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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 130 - Número 4 - Enero 2009 (en Castellano)

 
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Separatividad y Unidad en la Vida Diaria

 

Reimpreso de The Theosophist, febrero 1909

 

Al considerar un gran ideal espiritual como el que la Teosofía nos ofrece, como es la enseñanza de la unidad de todo, desde el comienzo nos hacemos esta pregunta: ¿cómo podemos hacer realidad este ideal en la vida diaria? ¿Hasta qué punto debemos subordinarlo a las necesidades prácticas del momento?

   A primera vista parecería como si no pudiera haber ningún acuerdo; como si el ideal debiera abandonarse como irrealizable, o aferrarse a él, cambiar los asuntos de la vida práctica por la vida del ermitaño y el pensador. En efecto, un conjunto especial de deberes se adhieren al hombre del mundo. De él depende corregir, separar claramente, y ocuparse de lo bueno y lo malo en la vida, respectivamente. Y aunque filosóficamente él pueda reconocer el mal sólo como ignorancia y como el bien en desarrollo, prácticamente, en este momento tiene que considerarlo como algo muy diferente. Y si el hombre en cuestión es un filósofo y un amante de la humanidad, tales momentos de conflicto deben significarle duda y sufrimiento inevitable. Él actuará de acuerdo a su naturaleza, según qué lado sea el más fuerte en él, el soñador o el práctico. De cualquier manera habrá auto-cuestionamiento y sufrimiento. Porque a él le parecerá que ha sido falso respecto a su ideal, o que descuidó alguna necesidad del momento que su yo práctico le dijo que era un deber.

   Para la naturaleza soñadora probablemente no haya ningún deber más doloroso para corregir que éste. De esa extraña manera en que a veces nos trata la vida, hay una que estimamos una carga sobre nosotros, la cual a menudo encontramos que se acentúa más y más, ya que la creciente percepción y sensibilidad hacen esta relación más difícil. No sirve de nada clamar contra ella, diciendo: "¡No deseo dirigir, no quiero guiar! Las circunstancias, karma, pone cierto poder en nuestras manos y con él cierta responsabilidad, y nosotros o debemos usarlo o reconocernos a nosotros mismos como no confiables.

   ¿Entonces, cómo compatibilizarlo? ¿Cómo mantener la paz y el sentido de unidad que provienen de vivir en armonía con todo, y al mismo tiempo cumplir deberes que pueden involucrar frecuente corrección a los demás? No es una cuestión moral la que estamos considerando, tampoco una intelectual. Si sólo fuera eso no habría dificultad. Ni la conciencia más sensible podría ver error o sentir que se equivoca en el empleo de la reprobación necesaria. Pero lo que satisface a la conciencia puede que no satisfaga al Espíritu, y mientras que nuestro corazón está en paz con la convicción de que hemos hecho lo correcto, nuestro Espíritu puede, sin embargo, estar sufriendo el dolor de la separatividad. Es un dolor que surge cada vez que tenemos que corregir al prójimo, y percibimos que lo correcto o erróneo en ningún sentido afecta el sentimiento. Porque el sufrimiento no procede del error, sino de la separatividad. Estuvimos obligados por alguna razón, a apartar al prójimo, y es en este alejamiento en el que reside el sufrimiento.

   Y si vamos más lejos en este análisis, el segundo hecho que nos enfrenta en relación con este sufrimiento del Espíritu es que no depende de los afectos personales. Podemos sufrir más si la separatividad está entre nosotros mismos y alguien que amamos, pero también podemos sentir, e incluso sufrir por eso, aún cuando la persona en cuestión sea un extraño, o no nos importe. Este dolor no tiene nada que ver con los sentimientos, ni con la naturaleza moral. Es algo causado únicamente por discordia. Es una lucha que hace que nuestra unidad con el todo parezca irreal, y nuestro Espíritu sufre hasta que podemos recobrar este sentido de unidad otra vez.

   ¿Entonces cómo recuperarlo? ¿Es sólo abandonando los actos que producen dolor, relegando en otros todos los deberes de corrección, y adoptando una vida en la que el estudio y la compasión sean las únicas exigencias? Muchos han considerado tal camino como correcto, el Sannyâsi del Oriente y el Monje del Occidente. Y en el Oriente, por la severa división de las obligaciones del jefe de familia y del yogui dentro de diferentes periodos, parecería que llevar a cabo ambas, se considera imposible. Y quizás si la vida en el mundo estuviera destinada siempre a la vida matrimonial, sería así; ningún alma puede pertenecer tan completamente a la humanidad como un todo, si ya pertenece especialmente a un solo ser humano. Pero hecha esta concesión, ¿es correcto un aislamiento más extenso? Probablemente solo dentro de esas almas atraídas por el aislamiento del mundo, aparece esta interrogante con mayor fuerza. Si el mundo aún parece menos atractivo, si existe el más pequeño sentido de sacrificio al apartarse de él, entonces el camino del aislamiento se verá como lo más elevado. Pero si esto no es así, si un alma sabe que la mayor felicidad, y la mayor tentación al egoísmo yace en la soledad, entonces aún cuando la soledad sea el único camino para la armonía, bien se puede preguntar a sí misma si este es el camino más elevado. Y por el sentido interno de la verdad que a menudo precede a la comprensión, tal alma dirá con tristeza: “No es mi camino”. Y con el sufrimiento de creer que está eligiendo algo inferior, volverá sin embargo a la vida activa que trae discordia, sufrimiento y constante fracaso, y aun así lo que siente es para ella lo más elevado.

   Pero hecha esta elección por intuición, con el tiempo es justificada por la razón. El momento llega cuando el alma comprende que no hay verdadera paz si depende de cualquier condición para su conservación, y que una vez conseguida la verdadera paz ninguna condición puede destruirla. Y las batallas y contiendas ante las cuales una vez se acobardó, al ver en ellas al destructor de su paz, llegan a ser ahora como crisol sagrado, en el cual ve con placer todo lo que es detectado en la vida interna como falso, todo eso es verdad, justificado y fortalecido.

   Ahora entiende que no se rechaza un alma cuando la corrige de un mal, sino que prefiere acercarse, apartando el mal que habría impedido la unión con el Espíritu. Y aparta más y más ferozmente al mal, sin miedo, sabiendo que los golpes son golpes de amor, a medida que la fe en la dignidad y la omnipotencia interna del espíritu crece más fuerte. Esto que ha aprendido debe ser el terreno de encuentro, y sabiendo esto, y trabajando para la perfecta unión, no le preocupa más si no puede haber una unión momentánea en el nivel inferior, el nivel temporal de la personalidad humana. Ahora ni por un instante se siente tentada a sacrificar lo superior por lo inferior, la unión esencial perfecta con lo transitorio e imperfecto. Sabe que eso sería el pecado supremo, la verdadera negación de la ley del amor y la fraternidad. Y así lucha esta alma que ha obtenido sabiduría, pero lo hace sin sufrimiento. Porque sabe que hay reverencia y fe en cada golpe que da, y sólo en la abstinencia habría deslealtad y desamor.

   La mirada ha cambiado desde el exterior al interior del hombre. Es de esta forma que se ha ganado la paz junto con el poder de la lucha. En esto está el secreto, el poder de armonizar la separatividad con la unidad en la vida diaria. Nos hemos apartado del pecado, o lo intentamos. Y dado que el pecado está relacionado con las personalidades, chocamos con estas personalidades, no mostrando desprecio, sino intrépidamente. Pero siempre recordando que lo que nos da poder para hacerlo es nuestro amor y reverencia por el Espíritu Uno, del que son parte, y es aquí donde tocamos la unidad. No nos es siempre posible sentir este Espíritu en todas las personalidades que contactamos en la vida, no siempre podemos sentir de inmediato que estamos ayudándole al hombre interior; cuando hacemos algo doloroso que parece necesario para el ser exterior, el hombre interior esta a menudo fuera de nuestro alcance. Pero lo que hacemos en dichos casos es confiar nuestros hermanos a la suma total de la fuerza espiritual en el mundo, al funcionamiento de la ley. Nosotros no podemos operar sobre ellos directamente, pero la ley lo hará, y hemos hecho nuestra parte con sólo lanzar un fragmento de ese peso hacia el lado correcto. Y mostramos nuestra profunda fe, no sólo en la ley, sino en ellos, cuando actuamos de esta forma. Hemos afirmado en acciones nuestra convicción de que ellos deben finalmente responder a la influencia más elevada.

   Es en la proporción en que nuestro amor y perseverancia crezcan en el hombre interno que seremos capaces de guiar pacíficamente y sin sufrimiento al hombre externo. Pedimos metas elevadas a las personas en proporción a cómo creemos en su habilidad para conseguirlas. Al principio de la vida le pedimos metas elevadas sólo a unas pocas almas nobles que han ganado nuestra confianza. A medida que la vida avanza, se convierte en nuestra actitud fija respecto a la humanidad en general.  Y si nuestro prójimo responde, o fracasa, sabemos que nuestras demandas son correctas, que dichas demandas transmiten estímulos y reverencia, el mejor regalo que el hombre le puede dar a un hermano.

   De todas las virtudes, la caridad quizás ha sido la virtud peor comprendida, y con menos excusas para los Teósofos, así como para la gente del mundo externo. Existe alguna justificación para la gente desatinada que ve al hombre sólo en su aspecto externo, o para quienes “el alma” es de alguna manera algo vago, aún cuando ellos acepten su existencia. Pero si tenemos tales ideas claras acerca del Yo interno, ¿por qué no podemos concentrar nuestra atención sobre este Yo más fácilmente, rindiéndole incuestionablemente nuestro amor y servicio, en lugar de hacerlo con el hombre externo? Para nosotros no debería haber ninguna tentación en confundir caridad con debilidad, ni ningún peligro de confundir amor con indulgencia. Con nuestra mirada fija en el hombre interno será amor en sí mismo, el más elevado, el que a menudo nos hará decididos. Pero no deberíamos sufrir por ningún sentido de dureza actuando así, como lo hace el que ignora, porque deberíamos saber que lo que estamos tomando del ser humano, estamos dándolo a la divinidad, estamos siendo leales y amorosos en el sentido más profundo.

   ¿Pensamos alguna vez de qué manera podemos aplicar la verdad de estas palabras: “Ningún hombre puede servir a dos maestros”? Si nos aferramos demasiado al yo humano, raramente podemos servir al Yo divino con perfecta fidelidad. Una ternura indebida velará nuestra visión en algún momento crítico, y nos convertiremos en una carga alrededor del cuello de aquellos que amamos, en lugar del incentivo que debería motivarlos hacia adelante. No es que el yo humano no deba ser amado, pero debe ser amado siempre en segundo lugar. Nuestra mirada debe ser puesta en el hombre interno, y allí no debe haber ninguna división, solo un centro para realizar un verdadero servicio. “Yo el Señor, soy tu Dios, un Dios celoso”, considerado místicamente no expresa sólo una verdad sino una profunda advertencia. Si sirviéramos al Dios en el hombre, ayudaríamos al divino Yo a desarrollarse; debemos servir al Yo Divino: el Espíritu y las necesidades del espíritu, deben venir siempre primero.

   Al hacer esto logramos la unidad. En el medio de la batalla, en lo más denso de la contienda, con el servicio del Uno Mismo en nuestro corazón, conocemos la felicidad y la paz de la fraternidad. Llega el momento en que reconocemos en la contienda, en la separatividad, no al enemigo sino al servidor de la unidad espiritual. Hemos aprendido la diferencia entre la paz falsa y la verdadera. En un mundo de error e imperfección no deseamos más un descanso, lo que significaría estancamiento. El grito del campo de batalla nos suena como el grito del progreso, las demandas del hombre para esa perfección, que siente el poder para evolucionar. Y si vemos esto en grandes situaciones, las vemos también en las pequeñas. En cada golpe que debemos dar, sabemos que avalamos nuestra confianza en el hombre real, en lugar de desconfiar de su forma humana, que ofrecemos reverencia más que desprecio. Y si golpeamos así, a menudo encontramos que el golpe más fuerte trae sanación más que daño. No necesitamos esperar por el resultado de la ley, el efecto se nos muestra incluso aquí y ahora. Y esto es el triunfo del Espíritu, y la prueba de unidad. La Unidad a través de la diferencia, no desprovista de diferencia; la conquista del Espíritu, no la evasión. Solucionamos nuestro problema cuando alcanzamos este punto, hemos descubierto que el deber doloroso se puede combinar con la paz. Hemos aprendido que el secreto radica en la actitud, y que con la actitud correcta se pueden desarrollar pacíficamente todas las acciones. Pero la lección no ha venido a nosotros desde los libros, sino de la vida; sólo al vivir se desarrolla esta paz con poder. Y al saber esto, y mirar hacia atrás a todas las etapas que nos han llevado desde el auto-aprendizaje hasta el poder del servicio, reconocemos la profunda sabiduría de nuestro gran poeta cuando escribió:

¡Para que tu propio yo sea verdadero!

Y deba seguir como la noche al día

Tú no puedes entonces ser falso con ningún hombre.

 

 

 

 

Señor, hazme un instrumento de Tu paz.

Que donde haya odio, pueda traer amor.

Que donde haya injusticia, pueda traer perdón.

Que donde haya discordia, pueda traer armonía.

Que donde haya error, pueda traer la verdad.

Que donde haya duda, pueda traer fe.

Que donde haya desesperación, pueda traer esperanza.

Que donde haya sombras, pueda traer Tu luz.

Que donde haya tristeza, pueda traer la alegría.

Señor, concédeme que pueda confortar más que ser confortado;

Comprender, más que ser comprendido;

Amar, más que ser amado.

Porque

Es dando que uno recibe,

Es olvidándose de  mismo que uno encuentra;

Es perdonando que se es perdonado;

Es muriendo que uno despierta a la vida eterna.

San Francisco de Asís

 

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