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Vol. 131 - Número 8 - Mayo 2010 (en Castellano) |
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Caída y ascensión del Hombre – parte II
CLARENCE PEDERSEN
El Sr. Clarence Pedersen es un antiguo miembro de la Sección Norteamericana de la S.T.
Había una vez, hace eones y eones de tiempo, en un país desconocido para nosotros ahora, nació un niño. Se lo llamó ‘Noabel’, pero a nadie le importó. Su madre y su padre recién se habían humanizado, y estaban demasiado ocupados aprendiendo lo más importante sobre cómo contaminar el planeta, sin prestarle atención al pequeño Noabel. Apenas percibían su existencia. Noabel vivía su niñez, y con el resto de la tribu, gradualmente aprendió cómo cazar su alimento y cómo pelear con todos, volviéndose de este modo un poco menos incapaz. La caza y la lucha ocupaban casi todo su tiempo, que era un batallar constante por la supervivencia. Noabel murió joven, sin ninguna inclinación u oportunidad para reflexionar sobre la vida, o, por supuesto, sobre la muerte. Simplemente vivió como parte de su grupo, su tribu. No muchos años después, Noabel nació otra vez, esta vez en un clima diferente y en una tribu que había desarrollado un grado de espíritu comunal. A Noabel le enseñaron cómo cazar y a obtener su alimento, y cómo matar a sus enemigos. Adquirió estas habilidades con una facilidad que lo habrían sorprendido si hubiera tenido la capacidad de reflexionar sobre la naturaleza de las cosas. Al cazar, había una tenue familiaridad en el toque de las rocas que arrojaba a su presa; un débil recuerdo de los movimientos necesarios para lograr precisión. De algún modo sentía cierta naturalidad sobre su forma de vida. Luego, también hubo unos pocos momentos en el transcurso de su vida, en los que se lo vio sentado serenamente en un prado, al lado de un arroyo, observando meditativamente al Sol y al cielo. Algo, no un pensamiento, sino cierta incomodidad, un suspiro de algo perdido, tocó su conciencia. Noabel murió brindándole poco al mundo, porque había poco dentro de él para dar. Ahora, temporalmente debemos cambiarle el nombre a nuestro héroe, al relatar su siguiente encarnación, porque el karma de Noabel había decretado que necesitaba urgentemente la experiencia de la maternidad. Por lo tanto Noabel nació como niña. La llamaron ‘Antítesis’ debido a que era diametralmente diferente a lo que había sido antes. Fue muy difícil para la pequeña Antítesis crecer en su pequeña villa de carpas. Por alguna extraña razón siempre quería ir a cazar con sus hermanos. Había un desafío en el lado físico de la vida, que le atraía. Sin embargo, tenía que llevar a cabo actividades de niñas. Debía aprender cómo cocinar y cuidar a los bebés. Pero hubo algo en la naturaleza de Antítesis que la atrajo a actividades belicosas, como si ella hubiera sido en algún momento un guerrero. Por supuesto, que ella realmente no tenía estos pensamientos. Ella no estaba satisfecha fácilmente. Algo faltaba en su vida. Debía haber algo más en la vida que criar niños y limpiar tiendas, y luchar por los derechos de la mujer. Cuando Antítesis volvió a ser Noabel otra vez, nuevamente enfrentó un ajuste. Aunque se reconocía a sí mismo como un varón, tenía esta débil tendencia de sentarse cerca del campamento, y observar solemnemente a las mujeres que realizaban sus tareas. Los otros muchachos estaban por allí vociferando insultos y provocando al mundo. Él no sentía deseos de hacer esto. Él observaba. Él era Noabel, el hombre. Le gustaría cazar y ser hábil al matar. Sin embargo, prefería permanecer en el hogar y observar los niños mientras las mujeres hablaban sobre su condición en la sociedad. Pero cuando Noabel maduró, aprendió nuevamente a cazar y matar, y su gusto por el modo de vida de las mujeres, se debilitó y quedó en el entorno de su conciencia. Aún así, cuando volvía de cazar, a veces se hacía tiempo para acariciar y enseñarle a sus hijos. En futuras vidas, vemos que las necesidades y deseos de Noabel y Antítesis se tornaron cada vez más variadas y sofisticadas. Vagas memorias de cosas pasadas se hicieron más fuertes y numerosas. Las tendencias se convirtieron en hábitos. Los hábitos se volvieron instintos. Noabel aprendió a organizar, planificar, y satisfacer sus necesidades y ambiciones. Se hizo más astuto al matar. El arte de odiar entonces predominó, junto con la crueldad. Pero, a su vez, en Noabel se hizo cada vez más insistente y poderosa la necesidad de la ternura. Desarrolló hábitos de amistad personal, y éstos se hicieron cada vez más fuertes, porque se repitieron durante muchas vidas. Cierta soledad se apoderaba de él cuando un amigo, su esposa, un hijo, morían. De este modo, surgieron débiles lazos de amor. La tela de la vida se hizo cada vez más variada a medida que pasó el tiempo. Noabel desarrolló talentos para diferentes ocupaciones. Su nombre cambió a ‘Abel’. Se sembraron semillas, y no siempre fue necesario matar para comer. Se hizo posible tener tiempo libre, y Abel comenzó a observar la vida y las estrellas, el cielo, y el milagro de la semilla creciendo, y se maravilló. Este maravillarse, este asombrarse por la naturaleza de las cosas, fue ciertamente el comienzo de su búsqueda por la verdad. Aún así, la ambivalencia entre el deseo y el contento creció a medida que el conocimiento de Abel se amplió, y se involucró más con cosas materiales. Sus pasiones crecieron más intensamente y se corrompieron por el pensamiento. Entonces Abel continuó agregando innovaciones a su capacidad de matar y de lastimar, mientras que a su vez lograba cada vez mayor profundidad a sus sentimientos de consideración hacia los demás. Adquirió compasión en pequeñas medidas y con el transcurrir de vastos periodos de tiempo. Luego, llegó un día en el que comenzó su hasta ahora, búsqueda eterna del significado de la vida. Se inventaron palabras para ayudarlo en su búsqueda. Las cosas se volvieron nombres, y sus odios aumentaron a medida que el amor aumentó. Abel estaba confuso por esto. Pero gradualmente adquirió un vasto cúmulo de recuerdos, recuerdos que podían herir o ayudar, recuerdos reunidos en herramientas altamente sofisticadas físicas, emocionales y mentales, sobre las que podía construir y crear nuevos recuerdos y nuevas herramientas. Entonces, por largas, largas series de vidas, nuestro héroe y heroína, se involucraron más con la vida. Su punto crucial, el momento de transformación de la involución a la evolución, no se notó. Él simplemente se ocupó de la tarea de vivir, lentamente desarrollando lazos cada vez más fuertes con sus semejantes. De tales lazos, aparecieron los valores, cosas tales como lealtad, confianza, afecto, indañabilidad. Sus acciones fueron guiadas por un sentimiento de rectitud. A esto lo llamó ‘conciencia’. En un futuro no muy lejano, se espera que nuestro capaz héroe, en una vida, en un resplandeciente momento, adquiera un saber sin necesidad de conocimiento. Será un saber irracional, porque carecerá de la estructura de la memoria. Y, algún tiempo después, nuestro héroe, Abel, todavía maravillándose de este fenómeno misterioso y trascendental, escribirá cosas tales como Democracia, y Hojas de Hierba, y El Profeta, e Informe de Greco. Luego, nuevamente nuestra heroína, Tesis, creará El Color Púrpura, Los Sonetos del Portugués y La Buena Tierra, y ciertamente La Doctrina Secreta. Por supuesto, he ofrecido un relato muy simple de nuestra involución y evolución, una historia que carece de miles de matices creativos que acompaña a cada una de nuestras experiencias. Nuestra historia tampoco tiene un fin. Permanece incompleta. Me pregunto cómo la terminaremos. Tal vez diciendo simplemente que Abel y nuestra pequeña Tesis vivieron felices para siempre. ¿No? Al dejar esta historia con un final abierto, nos abandona con dos preguntas, por supuesto: ¿Es la vida, la consciencia, esencialmente benéfica? ¿O es esencialmente mala, divisiva, segregativa? O ¿es neti, neti? Esto no, eso no. Estas son preguntas que tendrán que responder ustedes mismos. Pero, si la vida, la creación, emana a partir de un centro de compasión, de amor, debemos entonces preguntarnos: ¿Cuál es la finalidad de todo esto? ¿Cuál es la finalidad de involucrarse, de dejar nuestro hogar espiritual, si todo lo que queremos hacer después de dejarlo, es regresar tan rápido como podamos? ¿Cuál es el propósito de la vida si es que lo tiene? ¿No es la vida maravillosa? Bien, aunque esta es una pregunta muy legítima, obviamente es algo que no podemos investigar demasiado profundamente debido a nuestras limitaciones mentales. Entonces me contentaré citando a unos pocos respetables estudiantes de la vida, respecto a esta pregunta. Por ejemplo, el psiquiatra profundo Carl Jung escribió: “Sin retroceder por el conflicto, el sufrimiento o el crimen, el divino sentido de curiosidad se esfuerza por nacer.” El matemático y filósofo Alfred North Whitehead, sugirió que Dios crea para que Él pueda recibir el avance creativo del mundo. Él guarda lo que hay de valioso en él. En su libro Psicología Profunda y el Hombre Moderno, el Dr. Ira Progoff expresa: “El organismo humano… se mueve ignorantemente, y sin embargo con un desarrollo significativo de la conciencia, hacia un propósito que es inherente en su naturaleza, un propósito contenido dentro de la semilla, de lo que existe en su naturaleza para alcanzarlo.” Indudablemente, la afirmación de Progoff les recordará a alguno de ustedes del concepto teosófico del dharma, la ley de nuestro ser interno. Luego, existe la idea que la creación puede realmente no ser una tarea tan seria después de todo. Tal vez los dioses sólo se “deleitan en lucirse”, como lo expresó Blavatsky en La Doctrina Secreta: “La creación del mundo generalmente es considerada en los libros Brahamanes como Lilâ, el deleite de lucirse, el entretenimiento del Supremo Creador, Vishnu, siendo así sustancia diferenciada e indiferenciada, espíritu, y tiempo, se deleita como un niño juguetón, como sabrás al escuchar sus jugueteos.” Finalmente, está Nikos Kazantzakis en su libro Informe a Greco: “¿Cuál es el propósito? No preguntes. Nadie lo sabe, ni siquiera Dios, porque él también avanza junto con nosotros. Él también está buscando y está expuesto al peligro. Él también se entrega a la lucha. Dios es sólo un movimiento del corazón y una lágrima dulce.” Entonces, puede que no haya un propósito. ¿Es posible que la naturaleza de la vida, el corazón de toda la existencia, sea dicha pura? ¿Felicidad? ¿Es posible que Dios sea dicha pura y que el único modo en que puede perpetuar este estado del ser sea crear constantemente? A la dicha se la ha llamado una cualidad, no simplemente una emoción. La dicha se dice, está enraizada en Dios Mismo. La mayoría estaría felizmente de acuerdo que esto es un fin evolutivo digno de intentar alcanzarlo. Tal vez la verdadera dicha, la dicha que uno siente en el simple estado de ser, es la undécima beatitud. Tal vez la evolución no sería indispensable que estuviera dirigida hacia un objetivo para que tuviera valor. Los objetivos son, después de todo, simples creaciones psicológicas. Quizás un valor mayor, más trascendental es la dicha de estar vivos, tener la cualidad de estar vivo. Es posible que sea como Lao Tse lo afirmó: “El modo de hacer es ser”. Tal comprensión de la vida eliminaría la responsabilidad de la inactividad, ¿no? En su ensayo ‘De experiencia’, Montaigne escribió: “Pasó su vida en inactividad”, decimos “Hoy no he hecho nada.” ¿Qué no has vivido? Esa no sólo es la fundamental, sino la más ilustre de tus ocupaciones… Es una perfección absoluta, y virtualmente divina, saber cómo disfrutar tu ser legalmente.” Y el autor y filósofo chino Lin Yu Tang, en su obra La Importancia de Vivir, manifestó: “El regocijo de una vida ociosa no cuesta dinero… Debe venir de una riqueza interna del alma… La vida humana puede vivirse como un poema… El ideal más grande al que un hombre puede aspirar es no ser un muestrario de virtudes.” (¿No es la vida maravillosa?) Por supuesto, esta dicha de vivir, a la que me refiero, abarca toda la experiencia creativa. Afortunadamente, por el bien del alma, la evolución del hombre, existe eso en su naturaleza que responde a lo no ganado. Esta cualidad, única para la humanidad, se llama ‘desafío’. Existe eso en la naturaleza del impulso evolutivo que le prohíbe absolutamente al hombre permanecer en un estado de inercia, de mantener el status quo. No estar satisfecho es un ingrediente básico de la naturaleza humana, y se debe a este constante descontento, que el hombre es capaz de transformar su naturaleza por medio de sus encarnaciones. Para el hombre, la vida es una búsqueda constante dentro de lo desconocido. Nuestras religiones y nuestras guerras, nuestros amores y odios, y nuestros desafíos. Sin embargo cada uno de ellos es sólo una marca en el camino hacia verdades desconocidas u olvidadas. Y el hombre instintivamente sabe que su verdad está en algún lugar cerca de su corazón, próximo a su concepto más elevado. Por lo tanto, la evolución continúa a paso acelerado. Y a medida que evolucionamos, nos volvemos cada vez más libres de tomar decisiones, de elegir la dirección que deseamos tomar en la vida. Arrojamos una a una las ‘cadenas del vivir’. Pensando sobre todas estas cosas, es bastante fácil comprender por qué nos volvemos humildes, y por qué permanecemos así.
¿No es la vida maravillosa, No es alegre? No es la vida algo perfecto Para pasar el tiempo apartado.
(Anónimo)
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