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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 138 - Número 06 -  Marzo 2017 (en Castellano)

 
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El efecto del futuro

 

 

Tim Boyd

 

El supuesto sobre el que se basa esta charla es el de que existe algo que podríamos llamar “un futuro siempre presente” que, de alguna manera, está influyendo continuamente en nuestra vida y en el mundo, dándoles forma y guiándoles en aspectos de los que tal vez no seamos conscientes. Simplemente por el hecho de ser humanos somos seres orientados hacia el futuro. Uno de los descubrimientos de la investigación genética reciente ha sido que, dentro de cada uno de nosotros, hay un material genético que todavía tiene que expresarse. Genéticamente y biológicamente, nos está esperando un futuro desarrollo. En la tradición teosófica estamos  familiarizados con nuestro Tercer Objetivo, que habla de los poderes latentes en nuestro interior. Esos poderes no han despertado todavía, pero la seguridad de que con el tiempo despertarán nos hace conocer su presencia y expanden nuestra capacidad. Todos pensamos en el futuro y pareciera que la mayoría de los que se dedican a pensar en temas del futuro tienen la sensación de que nos encontramos ahora en la cúspide de algo grande. Según nuestros hábitos de pensamiento, la manera de ver esa grandeza puede variar sustancialmente. Para muchos de los que se han alimentado de las noticias e informes periodísticos, la visión del futuro inmediato podría ser un poco perturbadora. Si nos basamos en lo que se ve en las noticias, estaría justificada la temible respuesta que tanta gente tiene sobre lo que nos espera. Tenemos algo grande ante nosotros, pero es algo terrible: ésta es la corriente que parece arrasar en nuestro mundo actual. La temible respuesta es la base de las noticias de la noche, de la violencia, de las guerras y de las limitaciones que vamos observando. Ésa es una forma de respuesta. Otros basan su visión del futuro en algo distinto. En la Sociedad Teosófica (ST) tenemos la idea expresada en una de las tres Verdades de El Idilio del Loto Blanco: “El alma del hombre es inmortal y su futuro es el futuro de algo cuya grandeza y esplendor no tiene límites”. Para la mente que adopta esta visión de futuro, la grandeza que hemos de ver es de otro tipo. En la fundación de la ST, los fundadores, y especialmente H.P. Blavatsky (HPB) estaban totalmente conscientes y en sintonía con lo que ella hizo en la India. Ella no se engañaba. Decía que no tenía expectativas de que, durante su vida y ni siquiera en el siglo siguiente, las enseñanzas que estaba ofreciendo como la forma moderna que conocemos como Teosofía pudieran comprenderse o implementarse claramente hasta algún momento del futuro. Su obra fue extraordinaria y su posición muy solitaria. En esos momentos ni siquiera existía en el mundo occidental el lenguaje necesario para hablar de las ricas semillas de pensamiento que ella iba sembrando en la conciencia humana. No había un lenguaje para debatir esa forma radical de Unicidad, o la multidimensión del ser. El mundo occidental no tenía un lenguaje que pudiera hablar de la inteligencia siempre presente en el universo, o de la auto responsabilidad hacia nuestro desarrollo y evolución espirituales. Todo eso eran ideas para las cuales el lenguaje y el pensamiento no estaban todavía preparados. Ése fue el trabajo que se le encargó a ella y a sus colaboradores. La ciencia de la época de HPB no había evolucionado todavía hasta el punto de poder tratar de manera efectiva los mundos ocultos. Nuestra época es muy distinta. Me impresionó mucho lo que nos dijo el Dr. Sangeetha Menon durante la Convención internacional sobre la conciencia y su investigación científica. Fue algo muy esclarecedor porque mi pensamiento científico se había detenido hacía unos diez años. Hubo una época en el pasado muy reciente en que cuando los científicos académicos querían estudiar la conciencia su carrera resultaba perjudicada. Esa cosa inconmensurable llamada conciencia como tema de investigación científica quedaba fuera de los límites de la academia. Me resultó fascinante oír que el planteamiento académico de la ciencia había evolucionado más allá de ese punto. Cuando se fundó la ST en 1875, estaba orientada deliberadamente hacia el futuro. La carta del Maha Chohan habla de dos corrientes de pensamiento y de la conducta humana que la reintroducción de la Teosofía y la ST necesitaban tratar. Se las definía como “superstición degradante”, es decir, el efecto de la mala religión en la mente de las personas, y “el brutal materialismo” o los efectos materiales en los que insistía tanto la ciencia de la época. Para la mente de un científico de esos momentos se trataba solamente de un universo material. Se pensaba que a menos que se introdujera una manera más profunda de apreciar el universo, la religión genuina y las potenciales profundidades de la ciencia de esa época, el futuro de la humanidad y el planeta se verían muy afectados. En ese ambiente, la Teosofía y la Sociedad Teosófica aparecieron en escena. En la Clave de la Teosofía, HPB describe el propósito de la ST muy claramente, mostrando a la humanidad “que existe algo llamado Teosofía”. Es una frase muy clara, pero me parece que debería habernos conducido a otra pregunta: “¿Cuál es el efecto de mostrar que la Teosofía existe? ¿Qué cambia con esta realización? ¿Qué tiene la Teosofía de especial para que su simple presencia y reconocimiento por la mente de personas como nosotros tenga algún efecto? En la parte restante de la cita de La Clave de la Teosofía, se amplía esta idea. Después de recalcar la primera parte del propósito de la ST, sigue diciendo que también tiene la finalidad de “ayudarles a ascender hacia ella (hacia la Teosofía) estudiando y asimilando sus verdades eternas”. Parece, inicialmente al menos, que ciertos conceptos necesitaban infiltrarse en la mente de la gente. Ideas poderosas que, cuando se les dedica un poco de reflexión de vez en cuando, tienen el poder de afectar nuestro pensamiento y comportamiento. El proceso podría compararse con una barra de hierro, un frío trozo de metal que, colocado cerca de un fuego, se calienta y adopta algunas de las características del fuego cerca del cual se ha colocado. La Teosofía parece tener un efecto similar. Nos recuerda las verdades profundas pero a veces olvidadas. Como los cuentos de hadas, nos indica los tesoros enterrados y ocultos en nuestro interior. La Teosofía como guía para la exploración y desarrollo de la vida interna se parece mucho a un mapa geográfico de nuestro mundo interno. Pero ni siquiera el mejor mapa nos llevará a nuestro destino. Un mapa puede describir, pero no nos transportará. Contamos con información de calidad que puede influir en nuestro pensamiento y comportamiento, pero ni la información de gran calidad ni la de poca calidad tienen la capacidad de transformarnos. Lo que vemos, pues, en la tradición de la Sabiduría Perenne, es que hay muchas maneras en las que los Grandes Seres han querido intentar comunicarnos estos mensajes más profundos. El Buddha, en el momento de la experiencia de su iluminación, tomó la decisión inicial de que no intentaría enseñar nada, porque aquello trascendía las posibilidades del lenguaje. Su resolución fue que experimentaría la iluminación, pero se abstendría de ejercer como maestro activo. Afortunadamente para todos nosotros, cambió de idea y, durante los cincuenta años restantes de su vida, se comunicó de muchas maneras: a través de la meditación, a través de las enseñanzas del dharma y también a través de historias. Independientemente de cuál sea nuestra tradición espiritual, uno de los planteamientos más profundos para comunicar estas verdades más internas no es el de las enseñanzas formuladas intelectualmente, sino a través de historias maravillosas. En las Estanzas de Dzyan, base de la Doctrina Secreta, encontramos: “La eterna paternidad, envuelta en sus vestiduras siempre invisibles, se había adormecido otra vez por siete eternidades”. Estas palabras se parecen a los cuentos de hadas que escuchábamos de niños. Pero este hecho no disminuye su poder. En el lenguaje más simple nos habla de un tiempo anterior a la manifestación, donde no hay ni padres ni vestiduras, ni siquiera un universo para contenerlos. La belleza de las historias y su capacidad de transmitirnos profundos vislumbres radica en que, igual que ocurre cuando leemos a nuestros hijos una historia para dormir, estimula nuestra imaginación. En ese proceso entran en la vida de la historia. Igual que si subiéramos una escalera, estos Sabios Seres nos acompañan, peldaño a peldaño, cuando seguimos estas maravillosas historias. Este método de enseñanza ha permanecido con nosotros todo el tiempo. Los libros sagrados de las grandes religiones son libros de historia, lo cual no disminuye, sino que tal vez exalta, la sabiduría y el brillo de la manera en que los Maestros han intentado instruirnos. A pesar de la inmerecida y elevada opinión que tenemos de nosotros mismos como humanidad civilizada evolucionada, los Grandes Seres reconocen lo que nosotros no reconocemos, que somos, de hecho una humanidad infantil, inmadura e incluso, muchas veces pueril. Por eso nos ofrecen historias, maravillosas historias. Aparecen muchos temas comunes en las grandes historias de las religiones del mundo y de la Teosofía. A menudo estas historias describen grandes ciclos como los del viaje de ida y retorno. Hay una hermosa historia que se cuenta en muchas tradiciones distintas. La versión simple de la historia es la base del “hijo pródigo”, “El himno de la perla”, el Ramayana, e incluso el Mahabharata. Un ejemplo sería la historia de un joven príncipe, nacido en palacio, que fue secuestrado cuando era niño. Perdió su reino y su casa real. Fue criado por una familia muy pobre. Cuando creció, alguien le llevó al palacio a trabajar como sirviente. Al cabo de un tiempo, se dieron cuenta de que aquel joven humilde que trabajaba en el palacio era, de hecho, el príncipe que había desaparecido desde hacía mucho tiempo. Cuando lo descubrieron, inmediatamente su estatus cambió. Lo trasladaron a una estancia real y le proporcionaron todos los artículos principescos que se suponía debía tener. Cuando le traían la comida, le servían en platos de oro, como era costumbre en su riquísimo reino. Pero el príncipe pensaba que todo aquello era demasiado bueno para ser verdad. Había sido criado en la pobreza y creía que aquel regalo repentino de riqueza y acceso a las cosas más elevadas terminaría pronto. Así que, recogió los platos, los candelabros y las joyas, es decir, todas sus posesiones como príncipe, y las escondió en el armario para el día en que aquella ilusión llegara a su fin. En la historia, su mente acabó por cambiar debido a la continua amabilidad, amor y compasión que le profesaba su regio padre. El tema común de esta historia quiere describir la naturaleza del ciclo de la existencia en la que estamos implicados, -apartado del palacio, el estado de unión con nuestro origen, tal vez en ese viaje de retorno a un estado exaltado pero dudoso, dudoso porque nuestros condicionamientos y hábitos no nos dejan aceptar una realidad en la cual somos reales y divinos. En la historia, la realeza del príncipe no era nada que hubiera conseguido con esfuerzo o desarrollado con métodos juiciosos, o que le hubiera sido concedido. Su realeza, igual que nuestra divinidad, se debía simplemente a su nacimiento. Nuestra divinidad se debe a nuestra emanación de la conciencia una indivisa. Estamos familiarizados con toda una serie de historias de este tipo, y su mensaje es muy similar. Es la historia de la conciencia: de cómo está limitada, de cómo se integra en la materia, de cómo progresivamente se va liberando de sus limitaciones, y de cómo retorna a su prístina naturaleza, a un estado de unidad. No importa qué tradición o qué imágenes y símbolos se utilicen, se trata realmente de una historia que se cuenta una y otra vez.

Es también la historia de la gota de agua y el océano. Un océano es una enorme extensión de agua. El agua se evapora de ese océano continuamente; el viento la lleva muy lejos y en algún lugar vuelve a la tierra en forma de lluvia. La gota de agua se separa de su origen, y pasa por muchas experiencias en su viaje de retorno. De ser una gota de agua, pasa a encontrarse en la raíz de una planta, que después puede ser comida para un animal. Viviendo dentro de su cuerpo, la experiencia de la gota está constituida por la vida y los procesos de ese animal determinado. En algún momento dejará el cuerpo del animal. Tal vez el viento se la vuelva a llevar y la deje caer en algún nuevo lugar, con toda otra nueva serie de experiencias. Finalmente, la gota encontrará su camino hasta un río, que desembocará en el océano. En las hermosas palabras del poema de Edwin Arnold, La luz de Asia: “La Gota de rocío resbala hasta el Mar resplandeciente”. De cualquier manera como se cuente esta historia, es la historia de la conciencia, una e indivisa, que descubre su naturaleza y sus poderes a través de la integración en los reinos de la limitación. Es el tipo de historias de las que ha derivado el mensaje teosófico para presentar la forma radical de unidad que se describe en el Primer Objetivo de la Sociedad Teosófica como “La Fraternidad Universal”, la solidaridad humana que es la naturaleza de quienes somos. Hacia el final de la vida de HPB, ella hizo esta afirmación sobre el futuro: “Si pudierais prever lo que yo preveo, empezaríais, con alma y corazón, a extender la enseñanza de la fraternidad universal. Es la única salvaguarda!”. El ser conscientes de la unidad confiere la curación, el poder y la paz a la vida diaria.

Hace unos años estuve en el Tibet. En todas partes nos encontrábamos con rastros del gran maestro indio budista del siglo octavo, Padmasambhava. Él fue quien llevó el budismo de la India al Tibet. Fue un personaje místico y mágico. Cuando se viaja a los lugares religiosos del Tibet, es muy frecuente encontrarse en un lugar donde estuvo Padmasambhava, y ver una huella del pie o de la mano en la piedra que quedó impresa con su pisada o su contacto. Él también se implicó profundamente en la tradición Dzogchen. Presentaba un planteamiento para la meditación de una simplicidad profunda. Conlleva cuatro pasos:

“No sigáis el pasado”. Cuando estamos sentados, cuando puede que los pensamientos aparezcan y nos llevan a las cosas pasadas, los reconoceremos por lo que son y dejaremos que sigan su camino. Pero no los seguiremos.

“No anticipéis el futuro”. Igual que los pensamientos de cosas del pasado surgen en la mente, también lo hacen las proyecciones de un futuro que todavía no existe. El consejo para meditar es que cuando surgen estos pensamientos, hay que observarlos y apartarse de ellos.

“Vivid plenamente en el momento presente”, algo que se explica por sí mismo.

“Dejad de ocuparos de la mente”. Este paso puede ser el más fascinante de todos. No hagáis nada con la mente; dejadla volver a su naturaleza prístina, una naturaleza iluminada desde la perspectiva de Dzogchen, y dejad que su posibilidad futura siempre presente se exprese.

San Francisco decía algo que tiene relación con esta misma idea: “Lo que estáis buscando es lo que está mirando”. Vemos que nuestros sentidos y atención están dirigidos hacia fuera continuamente, siempre buscando, cazando, intentando encontrar lo siguiente que nos pueda aportar alguna satisfacción y comodidad, pero la conciencia que es capaz de girarse hacia adentro es aquello mismo que estamos siempre buscando. Se halla oculta en el último lugar donde buscamos, está dentro de nosotros. Como escribió el poeta Rainer Maria Rilke, “dentro del hombre es donde se descubre a Dios”.

El sendero exterior está muy bien descrito como un encierro, una limitación, una separación. Se describe así el camino de la implicación profunda en el mundo y en la materia. El sendero de retorno, en el que nos vemos necesariamente involucrados, podría describirse como de apertura, de libertad y de unión. Entonces nos preguntaremos: “¿Cómo podemos abrirnos?”. ¿Qué podemos hacer para llegar a un estado en el que estemos realmente abiertos para expresar la posibilidad superior, siempre disponible para abrirse paso en el mundo a través de nosotros? Como Sociedad Teosófica, y como miembros, de vez en cuando, cada uno de nosotros tenemos la experiencia de estar abiertos, inmóviles, conscientes. Esta experiencia nos acontece de diferentes maneras, tal vez cuando menos lo esperamos. Uno de los objetivos de reuniones como nuestras Convenciones internacionales es el de crear las condiciones necesarias para este tipo de experiencias. Durante el tiempo que pasamos juntos, hay momentos en los que permanecemos quietos y con la mente tranquila. Nos sentimos más grandes, más expansivos, tal vez más conectados los unos con los otros. Son momentos que reconocemos y son los momentos que constituyen la finalidad de estos encuentros. Es maravilloso estar expuestos a nuevas ideas y distintos pensamientos, pero probablemente los momentos más plenos para nosotros ocurren cuando estamos más quietos y conectados, los momentos de tranquilidad. Es en estos momentos cuando los Fundadores Internos de este movimiento teosófico, esos Grandes Seres, tienen la oportunidad de irradiar su luz y presencia a través de nosotros como organización, hacia un mundo que tanto lo necesita. Por esto, especialmente durante el tiempo de esta convención, la práctica de la inmovilidad tiene un supremo valor para el futuro que se halla justo debajo de la superficie. Es una fina membrana de la conciencia que nos separa de la unión. Disminuir y disolver esa membrana es lo más importante de nuestra práctica.

 

Sea cual sea el plano en el que nuestra conciencia esté actuando, tanto nosotros como las cosas que pertenecen a ese plano son, de momento, nuestras únicas realidades. A medida que nos elevamos en la escala del desarrollo, percibimos que, durante las etapas por las que hemos ido pasando, confundimos las sombras por realidades y el progreso ascendente del Ego es una serie de despertares progresivos, y cada progreso conlleva la idea de que ahora, finalmente, hemos alcanzado la “realidad”, pero solamente cuando hayamos alcanzado la Conciencia absoluta, y hayamos fundido la nuestra con ella, estaremos libres de las ilusiones producidas por Maya (ilusión).

H.P. Blavatsky

 

 

 

 

 

 

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