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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 131 - Número 10 - Julio 2010 (en Castellano)

 
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Tres grandes misterios de la vida

a la luz de la Teosofía

 

 

MARY ANDERSON

 

 La Sa. Mary Anderson ha sido Vicepresidenta internacional de la Sociedad Teosófica, y ha disertado extensamente en varios idiomas.

 

   Existen muchos misterios en la vida, muchas preguntas sin contestar. Un misterio es un secreto, no porque alguien se niegue a explicarlo, sino porque nadie es capaz de comprenderlo totalmente.

   Hay tres grandes misterios en la vida. Y debido a que son misterios, los seres humanos hacen diferentes preguntas sobre ellos. Preguntan “¿cuál es nuestra verdadera naturaleza y cuál es la verdadera naturaleza del mundo en el que vivimos?”, “¿cuál es nuestro origen y cuál es el origen del mundo en el que vivimos?”, y finalmente “¿hacia dónde va el mundo y hacia dónde vamos nosotros, como Humanidad y como individuos?”

   Las dos últimas preguntas, el dónde y el hacia dónde, puede hacernos acordar al relato de un santo que visitó a un señor medieval en su gran castillo. Una oscura noche de invierno le habló a los habitantes del castillo en el gran hall. Un pájaro pasó volando por el hall, entró por una ventana abierta en lo alto de una pared y salió por otra. El santo señaló que nuestra vida es como lo que sabemos de ese pájaro. Sabemos sólo parte de su vuelo, es decir, su vuelo a través del iluminado hall. No sabemos qué ocurrió antes que entrara al hall, viniendo desde la oscuridad. No sabemos qué ocurrirá después que se vaya del hall, de regreso a la oscuridad.

   Estas preguntas se reflejan en los campos de estudio en los que los humanos están interesados, es decir, la ciencia en su sentido más amplio, la filosofía y la psicología, y la religión: tanto la teología como el misticismo.

   Los científicos exploran la naturaleza del mundo y del universo físico en todos sus aspectos, incluyendo lo grande (en astronomía) y lo más pequeño (en la física nuclear). Sus herramientas son los sentidos físicos y los instrumentos que son extensiones muy sofisticadas de los sentidos. Los filósofos y psicólogos investigan principalmente con el instrumento que es la mente; respecto a la mente, por ejemplo, ideas abstractas, y la mente misma, la consciencia, la naturaleza del hombre como el pensador. Los teólogos y místicos exploran la naturaleza de lo que está más allá del hombre y del universo, la mente o la consciencia, y la materia. Ese ‘algo que está más allá’ a veces se lo llama ‘Dios’, o lo Absoluto, o lo Divino, o el Espíritu, o la Vida Una. Los teólogos basan sus investigaciones en escrituras, los místicos basan las suyas en algo de su propia naturaleza que está más allá de los sentidos y de la mente, estos últimos son las herramientas del científico y del filósofo respectivamente. Muchos recurren a las escrituras y a sus propias percepciones internas.

   Podemos resumir esos misterios que fascinan a la humanidad como el mundo de la materia investigada por científicos, el mundo de la mente o de la consciencia investigada por los filósofos y los psicólogos, y el mundo de lo Divino o el Espíritu, investigado por teólogos y místicos. La Teosofía tiene algo para decir sobre los tres campos de estudio. Comencemos con el que se mencionó en último lugar: Dios o lo Divino, por una muy buena razón: lo Divino abarca a los otros dos. En otras palabras: el hombre es divino, todos los seres conscientes son divinos, todo el universo, materia y vida, también es divino.

   Dios en el sentido más elevado, Lo Absoluto, es ciertamente absoluto. Por lo tanto es omnipresente: no existe lugar en el que no esté. Un obispo visitó una clase en una escuela y le preguntó a los niños si le podían decir dónde está Dios. Y un niño le contestó: “¿Nos puede decir usted dónde no está?” Lo absoluto es eterno: no existe un tiempo en el que no existiera, o en el que no existirá. Es inmutable, no cambia, y a su vez es la raíz de todos los cambios. Es el origen de todo, el destino de todo y la verdadera naturaleza de todo. Es todo lo que fue, todo lo que será, y todo lo que eternamente es. Todos los seres, humanos y no-humanos, todas las cosas que conocemos y las que no, surgieron y surgen continuamente de ese Absoluto, esa Unidad. Es ‘absolutamente’ todo. Por lo tanto no sólo es todo lo que es, ¡sino todo lo que no es! Por esta razón, se describe algunas veces como el pleno o la totalidad, la infinitud, y a veces como el vacío o la nada, el cero. Se describe como una totalidad porque es omnipresente, omnipotente, omnisciente y eterno, porque es todas las cosas al mismo tiempo. Podemos concebirlo como un vacío, porque no es algo exclusivamente. Nada lo describe totalmente. Pensar en lo Absoluto de este modo es la vía negativa, el sendero del neti-neti, rechazando toda descripción y toda explicación porque todas son insuficientes. Está más allá de nuestro poder de concepción.

   La unidad de la nada está siempre allí, siempre es completa en sí misma. Esto es tal vez lo que se conoce en el Cristianismo como el Dios trascendente. Pero, desde nuestro punto de vista, como seres viviendo en un mundo que está cambiando y es temporal, lo Divino expresa o manifiesta un aspecto de sí mismo de vez en cuando, y entonces, un universo viene a la existencia. Esto es tal vez lo que se conoce en el Cristianismo como Dios inmanente.

   ¿Cómo surge todo de lo Absoluto, de la Unidad, que también es la Nada? Esto se puede simbolizar con números o representar con otros símbolos. La Unidad que es lo Absoluto, no sólo es centrípeto sino también centrífugo. Existe no sólo en sí mismo, en lo que a nosotros nos parece como sueño o como Dios trascendente, sino que también se manifiesta en lo que nos parece como vigilia o como ‘Dios inmanente’, habitando en un universo que también es Dios.

   Cuando esto sucede, el Uno manifiesta dos aspectos de sí mismo. Entonces del uno procedemos al dos. Uno de esos aspectos es la raíz de toda la consciencia futura. El otro aspecto es la raíz de toda la futura materia. (Consciencia y materia, como aspectos del Uno, están inseparablemente relacionados). Donde hay materia, ya sea con forma o amorfa, hay consciencia, aunque no la reconozcamos como consciencia. Y toda la consciencia se expresa a si misma en la materia, incluyendo la materia invisible o amorfa.

   Estos dos aspectos del Uno, consciencia y materia, están simbolizados por el número dos. También están simbolizados en muchas cosmogonías como cielo y tierra, o como padre y madre.  Cuando el cielo y la tierra se separan, surge el universo, entre ‘cielo y tierra’. ¡Esto se puede expresar como un bostezo gigante! Otro símbolo del comienzo de las cosas es el padre y la madre convirtiéndose en seres separados y uniéndose otra vez, unidos por la fuerza del amor. Luego un niño nace, que es simbólicamente el Universo. Como sabemos, cuando existe la procreación, sigue la multiplicidad. Entonces el Universo viene a la existencia, no por medio de un acto de la creación a cargo de un Dios personal a semejanza de un ser humano, sino por la manifestación o emanación de la Vida Divina Una. Otro símbolo de unidad que se diversifica es la luz blanca que pasa por un prisma y que produce los siete colores del espectro.

   Estos son símbolos que sugieren de dónde venimos nosotros y todas las cosas. Si colocamos otro prisma, pero invertido, en el reflejo de los siete colores del espectro, ellos regresan a la luz blanca que representa la Unidad, lo Divino. Este hecho simboliza hacia dónde vamos y hacia dónde va el universo, es decir, regresando de los muchos al Uno, a lo Divino que es nuestro origen y nuestro hogar.

   Consideremos ahora el campo estudiado por la ciencia: El Mundo, el Sistema Solar, el Universo, materia, y la vida habitando en la materia. Según las enseñanzas teosóficas, no existe la materia muerta. Toda la materia está viva, incluso es conciente e indestructible. Y, dado que todo es divino, toda la materia es divina. Las formas que adopta la materia pueden variar, aparecer y desaparecer, pueden emerger y disolverse nuevamente, pero la materia en sí misma nunca ‘muere’, sólo cambia sus formas, se transforma. La materia está constantemente en movimiento. Sabemos por la ciencia que los átomos que constituyen la materia se mueven constantemente. Los objetos que conocemos, las formas en la Naturaleza y las formas hechas por el hombre también se mueven, es decir, cambian, pero más lentamente.

   ¿Qué es este movimiento? Es un movimiento como un péndulo, entre un extremo y el otro: crecimiento y decadencia, vida y muerte, verano e invierno. Para usar otro símbolo: es la exhalación e inhalación de la Vida Una. Entonces, plantas, insectos, animales, seres humanos, incluso montañas y océanos, planetas, soles y galaxias vienen y van, desde el ‘big bang’ (¡si hubo un ‘big bang’!)

   Todo este movimiento, que viene y va, es una característica de la vida. El corazón de las cosas se expande y se contrae, como nuestro corazón. Este movimiento es la base de dos conceptos en muchas religiones y en la filosofía teosófica: Reencarnación y Karma. La reencarnación declara que nacemos,  morimos, nacemos nuevamente, y así continúa. La forma física se desintegra, la vida asume otras formas. La Ley de Karma declara que existe la justicia absoluta. Acción y reacción, causa y efecto, son iguales. La Acción (y Karma significa acción) afecta el equilibrio de la naturaleza, crea desequilibrio, desarmonía. Entonces se pone en movimiento una causa. Y la naturaleza trata de restablecer la armonía. Resulta un cierto efecto.

   Consideremos ahora el campo estudiado por la filosofía y la psicología: la Humanidad, incluyendo no sólo la humanidad, sino también su origen: los otros Reinos de la Naturaleza. Según las enseñanzas teosóficas, la vida, la consciencia y el Espíritu que somos, ha pasado por otros reinos más elementales de la naturaleza antes de habitar en el reino humano: los así llamados reinos elementales, que comprenden por ejemplo la vida en átomos, el reino mineral, el reino vegetal, y el animal.    

   Éstos forman una gran escalera de vida que conduce hacia la humanidad y a los seres divinos. Por medio de estos Reinos de la Naturaleza, las expresiones de la vida y también la consciencia, se vuelven más y más sofisticadas.

   Los científicos han hablado de un tipo de consciencia y afinidad en las partículas atómicas. En el siglo diecinueve, un científico que fue teósofo, Jagdish Chandra Bose, demostró que existe la consciencia en los minerales, mucho más elemental que nuestra consciencia. Pero nuestra consciencia puede ser también elemental comparada con la de los seres más desarrollados. En el reino mineral, la consciencia parece estar en el nivel externo puramente físico. Los minerales son visiblemente influidos por golpes, por golpes violentos de varias clases. Piensen en los terremotos, o el fuego en las entrañas de la tierra, o en los volcanes, creando rocas ígneas. Piensen en la actividad del picapedrero o el escultor.

   En el siglo veinte se investigó ‘la vida secreta de las plantas’, revelando en el reino vegetal una consciencia mucho más sofisticada, en el nivel del sentimiento. Por ejemplo, una planta muestra miedo y simpatía cuando lastimamos o herimos otra planta u otra forma de vida.

   En el reino animal la consciencia es más sofisticada aún debido a la capacidad de movimiento libre. El animal desarrolla hasta cierto punto la habilidad de pensar, aprendiendo de su experiencia.

   En el reino humano, el pensamiento se vuelve mucho más sofisticado. El pensamiento abstracto se vuelve posible. Existe la capacidad para el auto-conocimiento, es decir, una persona puede saber,  y saber que él o ella sabe. Desde el nivel del pensamiento lógico y del conocimiento de todos los días, un ser humano puede elevarse a la Sabiduría.

   Es interesante que esos niveles de consciencia correspondan a aspectos o principios de la conformación del hombre. Existen muchas presentaciones de la constitución del hombre. De modo simple, podemos distinguir lo siguiente: El cuerpo físico con su vitalidad, nuestras impresiones sensoriales físicas, que se originan en el reino mineral. El sentimiento: emoción, deseo, nacido en la etapa de la vida vegetal. La  mente, que se activó en la etapa animal. Como un espejo, la mente del hombre puede girar en dos direcciones opuestas, reflejando lo que está abajo o lo que está arriba, es decir, aliándose con las emociones y deseos, o con el quinto principio: Sabiduría o Buddhi, percepción espiritual, que es a su vez amor, la marca del ser humano espiritual. Espíritu o Âtmâ: esa Unidad con todo, que es nuestra verdadera naturaleza divina.

   Es obvio que no somos conscientes en los niveles espirituales, más sutiles de nuestro ser. Somos conscientes en el nivel físico. Entonces sentimos lo que le  ocurre a nuestro cuerpo: sensaciones de dolor y placer, etc. Somos conscientes en el nivel emocional. Sentimos la felicidad y la tristeza, gustos y aversiones. Somos conscientes en el nivel mental. Podemos razonar lógicamente, pero nuestro razonamiento está influido y a veces viciado, incluso inconscientemente, por nuestros deseos personales, nuestros prejuicios y nuestros gustos y aversiones.

   Estos son los niveles de nuestro ser en los que somos conscientes, como lo somos ahora. Tomados juntos, se conocen como la personalidad, un término derivado de la palabra persona, que significa ‘máscara’. En el teatro clásico romano y griego, los actores usaban una máscara. Somos como los actores que se identifican con sus roles, y que han olvidado quiénes son. Nuestro futuro yace en el desarrollo consciente de nuestra verdadera naturaleza que actualmente es inconsciente. Yace en el amor que es puro, impersonal, universal, generoso y sabio. Yace en la sabiduría que no tiene prejuicios, que es objetiva, de mente abierta y afectuosa.

   Como ya se mencionó, la mente es un espejo que puede reflejar lo que está debajo o lo que está arriba. Es una espada de doble filo, capaz de destruirnos o de cortar nuestras cadenas. Nuestro futuro yace primordialmente en regresar al Espíritu, a la Unidad que es nuestra verdadera naturaleza, nuestro verdadero hogar, y a su vez la verdadera naturaleza, y el verdadero hogar de todos los seres.

   La Teosofía no es sólo una enseñanza. Es un modo de Vida. Si realmente asimilamos las enseñanzas teosóficas, cambiamos. Entonces actuaremos de modo diferente porque sentimos diferente, pensamos diferente. Las enseñanzas respecto a Dios o lo Divino, la Vida Una, pueden hacernos sentir responsables. No somos simplemente ‘pobres pecadores’. Somos seres divinos. Podemos entonces volvernos más seguros y por lo tanto más dinámicos y eficientes.

   Pero no sólo soy divino. Todos los otros seres humanos, los que aprecio y los que me disgustan, también son divinos. Y todos los otros seres, animales, plantas, minerales, la misma Tierra, otros cuerpos celestes, también son divinos. Por lo tanto, nos sentimos cerca de ellos, los amamos espontáneamente, naturalmente, lo que los hiere, nos hiere. Lo que los hace felices, nos hace felices. De modo que cuidaremos la naturaleza, nuestro planeta. Más aún, nunca nos sentiremos tristes, solos o abandonados.

   Las enseñanzas respecto al universo, la materia, y su aparición y desaparición, el cambio constante, nos ayudan a apegarnos menos desesperadamente a cualquier cosa que valoramos: cualquier posición, cualquier posesión, por ejemplo, riquezas o fama. Entonces podemos volvernos más independientes, menos dependientes de cualquier cosa como la riqueza, la presunción, e incluso la amistad.

   Las enseñanzas teosóficas sobre la humanidad y todos los demás seres vivos y su evolución desde lo Uno, su verdadera naturaleza, la multiplicidad y olvido de nuestra verdadera naturaleza, y esencialmente de regreso a nuestro verdadero ser en la Unidad, debería producir optimismo y alentarnos a la acción. Sin importar cuáles son nuestros problemas, nuestra miseria, nuestro sufrimiento, nuestro dolor, el fin es seguro.

   Si podemos ver la vida de este modo, desaparecen muchos obstáculos. Los deseos, la envidia, aversiones, nos molestan menos. Somos más cariñosos, más sabios, y felices, y por lo tanto más eficientes. La visión teosófica de la vida es amplia, inspiradora, nos aleja de nuestras pequeñas preocupaciones, nos explica las tragedias como el pago de deudas de vida, como lecciones a aprender, como oportunidades a aprovechar. Si realmente estudiamos Teosofía, veremos la vida con una luz nueva. Penetraremos en los misterios de la vida, que no significa que los ‘solucionamos’. Pero podemos comprenderlos mejor, al verlos a la luz de Un Gran Movimiento de la Vida.

 


 

 

 

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