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Vol. 132 - Número 5 - Febrero 2011 (en Castellano) |
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La herejía de la separatividad
PATRIZIA MOSCHIN CALVI
La Sa. Patrizia Moschin Calvi es Secretaria de la Sociedad Teosófica en Italia. Charla dada en el Congreso Mundial, Roma, 2010.
“Juntos resistimos, divididos sucumbimos” (Pink Floyd, Hey You) “Omnia Munda Mundis” (Titus 1:15)
Para comenzar, me gustaría citar las siguientes inspiradoras palabras de La Voz del Silencio: “Si desde el Vestíbulo de la Sabiduría pretendes pasar al Valle de Bienaventuranza, cierra por completo tus sentidos, discípulo, a la grande y espantable herejía de la separatividad que te aparta de los demás.” El sentimiento de separatividad pertenece a los niveles inferiores de la manifestación y, desafortunadamente, la única realidad que tomamos en cuenta es este nivel de nuestras percepciones sensoriales. Sin embargo, lo que vemos no es la realidad, sino algo que está influido por lo que somos, una realidad vista a través de algo similar a una pantalla individual: por ejemplo, si Gautama Buddha entrara a esta habitación no vería cien personas, sino a cien Buddhas. Es digno de señalar cómo afecta esta afirmación significativamente, incluso nuestro trabajo interno, tanto como su cualidad y acción en nuestra esencia. Siempre es útil recordar que interpretamos a todos y a todo a través de nuestro estado de consciencia, es decir, creamos nuestra propia realidad, influyendo nuestros pensamientos, palabras y acciones; y que, más allá de todos los hechos y situaciones que observamos y que nos tocan, existen niveles más profundos de vida y de verdad. Como buscadores espirituales, se necesita un salto de consciencia porque tenemos que estar totalmente conscientes, que en primer lugar somos ‘almas’, poderosas e invisibles, y que, por lo tanto, tenemos que considerar no sólo nuestro aspecto material, tan limitado y limitante incluso en un nivel perceptivo. Desde un punto de vista teosófico, nuestra existencia misma en este planeta nos da la oportunidad de transitar el sendero en el que los dones espirituales maduran, comprender que el espíritu y la materia son una cosa y trascienden cualidades que ya pertenecen a todos, mientras seamos conscientes de ellas y podamos develarlas. Todo esto se tiene que ver como un signo de esa absoluta sabiduría que, reconociendo la unidad en el Universo con todo en él, afirma que no existe la separatividad dentro del TODO y que la miseria y el sufrimiento proceden de nuestra carencia de total comprensión. Por ello, no sólo está la necesidad de que no nos identifiquemos con los vehículos de nuestra personalidad (nivel del cuerpo físico, del nivel astral o emocional y del manas inferior), sino también a esforzarnos a ir más allá de lo conocido, que constantemente genera ilusión, hacia el Valle de la Beatitud, alejado de “la grande y espantable herejía de la separatividad que te aparta de los demás.” Por lo tanto, prestemos especial atención al aspecto de mâyâ, que limita y detiene nuestras experiencias dentro de lo conocido, mientras que la vastedad de lo desconocido nos impregna sin que seamos conscientes de ello. Mâyâ es el Yo que se oculta a sí mismo, al igual que toda otra unidad diferenciada lo hace en sus ciclos ilusorios; en su sustancia es uno con el Espíritu Único y Supremo. El extraño velo que cubre todo, nos envuelve totalmente y a nuestros confusos valores, con sus excesos, y nos lleva a revisar, distorsionar, elegir y relativizar las percepciones de la mente, por medio de nuestro sistema sensorio, para mantener y perpetuar el sentido de separatividad. Como teósofos, romper el velo de mâyâ podría significar asumir la responsabilidad de encontrar el verdadero Yo, nuestra esencia, ser como somos, ponerle fin a nuestras ilusiones sutiles que nos separan del Todo, buscar ese amanecer luminoso que siempre fue nuestro. Parafraseando Luz en el Sendero, se puede afirmar que el ‘espíritu de fraternidad’, la luz del mundo, la única que ilumina el Sendero, vive dentro de nosotros. Sin embargo, si no podemos verla en nosotros, es inútil buscarla en otra parte, tal vez culpando a otros por su carencia en ellos. También existe más allá de nosotros y cuando la alcancemos, nos habremos perdido a nosotros mismos. Generalmente, en el desarrollo individual, el espíritu cooperativo es el primer elemento materializado, que al darle valor a las relaciones mutuas entre todos los seres humanos, crea vínculos, sinergias, colaboración armónica y fructífera en el nivel social. Luego, gracias a las relaciones ‘maduras’, nos volvemos conscientes de que el principio divino reside dentro de todos nosotros. Luego, cada acción se vuelve impersonal para beneficio de todos los seres humanos, purificando pensamientos y sentimientos que luego se mueven verticalmente, al vivir la llama ardiente de la carencia de egoísmo en constante expansión y perpetua búsqueda de la Bondad de la Totalidad. Haciendo ahora nuestras reflexiones de actualidad, consideremos, según la literatura teosófica, la necesidad de traer algunos grupos de personas a unirse no sólo para darse cuenta de las relaciones kármicas, sino también para aprender a trabajar juntos por un objetivo grande y simple. Por supuesto, esto también vale para nosotros, aquí y ahora. El valor de trabajar juntos es más grande que el logro de un proyecto, porque da origen a sinergias sutiles pero poderosas de cuya vitalidad amorosa surgirá la luz del divino buddhi, que es la energía ardiente del hombre espiritual. Y cuando el vehículo búdico se desarrolla y la percepción alcanza el cerebro físico, otorgará sabiduría y conocimiento perfecto. Según la Sabiduría Antigua, el amor es el más importante de todos los atributos y comienza con una actitud de buena voluntad, amistad hacia otros, comprensión, y todos los buenos impulsos que tienden a ayudar a la gente en el sendero hacia la felicidad. Una disposición universal se puede desarrollar a partir de ese sentimiento personal. El Maha Chohan escribió en una carta con fecha de 1881: “Lo que constituye al verdadero teósofo, no es el propósito individual y determinado de alcanzar uno mismo el Nirvâna (la culminación de todo el conocimiento y la sabiduría absoluta), lo que no es más que un egoísmo exaltado, sino la búsqueda espiritual del mejor medio posible para conducir al sendero correcto a nuestro semejante, y hacer que tantos semejantes como podamos, se beneficien con él”. Es una simple declaración de fraternidad, y sin embargo profunda, y es también un modelo para nuestra propia vida. No soy un erudito eminente, un científico, un filósofo, un sacerdote. Soy una persona normal, pero mi conferencia resultará bien o mal, dependiendo de vuestra actitud amistosa u hostil. ¿Por qué? ¿Cuál es esa fuerza, tan poderosa y única, capaz de lograr tal milagro? Queridos hermanos, dentro de nuestra organización hemos desarrollado grandes capacidades de encontrar aspectos comunes entre la religión, la filosofía y la ciencia pero tenemos que encontrar aspectos comunes también entre nosotros mismos. La Fraternidad es nuestro desafío, nuestra misión. “Hermano” proviene de la palabra latina frater, que corresponde al sánscrito bhrathru y probablemente es de su raíz bhar que se origina en la palabra que significa traer, sostener, apoyar, (y de allí la palabra alemana bruder y la inglesa brother), con el significado de ‘hijos del mismo padre’. La palabra griega es phratèr-phràtor, que es miembro de una tribu. Por lo tanto compartimos una pertenencia y origen común, vínculos que son muchos más importantes que cualquier lazo de sangre porque nos hace iguales en un nivel más elevado, el espiritual, permitiéndonos estar en la misma longitud de onda al trabajar juntos, y expresar nuestro propio potencial. H. P. Blavatsky solía decir en 1888 que los Maestros no pueden hacer mucho si los miembros de la Sociedad Teosófica no comparten pensamientos y sentimientos. ¿Qué es la Fraternidad si no somos capaces de darnos cuenta de toda nuestra así llamada sabiduría? El conocimiento y las palabras no son la Teosofía, no tienen ningún valor, ningún derecho de ciudadanía, no tenemos ningún derecho a pronunciarlas o expresarlas; la luz divina no alcanza al alma humana mientras el hombre le permite a su naturaleza inferior que lo domine. Nuestro conocimiento es como hojas de papel: la Fraternidad es necesaria para mantenerlas unidas a fin de evitar que se dispersen. ¿Somos capaces de sentir que todos somos uno? Este es el desafío que la Sociedad Teosófica experimenta en este momento de la historia. ¿Estamos conscientes de eso? ¿Pensamos respecto a nosotros mismos como hermanos, hijos del mismo padre, que pertenecemos a la misma familia y por lo tanto trabajamos juntos? Nuestra Sociedad Teosófica, ahora más que nunca, necesita unidad y solidaridad de modo que, al actuar de acuerdo a las leyes de perfecta armonía, le permita a todos los que lo desean, servir en el mejor modo posible. Para florecer, la Sociedad Teosófica tiene que crecer desde el interior, pero el nivel de madurez y de consciencia de toda la asociación depende de la contribución de cada uno de los miembros, de su consciencia individual, abnegación y desinterés. Conceptos absolutamente fundamentales y básicos, tales como la Fraternidad Universal sin ninguna distinción no se pueden violar intencionalmente sin tomar en consideración las consecuencias en el nivel metafísico, sin comprender completamente el daño causado por la falta de armonía, a esa red sutil aunque poderosa que nos une a todos. Todos nosotros somos la Sociedad Teosófica, pero ¿cuál es nuestro estado mental, cuál es el entusiasmo que usamos cada día para renovar nuestros lazos de amor con la Vida y los Maestros, cuál es nuestra actitud hacia otros hermanos, el crecimiento interno que nos permite trabajar positiva y proactivamente por el bien de nuestros semejantes, sabiendo que todos estamos en una especie de probación como miembros de esta asociación? Lo más importante es buscar juntos, unidos, el objetivo de la Fraternidad Universal sin distinciones, y yo creo que el único modo que tenemos de salir del punto muerto, consiste en hacer sugerencias constructivas, y ofrecer comprensión y cuidado amoroso; todo esto le posibilitará a nuestro grupo avanzar solemne y armoniosamente con el apoyo de nuestra fortaleza personal, unidos en nuestras intenciones positivas, puras y fraternales, pensamientos y palabras. No somos meramente una asociación, la fraternidad sin distinciones se requiere como tarea, somos los Caballeros de la Fraternidad y nadie arruinará jamás esta maravillosa totalidad con sus objetivos comunes, tan profundos y antiguos como la Sabiduría Eterna. La mesa teosófica es la mesa redonda por excelencia, donde cada uno es primus inter pares (primero entre sus iguales), y es tenido en cuenta sólo según sus valores espirituales. Si nos damos cuenta que ninguna hoja es igual a otra, que la Naturaleza le ha dado a cada ser humano cualidades únicas e inimitables para desarrollar, y si nosotros, afortunadamente somos diferentes unos de otros, el gran desafío es reunir a todos los seres bajo una misma bandera, la de la Verdad. Jiddu Krishnamurti dijo en una conversación con el padre jesuita E. Schallert: “Porque después de todo, lo importante al vivir es la unidad, la armonía entre los seres humanos. Eso sólo puede suceder si hay armonía en cada uno, y esa armonía no es posible si existe cualquier forma de división dentro o fuera, externa o internamente.” Es necesario aprender nuevamente a comprender, a unir y no a dividir, a aceptar a todos y a todo, a distinguir entre lo que nos da libertad y lo que nos mantiene aprisionados en consciencia, ya que el todo es más que la suma de sus partes. Si permanecemos juntos somos irresistibles. Estar unidos no significa que no podamos ser diferentes, porque las diferencias son ciertamente grandes recursos y oportunidades valiosas, nuestra contribución, como individuos, al Uno. Creo que tenemos que comenzar a trabajar juntos nuevamente en silencio, con seguridad, teniendo en mente que somos un ‘alma’ total, fuerte y de gran capacidad, capaz de colaborar y lograr la armonía universal. Los ‘puntos álgidos’ tales como el presente nos recuerdan nuestras responsabilidades, pidiéndonos un salto en la consciencia. En estos momentos caóticos y confusos, todavía pueden surgir las estrellas. Este proceso es similar al trabajo digno e involuntario de las ostras que, provocadas por granos de arena, producen perlas. Es un modo de comportamiento que ofrece respuestas proactivas, creativas, que va directamente al corazón de la Vida, de la Verdad, permitiéndonos ‘caminar por la habitación de la Sabiduría para alcanzar el Valle de la Beatitud’. Jiddu Krishnamurti afirmó:
La verdad sólo puede llegar a vosotros cuando vuestra mente y corazón son simples, limpios y existe amor en vuestro corazón, no si vuestro corazón está lleno de las cosas de la mente. Cuando hay amor en vuestro corazón, no hablan de organizarse para la fraternidad, no hablan sobre creencias, no hablan sobre división o de los poderes que ocasionan la división, no necesitan buscar la reconciliación. Luego son seres humanos simples sin etiqueta, sin un país. Esto significa que se deben despojar de todas esas cosas, y permitirle a la verdad nacer, y sólo puede suceder cuando la mente está vacía, cuando la mente cesa de crear.
Es el único modo de estar a la altura de la maravillosa armonía de la Vida, de ser verdaderos peregrini in itinere, auténticos Caballeros de la Orden de la Fraternidad sin Distinciones.
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