Volver al Índice de Revistas
El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 142 - Número 12 -  Septiembre 2021  (en Castellano)

 
Anterior
Página 9
Siguiente

 

El Yo y la Reencarnación a la Luz de la Teosofía – I

 

ERICA GEORGIADES

 

La Sra. Erica Georgiades es licenciada en Religión, Psicología y Filosofía. Es miembro de la ST de Adyar desde 1991, trabajó en sus Archivos de 1994 a 1996, y es Directora de la Escuela Europea de Teosofía desde 2018. En agosto de 2021 fue nombrada Directora de la Escuela de la Sabiduría de Adyar.

 

Soy la hija de la tierra, soy la hija de las aguas,

Soy el retoño de los cielos;

Atravieso los poros del mar y sus riberas;

Puedo cambiar, morir no puedo.

Pues después de las lluvias, en cuanto inmaculado

El pabellón del cielo brilla

y los vientos y el sol con sus convexos rayos

La área cúpula edifican,

Me río silenciosa del cenotafio mío,

Y de la lluvia desde el seno.

Como niño del vientre

o espectro de la tumba,

Surjo  y lo deshago de nuevo

Percy B. Shelley, "La nubre"

 

Introducción

 

¿Cuando hablamos acerca de reencarnación de forma metafórica, nos levantamos de la tumba? O, tal vez, es el miedo a la muerte, a la aniquilación, a la no existencia lo que nos hace considerar la reencarnación como una posibilidad. ¿Hay alguna base racional para la creencia en la reencarnación? ¿Qué es lo que se reencarna? ¿Cuál es la relación de nuestro yo pasado, presente y futuro? ¿Hay algo que haga que el yo sea el mismo a lo largo del tiempo? La noción de reencarnación implica una serie de problemas filosóficos relacionados con la identidad personal, la naturaleza del yo que debemos considerar, antes de explorar la reencarnación a la luz de la Teosofía.

En el sistema teosófico todo pasa por el proceso de nacimiento, muerte y reencarnación: los universos, las galaxias, las estrellas, los planetas, los animales, las plantas, los minerales y hasta un grano de arena. Hoy nos centraremos en los seres humanos, a los que nos referiremos aquí como personas. El concepto de "persona" y  "yo" son controvertidos y plantean cuestiones como, por ejemplo, qué es una persona frente a una no persona. El filósofo John Locke (1632- 1704), en su obra Un ensayo sobre el entendimiento humano, definió a la "persona" como un ser que puede razonar, autorreflexionar y es consciente de un "yo" individual, y también un agente moral responsable de sus actos. 

Debo discrepar con el prestigioso filósofo ya que, en mi opinión, lo que define a una persona es la conciencia de sí misma, no la racionalidad o ser un agente moral (y un organismo moral). En este sentido, los animales y las plantas también son personas. Pero, ¿qué es la identidad personal, cómo se relaciona esta identidad con el yo y cuál es la naturaleza del yo? Sobre la naturaleza del yo, existe un experimento mental conocido como "La nave de Teseo":

La nave en la que Teseo y los jóvenes de Atenas regresaron de Creta tenía treinta remos, y fue conservada por los atenienses hasta la época de Demetrio Falereo, porque quitaban las tablas viejas a medida que se deterioraban y ponían en su lugar maderas nuevas y más fuertes, de modo que esta nave se convirtió en un ejemplo permanente entre los filósofos, para la cuestión lógica de las cosas que crecen; una parte sostenía que la nave seguía siendo la misma, y la otra sostenía que no era la misma (Plutarco, Teseo, 23.1)

El filósofo Thomas Hobbes (1588-1679) formuló una segunda versión del mencionado experimento mental preguntando qué pasaría si se juntaran las viejas tablas del barco para construir uno nuevo. ¿Cuál sería el barco original de Teseo, aquel cuyas piezas fueron sustituidas una a una a lo largo del tiempo o el nuevo construido con los viejos tablones del barco de Teseo?4

Pensemos en ello desde un punto de vista diferente: imagine que está mirando su retrato de cuando era un bebé y afirma: "Ese soy yo". ¿Es usted? ¿En qué sentido se relaciona ese bebé con lo que es ahora? Al igual que la "Nave de Teseo", muchas cosas han cambiado en usted desde que era aquel bebé. ¿Qué puede garantizar que es la misma persona que el bebé que ve en la foto? ¿Tiene algún recuerdo de la época en que era un bebé?

Su cuerpo es ahora muy diferente al de la época en que era un bebé; ¿qué garantiza que usted y el bebé sean el mismo y no personas diferentes? Numéricamente, en este caso genéticamente, son idénticos, es decir, comparten el mismo ADN, pero cualitativamente no son iguales. Han crecido y tienen un aspecto muy diferente al del bebé; también han tenido experiencias que el bebé nunca tuvo.

 Este "experimento mental" conlleva cambios similares a los que sufre una persona de la infancia a la edad adulta. Esos cambios plantean problemas no sólo relacionados con la identidad personal, sino también con la naturaleza del yo. Nuestra "identidad personal" es lo que nos da la sensación de ser una persona única y distinta de los demás. Implica lo que pensamos de nosotros mismos, las formas de distinguirnos, nuestras actitudes, creencias, etc. La identidad personal es impermanente, flexible, implica fluidez y cambio a lo largo del tiempo; por esta razón, implica cuestiones relacionadas con la continuidad o la persistencia.

Por ejemplo, ¿cómo sabemos que la persona que somos hoy es la misma que éramos ayer y que seremos en el futuro?

Según Locke, una fuente de evidencia de la continuidad del yo es la memoria. Si recuerda sus acciones, pensamientos y sentimientos de ayer, supuestamente es la misma persona de ayer. Otra posible fuente de evidencia es la continuidad corporal, es decir, si tiene el mismo aspecto hoy que ayer, probablemente es la misma persona. Sin embargo, ¿qué evidencia es más relevante, la memoria o la continuidad corporal? Una cosa es lo que le da continuidad en el tiempo, otra cosa es cómo averiguamos si nuestra identidad persiste en el tiempo, y cómo se relaciona el yo con todo eso: es el problema que abordaremos.

La continuidad del cuerpo es una prueba forense. Por ejemplo, si comparamos nuestro ADN con el del bebé que fuimos una vez, descubriremos que tanto nosotros como el bebé somos forzosamente iguales. Sin embargo, aquí no nos interesan las pruebas forenses, sino la noción de que la identidad personal continúa (o persiste) en el tiempo en relación con las expectativas de que hay vida después de la muerte y reencarnación. Queremos explorar la noción de que el "yo" seguirá existiendo después de que el cuerpo físico deje de existir.

Si suponemos que hay continuidad, y después de la muerte el yo se reencarna, ¿cómo se relacionaría ese yo con la persona que somos ahora o con el bebé que fuimos alguna vez? ¿Sería ese yo el mismo que conocemos ahora, o sería algo diferente, no relacionado con lo que somos ahora o con lo que fuimos una vez? Si un yo futuro está relacionado con el mismo yo de una vida pasada, ¿qué les une? ¿El yo del pasado es uno y el mismo que el del futuro, o es otra cosa?

Como hemos visto, la vida de cualquier individuo, desde la infancia hasta la vejez, conlleva cambios drásticos. Esto convierte al yo en un problema filosófico porque es difícil saber si hay algo en el individuo que permanece igual a lo largo del tiempo. Algunos de los criterios utilizados para investigar este problema son la continuidad psicológica y física, así como la identidad cualitativa y la identidad numérica. No es posible abordar todos ellos en esta introducción. Por esta razón, nos centraremos únicamente en la identidad numérica, es decir, que dos cosas sean una y la misma a lo largo del tiempo.5

Por ejemplo, la luna llena es numéricamente idéntica a la luna creciente, porque son una y la misma, aunque nuestra experiencia visual la perciba como algo diferente. Cuando se aplica el criterio de la identidad numérica al yo, se plantea la siguiente pregunta peliaguda: ¿qué es necesario para que el yo pasado, individual y futuro, sea el mismo que el presente, en lugar de algo diferente? La identidad numérica se convierte en un problema muy difícil cuando pensamos en la reencarnación. Por ejemplo, ¿qué hace que un niño con recuerdos de vidas pasadas sea idéntico a su yo de una vida pasada?

Algunos filósofos afirman que lo que hace que un individuo sea el mismo a lo largo del tiempo es la existencia de un alma, considerada como sinónimo del yo. Por ejemplo, por un lado, Locke creía que el alma, o espíritu, es una sustancia inmaterial que hace que la persona sea la misma a lo largo del tiempo. Por otro lado, el filósofo Derek Parfit (1942-2017) ha dicho que no es posible saber si tenemos un yo que permanece igual a lo largo del tiempo. De hecho, no es posible saber qué es el yo. Para apoyar su afirmación, diseñó dos experimentos mentales, y nos centraremos en el llamado "Teletransporte":

Uno entra en un cubículo de la Tierra. Un escáner mapea el estado de todas las células de su cerebro y cuerpo, destruyendo su cerebro y cuerpo en el proceso. A continuación, la información se transmite a Marte, donde un replicador hace una copia orgánica perfecta de su cerebro y su cuerpo. Alguien se despierta en Marte pensando que es usted. Exactamente como usted en carácter y memoria. Mucha gente piensa que el teletransporte es sólo la forma más rápida de viajar; se viaja a la velocidad de la luz. Sin embargo, algunos piensan que es una forma de morir. Le matan y luego en Marte hacen su réplica. Fabrican a alguien que es exactamente como usted, pero que no es usted.6

Parfit sugiere que cometemos un error al pensar que podemos ser la misma persona a lo largo del tiempo. Imagine, por ejemplo, que hay un problema en la máquina de rayos. Supongamos que entra en el cubículo, pulsa el botón y no ocurre nada. Sale y el técnico le dice: "Tenemos un problema. Su réplica llegará a Marte en unos minutos, pero usted sigue aquí. No se preocupe, lo arreglaremos pronto, y su réplica se destruirá en unos días". Cuando su réplica llega al cubículo en Marte, la réplica sale y se le informa que ha habido un error y que será destruida en unos días.

Parfit dice que el primer punto de vista budista era que gran parte de nuestro sufrimiento es resultado de la falsa creencia del yo: "Buda dijo que hay acciones, y también hay consecuencias, pero no hay agente, no hay individualidad. Este punto de vista indica que no hay un yo real, y por esta razón, no debemos discutir qué es el yo; sino qué clase de cosa es".7

Del mismo modo, David Hume (1711-1776) sugiere que el yo es una ilusión, y que no existe. En este sentido, no hay nada que haga que la persona pasada, presente y futura sea la misma a lo largo del tiempo, y no hay identidad numérica. En consecuencia, la reencarnación es una imposibilidad. Hume sostiene que no hay un yo o un alma, sino un conjunto de impresiones. Comienza su indagación considerando la definición dada por otros filósofos de que el yo es algo inmutable y constante a lo largo del tiempo.8 Luego, intenta explorar si el yo existe contemplándose a sí mismo, es decir, haciendo introspección.9

Sin embargo, durante el proceso, tropieza continuamente con percepciones transitorias como "el calor, el frío, la sombra, el amor o el odio".10 En ningún momento se observó libre de tales percepciones efímeras.11 Posteriormente, explica que las percepciones se originan a partir de impresiones. Por ejemplo, ver, sentir, oír, amar u odiar son todas impresiones vivas. Las ideas también son impresiones, pero no tan vívidas. Por ejemplo, si estoy comiendo una manzana, tengo una fuerte impresión de ella, porque estoy sintiendo su textura, saboreándola. Si pienso en la manzana una semana después de haberla comido, tengo una idea sobre ella. Desde su punto de vista, las ideas se derivan de las impresiones sensoriales.

Además, la mente no es más que un escenario en el que las percepciones se suceden una después de otra con excesiva rapidez.12 Mediante la contemplación, Hume intenta saber de qué impresión se deriva la idea del yo, pero no puede encontrar la fuente de esa idea. Entonces afirma que el paso de la mente de un objeto a otro se produce con gran rapidez y suavidad, asociando la mismidad al objeto, que en realidad no existe.13 Por lo tanto, la idea de un yo numéricamente idéntico se deriva de diferentes objetos conectados por una estrecha relación y confundidos entre sí por la acción de la imaginación.14 Concluye que no hay un yo, sino un "haz o colección de percepciones diferentes que se suceden una tras otra, con una velocidad inconcebible, en perpetuo flujo y movimiento".15

Siempre que hago una introspección, como hizo Hume, tropiezo con las percepciones. Sin embargo, me pregunto ¿qué es lo que observa tales percepciones? Cuando intento observar al observador, me encuentro atrapado en el observador, observando lo que observa ad infinitum. El objeto no puede nunca observarse a sí mismo, sino que sólo puede observar la relación de los objetos. Del mismo modo, en términos introspectivos, no hay nada para ser observado. Por lo tanto, el yo puede existir y, porque es uno y el mismo consigo mismo, no puede observarse a sí mismo.

Por ejemplo, imaginemos que el color azul es una persona a la que llamaremos señor Azul. Vive en un mundo donde todo es azul. En ese mundo no hay diferenciación, solo igualdad y, por lo tanto, nada para ser observado. Por tanto, el Sr. Azul es uno y el mismo con él mismo y con todo lo que le rodea y, por esta razón, no puede observarse a sí mismo. Ahora bien, si imagino que el Sr. Azul (con todas las percepciones sensoriales conocidas) vive en un mundo con diferenciación, es razonable suponer que puede observar la diferenciación a través de la relación de los objetos, es decir, la diferenciación implica que el Sr. Azul vive ahora en un mundo como el nuestro; un mundo con muchas cosas y diferentes colores.

Si imaginamos que Sr. Azul vive en un mundo diverso, hace introspección para tratar de saber si existe un yo, podrá observar la relación de los objetos, pero no podrá observar su yo, porque es uno y el mismo con él. Para observar algo, es necesario apartar al observador de lo observado. En el caso del yo, ¿cómo puedo separarme de mí mismo para observar mi propio yo? Por lo tanto, hay una identidad numérica en el yo, pero nunca podemos observarlo porque somos uno y lo mismo con él. Podríamos llamar a esta identidad numérica yo, alma o espíritu.

Al igual que Parfit, tiendo a pensar que es imposible saber qué es el yo. Pero aunque piense que no es posible conocer el yo, puedo intentar, teóricamente, explicar lo que parece ser. Para explicar lo que creo que es el yo, primero debo establecer una distinción entre el yo y la identidad personal. Me refiero a esta última como la relación de los objetos, y a la primera como el objeto mismo. La razón por la que hago esta distinción es que la identidad personal nunca es la misma a lo largo del tiempo.

La vida de un individuo también depende de las impresiones sensoriales de las que se derivan las percepciones.  Las percepciones son siempre fugaces. Por tanto, la identidad personal no puede ser numéricamente idéntica a lo largo del tiempo. Sin embargo, el yo es diferente. El yo es la conciencia abstracta que todos tenemos. Por ejemplo, si me imagino a mí mismo con amnesia, aunque no supiera quién soy, tendría conciencia de mí mismo. No importa bajo qué circunstancias me imagine a mí mismo, como entidad viva, esta autoconciencia está siempre presente.

Por lo tanto, esta conciencia es el yo numéricamente idéntico a lo largo del tiempo, pero no implica la noción de permanencia. De esta conciencia surge la idea de la identidad personal como algo permanente en el tiempo. La identidad personal es el conjunto de percepciones que Hume describe tan bien, y se conoce en el sistema teosófico como kâma-manas (deseo-mente). El yo es la conciencia abstracta, numéricamente idéntica a lo largo del tiempo porque, sin importar los cambios que sufra la identidad personal, la autoconciencia parece ser eterna en una persona viva consciente. Por lo tanto, mi objeción a la afirmación de Hume de que el yo no existe puede resumirse brevemente así: él consideró la relación de los objetos, pero no el objeto mismo, al confundir el objeto (el yo), con la relación de los objetos (la identidad personal).

Se podría objetar que he interpretado desfavorablemente la afirmación de Hume y que no existe el yo, sino sólo un conjunto de percepciones que se mueven a gran velocidad. La rapidez con la que estas percepciones se mueven en la mente da lugar a la idea de un objeto que no puede observarse a sí mismo. Por lo tanto, no hay objeto. A esta objeción, pregunto si se puede observar la diferenciación sin la igualdad. La noción del yo como un conjunto de percepciones implica diferenciación. Sin embargo, la diferenciación y la semejanza, como conceptos, son interdependientes; una no puede existir sin la otra. Por lo tanto, la noción del yo como una ficción da lugar al siguiente problema: ¿Dónde está la igualdad para percibir la diferenciación? Mi respuesta es que la igualdad está en el yo.

Alternativamente, también se puede objetar que sin impresiones no es posible la introspección y la observación del observador. Por lo tanto, lo único que existe son las percepciones derivadas de las impresiones sensoriales. Por tanto, no existe el yo. Mi respuesta a esta objeción es que, efectivamente, el proceso del observador que observa al observador depende de las impresiones sensoriales, pero una cosa que depende de otra cosa, o de un conjunto de cosas, para existir no tiene por qué ser la cosa o el conjunto de cosas de los que depende para existir. Por ejemplo, yo dependo del agua y de la comida para existir. Sin embargo, no soy ni la comida ni el agua ni su conjunto. Por tanto, dependo de un conjunto de cosas para existir, pero no soy necesariamente esas cosas de las que dependo.

La misma lógica puede ser aplicada al objeto que depende de las impresiones para existir. Esta dependencia no tiene por qué dar lugar a la inexistencia del objeto, es decir, del observador. En resumen, mi objeción a la afirmación de Hume es que considera la relación de los objetos, pero no el objeto mismo. Al hacerlo, confunde el objeto con la relación de los objetos, y el yo con la identidad personal. El yo es esa conciencia abstracta que tiene todo individuo. Esta conciencia es numéricamente idéntica a lo largo del tiempo, porque no importa el número de cambios que sufra la identidad personal, la conciencia del yo siempre está presente en un ser humano vivo. Por lo tanto, parece que existe un yo abstracto. Al sugerir que el yo existe y no es una ficción, debo decir que no estoy hablando de algo permanente, sino de algo sujeto a cambios.                                 (Continuará)

 

Notas finales

1. Walker, E. D., "The Poetry of Reincarnation in Western Literature" (La poesía de la reencarnación en la Literatura Occidental") en The Path, 1887, no. 4, p. 102; nº 5, p. 133; nº 6, p. 168; nº 7, p. 193.

 

2. Thompson, M., "The Final Thought" (El pensamiento final, la reflexión final) en The Path, julio de 1887.

 

3. Ibid.

 

4. Hobbes, De Corpore, 11.7.

 

5. Warbunton, 2011, p. 12.

 

6. "Paradoja del teletransporte" en Wikipedia, <es.wikipedia.org/wiki/Teletransportation_paradox>.

 

7. Véase Parfit en "Identidad personal" <youtube.com/watch?v=B64XTV6JNHA>.

 

8. Hume, [1738-40], en Cottingham, 2008, p. 285.

 

9. Ibídem, p. 286.

 

10. Ibid.

 

11. Ibid.

 

12. Ibídem.

 

13. Ibídem, pp. 286, 287.

 

14. Ibid.

 

15. Ibídem, p. 286.

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

“Los principios [teosóficos] son: la unidad y la causalidad universales; la solidaridad humana; la ley del karma; la reencarnación. Estos son los cuatro eslabones de la cadena de oro que debe unir a la humanidad en una familia, una Fraternidad universal”.      

                                                                                    H. P. Blavatsky, La Clave de la Teosofía

 

Anterior
Página 9
Siguiente