantor Introducción Estamos ad portas de un nuevo año luego de un 2020 lleno de desafíos y aprendizajes. Antes de cerrar este año y, con motivo de las festividades navideñas que se avecinan, quiero compartir algunas ideas sobre el significado oculto, esotérico de la Navidad. Si bien esta celebración se ha tornado un motivo primordialmente de consumo y publicidad, es bueno recordar que su origen tiene que ver con la celebración del nacimiento de Jesús, el Cristo. Desde el punto de vista esotérico, va mucho más allá de eso: constituye un símbolo del despertar espiritual del que todos nosotros seremos partícipes en algún punto de nuestra caminada hacia lo divino. La Navidad, dentro de la visión católica, está compuesta por tres momentos. El primero de ellos, el Adviento (llegada), marca la etapa previa de cuatro semanas de preparación para recibir el nacimiento del niño. En el relato bíblico, este corresponde a la salida de Israel en condiciones difíciles. La Natividad (nacimiento) es el momento en el que Jesús viene a la vida en un pesebre en Belén. Finalmente, la Epifanía (aparición) hace referencia a la llegada de los tres Reyes Magos al pesebre y los presentes que le ofrecen al niño que acaba de nacer. Los libros sagrados de las religiones, tales como La Biblia para los Cristianos, suelen usar un lenguaje simbólico para expresar verdades profundas, los misterios. El valor del uso del lenguaje simbólico es que los símbolos no cambian, pues encierran verdades universales que pueden ser interpretadas por cualquiera que tenga la suficiente sabiduría e intuición para hacerlo, a pesar del paso del tiempo. La vida de Jesús, que leemos en los evangelios bíblicos, es un compendio de misterios que nos revelan que el Cristo ha de nacer en cada uno de nosotros. Los evangelistas, discípulos de Jesús, fueron hombres iluminados y en sus evangelios consignaron verdades eternas a través del uso de alegorías y símbolos, con el fin de conducir a los lectores intuitivamente despiertos hacia el conocimiento oculto. Geoffrey Hodson nos recuerda que Este relato de la vida de Jesús es un registro de las experiencias del espíritu en la materia, de la Mónada en el hombre, y del ascenso del espíritu desde las garras mortales de la materia hacia la reconquista de aquella libertad que constituye el estado natural del espíritu y de la Mónada en el mundo de la Realidad Divina (La vida de Cristo desde la Navidad hasta la Ascensión). Recordemos que somos seres multidimensionales y en constante evolución. La constitución del hombre y del universo, como nos lo indica la literatura teosófica, es septenaria: existen siete planos de la manifestación a través de los cuales va descendiendo el espíritu divino (la Mónada) con el fin de vivenciar experiencias que la lleven a reunirse nuevamente con lo divino, completamente transformada y revigorizada por la realización de lo espiritual. Al igual que Adán y Eva o el hijo pródigo, debemos salir del Paraíso, de la casa del Padre y vivir las experiencias del mundo, probar del fruto del conocimiento, para poder reunirnos con Él. Nuestra esencia divina, proveniente de la Mónada, se cubre con los velos de la materia y es preciso ir quitándolos hasta alcanzar el desarrollo de la naturaleza divina que tenemos en potencia. Claro está que en nuestro presente estado evolutivo no contamos con vehículos para actuar en forma consciente en todos los planos y nos dominan primordialmente los vehículos de materia más densa como el físico, el emocional y el mental inferior. De modo, pues, que limitar la celebración de la navidad al aspecto meramente comercial y consumista, es limitarlo a las partes más densas y materiales, y dejar de lado lo que encierra desde el punto de vista de nuestra realización espiritual. Un doble nacimiento Nuestra naturaleza es divina y humana: “¿No está escrito en vuestra Ley: Yo he dicho, dioses sois?" (Juan 10:34). “¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor. 3:16). Debemos despertar eso divino e inmortal en nosotros. Se trata de los aspectos de la triada superior: El Padre o la Voluntad, el Hijo o la Sabiduría Amor y el Espíritu Santo o la Inteligencia Creadora. Uno de sus aspectos, el Hijo, la sabiduría Amor, se manifestó en Palestina. Cristo vino unido a la naturaleza del Padre a traer la paz y el amor a los hombres, y aunque desapareció de los ojos de los hombres está en íntimo contacto con la humanidad todo el tiempo, como un Cristo dinámico y siempre activo. En nuestro interior está esa chispa esperando nacer. El nacimiento de Cristo representa el nacimiento de este ser espiritual. El estado crístico no es, pues, algo que se restringe únicamente a Jesús, por eso a él solo se le llama el Cristo después de su bautismo. Todos somos cristos en potencia, Cristo es un estado de iniciación, de iluminación del ser. Cuando la chispa del Cristo nace en el hombre, se le llama el dos veces nacido (el ungido, dedicado a lo divino), porque ha tenido un nacimiento físico y uno espiritual. Jesús y Cristo no son, pues, intercambiables, él no es el único Cristo que ha vivido. Angelo Silesius, franciscano y místico alemán del siglo XVII, nos dice que así Cristo nazca mil veces en Belén, si no nace en nuestro corazón, permaneceremos tristes. Jesús le dice a Nicodemo: “El que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios (…) Os es necesario nacer de nuevo. El que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:5-7). Para poder llegar a ese doble nacimiento debemos desarrollar las cualidades superiores a través de la mente superior y utilizar la intuición. Entender la alegoría para remover los velos Para acceder al significado oculto del nacimiento, examinemos los símbolos y vayamos más allá de la interpretación literal. Todos los personajes de la navidad representan algo que está dentro de nosotros. El Evangelio de Lucas nos dice que el ángel Gabriel se le presenta a María, una joven que estaba comprometida con José, descendiente del rey David, y le anuncia que concebirá un hijo por obra y gracia del Espíritu Santo: Vas a quedar embarazada y tendrás un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Este niño llegará a ser muy importante, Dios lo hará rey, y su reinado no terminará nunca (…) El Espíritu Santo se acercará a ti; el Dios altísimo te cubrirá con su poder. Por eso el niño vivirá completamente dedicado a Dios, y será llamado “Hijo de Dios” (Lc. 1:31-35). La anunciación es un cambio profundo que ocurre en el interior de cada ser. Representa la interacción del espíritu, el ángel Gabriel, con la materia, María. La Virgen María es el vehículo por el cual se ha de manifestar la inteligencia espiritual. La concepción es inmaculada porque no se trata de un nacimiento físico sino de uno del espíritu. María, el alma del hombre, la mente superior, debe desarrollarse para poder hollar de forma firme el sendero de regreso a la casa del Padre. Solo cuando el alma se une con la fuerza vivificadora del Espíritu Santo (Inteligencia Creadora), puede nacer el Hijo, la Sabiduría Amor que reside en cada uno de nosotros. Lo que en Teosofía designamos como mente concreta no puede, por sí sola, llevar al individuo a realizar la unión con su naturaleza superior. José representa esa mente concreta y, por lo tanto, únicamente puede ser el padre putativo, porque el Hijo solo nace cuando el alma se une con el espíritu: el padre verdadero es Dios, la naturaleza divina. Claro está que el intelecto juega un papel en la realización del individuo, por eso debe ser un intelecto despierto, como nos lo muestra el evangelio de Mateo: Estando desposada María con José, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, quiso dejarla secretamente. Y pensando él en esto, un ángel del Señor se apareció en sueños y le dijo: José, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt. 1:18-23). Si bien hay un primer impulso de huir, porque la mente también se resiste a darle paso a los dones del espíritu, cuando esta (José) está lista para comprender la necesidad de ese nacimiento, escucha la voz de la intuición (en sueños se le presenta el ángel) y cede el paso a lo superior. Un intelecto despierto está lo suficientemente apto como para alejarse de las tendencias del mundo material. Por este motivo, José protege a su familia de Herodes, quien representa nuestra naturaleza inferior, que quiere matar al niño (lo espiritual) porque constituye un estorbo para dar rienda suelta a los placeres e impulsos de los sentidos. Una vez nace Jesús, José lleva a su familia a Egipto para mantenerse a salvo de Herodes. Oriente es conocido como la fuente de la sabiduría, representa las lecciones provenientes del conocimiento del mundo, indispensables para el desarrollo del alma. Solo cuando el aspirante está firmemente cimentado para no temer a Herodes, puede regresar tranquilo a Israel: la naturaleza inferior ya no tiene poder sobre ese ser. Isis sin velo habla de la concepción milagrosa y la compara con la leyenda de Perictione (la madre de Platón) que había concebido a su hijo de manera inmaculada. Todas las religiones beben las unas de las otras. Por ejemplo, en la tradición de la India también existe el dos veces nacido (el ungido), chariya, Shankaracharia, quien consolidó la doctrina Vedanta, en la que se menciona que al principio del Kali Yuga nacería una virgen que concebirá al hijo de Dios. Esto evidencia el simbolismo universal y la verdad de que todos debemos prepararnos para el segundo nacimiento, el de nuestra naturaleza crística. En cuanto al nacimiento de Jesús, este tuvo lugar en circunstancias difíciles y muy humildes. La intención es mostrar que la iluminación espiritual es igualmente posible para todos los hombres sin importar sus circunstancias materiales. Él nace en un pesebre rodeado de pastores, ovejas y animales. En Isis sin velo, HPB habla del nacimiento de Jesús en una cueva, se trata de la cueva del corazón donde tiene que nacer nuestro principio crístico: el pesebre es la cueva etérica del corazón. En el pesebre, el niño es el centro, a su lado están María, el alma que media entre lo divino y lo mundano, y su padre, la mente que se ha subyugado ante los mandatos del espíritu. Los pastores son los primeros llamados, estaban en el campo pastoreando y los ángeles, las energías del cielo, se manifestaron para informar del nacimiento del hijo de Dios. Los pastores representan a aquellos seres que van un paso más adelante que la masa de la humanidad en el recorrido del sendero hacia la realización espiritual, y se deleitan cada vez que nace un Cristo. Ellos cuidan y ayudan en su caminada a las ovejas, los hombres y mujeres que vagan por la vida de un lado a otro sin conocer aún el verdadero propósito de la caminada. Por su parte, los reyes magos representan a los sabios cuyos presentes simbolizan las tres fuerzas que hay en nosotros y que son capaces de transformarlo todo: voluntad, sabiduría y santidad. Recordemos que Herodes les pide a los magos información sobre el niño pero estos son imprecisos con el fin de protegerlo, porque esas cualidades salvaguardan la verdadera naturaleza espiritual. Los reyes personifican a los ministros del Logos Solar. En todas las religiones, oriente es el lado de donde llegan los dones divinos a los hombres: oro, la verdadera sabiduría espiritual cuyo valor es inalterable; incienso, la suave fragancia de la aspiración a lo alto que arde gracias a la voluntad representada por el fuego, y mirra, el aroma natural de la santidad (Gerald Tranter, Sabiduría y Cristianismo). Todas esas son cualidades de la naturaleza espiritual, del alma después de ese segundo nacimiento. Una vez que los magos ofrecen los dones al niño, se han comprometido con lo superior y por eso regresan por un camino distinto con el fin de evitar a Herodes: han abandonado el imperio de la naturaleza inferior. Victoria de la luz sobre la oscuridad El mundo Cristiano celebra el 25 de diciembre de cada año el nacimiento del Niño Jesús. Se trata, como vemos, de una celebración de suma importancia una vez que se entiende desde el punto de vista del desarrollo interno de todos los seres humanos. Indudablemente, constituye también un hecho histórico del cual no se conoce la fecha exacta. Lo más probable es que la fecha en que se celebra la Navidad no coincida con la fecha real del nacimiento del Cristo histórico; no obstante, la elección de esta fecha particular tiene también un sentido que vale la pena resaltar, pues se remota incluso a la época precristiana. Los paganos celebraban el 25 de diciembre, el día del solsticio de invierno en el hemisferio norte, el natalicio del Sol Invencible. La fiesta precristiana era una fiesta de renacimiento, el acontecimiento cósmico que vivifica la naturaleza con su luz y su calor. Después de un frío otoño en el hemisferio norte, llega el invierno, el momento en que la naturaleza se oculta para luego producir el parto de sus entrañas en una esplendorosa primavera (Cristianismo Esotérico). El solsticio de invierno es el momento del año en el que el día empieza a ganarle terreno a la noche: luego de experimentar el día más corto del año, el sol empieza a alumbrar más al mundo, hay más claridad y más luz. Según La Doctrina Secreta (V.1), los antiguos egipcios celebraban el 25 de diciembre, el nacimiento de varias de sus divinidades más importantes, especialmente, Osiris (hijo de Seb y Neith) y más adelante el nacimiento de su hijo Horus, quien es el “Christos”, símbolo del sol. HPB, en sus Escritos recopilados, cita al egiptólogo londinense Gerald Massey cuando habla sobre el Jesús histórico y el Cristo místico. Lo que él dice es que el Mesías corresponde al Horus de los egipcios. Adicional a eso, evidencia que en la tradición egipcia se representa al niño nacido en lo que corresponde al jeroglífico del nacimiento del sol. En otras culturas, esta festividad se solía relacionar con el nacimiento de dioses solares (Apolo o Helios, entre otros). La universalidad de los símbolos es evidente. Vemos, pues que, desde el punto de vista mítico, esta leyenda, la del Cristo, se encontraba millares de años antes de la era cristiana. Fue únicamente en el año 325, con el Concilio de Nicea, cuando la Iglesia decidió que el 25 de diciembre se celebraría el nacimiento de Jesús. Esto se debe también a que en la entrada del solsticio de invierno hay también una mayor intensidad de la presencia vibratoria del Cristo Cósmico, hecho que en el cristianismo se ha aplicado a Jesús y que corresponde a lo que se ha llamado el Espíritu de la Navidad. Se trata de una energía que viene desde el centro de nuestro sistema estelar y que llega año tras año para repartir (más que cosas materiales), aquello de lo cual los seres humanos no pueden prescindir: paz, amor, armonía y alegría. En nuestra vida es el símbolo de que Cristo renace en nosotros: se trata de una renovación interior. Conclusión Lo que en esta fecha es relevante no es si se trata de un hecho histórico comprobado o no, si la concepción fue inmaculada o no en términos físicos. Lo que realmente importa una vez desvelamos las enseñanzas ocultas detrás de esta celebración, es el reconocimiento de que todo ser humano tiene una naturaleza Crística inherente que debe despertarse: “Cristo en vosotros esperanza de gloria” (Col. 1:27). La figura del Cristo está ahí para mostrarnos lo que se viene en términos de nuestra caminada espiritual. Hay seres que van más adelante que nosotros, uno de estos seres es Jesús y cada año celebramos su nacimiento. El verdadero cristianismo debe ser, pues, creador, transformador. Una vez comprendemos las enseñanzas ocultas, es nuestro deber convertirnos en arquitectos de nuestro propio destino y reconstruir nuestras vidas. Estamos llamados a ser vehículos de la resistencia contra la banalización de lo espiritual y dar a la Navidad la verdadera dimensión que esta tiene: resistir al consumismo en el que se ha convertido y, en vez de volcarnos hacia lo externo, como nos sugiere la publicidad, mirar a nuestro interior para comenzar el camino del Cristo en nuestros corazones. Se trata también de vivir el espíritu de la navidad desde el compartir y llevar un verdadero sentido de comunidad en el que la solidaridad, la camaradería y la unión fraterna se hagan posibles desde la celebración real del amor. Invitemos, pues, al verdadero Cristo que es amor, compasión, servicio y transformación a tomar parte en nuestras celebraciones navideñas de ahora en adelante. Una Feliz Navidad para todos y que la esencia del Cristo nazca y se vivifique en los corazones de toda la humanidad.
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