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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 131 - Número 12 - Septiembre 2010 (en Castellano)

 
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El jardín de la vida humana

 

 

SHARMILA  S.  PARULKAR

 

La Sra. Sharmila S. Parulkar es miembro de la Rama Blavatsky, Mumbai, Sección India de la Sociedad Teosófica.

 

   Los antiguos Maestros usaron la correspondencia y la analogía para educar a la gente. El mito, el drama, la alegoría, eran todos elementos diferentes para transmitirle a la inteligencia humana incipiente, hechos y verdades de la naturaleza y de las Leyes de ésta.

   De modo que en la naturaleza de cada hombre crecen malezas y plantas ponzoñosas, y también bellas flores y árboles de sombra. Muchos poetas y escritores, antiguos y modernos, compararon las virtudes y defectos del hombre, y sus buenos y malos hábitos, a plantas de la jungla y a las de jardines floridos.

   Videntes y artistas vieron en el Loto, por ejemplo, el símbolo del Hombre Universal. En Egipto como en India, el Loto fue considerado la flor sagrada porque en su proceso de vida se vio el desarrollo del alma humana hacia su perfección, el individuo volviéndose el hombre universal, el microcosmos, desarrollándose en el Macrocosmos, el Hombre Celestial.

   De modo similar, algunos místicos occidentales y esoteristas vieron en la Rosa un símbolo de conocimiento secreto por medio del cual se desarrolla el Alma, como capullo, convirtiéndose en una Rosa florecida totalmente.

   El principio filosófico subyacente en este antiguo modo de aprendizaje, por medio de símbolos y emblemas es este: Como todo en la Naturaleza emana de la sustancia una homogénea que es la Vida, popularmente llamada Dios, cada objeto, cada ser y cada reino lleva consigo y refleja algún aspecto particular del Todo universal. Por lo tanto, cada piedra y metal, cada flor y fruto, toda ave y animal, refleja algún aspecto de la Naturaleza, de su lado luminoso o de su lado oscuro, generalmente de ambos. El reino humano, sin embargo, al ser el más elevado en la Naturaleza manifestada, es la sombra reflejada y la copia miniaturizada del Todo universal. Sólo una forma de Vida, particularmente, la forma humana puede volverse perfecta: en esa forma todos los poderes de la vasta Naturaleza están ocultos en latencia, es decir, en una condición aún no desarrollada. La forma del hombre es una miniatura, pero una copia perfecta de todo el Universo Dinámico, al igual que el bebé recién nacido es una copia en miniatura del cuerpo humano totalmente desarrollado.

   Al usar esta Ley de Correspondencia y Analogía, encontramos que la jungla, oscura, peligrosa, sin senderos, imposible de rastrear, refleja sus cualidades y características en la naturaleza humana. También, el jardín con sus cercas bien formadas, sus diseños y senderos, su colorida fragancia, sus rincones y esquinas sombreados, se reflejan en la naturaleza humana. Estos dos se pueden comparar a la naturaleza mala y buena en cada persona, pero no debemos ignorar que la selva tiene su propio valor, y ¡que en el jardín también se encuentran cobras y camaleones! No seguimos aquí el estudio de esta comparación de modo científico y preciso. Sólo de modo general podemos tratar esta comparación metafórica entre la oscura jungla, aparentemente sin objetivos, y la naturaleza del hombre oscura, viciosa  y carente de orden; entre el jardín cuidado y el carácter humano bien formado.

   Un jardín no es posible sin la ayuda del hombre, en una naturaleza salvaje. La naturaleza por sí sola no produce un jardín. De pronto la jungla se eleva en un jardín descuidado, pero nunca surge un jardín en una jungla descuidada. Incluso un carácter virtuoso es asaltado por debilidades, si no se le presta atención; si no regamos sistemáticamente nuestros canteros de virtud, pronto se convertirán en malezas de vicio.

   A los fines de nuestro estudio podemos limitarnos a estos aspectos de la jungla: 1) su fuerza y poder, la ley de la selva es que el poder es bueno; 2) sus animales feroces, que le temen al hombre porque, aunque débil, él es inteligente; 3) sus enredaderas venenosas que matarán no sólo arbustos robustos, sino incluso árboles gigantes. Estos tres son los enemigos del hombre, porque tienen su reflejo correspondiente en la naturaleza humana.

   1) En nuestra naturaleza inferior, el egoísmo, ahamkâra es la fuerza predominante, la tendencia a consolidar el ‘yo’. Todo el poder y la fuerza de nuestra naturaleza inferior proceden de este ‘yo’, la raíz del sentimiento de que cada uno de nosotros está separado, y es por lo tanto superior a todos los demás. Su producto es un burdo egoísmo. Todas las ambiciones y competencias surgen de esta fuerza de egoísmo, el fundamento mismo de nuestra naturaleza inferior. Esa naturaleza inferior obtiene toda su fuerza del egoísmo, y cuando lo logra, el hombre mundanal triunfa. En palabras del Bhagavadgitâ (XVI.13-16):

 

Esto he adquirido hoy, y obtendré ese objeto tan apreciado por mí; tengo esta riqueza, y eso también será mío. A este enemigo ya lo he eliminado, y a otros derrotaré de inmediato; soy el señor, soy poderoso, y soy feliz. Soy rico y tengo prioridad sobre los otros hombres; ¿dónde existe otro que sea como yo? Haré sacrificios, daré limosnas y disfrutaré.

 

   2) En esta espesa naturaleza que está gobernada por el ‘yo’, merodean bestias feroces, destructoras de nuestras nobles aspiraciones. Tres de ellas, que son los principales vicios del hombre, sus peores enemigos, y la peligrosa matriz de toda una prole de excesos, se llaman las ‘Puertas del Infierno’ en el mismo capítulo del Gitâ. Ellas son kâma, krodha y lobha, lujuria, ira y codicia. La muerte del egoísmo resulta de la destrucción de la avaricia, el alma viciada de la competencia; la ira surge de una ambición no satisfecha; y la lujuria aparece por deseos descontrolados, Sri Krshna las llama las “destructoras del alma”. Estas tres bestias le temen al Alma espiritual del hombre, y por lo tanto atacan al Alma. Y la gente tonta, que permanece inconsciente de la fortaleza del alma existente en su interior, cae presa de los lacerantes colmillos de la lujuria, de la ira y de la codicia.

   3) Pero, ¿cuáles son las enredaderas venenosas de nuestra naturaleza humana? No son las bestias rugientes cuya existencia y presencia se detectan fácilmente, sino esas tendencias parásitas, astutas, de apariencia débil, rastreras, retorcidas, que en silencio destruyen nuestra humanidad, nuestra nobleza y la posibilidad de crecimiento. Nuestra humanidad, en general, no sufre tanto de maldad burda, como de insignificante insensatez. Sin lugar a dudas, existe mucha gente estúpida, cuyas vidas están sofocadas por hábitos decadentes, por hábitos insignificantes, una repetición sin propósito, como la enredadera que se envuelve alrededor del tronco del árbol que seguramente va a destruir.

     Estas tres, hacen de la vida humana una jungla. Se debe construir un jardín en su lugar. ¿Cómo lo haremos?

   Esta respuesta también viene del Gitâ: con la espada del conocimiento podemos cortar la nefasta influencia de las enredaderas venenosas; también podemos destruir las bestias de la lujuria, la ira y la avaricia. Al luchar con el egoísmo por medio del conocimiento llegamos a lo ‘Real’, el Ego Real, el Alma humana o el Pensador, y nos enseña cómo hacer un jardín donde antes existía una jungla.

   Podremos crear un jardín a partir de esta jungla de naturaleza humana sólo cuando encontremos al jardinero. El Alma en nosotros es el jardinero. Si la educación moderna, desde su mismo comienzo, le enseñara a los niños a buscar sus propias Almas, dentro de sus propias mentes y corazones, la jungla del carácter y de la naturaleza inferior no surgiría tan fácilmente. Es más difícil para el adulto transformar su jungla en un jardín; pero, aunque difícil, no es imposible; y más aún, es urgente que cada hombre y cada mujer emprendan la tarea. ¿Por qué? Porque sus Almas, cuando están dominadas por el egoísmo, la lujuria, la ira y la codicia, por hábitos, costumbres y creencias ciegas, encontrarán la muerte. Desgraciadamente, los Muertos-Vivientes son muchos.

   ¿Cómo construir un jardín a partir de nuestra naturaleza humana? El primer requisito es que actuemos como seres humanos. En nosotros predomina la naturaleza animal. Para volvernos humanos debemos ocupar nuestra vida diaria con dignidad de propósito. Un jardinero hace sus planes: la forma de los canteros, el lugar de los mismos, la ubicación del césped, cómo obtener agua desde la distancia más corta, la compra de buenas semillas, luego sembrarlas, y finalmente, cuidar el proceso hasta que crezcan completamente.

   Necesitamos conocimiento, conocimiento del modo en que funciona nuestra mente y el reconocimiento del Alma que es más elevada que la mente, y controla sus movimientos. El Alma es el jardinero, y su mente es el arma principal con la que limpia el terreno, da vuelta la tierra, riega y planta las semillas elegidas. De aquí la necesidad de conocimiento de nuestro propio carácter, del Alma con su capacidad de controlar la mente, de la mente con su fuerte tendencia a ser impresionada por sentimientos, emociones y deseos, producidos por los sentidos y objetos de los sentidos. Y en tercer lugar, el conocimiento de que cada ser humano puede y debe cultivar un jardín a partir de su propia naturaleza. Nadie más puede hacer ese trabajo: los grandes Maestros, poetas y profetas sólo pueden señalar el camino, pero cada uno debe transitarlo por sí mismo; esto es Karma. Karma no es fatalismo, no existe el destino fijo e inamovible; Karma es acción, el hacer y el llegar a ser. Sea lo que sea que hayamos hecho en el pasado, por plagado de malezas que nuestro carácter pueda estar, por oscuras que sean las junglas de nuestros sentimientos y pensamientos, el Alma como el Sol en el cielo brilla sobre nosotros y las lluvias de su bendición caen sobre nosotros. Si no desesperamos, y con coraje moral nos tomamos en nuestras propias manos, aprenderemos la verdad sobre la felicidad y el progreso.

 

Y debo trabajar duramente durante meses,

Y años cultivando

Mi propio y pequeño terruño

 

Para hacer Crecer mi propia plantación,

Aprovecharé las lluvias cuando caigan

No me irritaré;

Será suficiente, si finalmente

Florece un pequeño jardín.

 

                                          Tennyson

  

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