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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 138 - Número 06 -  Marzo 2017 (en Castellano)

 
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Más allá del cerebro:

La fuerza unificadora del yo y la conciencia

 

Sangeetha Menon

 

Profesor del Instituto Nacional de Estudios Avanzados, Bangalore.

Conferencia Teosofía-Ciencia dada en la Convención Internacional de la ST, Adyar, el 3 de enero de 2017.

 

 

 

Dos amistosas aves se posaron en el mismo árbol; una saltaba de un lado a otro picoteando las frutas ácidas y dulces; la otra observaba silenciosamente, sin comer.

-Mundaka Upanishad, III.I.I.

 

El cerebro es una de las partes más importantes del cuerpo humano, el que se estudia en el presente para comprender el funcionamiento de la sensación, emoción y consciencia. Se acepta que la única unidad de información y experiencia que conecta sensación, emoción y consciencia es el “yo”. Hay dos corrientes principales de debate. Se argumenta el yo, tanto como un concepto cognitivo que ayuda a enlazar los extremos perdidos entre las funciones física y psicológica, como el centro de la experiencia consciente. Aun cuando son diferentes los argumentos para estas dos posiciones, se concuerda que el comportamiento humano, actitudes y emociones están intrincadamente entrelazadas con las estructuras neuronales, por un lado, y el yo indivisible que experimenta, por el otro. Cerebro y yo, son los hilos comunes usados por la neuropsiquiatría, neurofarmacología y filosofía, para tener algún sostén en uno de los problemas más insolubles de la humanidad, es decir, la “consciencia”.

 

¿Hay un tema en común en los estudios del cerebro y el yo, que aparezcan una y otra vez? Sí, es el intento de explicar la unidad, continuidad y adherencia de nuestra experiencia, ya sea sensorial o mental. Filosóficamente, seguimos preguntando acerca de la unidad mente-cuerpo, de cómo la mente y el cuerpo – con diferentes naturalezas – pueden conectar y dar origen al significado y la cualidad de la vida. El “problema de enlace” y el “difícil problema chalmersiano” ponen en consideración el antiguo problema mente-cuerpo en el contexto de la consciencia. Ambos exigen mecanismos y razones para la influencia mutua. Las interconexiones entre cerebro y yo han sido especialmente evitadas en el desarrollo de la comprensión del cerebro y sus funciones. La idea clásica acerca de un cerebro con áreas corticales designadas y funciones asignadas, aunque no está en boga ahora, la visión que la sustituye es que el cerebro es un órgano con elevadas capacidades para sobrevivir aún con menos áreas corticales.

 

¿Dónde y cómo está el “yo” alojado en el cerebro? ¿Cómo hace el yo cambios adaptables en la persona que corresponden a cambios en el cerebro? ¿Cómo influencia y modifica el yo las funciones neuroquímicas del cerebro? ¿Puede el cerebro enfrentar sus desafíos estructural y funcional sin recurrir al yo? ¿Puede haber un yo sin la interconexión del cerebro y el sistema límbico? ¿Están el cerebro y el yo desafiándose constante y mutuamente?

 

Estas preguntas y otras similares puede que no susciten una respuesta inmediata considerando las formas complejas en que ambos, nuestro cerebro y el yo, están conectados a nuestros conceptos y pensamiento causal. Ni siquiera tenemos muchas formas de comprender el sujeto y el objeto excepto por relaciones causales. Casos médicos estudiados por los neurosiquiatras a menudo muestran que la forma en que se comportan los pacientes antes y después de un tratamiento ni siquiera es responsable de llegar directo a las relaciones causales entre el cerebro y el yo. La diferencia sujeto-objeto es profanada cuando el cerebro se comporta de maneras no fieles a su estructura esencial física neuronal. ¿Puede el cerebro ser considerado como objetiva y físicamente diferente, cuando desafía las leyes de la medicina? ¿Cómo conciben el cerebro y el yo el desempeño de su función y crean la conspiración de la experiencia donde el aspecto físico del cerebro se pierde en la subjetividad del yo?

 

Así como hay correlaciones neuronales de la consciencia, deseo sugerir que hay correlaciones del yo con la consciencia (tales como la compasión, amor, quietud). Correlaciones del yo (tanto positivas como negativas) parecen modificar las funciones de las correlaciones neuronales de manera curiosa. El Bhagavadgita es un libro que podría considerarse como un texto fundamental para comprender la relevancia de la “correlación del yo”, comenzando desde los atributos de una persona de sabiduría confiable (sthitaprajña) (Gita, II.54), a los valores y estados mentales (Gita, XIII,8-12) requeridos para una vida sana.

 

La aparición de la Psicología Espiritual como una disciplina importante nos ayudará a comprender el significado de la correlación del Yo que es esencial para el “desarrollo interno”. Necesitamos comprender y trabajar hacia el desenvolvimiento de herramientas terapéuticas para aminorar los desafíos y disfunciones que surgen debido a la permanencia pobre o insuficiente en el Yo. La auto-permanencia es el aspecto central de las tradiciones espirituales, ya sea orientales u occidentales. Y, la Auto-permanencia incluirá disciplinas mentales y físicas, valoración de la cultura, rituales, arte e inclusión de la comprensión indígena en la medicina y cuidado de la salud.

 

Emergerán mayores percepciones en la naturaleza del yo -neuronal, psicológica y terapéutica –, si enfocamos nuestra investigación en los desafíos presentados por la Psicología Espiritual.

 

Introducción y preguntas transmitidas

 

Podríamos suponer que el viaje en el espacio inexplorado de la consciencia comenzó en el albor de la vida humana, o en el uso del lenguaje, o en el advenimiento de disciplinas tales como la biología, filosofía y psicología, o desde que tuvimos la curiosidad de conocer mejor el cerebro. ¿Cuán lejos hemos llegado, y cuánta distancia hemos recorrido en este viaje?

 

Nosotros, siguiendo principalmente el principio de falsi-fiabilidad, hemos adquirido nueva sabiduría y desechado viejas ideas sobre conceptos complejos que se relacionan con el órgano biológico que es el cerebro, y el órgano psicológico que es la mente. En esta dirección también hemos comprendido que el yo, sea que lo llamemos sináptico, neocortical, inconsciente o espiritual es la presencia ineludible que da significado a la coexistencia de la mente y el cerebro.

 

Sin el yo, no hay propósito para la existencia del cerebro y la mente. No podemos legitimar nuestra indagación sin un yo que experimente o descubra los espacios inexplorados de la consciencia. Esencialmente, el viajero en la morada de la consciencia es el mismo yo. El yo nos trae el misterio de la consciencia, su origen y naturaleza, señalando los límites de las estructuras física y psicológica que conocemos a través del cerebro y la mente.

 

El enigma principal que la consciencia nos presenta es encontrar el esquivo agente y el gozador, en y a través de la experiencia. Usamos técnicas de imágenes cerebrales, encefalógrafos, indicadores radioactivos a color, pruebas clínicas de diagnóstico, experimentos de inteligencia cognitiva y artificial para rastrear los contornos del agente de la acción y el gozador de la experiencia, conociendo bien las posibilidades y límites de las metodologías.

 

El punto crucial del enigma que trae la consciencia con ella nos inspira a conceptualizar maneras en las cuales el cerebro y el yo se desafían mutuamente. La consciencia está ribeteada de atributos neuronales y del yo.

 

Como sabemos actualmente, el cerebro no es un órgano biológico aislado, sino un cerebro auto-desafiado, por su misma existencia y subsistencia. Por el contrario, convenimos que el yo no puede ser una entidad completamente abstracta que se descubre solamente a través de la experiencia, sino que ha de ser visto como un yo desafiado por el cerebro. Por lo que tendrán que surgir mejores metodologías para comprender la consciencia de situar el yo desafiado por el cerebro y el cerebro desafiado por el yo, como el centro del problema, y no de ver el cerebro y el yo aisladamente. Sin el cerebro no podemos tener las capacidades cognitivas para indagar en los embrollos de la complejidad biológica que influencia la sofisticada existencia de la vida. Sin el yo, no hay alegría en investigar el órgano más desafiante e impredecible del cuerpo. Es el yo lo que nos da lo que humanamente podemos llamar “divertido” y “alegre”.

 

Los confines últimos de la consciencia son el cerebro y el yo. El yo concretiza el “problema difícil” de la consciencia. En este viaje para ver y ser en el espacio inexplorado, las teorías pueden fallar, pero las experiencias darán nuevas percepciones.

 

El yo-en-el-cerebro y el-cerebro-en-el-yo podrían también requerir que veamos el cerebro no sólo en el contenedor (es decir, físicamente) y el yo no solo en la cultura.  Las posibilidades abstractas del yo desconocido nos sorprenden experimental y terapéuticamente más allá de los límites de la cultura y la biología. El cerebro y el yo están conectados de una manera que los desafíos entre estos dos deciden la dirección que tomamos para ubicar la consciencia. En el proceso, admitimos la autoridad biológica de un cerebro en desarrollo y un yo emergente. El mayor desafío ante los estudios de la consciencia es preguntar, y luego proceder a trazar claros senderos que comienzan con la cualidad física de las estructuras neuronales, y terminan con la subjetividad de la experiencia, aunque es una tarea cercana a lo imposible. Con ese desafío también surgen preguntas tales como:

 

¿Está el cerebro programado para cada sensación separadamente y sin cambio?

 

¿Cuál es la naturaleza de la intervención del agente consciente y su rol en desarrollar la adaptabilidad?

 

¿Cuál es el rol de la memoria como formador de puentes entre la cualidad física (del cerebro) y la subjetividad (del yo)?

 

¿Cómo crean la conspiración de la experiencia el cerebro y el yo juntos en donde la cualidad física del cerebro se pierde en la subjetividad del yo?

 

¿Cómo podemos conceptualizar el yo como el dador de significado, teniendo ambos características emergentes y constantes?

 

Principalmente, ¿es el yo el camino principal para el espacio de la consciencia?

 

El Yo y experiencias alternadas del Yo

 

Experimentos sobre relaciones neuronales trazadas de experiencias místicas se han hecho desde hace alrededor de una década. Comenzaron con el trabajo inicial de Newberg et al, y otros, y con la llegada de sofisticadas máquinas de detección del cerebro, tales como fMRI (imagen por resonancia magnética funcional), y SPECT (tomografía computarizada de emisión monofotónica), los neurocientíficos están  abordando cada vez más, ciertas experiencias llamadas “místicas”. Este nuevo enfoque para estudiar experiencias místicas es llamado “neurociencia espiritual”, la que, como otras ramas de la neurociencia, también considera las experiencias místicas como siendo comunicadas por el cerebro.

 

El cambio del nuevo milenio ha visto la aparición de la “neurociencia espiritual”, un campo de investigación científica en la encrucijada de la psicología, religión, espiritualidad y neurociencia. El objetivo principal de este nuevo campo de investigación es explorar los soportes nerviosos de las experiencias religiosa / espiritual / mística (RSMEs).

 

Estudios recientes sobre las conexiones (estructural y ontológica) entre el cerebro y Dios han presentado una imagen humanizada del cerebro. Estos trabajos no se alejan de la posición fundamental (científica) de que aun cuando es profunda la experiencia de Dios, tendrá que ser canalizada y experimentada a través del cerebro. La hipótesis principal que sostiene estos trabajos son el papel de las áreas de asociación del cerebro, mitos que sostienen el concepto de la creencia religiosa, función integral del sistema nervioso simpático y parasimpático, y la capacidad del cerebro de distinguir entre el yo y el resto (no-yo) fuera de él, y también de modificar o extender esta división.

 

También ha de decirse que estos estudios, con asombrosos detalles de la capacidad humana para formar un yo y de extender continuamente sus límites, ahora son posibles por el avance en las tecnologías de escaneo del cerebro. Las tecnologías más significativas son la tomografía computarizada por emisión de mono-positrones (SPECT), formas diferentes de tomografías por emisión de positrones (PET), tomografía electromagnética de baja resolución (LORETA), electroencefalografía (EEG) y electroencefalografía cuantitativa (QEEG).

 

Una teoría difundida, si no corriente principal, acerca de la versión fisiológica de las experiencias religiosas y místicas, es que ellas tienen una ubicación neuronal. Muchos investigadores consideran que las experiencias religiosas y místicas son procesadas en el lóbulo temporal y el sistema límbico. Inspiradas por esta teoría, las experiencias religiosas y meditativas son a menudo reorientadas (desde el entorno natural de monjes tibetanos o monjas franciscanas) a condiciones de laboratorio donde tales experiencias son provocadas, observadas, e incluso controladas. Una de las hipótesis emergentes de tales experimentos es que se pueden inducir experiencias similares en cerebros normales con la ayuda de estimulación eléctrica de las áreas específicas del cerebro, administrando substancias psicodélicas, o se obtienen como experiencia natural en pacientes con epilepsia temporal.

 

La pregunta más importante para los escépticos como también para los experimentadores es: ¿la experiencia religiosa o mística está siempre relacionada a alguna forma de anomalía o disfunción cerebral? ¿Es verdad que para determinar con precisión una determinada experiencia religiosa tiene que haber deficiencias en el lóbulo temporal? La historia de los estudios mentales han favorecido enormemente las interpretaciones naturalistas, para comparar con algo más cercano a lo estructural. Pero, entonces con este enfoque, ¿socavamos un fenómeno singularmente central para la experiencia humana, para favorecer otro similar en el mundo natural?

 

Debates recientes se han movido desde la existencia (o no existencia) de Dios a la representación de la experiencia de Dios en el cerebro. El primer debate quizás es un torbellino filosófico. Pero el segundo abre las posibilidades de diálogo no sólo en la naturaleza de la experiencia religiosa, sino también en la miríada de puntos de referencia y diferentes experiencias humanas. Junto al segundo debate viene el reingreso de mitos y expresiones culturales para comprender la experiencia mística desde un punto de vista evolutivo.

 

La experiencia del ser, absoluta y unitaria, está marcada por claras señales neuronales tales como el aumento del flujo sanguíneo en la corteza pre-frontal, que es el área de la concentración, y la disminución de la actividad en el área de asociación con la orientación en el lóbulo parietal. La menor actividad en el área de asociación con la orientación es responsable de la sensación de pérdida del propio yo o de expansión de sus límites.

 

Entonces, ¿dónde está el yo? ¿Es una invención de la mente producida en cooperación con la actividad cerebral? ¿Cuál es la relación entre el cerebro y el cuerpo? ¿Cómo trabaja el trío de cerebro, cuerpo y yo?

 

Auto-correlación

 

En conexión con la idea de vida encarnada que usamos actualmente para explicar y comprender muchas de las acciones humanas, la pregunta que surge es acerca del lugar del yo. ¿Dónde está ubicado el yo para ayudar en la encarnación? ¿Es la “vida corpórea” el mejor modo de “entender” la consciencia? ¿Se comprende mejor la consciencia, respecto a su esencia, por la posibilidad de no encarnar? La consciencia funciona a través del yo como consciencia de sí mismo, consciencia de otros yoes, y “consciencia de la consciencia de otros yoes” (un tercer nivel de consciencia que se refleja en la teoría sobre nuestra la mente). ¿Es que el tercer nivel garantiza un estado de no-encarnado? Por el contrario, ¿es que el misticismo metafísico que sostiene la salvación del cuerpo (estados desencarnados), tales como la liberación del yo, descuidan el significado de la vida encarnada y la sensibilidad del yo? Estas preguntas centrales también nos invitan a inferir el orden de la ubicación del cerebro, la mente y la consciencia, y la relación de cada uno con el yo. ¿Está el yo ubicado en el cerebro, o en la consciencia o en ambas? ¿Son mutuamente posibles la ubicación del yo y la no-ubicación de la consciencia?

 

Otro lado de la interacción yo-cerebro es la presencia de las expresiones humanas manifestadas tales como la empatía, que me gustaría denominar como una “auto-correlación”. ¿Por qué la empatía? ¿Hay una ventaja evolutiva que favorezca las neuronas espejo? La empatía y el amor crean extensos significados para la existencia y experiencia del yo. La plasticidad del cerebro enseña que el yo tiene afinidad, constantemente, con el cambio. El cerebro junto con el yo perfecciona el arte de la transformación y la adaptación. Los casos de pacientes neuro-psiquiátricos, individuos con lesiones en la columna y capacidades auto-perceptivas deficientes, quienes aceptan sus particularidades, invocan una dimensión más profunda del yo, que es el núcleo y no tiene nombre. Nuestra capacidad de auto-reflexión de maneras más profundas y de descubrir nuevos significados, produce bienestar. Al igual que suponemos que hay correlaciones neuronales de la consciencia, podría también considerarse que la consciencia se correlaciona a sí misma. Las auto-correlaciones son capacidades manifestadas tales como la empatía, introspección y permanencia en un yo-esencial. Nosotros experimentamos y reconocemos las versiones más pequeñas de la auto-correlación en los mecanismos de los muchos mapas neuronales que son descifrados a través de las complejas habilidades y sensibilidades del cuerpo. El cuerpo, de cierta forma, es un reflejo más pequeño del yo-esencial.

 

Más allá del cerebro y del cuerpo

 

Si no se pregunta de otra forma, la idea del cuerpo es algo dada y natural para nosotros. Pero surge la duda, no sólo en términos de comprensión, sino aún en la experimentación, cuando reflexionamos sobre el poseedor, el usuario y testigo del cuerpo. El primer pensamiento sobre estas tres relaciones nos trae al asunto de la encarnación. ¿Es la encarnación la experiencia principal, limitada por ciertas necesidades, tales como la exterioridad de la piel y la interioridad de la mente personal? ¿Es la encarnación la que nos da la diferencia de “afuera-adentro” y “tuya-mía”, ambas afinadas por un distinto sentido de “yo” y “el resto del mundo” (otro)? El sentido del cuerpo - ¿resulta de la diferencia básica de “yo y el resto”, o por el contrario,  ¿es que la distinción de yo y el otro surge del sentido del cuerpo (aunque sea muy inclusivo o exclusivo)?

 

Los límites principales actuales que asumen encarnación son: la evidente concentración en un concepto del cuerpo, conservar la estructura conceptual del cuerpo sin su cualidad física, y colocar la posibilidad de trascendencia como una propiedad de estructuras y sucesos encarnados.

 

La idea del cuerpo en gran parte de la literatura científica cognitiva es tergiversada y reducida, siendo muy limitada a la representación funcional y a las acciones corporales contextuales. La teoría platónica del mundo dual, la interacción cartesiana mente-cuerpo, el fácil y difícil problema chalmersiano de separar, implica dualismo y exclusividad de la res extensa y res cogitans, que continúan influenciando las teorías de la mente y el cuerpo.

 

Para una perspectiva diferente consideremos la idea de jiva de la Vedanta, en resumen el equivalente de un yo encarnado. Esta idea trata de explicar el tema de la encarnación en el contexto de lo que deseo llamar “enmundanamiento”, situado dentro de una cuestión mayor del mundo experimentado. La encarnación es secundaria al “enmundanamiento”, ya que desde una visión macrocósmica el mundo es el cuerpo (vapus) de Dios. La encarnación se comprende en el contexto del “enmundanamiento”. Para la Vedanta, la encarnación es el medio de comprender la naturaleza jamás corpórea de la consciencia pura, que es el yo esencial. La idea de la Vedanta de tres cuerpos y encarnaciones penetra ambas - o aporía. Para la Vedanta, surge la perspectiva dualista desde el punto de vista del cuerpo, y no es válida desde el punto de vista de la consciencia pura (atman). La visión interna-externa es desde el punto de vista del cuerpo, y no de la consciencia pura. Esto no significa que la jerarquía sea real, o que, en la jerarquía, la consciencia pura está en la cima. El énfasis está en la subjetividad que es encarnada por una persona liberada. La liberación encarnada, jivanmukti, de acuerdo a la Vedanta, es centrar el cuerpo en la consciencia pura, y no al contrario. La encarnación se ve desde el punto de vista de un “sistema corporal sistematizado” y complejo.

 

Actualmente, cuando muchas de las ciencias cognitivas inspiradas en la fenomenología han rescatado al “cuerpo” de ser algo solo de tejido muscular físico, para ser algo más subjetivo, uno todavía está apegado a la idea de un cuerpo discreto, desconectado y decodificado, cuya agencia se define alrededor de funciones cognitivas exclusivas y neuronales más bien que expresiones del organismo. Una perspectiva como la de la  Vedanta que se enfoca en la trascendencia que resulta de la consciencia pura (y no de la encarnación) presenta el concepto del cuerpo nuevo.

 

El Yo-esencial

 

La idea de un yo-esencial y su existencia han sido teorizadas e interpretadas por científicos y terapeutas de modo diferente. Utilizo el yo-esencial para significar el profundo yo orgánico que no está influenciado por el yo físico, mental o social. El yo-esencial es un espacio de la consciencia sin formas o nombres, y es fuente de sanación. Muchos de los debates sobre el cuerpo y la encarnación han robado la posibilidad y presencia del yo-esencial, el cual no se encarna ni se idea. El yo-esencial no es una entidad naciente o mínima dependiente del cuerpo y de las funciones corporales, sino que se expresa a través de ellas.

 

Sin un concepto del yo-esencial, es casi imposible la terapia y sanación de mentes desorganizadas. Los psicoterapeutas van más allá de lo físico, neuronal y a veces aún de la mente, para reunir en un todo la mente desintegrada, lo que conduce al crecimiento y bienestar de la persona. La limitación principal de las teorías y enfoques centrados en el cuerpo, tales como cognición y acción encarnadas, es que a algo que es físico, y por lo tanto mortal, se le da una condición inmortal. La evidente necesidad de resguardar el cuerpo e ideas corporales es quizás una respuesta a las teorías tradicionales y clásicas que han considerado el cuerpo con temor y duda. Pero recientes intentos también han servido en la elevación metafísica del cuerpo a una entidad no-corpórea, que obviamente no es. El concepto del yo-esencial ayudará a criticar de una manera sana la exagerada fascinación en usar el cuerpo y la encarnación para explicar todo lo que es humano y acciones humanas, y presentar la claridad metafísica con el realce en una presencia espiritual no corpórea.

 

Actualmente, algunos terapeutas cognitivos reconocen la importancia del aprendizaje por medio de la experiencia para cimentar el aprendizaje conceptual en el cuerpo para crear nuevas referencias y hábitos experimentales. La auto-narrativa del jivanmukta, el ideal védico de un yo liberado del mundo, sugiere que el estado ideal de liberación no es un estado desencarnado o una adquisición adicional, sino eso que involucra un cambio en las referencias experimentales y el concepto del “otro”. Por esa razón, la encarnación para un jivanmukta está situada en el mundo, en el enmundanamiento, y no necesariamente está en el abandono o adquisición del cuerpo y, de esto, sus acciones. La unidad integral concebida por la encarnación humana es mejor comprendida cuando es vivida y experimentada con la atención en el yo-esencial.

 

El Yo en el cerebro y el cerebro en el Yo

 

Dado el abrumador dominio del cerebro sobre el cuerpo humano y la mente, ¿puede la manera en que actuemos, pensemos y tomemos decisiones ser modificada por la comprensión del cerebro humano? Estudios del cerebro en participación con una multitud de disciplinas, incluyendo enseñanzas religiosas y espirituales, anticipan la posibilidad de cambios en la experiencia del yo. Estudios sobre disfunciones neuronales, neurociencia afectiva, relaciones arte-mente y experiencias espirituales revelan no solamente la posibilidad de mayores cambios cognitivos y motrices, sino también cambios en la percepción y expresión de sí mismo. La naturaleza regenerativa del cerebro lanza desafíos abiertamente estimulantes para todos los comprometidos en conocer mejor el yo humano.

 

Los estudios de la consciencia han anunciado a todos que el cerebro es la base de la consciencia, y la consciencia puede ser encontrada en diferentes áreas del cerebro. Mientras, definitivamente el rol del cerebro y también las especificidades funcionales incrustadas en diferentes fragmentos neuronales, no pueden ser socavadas, la idea de que el cerebro es la causa de la consciencia es inaceptable para esos que creen en el poder mayor del yo humano.

 

Comenzamos con la teoría de que el cerebro crea el yo. Pero luego, en algún punto el yo comienza a influenciar el cerebro. Hay una influencia contraria que invade la vía clásica causal. El yo-en-el-cerebro y el cerebro-en-el-yo se influencian mutuamente para crear adaptabilidad para nuevos escenarios. Con el esfuerzo del yo, el cerebro crea nuevas redes neuronales. Con el nuevo aprendizaje, uno recibe energía que estimula más las funciones del cerebro. ¿Podemos suponer que es el yo-esencial el que hace el esfuerzo, cuyo cerebro está influenciado por esa energía, quien le dice al cerebro que cambie y se adapte?

 

¿Experimentamos o tenemos acceso a un yo-esencial que no está relacionado al yo que es convocado y trascendido en el cerebro?

 

¿Puedo tener un yo a pesar de mi cerebro y encarnación? No es en absoluto fácil responder esta pregunta ya sea de forma afirmativa o negativa.

 

En nuestro análisis de que parte del yo perdura después de la muerte del cerebro, hacemos una especie de división de errores. El concepto del yo que es comprendido en una discusión científica es un compuesto de aspectos neuronales, emocionales y conductuales.

 

Cuando ocurre la muerte, no hay manera de entender estos aspectos de una manera distinta. Mientras suponemos la existencia del yo después de la muerte de alguna forma, lo que olvidamos es que la idea del yo en si misma ha cambiado con la muerte del cuerpo. Ya no es más el yo que concebimos mientras el cuerpo estaba vivo y que el cuerpo expresó de muchas maneras. Por lo tanto, ¿es lógicamente correcto suponer que una parte del yo se deja después de la muerte aunque sus partes neuronales y emocionales permanecen ausentes?  Si una porción importante del yo se pierde (con la muerte), entonces ¿podemos suponer que algunas partes de él perduran? Estas son preguntas que surgen si nuestra idea del yo es un yo compuesto que es ideado sobre la base de la vida y sus expresiones.

 

¿Deberíamos nosotros, los civilizados Homo sapiens, también creer, como el antiguo Neanderthal, que el yo (alma) asciende como el humo del fuego y va hacia el espacio invisible del cielo? ¡Quizás no! Pero la pregunta que es esencial que hagamos es: ¿Hay un yo-esencial de algún modo oculto y que tiene el control total del yo vivo a través del cuerpo y el cerebro? ¿Es esa la consciencia pura? ¿Es la existencia de la consciencia pura afectada por el nacimiento y la muerte del cuerpo?

 

Una breve respuesta es que el yo-esencial está más allá del binario de nacimiento y muerte del cuerpo, y es la clave central para resolver el dilema de la consciencia, que es la fuerza unificadora que está más allá de las estructuras neuronales y funciones del cerebro.

 

 

 

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