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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 131 - Número 8 - Mayo 2010 (en Castellano)

 
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Integración espiritual

 

 

CLARA M. CODD

 

Reimpreso de The Theosophist, Julio 1939.

 

   En todas partes los hombres inteligentes proclaman la necesidad del liderazgo. Lo que tanto se desea tener en el mundo también se necesita en la Sociedad Teosófica. Recuerdo a la Dra. Annie Besant diciéndonos que nos faltaba iniciativa y que esta falta de desarrollo demostraba que no estábamos lo suficientemente maduros como para que el Maestro nos acercara a él. C.W. Leadbeater expresaba lo mismo con distintas palabras: “Si me permitís decirlo”, nos comentó una vez en Sydney, “todavía os falta mucho. No es la falta de bondad lo que os sigue manteniendo alejados de los pies del Maestro. La mayoría de vosotros sois muy buenos, y tenéis muy buenas intenciones. Pero no tenéis lo que hace falta para que el Maestro pueda valerse de vosotros todavía”.

   Con mi poca experiencia, me he dado cuenta de que pasa lo mismo en todo el mundo. Allí donde florece un movimiento espiritual, una Rama de la Sociedad Teosófica, siempre es gracias al carácter y a la capacidad de sus líderes. Allí donde fracasa, es que los miembros carecen de visión amplia o profunda. Un Maestro de Sabiduría, escribiéndole al Sr. Sinnett, decía: “Según nuestra experiencia, el éxito o el fracaso de una rama depende de su Presidente y de su Secretario”.

 

El factor integrador

   ¿Dónde se halla el secreto de la grandeza, de la semi-grandeza o incluso de un carácter noble? Sugiero que procede de aquel plano del ser donde se encuentra el factor integrador de nuestra vida. Tener en algún sitio ese centro fuertemente integrador es una necesidad básica para poder llevar una vida con un objetivo, ordenada y exitosa. Sin ese centro, el hombre es como un barco sin timón, a merced de cualquier brisa, entre el agobio de los pensamientos y la corriente de emociones que le rodean y le oprimen, llegando incluso, en casos extremos, a producir una desintegración tan completa de la personalidad que acaba desembocando en la locura. Aquí está la diferencia entre una persona fuerte y otra débil, entre un carácter digno de confianza y otro bien intencionado pero inseguro. Los de la segunda categoría no duran nunca mucho como líderes: los primeros son líderes inevitablemente.

   Este factor integrador puede encontrarse a muchos niveles, en lo que se refiere al fuerte pero vicioso, o al noble y dependiente. Es como la hebra de oro de Ariadna, que guiaba a Perseo a través de las sinuosas cavernas del Minotauro. Demasiadas personas carecen de esta hebra para que las guíe hoy en día, realmente demasiadas. Por esto crecen tanto los desequilibrios nerviosos.

   Conocí a un famoso doctor en Australia que tenía éxitos casi milagrosos en la curación de la locura, especialmente con la enfermedad aparentemente incurable de la esquizofrenia, que podríamos describir como una mente deshecha. Era un hombre profundamente religioso y atribuía su éxito a la capacidad que tenía para guiar una mente que estaba perdida para todo propósito en la vida, hasta devolverla al verdadero centro, consiguiendo con ello la curación. Un famoso psiquiatra húngaro, el Dr. Francis Volgyesi, dice algo muy similar en su libro Mensaje para el Mundo Neurótico. El autor afirma que la auto-disciplina, esencialmente de naturaleza espiritual, es una necesidad para todos, y que algunas formas racionales de la preparación del Yoga pueden salvar al hombre de la desintegración mental.

   Puedo confirmar estas afirmaciones con la observación de otro hombre de la medicina, amigo personal, que dedicó una clínica famosa que tenía, durante la Guerra Mundial, a atender a los soldados heridos, muchos de los cuales sufrían de “estrés post traumático”. De éstos me comentaba un día: “Lo que los pobres hombres necesitan es una verdadera religión, y con eso quiero decir una filosofía de vida noble y satisfactoria”.

   Y ahora el Dr. Alexis Carrel, en su famoso best seller, El Hombre, el Desconocido, dice exactamente lo mismo. “El hombre se integra con la meditación, igual que con la acción”. La meditación y el servicio, el pensamiento profundo y la acción con objetivo, son las cosas que el alma necesita para crecer, las necesidades primarias de una vida humana saludable. Uno es centrípeto y el otro centrífugo. La acción sin demasiado pensamiento tiende a convertirse en un poder disperso y debilitado. Pensar, sin su acción correspondiente convertirá al hombre en un ser introspectivo y alejado de la vida. Goethe lo expresaba muy bien. “El genio”, decía “se alimenta mejor con el silencio, y el carácter con el bullicio del mundo”.

   Todos los grandes personajes tienen un profundo centro integrador. Esto confiere poder y carácter a todo cuanto dicen o hacen. Volviendo a citar al Dr. Carrel: “La belleza moral es un fenómeno excepcional y muy asombroso. Quien la haya contemplado una sola vez nunca olvidará su aspecto”. Podemos aplicar las siguientes palabras a este hombre: “Tu alma era como una estrella y habitaba lejos”.

   La Dra. Besant tenía ese poder supremo. Es interesante citar las palabras que dijo el Conde Hermann Keyserling sobre ella, en su Diario de Viajes:

 

Respecto a Annie Besant, de una cosa estoy seguro: gobierna su personalidad desde un centro que, según mi conocimiento, ha sido alcanzado por muy pocas personas. Es una persona bien dotada, pero no tanto como su trabajo nos haría esperar. Su importancia estriba en la profundidad desde la cual dirige sus facultades.

 

   Este factor integrador, sea cual sea en la vida de un hombre, determina su carácter, su esfera de influencia y su poder. Un hombre que no lo tenga, o que tenga uno muy débil y vacilante, es un ser perdido y desconcertado, a merced de las influencias de su entorno, que no conoce nunca su propia mente ni sus propios ideales, y que siempre se esforzará por conseguir, a través de otro, algo parecido a esa integración porque sabe inconscientemente que es lo único que le puede hacer feliz o útil en la vida, y entonces depende de la voluntad o del pensamiento de esa otra persona. Esto, desgraciadamente, destruye su propio objetivo, porque cuando aparecen las dificultades y las incertidumbres, como siempre, entonces vuelve a quedar desconcertado y, si fracasa, culpará a aquellos cuyos consejos haya seguido.

   La idea centralizadora puede crearse a distintos niveles de conciencia. Puede ser solamente la intención de tener éxito en un negocio, o de divertirse simplemente, o puede ser una ambición desmedida en el arte, la política o en la propia profesión. A veces, y esta es la ocasión más feliz, puede ser el amor de otra persona, que se convierte así en el centro de nuestra vida.

   Estas ambiciones inferiores, por llamarlas de algún modo, provienen de una fuerza centralizadora del plano físico, emocional o mental inferior, de nuestro ser. Mantienen al hombre “unido”, por así decirlo, y todas tienen sus funciones extremadamente útiles en el desarrollo del hombre corriente. Estos estados realmente corresponden a los famosos cuatro estados de la mente de Vâcaspati: la mariposa, la emocional, la gobernada por la idea, y la poseedora de la idea. Sólo a partir de los dos últimos, dice el sabio, puede formarse un Yogui. El gobernado por la idea lo vuelve un fanático; el poseedor de la idea, lo hace un hombre iluminado y sabio. Los actos poseedores de una idea, aunque sea inconscientemente, desde el plano mental superior, muestran una actividad en el cuerpo causal.

 

El nivel búddhico

   Este tipo de hombre podría llamarse verdaderamente ‘espiritual’. Pero la verdadera sabiduría siempre implica influencias del nivel búddhico, el fruto del amor y del pensamiento en el pasado. El hombre que actúa desde el nivel búddhico no es solamente un poder secreto y tremendo, sino que es, verdadera y absolutamente, la salvación de sus hermanos todavía más pequeños. Los demás no conocen el origen de la impresión que les causa. Sólo son someramente conscientes de que las fuentes de su ser tienen las raíces en otro mundo distinto al suyo. Para algunos, el ser conscientes de esto representa una inmensa inspiración; para otros, es una causa de insatisfacción y de desagrado.

   La integración espiritual significa que el factor centralizador se encuentra más allá de la mente concreta. Tiene que ser traducida a esa mente mediante un símbolo o imagen, generalmente de naturaleza religiosa. En el genio puede muy bien ser algo de tipo artístico o intuitivo. El factor supremo es la percepción intuitiva de la Unidad, el sentido de un propósito espiritual dominante en la vida, de un Uno sin segundo que está en todas partes, y de cuya Vida y Propósito el hombre se siente el agente, por más débil e imperfecto que sea. Bernard Shaw describió una vez el impulso religioso precisamente en esos términos. El hombre religioso, dijo, es la persona que se concibe a sí misma como agente de un poder superior con cuya asociación disfruta de una gran felicidad y de su verdadero ser. En palabras de San Pablo: “No yo, sino Cristo en mí”.

   Esa intuición puede trasladarse a la mente-cerebro de dos maneras básicas, la impersonal y la personal. Forman las dos vías principales de la experiencia mística y son reconocidas por los conocedores del Camino tanto de oriente como de occidente. Uno puede sentir que la esencia central de su ser es la Vida divina considerada más o menos en términos impersonales; o que uno es un devoto de esa misma Vida inmortal que brilla a través de una gran Personalidad que se ha hecho una con ella, como nuestro Señor Cristo o un Maestro de Sabiduría. El segundo es el método más usual, tal vez porque lo sentimos cada vez más próximo a nuestra parte humana.

   Uno de los mejores ejemplos lo tenemos en la Dra. Besant. Una buena amiga suya me dijo una vez que Annie Besant era la persona más devota que jamás había conocido, devota a su Maestro y a Dios. Representaba aquella antigua enseñanza de la India que dice: “Considera al Gurú como Dios”.

   Las señales de esta integración espiritual han sido observadas y registradas en todas las escrituras. Las escrituras cristianas las enumeran como los frutos del Espíritu, es decir, el amor, la alegría, la paz, la resistencia, la amabilidad, la bondad, la fe, la docilidad y la templanza.

   Patañjali, en algunos de sus Sutras, describe las cualidades inmemoriales que tiene que cultivar el aspirante a Yogui, y dice que cuando la cualidad de ahimsâ (no dañar) se consigue realmente, el miedo y el odio desaparecen en presencia de ese hombre. Cuando alcanza realmente la verdad, las palabras y acciones de ese hombre están llenas de poder. Cuando todo deseo de poseer para uno mismo nos ha abandonado, lo tendremos todo a nuestros pies. ¿Acaso no dijo Cristo que el hombre que buscaba primero el reino de Dios y Su justicia tendría todo lo demás por añadidura si era necesario?

 

Nuestra necesidad suprema

   Yo afirmo que esta es nuestra necesidad suprema en nuestro trabajo de hoy.

No es en el plano intelectual. No es algo que se vea simplemente de forma intelectual. Lo que se ve solamente de forma intelectual, sin vivirlo ni sentirlo, puede convertirse realmente en un falso profeta, en un verdadero lobo con piel de cordero. ¿Acaso no nos dijo H. P. Blavatsky que la naturaleza intelectual, si carecía de la luz del espíritu, era el verdadero demonio del hombre? Puede incluso servir para organizar los impulsos de la naturaleza animal del hombre. Por sí misma, puede ser dura y cruel, pero si su poder se eleva, formará ese puente imaginario hacia el Yo inmortal, creado por el pensamiento purificado, el antakharana. Sin esa luz salvadora, en el mejor de los casos encarcelará al hombre, cerrándole todas las posibilidades de la verdadera intuición.

   Nuestro pensamiento normalmente discurre más o menos en imágenes. Incluso nuestros ideales más elevados se representan así. Pero estas  imágenes mentales son solamente diminutas aberturas en nuestras prisiones mentales, a través de las cuales puede brillar algo de la verdad y la gloria universales. Deberíamos mirar siempre a través de esas ventanas, no mirarlas a ellas, sino más y más allá, intentando despertar la luz de la intuición, que es la única con la que se puede ver a Dios. No importa realmente la forma que tengan esas ventanas, ni si son iguales a las de otra persona. Detenernos en nuestras imágenes mentales es correr el riesgo de acabar distorsionando y deformando incluso nuestras ideas del Maestro y de Dios.

   Sea cual sea la intuición espiritual que tengamos, es como la hebra de oro que Ariadna le dio a Perseo. Aferrarse a ese concepto interno, por más lejano y débil que pueda parecer. Es la estrella difuminada de nuestro ser, pero si la miramos y la adoramos persistentemente, su luz crecerá cada vez más hasta que al final se convertirá en la Luz infinita. Mientras nos aferremos a esa hebra de oro, aún en la oscuridad, no podremos perdernos nunca. Blake escribió:

 

Te doy el extremo de una cuerda dorada;

Hazla un ovillo,

Te llevará a la puerta del cielo,

Construida en el Muro de Jerusalén.

 

Pero debemos mirarla y adorarla. Esto significa una vida de paciencia, honradez, generosidad y dedicación de muchos años.

   Los que ya lo han hecho son ahora la columna vertebral del trabajo de los Maestros en todas partes y los verdaderos custodios del trabajo que nos han dado como Teósofos los Guardianes de la Raza. En algunos, las cualidades externas no son extraordinarias, pero su vida interna los ha convertido en un poder, en centros radiantes llenos de vida unificadora e inspiradora. Esta actitud, constante y persistente, no es algo que se pueda conseguir en un día. Es el fruto de muchos años de esfuerzo paciente, dedicado, humilde y constante para comprender y para vivir. Cuando existe un alma de éstas en una Rama, la Rama nunca puede fracasar. Si una Rama teosófica o cualquier otro movimiento espiritual deja de existir o pierde su inspiración y su vida, es porque ninguno de sus miembros está integrado espiritualmente de esta manera. Es algo mucho más importante que la inteligencia o la eficacia en la organización o presentación.

 

Vivir para lo más elevado

   ¿Cómo podemos tener esta actitud y convertirnos en un líder en el verdadero sentido del término?

   Esforzándonos siempre por relacionarnos con ese Ser más elevado, en vivir por él y por este mundo. Entonces irá creciendo en nosotros una paciencia interminable, inquebrantable, llena de esperanza.

 

Ten paciencia, candidato, como alguien que no teme fallar, que no pretende el éxito… Fija los ojos de tu alma en la estrella cuyo rayo tú eres, la estrella ardiente que brilla dentro de las profundidades oscuras del ser eterno, en los campos ilimitados de lo desconocido.

 

   ¿Qué vamos a convertir en el factor integrador de nuestra vida, en el centro a cuyo alrededor están reunidos lo que Ruysbroek llamaba “los poderes  dispersos del alma”? Esto dependerá del temperamento y de la etapa de crecimiento. Todas las fuerzas desintegradoras de la vida, descritas por Patañjali como dolor, sufrimiento, desesperación, inquietud, etc., también serán vencidas, dice, por las fuerzas de la vida unidireccionales y elevadoras. Se puede conseguir “mediante una aspiración y devoción constantes a un ideal” o cultivando los hábitos de la amistad y la compasión y una actitud filosófica hacia la felicidad y la desgracia en uno mismo y hacia la virtud y el vicio respectivamente. O también, contemplando a Aquellos que están libres de todo deseo, como por ejemplo la imagen infinitamente atrayente del Cristo o un Maestro de Sabiduría. Porque nos iremos pareciendo cada vez más a aquello que contemplemos de forma continuada. Pero también puede conseguirse meditando en aquello que le sea más querido al corazón. El amor, el olvido de uno mismo, entregado de forma total y altruista, siempre es un potente medio para purificar y elevar el alma.

   ¿Qué estamos haciendo, pues, sino seguir el consejo que nos dio tantas veces el obispo Leadbeater, el de dejar a nuestro pequeño yo fuera del centro de nuestra vida personal, y colocar al Maestro, Dios, la Humanidad o algún Ser querido allí, en su lugar? Cuando se logra esto realmente, las radiaciones áuricas se dirigen hacia fuera, y le confieren una extrema sensibilidad al alma respecto a las necesidades del alma de los demás. Este tipo de persona puede muy bien volverse “clarividente con el entorno de las almas”, conociendo intuitivamente sus necesidades y problemas. El ocultista cuenta con todo el tiempo del mundo para los problemas de los demás, porque no tiene ninguno propio. Rudyard Kipling describió el mismo pensamiento con unas palabras maravillosas:

 

Enséñame a no necesitar ayuda de los hombres,

Para poder ayudar a esos hombres cuando lo necesiten

 

   Veremos que este poder se consigue en el mercado de la vida, aunque la percepción  se logre por el pensamiento profundo para aprender, y actuar así. Esa paciencia infinita, esa inquebrantable devoción también nos permite realmente aprender cosas sobre los acontecimientos de la vida y sobre la forma de afrontarlos. Hay dos cosas que una persona integrada espiritualmente hace: una es aprender de la vida, y la otra es servir a los hombres. Esta persona será capaz de aprender mejor de la vida que la mayoría de los hombres, porque se habrá retirado de ella, colocando el centro de su conciencia más allá y por encima de sus preocupaciones y problemas ordinarios. Eso no significa abandonar sus deberes usuales. Muchas veces los cumplirá de forma más perfecta que los demás.  

 

Sigue la rueda de la vida, sigue la rueda del deber para con tu raza y tu familia, con el amigo y el enemigo, y cierra tu mente al placer y al dolor. Sal de la luz del sol y entra en la sombra, para dejar sitio a los demás. El auto-conocimiento es hijo de las buenas acciones.

 

   El conocimiento del Yo se construye sobre la subestructura del amor y la comprensión de los hombres. Por consiguiente, la persona integrada espiritualmente estudia primero, principalmente el corazón de los hombres, no solamente sus ideas.

 

Estudia el corazón de los hombres, para poder saber cuál es ese mundo en el que vives, y del cual quieres formar parte. Mira la vida que cambia constantemente y se mueve a tú alrededor, porque está formada por los corazones de los hombres: y cuando aprendas a comprender su constitución y significado, serás capaz cada vez más de leer la palabra más amplia de la vida.

 

Un canal de bendición

   Al volverse sabia, esta persona es capaz finalmente de trascenderse a sí misma, de reconocer su Yo superior inmortal, el Guerrero interno, y de seguir sus órdenes en la batalla de la vida. Se convierte así en un canal de bendiciones y de poder. Entonces es tan grande su capacidad, que ningún cambio puede alterarle, ningún movimiento distinto, ningún líder diferente lo perturbará. Los teósofos entran y salen de la Sociedad Teosófica cuando sus centros integradores se hallan fuera de los reinos eternos. Cuando el centro está establecido firmemente en su interior, no tienen ningún deseo de abandonar la Gran Obra.

   Cuando no estamos todavía integrados espiritualmente, carecemos de equilibrio y dignidad, nos preocupa demasiado lo que piensen los demás de nosotros, y nuestros pensamientos del Maestro tienden a caer hasta nuestro nivel, en vez de ser llevados, de forma insensible y continua, hacia el suyo. Al estar espiritualmente integrados, somos centros de paz, de profundidad y de inspiración, porque el alma tiene la cabeza erguida. Movidos por la intuición espiritual, somos vívidamente conscientes de la verdadera Fraternidad, no de una fraternidad a un nivel inferior común, sino la de una elevación sabia y sutil por parte de cada uno desde allí donde se encuentre. Para el hombre sabio, tanto el alma infantil, como el sabio, son igualmente hermanos aunque tenga un contacto distinto con cada uno de ellos.

   Esta es realmente una perla sin precio cuya posesión aleja al hombre de las necesidades comunes, y le permite entregarse a los demás de forma gloriosa. Y, al sostener tan fuertemente la hebra de Ariadna de la percepción espiritual, todo su yo se va simplificando de forma gradual, llenándose de poder; siendo único, se llena de luz.

 

 

 

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