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Vol. 131 - Número 10 - Julio 2010 (en Castellano) |
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La fraternidad es para todos
ANNIE BESANT Tomado de una conferencia dada en Benarés.
No pueden tener fraternidad aquí mientras ustedes no sean fraternales. No pueden construir una fraternidad sin hermanos, y ese es un asunto para cada individuo, sea hombre o mujer; y a menos que puedan aprender en vuestra vida diaria a vivir de modo fraternal, considerar a todos los que están a vuestro alrededor como hermanos, ya sea de más edad, igual o más jóvenes, esto no tiene importancia, tienen relaciones con ellos y por lo tanto existen obligaciones y deberes hacia ellos, a menos que vivamos de este modo, no podemos constituir una fraternidad. Porque el deber no es algo de actitud, como muchos piensan: “Él no me ayuda, por qué debería ayudarlo?” Porque dado que él no te ayuda, tú deberías ayudarlo, porque así le muestras el camino. Si es brusco contigo, no deberías serlo con él, y enséñale gentileza siendo amable, la bondad es ‘tan contagiosa’ como una enfermedad. El odio no cesa con el odio en ningún momento, cesa con el amor. Y sin embargo, quinientos veinte años después que el Señor Buddha expresó esas bellas palabras, los hombres todavía están tratando de curar la violencia con la crueldad, y de liberarse de las ofensas a golpes. Ser fraternal es lo más noble sobre la tierra, y si vuestro corazón está a veces triste, o la vida a veces se presenta solitaria, no tiene que ser triste mientras haya un corazón herido que curar, no tiene que sentirse solo mientras haya hombre, mujeres y niños que necesitan ayuda. Mi hija una vez usó una bella frase. Ustedes saben que me sacaron mis hijos porque no estaba dispuesta a enseñarles el Cristianismo. Y mientras fueron menores de edad me apartaron de ellos. Pero cuando estuvieron libres, vinieron a mí, ambos, el varón y la niña; y mi hija, que en ese momento sólo tenía dieciocho años, me dijo un día: “Mamá, pienso que me alejaron de ti cuando era pequeña, para que tú pudieras ser mamá de miles de niños. Estoy contenta que haya sido así.” Bien, esto es cierto. Pero no es necesario que tus seres queridos los aparten de ti, para que seas la madre o el padre de los niños que hay a tu alrededor y que necesitan tu ayuda. Todos los que son más ignorantes que tú, son tus niños, todos los que tienen menos poder que tú, todos los que están más tristes que tú, son realmente tus niños. Es esencialmente ese tipo de amor el que queremos. Ese amor, comenzando en la familia, se extiende a la comunidad, a la nación, y finalmente más allá de la nación, a la humanidad. Ese corazón amoroso, que es Dios dentro de nosotros, pulsa en nuestro Espíritu, y es su vida misma. El corazón amoroso que fluye en toda dirección, enviando olas de afecto benéfico, respondiendo a todo grito de ayuda, haciéndole a uno ponerse en acción para ayudar al triste y al oprimido. Si tu hermana fuera oprimida y se sintiera miserable, no podrías dormir hasta traerla a casa. Pero existen hermanas nuestras en todas partes, abatidas, miserables, y pisoteadas, y mientras esto siga así, ninguna nación puede elevarse a su grandeza total, ni cumplir su propósito en el mundo. ¿Temes que tocando al impuro puedas perder tu pureza? El toque del amor nunca puede traerte impurezas, ni puede el mal ensuciarte. Existe una historia de amor contada por Olive Schreiner. Voy a contarla parcialmente como la recuerdo, porque la leí hace mucho tiempo. Las puertas del cielo se abrieron y muchos se apuraban a entrar, sus ropajes eran luminosos y puros, y los ángeles los rodeaban, todos vestidos con ropas blancas, maravillosas, radiantes. Y una mujer entró, con ropas blancas y pies limpios, y mientras caminaba por los áureos senderos, los ángeles exclamaron: “Miren qué sucia está su ropa con el fango de la tierra, y sus pies están salpicados con sangre.” Cuando se acercó al trono de Cristo, él le preguntó: “¿Por qué tus ropas están tan blancas?” Y ella respondió: “Señor, las mantuve bien blancas y muy limpias sobre la tierra, vi una mujer yaciendo en una alcantarilla, y pasé sobre ella para no ensuciarme. El barro no me ensució, porque evité que mis pies se ensuciaran tocándola.” Y el rostro de Cristo se entristeció, y todos los ángeles cubrieron sus caras, y la gloriosa ciudad desapareció. La mujer regreso a la tierra, y trabajó mucho entre los miserables y los pobres, nunca se acordó de su ropa o de sus pies, sólo pensó en ayudar a los necesitados y desprotegidos. Hasta que un día vio, en el piso, a una pobre mujer de la calle; la levantó, ensuciando su ropa, y la sujetó fuertemente, llevándola a las puertas del cielo. Y al pasar los ángeles exclamaron: “Miren cómo brilla su ropa, y cómo sus pies están cubiertos de perlas”, y el Señor Cristo le preguntó: “¿Cómo estás aquí, con los pies manchados, y con ropajes impuros?” Y ella contestó suavemente: “Señor, mi hermana estaba en el fango, la levanté y la traje a casa, pero el barro ensució mi ropa y sus lágrimas cayeron sobre mis pies.” Y el rostro de Cristo estaba feliz, y de su ropa brillaba la luz del cielo, y los ángeles rieron con deleite, con el brillo de las perlas sobre sus pies. Porque la pureza no llega por no entrar en contacto con lo impuro, sino del amor que se agacha para redimir y elevar. Sólo cuando, con corazón amoroso, abrazamos al miserable y al oprimido, sólo entonces aprenderemos a comprender la gloria de Dios en toda forma humana, y a darnos cuenta que el amor que redime es la característica de los Salvadores del mundo, quienes, siendo libres, sólo pueden romper los lazos que atan a otros a la miseria.
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