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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 132 - Número 12 -  Septiembre 2011 (en Castellano)

 
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Madame Blavatsky

 

 

C. W. LEADBEATER

 

Reimpreso de Cómo llegó la Teosofía a mí por C. W. L., capítulo IV.

 

 

   Permítanme por un momento observarla como un extraño lo habría hecho, si eso fuera posible para mí. Francamente, no pienso que pueda hacerlo, porque la amo con el amor más profundo, la reverencio más que a ninguna otra persona, excepto sus grandes Maestros y el mío. De modo que tal vez no pueda mirarla desapasionadamente desde afuera, pero por lo menos estoy intentando hacerlo. He visto a muchos extraños acercársele. Trataré de contarles lo que vi reflejado en sus rostros y sus mentes. Lo primero que les sorprende a todos, lo primero que siempre me llamó la atención a mí, fue el tremendo poder que ella irradiaba. En el momento en que uno estaba en la presencia de Madame Blavatsky, uno sentía que allí había alguien valioso, alguien que podía hacer cosas, rotundamente uno de los grandes seres del mundo, y pienso que ninguno de nosotros jamás perdió ese sentimiento.

   Seguramente hubo muchas personas que no estaban de acuerdo con varias cosas que ella decía, hubo otros de nosotros que la seguimos con entusiasmo. Ella era una persona tan fuerte, que jamás vi a nadie de los miles que la contactaron, que fuera indiferente a ella. Algunos la odiaban totalmente, pero la mayoría estaba inmensamente impresionado por ella. Muchos se sentían casi sobrecogidos por ella; pero quienes la conocieron mejor, la amaron con un sentimiento infaltable, y aún lo hacen. Recientemente he visto a algunos de los que la conocieron bien, y ciertamente parece que en cada uno de ellos su recuerdo está tan presente como lo está en mi propio corazón, y nunca hemos dejado de amarla. La impresión que ella daba era indescriptible. Entiendo fácilmente que algunos sentían miedo de ella. Ella miraba directamente a través nuestro; obviamente ella veía todo lo había en uno, y hay personas a quienes esto no les gusta. Algunas veces la escuché hacer revelaciones muy desconcertantes sobre aquéllos a quienes ella les hablaba.

   Les digo que ese sentido irresistible de poder fue lo primero que nació en mí, y luego es difícil decir qué sucedió después, pero había un sentido de valor intrépido en ella que era muy refrescante, de franqueza ilimitada, uno no podría decir descortés, pero expresaba exactamente lo que pensaba y lo que sentía. Al respecto, hay personas a quienes no les gusta esto, que experimentan un shock al enfrentarse con la verdad al desnudo, pero eso era lo que ella trasmitía. La primera impresión era la de una fuerza prodigiosa, y tal vez valentía, franqueza, y veracidad, era la segunda.

   Supongo que la mayoría de nosotros hemos oído que a menudo la acusaron de engaño por parte de quienes le temían o les desagradaba. Los enemigos pensaron que era culpable de fraude, falsificación, y todo tipo de cosas insólitas. Quienes ahora repiten tales calumnias, son todas personas que nunca la vieron, y me aventuro a decir que si cualquiera de los que habla sobre ella ahora, hubiera podido estar en su presencia durante una hora, se habría dado cuanta de la inutilidad de sus sospechas. Puedo comprender que otras cosas podrían haberse dicho contra ella, por ejemplo, que ella a veces no tenía la menor consideración para con los prejuicios de los demás. Quizás es algo bueno para las personas que sus prejuicios queden expuestos ocasionalmente, pero acusarla de falsificación o engaño es una locura total para cualquiera de nosotros que la conocimos. Incluso se dijo que era una espía rusa. (Había mucho temor en ese momento, de que Rusia tenía ciertas intenciones respecto a India.) Si alguna vez hubo sobre la tierra una persona que fuera absolutamente inadecuada para trabajar como espía, esa persona era Madame Blavatsky. Ella no podría haber mantenido un engaño ni diez minutos, habría revelado todo por su casi salvaje franqueza. La idea misma de engaño de cualquier tipo en relación con Madame Blavatsky es impensable para cualquiera que la conociera, que hubiera vivido en la misma casa con ella, y que supiera cómo hablaba con franqueza diciendo exactamente lo que ella pensaba y sentía. Su total autenticidad fue una de las características más destacadas de su maravilloso y complejo carácter.

   Pienso que otro aspecto que debe haber impactado a un desconocido, era la brillantez de su intelecto. Ella fue sin excepción la conversadora más magnífica que jamás haya conocido, y he conocido a muchas. Ella tenía el maravilloso don de la conversación, lo tenía casi en exceso, tal vez. Ella también estaba repleta de conocimientos de temas afines de todo tipo, es decir, temas más o menos conectados con nuestra línea de pensamiento, pero entonces es difícil darnos cuenta de cuán amplio es el rango de pensamiento que incluimos bajo  el encabezamiento de Teosofía. Incluye saber algo de por lo menos un gran número de líneas de pensamiento totalmente diferentes. Madame Blavatsky tenía ese conocimiento. Cualquier cosa que apareciera en el curso de la conversación, Madame Blavatsky siempre tenía algo para decir sobre eso, y siempre era algo notablemente fuera de lo común.

   De cualquier otra cosa que pudiera haber sido, ella nunca fue común. Siempre tuvo algo nuevo, llamativo, interesante, inusual para decirnos. Había viajado mucho, principalmente a pequeños lugares del mundo poco conocidos, y ella recordaba todo, aparentemente, incluso el incidente más pequeño que alguna vez le hubiera ocurrido. Estaba llena de todo tipo de sorprendentes anécdotas, una maravillosa relatora, alguien que podía contar su historia bien, y plantearla de modo efectivo. Fue una persona notable en ese aspecto, como en muchos otros.

   Rápidamente, con un poco más de charla íntima, uno encontraba el gran tema central de su vida, la devoción intensa por su Maestro. Ella hablaba de él con una reverencia que era maravillosa, más maravillosa por el hecho de no poder describir a Madame Blavatsky como alguien con una naturaleza reverente. Por el contrario, ella siempre vio el lado gracioso de todo y de cualquier cosa. Aparte de este gran hecho central, algunas veces hacía bromas de cosas que algunos de nosotros hubiéramos considerado sagradas, pero eso se debía a que su total franqueza le hacía detestar cualquier cosa de naturaleza falsa o hipócrita, y existe mucho de lo que pasa como reverencia que realmente es sólo una abstracción vacía, aunque muy similar tal vez a la respetabilidad.

   Lo que ella llamaba respetabilidad burguesa, era más bien algo que la enfurecía, porque a menudo existe mucha hipocresía al tratar de mantener las apariencias externas, mientras que en el interior hay pensamientos y sentimientos que no son respetables de ningún modo. En esos casos ella rasgaba el velo y exponía lo que había debajo, algo que no era del agrado de la infortunada víctima; debido a esa característica no la habríamos llamado una persona reverente. Pero en el momento que ella hablaba de su Maestro, su voz adquiría un tono de sobrecogimiento afectuoso, y se podía ver que su sentimiento hacia ellos, era su misma vida. Su total confianza en él, y su amor y reverencia hacia él, en contraste con el hecho de que ella no era normalmente reverente, era algo muy bello de ver.

   Pienso que esos eran los hechos más destacados que un extraño puede haber visto en ella. Nuestros miembros más jóvenes, cuando crezcan, hayan leído sus libros y se hayan dado cuenta un poco de lo que le debemos, podrán citarla y decir qué maravillosa que era, y luego, muy posiblemente, pueden conocer personas que les dirán que ella estaba expuesta y que se supo que actuó fraudulentamente. Que le pregunten a tales difamadores: “¿La conocieron?”. “Oh, no”, contestarán, “por supuesto que no.” Ustedes, que han leído esto, pueden replicarles: “Yo leí un relato escrito por alguien que la conoció, que la conoció muy bien, y él dijo que todas esas historias eran total y absolutamente falsas, que era completamente imposible que ella hubiera llevado a cabo cualquiera de esas acciones fraudulentas, ella no pudo haber engañado a las personas del modo que se afirma.”

   Podría darles muchos ejemplos en los que ella fue acusada de engaño, y puedo decirles exactamente qué fue lo que ocurrió, y puedo asegurarles que no hubo fraude en absoluto al respecto. Que mucho lo sé por mí mismo. Pueden oír mucho de cierto informe hecho por un Comisionado de la Sociedad de Investigación Psíquica, que se dirigió a India a investigar su caso. Si alguien les dice eso a ustedes, le pueden decir que yo, que todavía estoy vivo, estaba en Adyar cuando ese joven (era un joven muy presuntuoso, lamento decirlo) apareció para hacer su informe, y puedo decirles ciertas cosas sobre ese informe que muestra cuán poco fiable era, aunque estoy seguro que él fue honesto en sus intenciones. Me dijeron que muchos años después, ante nuestra actual Presidenta la Dra. Besant, admitió que si él hubiera sabido tanto sobre asuntos psíquicos en 1884, como sabía en el momento en que estaba hablando, su informe hubiera sido muy diferente.

   Él resolvió en contra de HPB respecto a las cartas que procedían de los Maestros, diciendo que las había escrito ella misma. Yo mismo he recibido tales cartas cuando ella estaba a miles de millas de distancia. Las he visto llegar en su presencia, y las he visto llegar cuando ella estaba lejos, y sé por una evidencia irrefutable que ella no escribió esas cartas. Les digo esto porque pienso que es valioso que ustedes sean capaces de decir que vieron o conocieron a alguien que está dispuesto a dar testimonio personal respecto a que no hubo fraude en tales cosas. El testimonio de un testigo ocular, pesa más que el prejuicio de muchas personas que, sin estar presentes, oyen esto de tercera o décimo tercera mano.

   Recuerden que, hablando humanamente, sin Madame Blavatsky no habría habido Sociedad Teosófica, no habría habido una presentación de toda esta gloriosa enseñanza a la gente de occidente. Tal vez esté hablando más de lo que debería, porque los Grandes Seres que permanecen detrás, hicieron esfuerzos simultáneos a través de dos canales, Madame Blavatsky y la Dra. Anna Kingsford. Las conocí a ambas. Sólo puedo decir que mientras la presentación  de la Dra. Kingsford fue maravillosa e interesante, no hizo mucha impresión, no se apoderó del mundo de modo apreciable, mientras que la existencia de la Sociedad Teosófica muestra lo que hizo la presentación de Madame Blavatsky.

   Incluso la Sociedad Teosófica muestra sólo una pequeña parte de su trabajo, porque por cada miembro de esta Sociedad bien puede haber diez, doce, o veinte no miembros que leyeron los libros y adquirieron mucho conocimiento teosófico. De modo que su enseñanza se ha extendido proporcionalmente mucho más al tamaño de su Sociedad. Eso es lo que Madame Blavatsky ha hecho por nosotros, y por el mundo, y por ello le debemos nuestro amor y nuestra gratitud. Ella siempre nos dijo:

   “Estos son los hechos, pero no los crean porque yo lo digo. Usen vuestra propia razón y sentido común, denle vida a las enseñanzas, y pruébenlas por ustedes mismos. No critiquen o se quejen, trabajen.”

   Nosotros que aceptamos su desafío, que seguimos su consejo, pronto encontramos que sus afirmaciones estaban justificadas, que sus enseñanzas eran verdaderas. Entonces, a ustedes, sus seguidores de hoy, les diría: “Vayan, y hagan lo mismo.”

   Asegúrense, todos ustedes, que nunca la olvidemos, que en el Día del Loto Blanco cada año, como ella quería, conmemoremos la ocasión. Ella no quería que nadie hablara de ella, aunque nuestro amor y reverencia siempre nos lleva a hacer eso. Ni siquiera pidió que se leyeran sus propios libros, pero sí pidió que se leyera algo del Bhagavadgitâ, y de La Luz de Asia, y es lo que siempre se hace en toda Rama Teosófica en este día, y yo espero que siempre se haga, y que nunca dejemos que el recuerdo de nuestros Fundadores desaparezca de nuestra mente. Me gustaría que se den cuenta, y que siempre recuerden, que todo lo que tenemos y que hemos aprendido, sea cual sea la forma en la que ahora puede estar llegando a nosotros, realmente se lo debemos a Madame Blavatsky.

 

 

 

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