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Vol. 131 - Número 8 - Mayo 2010 (en Castellano) |
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Libertad suprema
H. VAN DER HECHT
El Dr. H. van der Hecht es un antiguo miembros de la Sociedad Teosófica en Bélgica, y doctor en medicina
Nuestras responsabilidades, u obligaciones, ¿limitan nuestra libertad? ¿Son obstáculos para nuestra libertad? O ¿los asumimos con total libertad? La libertad es el poder de actuar o no, de elegir. Quien tiene este poder es libre. La ética es la ciencia de la moral, es decir, las reglas a seguir a fin de hacer lo bueno y evitar lo malo. Ética es unir la responsabilidad y la libertad. Implica que nuestro sentido de lo bueno, nuestro amor por lo bueno nos traerá total independencia para asumir una obligación, incluso si esto nos fuerza a abandonar algunos placeres o actividades que para nosotros son importantes. El ser humano es libre. Esto lo proclama la filosofía más elevada. Sin embargo, muchos científicos consideran que estamos totalmente determinados por innumerables factores externos. Entonces, surge la cuestión de nuestro libre albedrío, nuestra libertad o decisión. Nuestros cuerpos están condicionados: nuestra constitución está limitada por la herencia y antecedentes varios: alimentación, higiene, enfermedades, fatiga, factores climáticos, hábitos diferentes. La herencia de la constitución cerebral determina, ¿hasta qué medida? nuestras habilidades intelectuales, y hasta cierto punto, nuestro carácter. Pero el cuerpo es nuestro instrumento, y podemos decidir el modo en que queremos usarlo. No podemos hacer todo lo que nos gustaría hacer, pero entre todo lo que sí podríamos hacer, decidimos qué haremos, dentro de los límites permitidos por las circunstancias. También decidimos sobre lo que no haremos, sobre lo que nos abstendremos de hacer. Somos libres de no ceder a coacciones externas. Podemos mejorar nuestras capacidades intelectuales, nuestro carácter, nuestro auto-control (tan aptamente calificado en una palabra) para tomarnos a nosotros mismos bajo control, según los requisitos, principalmente de una vida espiritual o de otra ambición. Pero nuestros actos y palabras, aspectos de nuestra vida física, están condicionados por nuestras emociones y nuestros pensamientos, que los pueden determinar. Nuestras emociones, a su vez, están condicionadas. Nuestros deseos están condicionados por atracciones físicas, emocionales e intelectuales. Pero podemos decidir eficientemente no desear algunas cosas, o incluso, no desear nada: el deseo proviene de la representación mental del placer que podemos sentir con ellos. Si mantenemos nuestra mente inmóvil, cerrada a toda construcción mental imaginando un placer, si estamos totalmente atentos al presente, ningún deseo ingresará a nuestra consciencia. Del mismo modo, nuestros temores están condicionados por rechazos físicos, emocionales e intelectuales: el miedo proviene de la reproducción mental de la falta de satisfacción, o de un dolor que sufrimos. Si mantenemos nuestra mente serena, sin imaginar algo desagradable que vendrá, totalmente atentos al presente, no puede surgir en nosotros ningún miedo. La felicidad, la dicha, con una radiación comunicativa, son las características reales del hombre que, liberando su pensamiento de todas las imágenes de sí mismo, totalmente atento a lo que es, es indiferente al placer o al dolor. Este estado de equilibrio, vairâgya en sánscrito, es la condición de percepción consciente de nuestra identidad con lo Divino, el Yo Único, y se define como “vairâgya, la ilusión conquistada, sólo la verdad percibida.” Entonces ya no nos afectará más ninguna emoción, dando lugar a un profundo sentimiento de unidad y paz, y de esto, la felicidad de unidad, que es el amor. No hemos alcanzado este estado, todavía estamos emocionalmente condicionados, pero podemos decidir alcanzar esta libertad interna. Respecto a nuestros pensamientos, sabemos demasiado bien cuán independientes se mueven de nuestra voluntad, cuánto se repiten automáticamente, cuán condicionados están por nuestros hábitos intelectuales, nuestro entrenamiento, nuestros recuerdos, nuestras emociones, nuestros prejuicios. Y aún así podemos imponer silencio sobre ellos, haciéndolos inexistentes, en una percepción sin velos, en una atención perfecta a la realidad de los seres y las cosas. Nuestra naturaleza física, emocional y mental está condicionada, pero nosotros no somos eso, eso es nuestro instrumento. Somos el Espíritu, la Consciencia, que utiliza este instrumento, lo refina, hace de él un sirviente obediente. Y este Espíritu, esta Consciencia, es el Yo del Universo, uno e indivisible, inmortal, único, la primera fuente inmutable, que engendra todas las cosas, anima todos los seres, eternamente incondicionada por el mundo creado. Debido a que somos este Yo único y espiritual del universo, tenemos absoluto libre albedrío. Nuestra libertad consiste en controlar toda nuestra naturaleza, a fin de hacer de ella un dócil sirviente de nuestra voluntad. Se afirma que en la obediencia a lo Divino está la Libertad Suprema. En consciente unidad con Él, somos totalmente libres. Cuando nos damos cuenta que somos el Yo inmaterial, eterno e incondicionado por las modificaciones del mundo material en todos los niveles, físico, emocional, mental; en esta unidad con lo Supremo, Su Voluntad sólo existe en nosotros, es nuestra voluntad. Y esta voluntad por lo tanto no está condicionada, es totalmente libre, emplea nuestra personalidad en lo mejor de sus capacidades inherentes, que son inherentes a ella, al servicio de la acción justa. Quienes niegan esta libre voluntad nos dicen: “¡Vean! Actúen de acuerdo a los hábitos de vuestro cuerpo físico, condicionado por factores hereditarios, higiene, medioambiente, todo lo que ha sido hecho, y hace vuestra vida material; vuestras emociones están condicionadas por vuestras experiencias pasadas, vuestros pensamientos que resultan del aprendizaje, vuestra educación, vuestro entrenamiento profesional, vuestro intelecto, moral, y tal vez la cultura religiosa, por la información que absorbemos constantemente. Y es según este contexto que vosotros actuáis y reaccionáis, que vosotros decidís de lo que os abstenéis. Vosotros sois el fruto, el resultado de todo este condicionamiento, vosotros sois este condicionamiento. Vuestras acciones proceden de él, y no es la expresión de una voluntad que no resulta de él.” Esta afirmación es opuesta a la íntima convicción de cada uno de nosotros, respecto a la certeza de nuestra habilidad para una decisión autónoma y libre. Y constituye un grueso error de razonamiento. Sí, el medioambiente nos afecta, innumerables factores pueden determinar e influir a nuestro ser físico, emocional e intelectual, y a su acción. Pero esa personalidad por medio de la cual nos manifestamos, no es nosotros mismos, es sólo el instrumento de nuestro ser real, más profundo: un instrumento vivo que puede tener su propia actividad o sumisamente puede servir a la voluntad de su dueño y maestro, el Yo divino. Piensen en un árbol: las cualidades del terreno, el clima, la acción del hombre, los insectos, los virus, las bacterias, etc., condicionan su desarrollo, pero no deciden que será un roble o un manzano: esta es su propia naturaleza. Lo mismo es válido para todas las flores, plantas, y especies animales. Lo mismo para el hombre. No está hecho por las influencias del medioambiente y sus reacciones a él. Y el ser real del hombre, es el espíritu divino en él. Es este espíritu que es nuestra propia naturaleza, eternamente la misma, no condicionada, aspirando a manifestar lo verdadero, lo bueno, lo bello que hay en él. En las primeras etapas de la evolución del alma, en las del desarrollo de la personalidad, el espíritu deja en libertad los impulsos de la naturaleza física, emocional y mental. Cuando la personalidad alcanzó su madurez, el espíritu la usa como un instrumento de su acción. La personalidad usa todas sus capacidades, ahora totalmente desarrolladas. Al hombre se le niega su libertad de decisión, llamada libre albedrío, sólo cuando ignora su naturaleza total: espíritu universal, infinito, eterno, no condicionado, que anima un grupo de cuerpos sutiles que inter-penetran el cuerpo físico y hace con él el instrumento del espíritu, del ser en sí mismo. Entonces, el hombre es libre. Su instrumento de acción, la personalidad, es condicionada y se perfecciona en innumerables encarnaciones. En El Libro de los Preceptos de Oro, traducido del sánscrito antiguo con el nombre de “Los Siete Portales” por la Sra. Blavatsky, el Espíritu del Universo, el Alma del Mundo, se llama Âlaya. Podemos leer:
Todo es perecedero en el hombre, excepto la pura y brillante esencia de Âlaya. El hombre es su rayo cristalino, un rayo de luz inmaculada interior, una forma de arcilla material sobre la superficie inferior. El rayo es tu guía en la vida y tu Yo verdadero, el Observador y el Pensador silencioso, la víctima de tu yo inferior.
Tú debes inundarte de Âlaya pura, volverte uno con el Pensamiento del Alma de la Naturaleza. En unidad con él, tú eres invencible: separado, te vuelves el terreno de Samvrti, origen de todas las ilusiones del mundo. (Samvrti, el conjunto de modificaciones incesantes del mundo fenomenal, físico, emocional y mental.)
Recordemos que todos los hombres poseen Âlaya, son uno con la Gran Alma, y que, poseyéndola, ¡Âlaya les sea de tan poca ayuda! Nuestra personalidad en su totalidad está condicionada, pero puede ser usada, determinada en su acción y actividad por nuestro ser profundamente espiritual e incondicionado, que conoce y desea el bien en sí mismo, lo verdadero en sí mismo, y lo bello en sí mismo. La palabra responsabilidad es sinónimo de deber, obligación, compromiso, impuesta a una persona –principalmente por falta de rigor, o por la ética de la sociedad. La felicidad de todos los seres, su desarrollo, depende en diferentes medidas de cada uno de nosotros, nuestros actos, palabras, pensamientos, emociones a las que le damos expresión, y todo esto según la amplitud e intensidad de nuestro campo de acción. Podemos contribuir al bienestar y progreso, físico, moral e intelectual de otros seres humanos, u oponernos a ello. En una familia, los padres con un alma generosa son particularmente conscientes del hecho de que la felicidad y desarrollo de sus niños dependen de su cuidado, y de su sentimiento de unidad con ellos; su amor por lo tanto los instará a hacer todo lo que está a su alcance por el bien (de sus niños). Ellos (los padres) se sienten dotados en la misión de ayudar a sus niños a lograr el máximo de desarrollo de sus potencialidades, a fin de volverse hombres y mujeres del más elevado valor posible. Más aún, ellos tienden a ocuparse lo máximo posible de esta misión que la vida les asigna, la vida no como mecanismo, sino el Ser Supremo mismo, Dios, manifestándose a sí mismo en el mundo que emanó de él; consciencia infinita y pensamiento dinámico en acción en el universo. Debemos responder a esta Vida Universal, a Dios, trabajando por el bien de todos los seres, y por el desarrollo del plan de evolución que lleva progresivamente a la obtención de un mundo de perfección. La misión de la responsabilidad de los padres hacia sus hijos se repite en los hermanos o hermanas mayores hacia los más pequeños. Está presente en el logro de todas las profesiones, donde la sociedad le atribuye a cada uno la obligación de trabajar por el bien colectivo, según el lugar y las habilidades, y a responder lo mejor posible a esto, que se espera de cada uno. Y en el cumplimiento de esta misión, en el más alto nivel de perfección en el que cada uno asume su carga, florecerá al máximo y encontrará su felicidad a la vez que participará en la felicidad de los demás. Responder a la misión que es nuestra, ser responsable, esto no es algo que resulta de una coacción externa sino de la propia voluntad interna del hombre o la mujer, y de su propia voluntad y libertad. Responder al mundo externo y a su vez a la voluntad interna, es vivir, abrir nuestro yo, salir de nuestros límites. Es lo opuesto a estar limitado, coartado, encerrado dentro de los límites de los intereses personales. Ser responsable es ser libre, y a la vez estar en comunión con otros y con el Maestro de la Vida. El hombre irresponsable no está motivado por el cuidado del bienestar de los demás, sino por el deseo, poderoso y estimulante de su propio desarrollo. No se lo reprochen. Recuerden las palabras del poeta Kahlil Gibran: “El fruto no puede diferenciarse de la raíz: ‘Sed como yo, maduro y rico, y dad siempre de vuestra abundancia’.” La ética es la ciencia de la moral, las reglas a seguir para hacer el bien y evitar el mal. Proviene de ocuparse del bien de todos los seres, en un sentimiento de total solidaridad o interdependencia, procediendo de la unidad fundamental de todo lo que vive. Todos los grandes instructores religiosos que le muestran al hombre el Sendero que conduce a la más elevada realización espiritual, a la percepción de la unidad de su ser con lo Divino -Buddha así como los grandes Sabios de la antigua India, Jesús, Moisés, Patañjali en sus Yoga-sutra-s, y los teósofos neoplatónicos como Ammonius Saccas, para citar sólo unos pocos de los más eminentes- todos han puesto la práctica de las mismas reglas de ética al comienzo del Sendero. Ellos enseñaron que también constituyen el fundamento de la felicidad de toda la humanidad. Cuando se percibe la unidad de todo lo que vive, esta percepción se expresa en cada acto, cada actitud. Si esta percepción es constante, toda la vida se vuelve un ofrecimiento sagrado por el bien de todos los seres, y por una siempre manifestación más plena de lo divino en el mundo. Todos los actos son por lo tanto responsables, y se vuelven una manifestación de lo Divino a través de nosotros, es decir, son realizados en total libertad, son la expresión de la voluntad interna, una con la voluntad suprema. La responsabilidad de cada uno de nosotros es trabajar en cada momento de la vida por la percepción, grado por grado, del plan divino. Éste tiende a que todo lo que vive se desarrolle hacia la perfección, contribuyendo a hacer un mundo de belleza suprema, expresión creativa de la inteligencia más elevada, y del amor más perfecto, en la libertad y plena responsabilidad de todos los seres. Cada momento de nuestra vida puede ser una contribución a esta realización, un paso hacia adelante dado por todo lo que vive. Dejemos que las palabras y los actos, purifiquen toda nuestra naturaleza a fin de que esta influencia sea benéfica, directamente y por el ejemplo, nuestros pensamientos y emociones, y por una comunicación directa o distante (ondas vibratorias, formas de pensamiento mentales y emocionales). Entonces, hagamos de nuestra persona, con todos sus constituyentes, el mejor instrumento posible para el servicio del mundo. Aumentemos nuestras habilidades en constante consagración a este servicio. Démosle todo nuestro tiempo a esto. Durante nuestra vigilia, será en un espíritu de consagración a lo bueno, lo bello, lo verdadero, viviendo de acuerdo con lo eterno, perdurable, traído de vida en vida, esforzándonos por hacer presente lo divino en nuestras actividades materiales. Y al concluir el día, tomemos la resolución de tratar, durante nuestro sueño, de aliviar la aflicción de algunos seres que sufren, o tomar parte también en el plano astral, en el trabajo de los ‘protectores invisibles’ que los autores teosóficos han mencionado. Especialmente, para este trabajo, inspirémonos en la oración de San Francisco de Asís, cuya idea esencial es:
Dios, hazme un instrumento de Tu Amor Donde hay tristeza, déjame traer alegría, Donde hay odio, déjame traer amor Donde hay discordia, déjame traer paz Donde hay oscuridad, déjame traer luz Donde hay fealdad, déjame traer belleza Donde hay crueldad, déjame traer compasión, etc. Donde hay desaliento, déjame traer valor
Percibiendo nuestra responsabilidad total para el progreso del mundo, y enseñados por la Teosofía, tomemos la resolución de capacitarnos por una firme determinación y una constante atención, de volvernos discípulos de los grandes Maestros de Sabiduría, y por lo tanto hacernos transmisores de su fuerza, su amor y su sabiduría. Intentemos ascender el Sendero de la santidad, que también es el de la Râja Yoga, y para ello, desarrollemos conscientemente en nosotros, con perseverancia y tenacidad, las cualidades requeridas como se exponen en el pequeño libro A los Pies del Maestro y procuremos practicar los elementos preliminares de la Râja Yoga según Patañjali, el sendero real que conduce a la realización divina. Quien percibe su responsabilidad hacia el mundo, que ha reconocido por el estudio de la Teosofía el Plan divino para la evolución de todo lo que vive y de la humanidad, no puede hacer otra cosa que dedicar todas sus energías al servicio del Gran Plan. Y para así hacerlo, recordemos incesantemente la naturaleza divina de nuestro ser, uno con lo Divino, el Espíritu que anima el Universo, siguiendo la meditación propuesta por Geoffrey Hodson en Un Yoga de Luz:
No soy el cuerpo físico. Soy el Yo Espiritual. No soy las emociones. Soy el Yo espiritual. No soy la mente. Soy el Yo espiritual Soy el Yo divino. Inmortal. Eterno. Radiante con Luz espiritual. Soy ese Yo de Luz, ese soy Yo. El Yo en mí, el âtmâ, es uno con el Yo en todo, el Paramâtmâ.
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