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Vol. 130 - Número 1 - Octubre 2008 (en Castellano) |
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Un nuevo día nos atrae hacia lugares desconocidos
MARY ANDERSON
La Sa. Mary Anderson es la anterior Vice-Presidenta y Secretaria internacional de la Sociedad Teosófica, y ha dado muchas conferencias en diferentes idiomas.
Esta cita de Goethe puede hacer aparecer una imagen en nuestra mente. Estamos navegando en un barco en la “Época del Descubrimiento”. O tal vez estamos en la embarcación del héroe griego Ulises quien regresando de Troya tuvo muchas aventuras, donde enfrentó dificultades desconocidas, antes que finalmente pudiera regresar a su hogar, Ática. De cualquier modo, imaginemos que estamos en ese barco. Hace mucho que no vemos tierra. Comienza el amanecer y apenas podemos distinguir perfiles desconocidos en el horizonte, que nos intrigan. De pronto, llenos de esperanza y ansiedad, no sabemos qué nos espera. Actualmente, casi todo el mundo ha sido explorado. Existen pocos lugares desconocidos para nosotros, por lo menos por medio de libros o la televisión. Pero esta afirmación de Goethe expresa un sentimiento que con seguridad todos conocemos. Este sentimiento puede tomar formas diferentes. Incluso aunque no seamos madrugadores, sucede a veces que despertamos temprano en la mañana después de un sueño reparador. El sol brilla. Tenemos muchos planes y estamos ansiosos de llevarlos a cabo. Nos sentimos entusiasmados y llenos de energía. No sabemos exactamente qué nos espera, pero lo desconocido nos atrae. O estamos por salir de viaje, o iniciar un nuevo trabajo o mudarnos de casa, o tal vez casarnos. Bajo estas circunstancias ¡también podemos estar temerosos de un futuro desconocido! Todo depende de nuestro temperamento y de nuestro humor momentáneo. Se dice que muchas personas le temen a la muerte. Pero con seguridad, ¡no son los teósofos! Conocí un teósofo que cuando estaba muriendo dijo que se sentía muy curioso y ¡esperaba con gusto saber qué sucedería! También podríamos imaginar y esperar con ganas, o tener miedo, cuando estamos por comenzar una nueva encarnación. ¡Ahora tendremos que pagar la cuenta de pasadas fechorías! Podemos experimentar esta posibilidad gozosa, o ansiosa, de lo desconocido, no sólo en una brillante mañana de primavera o antes de una situación crítica en nuestra vida, tal como la muerte o el renacimiento, sino en cualquier momento. Y ¿qué sigue después? A menudo, tarde o temprano nos sentimos desilusionados. La rutina diaria nos reclama nuevamente. Nuestras expectativas no se cumplen, y nos sentimos decepcionados. ¿Qué salió mal? Nuestra vida puede cambiar, pero nosotros permanecemos igual. Principalmente ponemos nuestras esperanzas en cosas externas y olvidamos que sólo nosotros somos responsables de nuestro propio destino. Por ejemplo: podemos tener dificultades en las relaciones con nuestros padres, en el matrimonio o en nuestro lugar de trabajo. Pensamos que el problema está en los demás. Si los demás son realmente responsables, entonces se requiere un cambio que resolverá nuestros problemas, y estamos justificados de irnos del hogar, divorciarnos o cambiar de trabajo. Pero a menudo sucede que nos encontramos con las mismas dificultades, o similares, en nuestro nuevo medio, con nuestra nueva pareja, en el nuevo lugar de trabajo. Entonces ¿deberíamos cambiar nuestro medio o nuestro trabajo, o divorciarnos nuevamente? ¿O deberíamos reflexionar si la raíz del problema podría estar no en las circunstancias y en otras personas, sino en nosotros? Tal vez nosotros deberíamos cambiar. Si podemos realmente cambiar, entonces cada momento en nuestras vidas puede ser como un nuevo día que nos invita a horizontes nuevos. Existen horizontes diferentes, de otro tipo, que nos cautivan y nos llenan de expectativa. Se nos puede revelar un nuevo mundo cuando descubrimos la Sabiduría Antigua. Ahora tenemos la explicación para nuestros dificultades y su justificación, la solución a nuestros problemas. Ahora nuestros esfuerzos para mejorar están motivados. Podemos poner nuestras esperanzas en la evolución futura, pensando que automáticamente mejoramos con cada vida sobre la tierra (análogo a la idea: “¡Estoy mejorando cada día”!) A veces olvidamos que se requieren esfuerzos de nuestra parte y que tales decisiones nos costarán mucho trabajo y sacrificios. Incluso, si emprendemos con entusiasmo el mejorarnos de nosotros mismos, tarde o temprano descubrimos sorprendidos que no es tan fácil. ¿Qué nos impide cambiar? ¿Queremos realmente cambiar? ¿Qué significa cambiar, transformarse, no ser más “uno mismo”, tal vez dejar de “ser” completamente, es decir, como habíamos imaginado ser hasta ahora? Transformarse significa romper con el pasado, es decir, no apegarse más a él. Las cosas no pueden continuar como estaban. Se produce un cambio total de dirección. En este sentido, transformación no es crecimiento, como lo habíamos comprendido hasta ahora. Cuando queremos algo, el objeto de nuestros deseos o tal vez un objetivo, usualmente lo imaginamos. Pensamos que conocemos ese objeto u objetivo. Puede que tengamos incluso una imagen de él en nuestra mente. Pero cómo resulta ser ese objetivo realmente, depende en gran medida de nosotros. No siempre nos damos cuenta de esto, lo que significa que ciertamente no nos conocemos. Es como si estuviéramos acercándonos a un espejo, el espejo que llamamos futuro, reflejando el pasado. En otras palabras, a lo que nos aproximamos no es en modo alguno al futuro, sino a una proyección del pasado. Un futuro que podemos imaginar, no es el futuro sino nuestra imagen mental presente de ese futuro. Estos no son horizontes nuevos. No hay nada nuevo en un futuro que imaginamos. Tal futuro sería como restos de comida recalentados. Lo que es verdaderamente nuevo es fresco, puro, intacto y siempre desconocido. Produce asombro en nosotros. ¿Podemos acercarnos al futuro sin imaginarnos qué traerá? A veces pensamos que vemos lugares nuevos en el horizonte. Pero al acercarnos a estos lugares, descubrimos una y otra vez que éste no es el fin de nuestro viaje. El horizonte no es estático. Lo realmente nuevo siempre está más allá del horizonte. “Se levantará velo tras velo, pero habrá un velo tras otro detrás” (Luz de Asia, Libro 8) ¿Esperaremos entonces interminables esfuerzos frente a nosotros? Como la eternidad que los cristianos imaginaron en los primeros tiempos, que dio origen a muchas bromas. Un ejemplo: después de la muerte un hombre tuvo la oportunidad de elegir entre el cielo y el infierno, y pidió ver ambos lugares antes de decidirse. Le mostraron el cielo, donde las personas usaban alas, se sentaban sobre las nubes y tocaban el arpa eternamente. Él encontró eso realmente aburrido. En el infierno, por el contrario, vio mesas cargadas con todo tipo de buena comida, alegres compañeros y lindas mujeres. Por supuesto que eligió el infierno. Existe un epílogo: apenas entró al infierno, pequeños diablillos lo sujetaron y lo empujaron hacia el fuego. “¡Deténganse!” -gritó, “¡esto no es lo que me prometieron!” La respuesta fue: “¡Lo que le mostraron fue el Departamento de Relaciones Públicas”! O bien: después de la muerte un hombre fue al infierno. Le preguntaron qué quería. Su hobby era pescar. Según su deseo, lo llevaron a un lago y le dieron una caña de pescar. Pudo entonces pescar todo lo que quiso y con gran éxito. Con el transcurrir del tiempo, sin embargo, se cansó y pidió ser llevado a su casa. “No” - fue la contestación – “¡debes pescar eternamente”! Eso es realmente el infierno… hacer algo, incluso algo que uno disfruta, ¡eternamente!... saber qué nos depara el futuro. Nunca horizontes nuevos, ni un nuevo día. Una vida eterna sobre la tierra sería el infierno. ¿Por qué la gente desea vivir más y más tiempo? ¿No tenemos con la muerte una maravillosa oportunidad de practicar “el recto olvido”? Y, ¿no tenemos en la reencarnación un nuevo día que nos conduce una y otra vez a nuevos lugares, libres de nuestro pasado?... hasta que la tierra nos reclame nuevamente, ¿o el pasado que creamos para nosotros mismos en cada nueva vida? Para nuevos horizontes, es necesario un nuevo día. Pero nosotros debemos traer el nuevo día, debemos ser el nuevo día, con ojos bien abiertos para ver todo, ojos para los que todo es nuevo, bañando todo en luz, como el sol. Sólo cuando el nuevo día está presente en nosotros, puede haber nuevos lugares. Entonces todo, los objetos, la gente, los hechos, serán lugares nuevos para nosotros. Conocer el nuevo día, ser el nuevo día, significa vivir siempre en el presente, no en el pasado con sus recuerdos o en el futuro con sus esperanzas y temores, que son reflejos de experiencias pasadas. De modo que cada día e incluso cada momento, lugares desconocidos nos invitan a descubrirlos. Detrás de cada horizonte otros se ocultan, pero no se repiten monótonamente. Todos debemos descubrirlo a nuestro modo. Se dice que existen tantos senderos como seres humanos. Pero muchos de nosotros pertenecemos, tal vez temporalmente a cierto tipo, por ejemplo puede que por algún tiempo o durante unas pocas encarnaciones seamos personas predominantemente pensantes, o emotivas o activas. Todas estas posibilidades están en cada uno de nosotros. HPB describe el sendero espiritual del pensador, el Jñâna-yogui, del modo siguiente: Tenemos una imagen de la vida que nos satisface. Por ejemplo hemos descubierto la filosofía de la Teosofía de modo simple. Nos satisface y nos llena de entusiasmo. Pero llega un momento en que nuestro entusiasmo se convierte en cenizas en nuestra boca. ¿Por qué? Por supuesto que no es la Teosofía lo que nos desilusiona sino la imagen mental que tenemos de la Teosofía. No conocemos a la Teosofía en sí misma, sino solamente nuestra impresión de ella, ¿quién puede conocer la Sabiduría Antigua? La Teosofía en sí misma pertenece a otra dimensión, la dimensión del Eterno Ahora, no la dimensión del tiempo lineal. Y principalmente vivimos en tiempo lineal. Como lo expresó el poeta Shelley:
Miramos antes y después y nos entristece lo que no vemos. Nuestra risa más sincera está cargada de algún dolor. Nuestras canciones más dulces son las que cuentan los pensamientos más tristes.
Volviendo a nuestro tema: la imagen mental que nos satisfizo al principio, luego no lo hace. Nos aburre, se vuelve muy limitada. Debemos abandonarla. La pequeña y perfecta casa que construimos y amoblamos con pensamientos, donde todo tenía su lugar, se ha vuelto muy pequeña para nosotros y debemos abandonarla. Entonces, vivimos durante un tiempo en la incertidumbre hasta que nuevamente construimos una casa, una casa un poco más grande que nuevamente satisface a nuestra mente al principio, hasta que también se vuelve demasiado pequeña para nosotros. Así continuamos, de casa en casa, de lugar en lugar, de horizonte en horizonte, de una imagen de la vida, de un sistema a otro, hasta que nos damos cuenta de que ninguna imagen mental, ningún sistema, ninguna forma, puede satisfacernos. Sólo lo que no tiene forma, que es la fuente de todas las formas posibles, puede ser nuestro verdadero hogar, porque lo sin forma es ilimitado y nuestra verdadera naturaleza es también ilimitada y contiene todas las posibilidades. Entonces, finalmente comienza un nuevo día, no indicándonos los viejos lugares, sino aquellos que son verdaderamente nuevos, horizontes que siempre están más allá, más allá de la mente. Estos nuevos lugares no se pueden encontrar con el pensamiento, aunque es de suponer que debemos experimentar muchos que sí lo son, antes que podamos acercarnos a los que están más allá del pensamiento. Los lugares que están más allá del pensamiento no tienen nada que ver con el tiempo lineal, con el pasado, presente y futuro, aunque probablemente debemos primero aprender de las experiencias y desilusiones del pasado y del futuro antes que podamos liberarnos de ellos. Nuestro pensamiento intelectual y tiempo lineal son sólo los medios necesarios que nos posibilitan ascender montañas cada vez más altas y descubrir horizontes cada vez más lejanos, o son la balsa con la que cruzamos ríos cada vez más anchos, o el barco con el que nos acercamos a lugares cada vez más nuevos. Pero cuando nos damos cuenta de que esos horizontes están siempre sólo relativamente más lejanos, esos ríos sólo relativamente más anchos y esos lugares sólo relativamente más nuevos, giramos en otra dirección. Cuando abandonamos nuestro medio, nuestra balsa o nuestro barco, es decir el pensamiento y la consciencia intelectual dentro del tiempo lineal, de pronto estamos aunque sea por un momento, en lo absolutamente nuevo. Esos horizontes que son sólo relativa y aparentemente nuevos, que siempre están más allá, pero que nunca conducen a la meta, se descubren en el mundo del pensador. Algo similar ocurre en el mundo de la persona religiosa que busca lo que tal vez llama “Dios”. Una persona religiosa puede encontrar su dios en un objeto, ya sea una pintura o una estatua de la Virgen María o Jesús o Krishna. ¿Por qué no? … mientras lo haga sentir bien, y no imponga sus creencias a otros. Con el tiempo, sin embargo, no lo satisfará más. Aprende que debe buscar detrás o más allá de la imagen. Luego se imagina un dios que no es físico, pero que aún es limitado, Su dios, en contraste con los dioses de otras creencias. Puede ser que luego descubra ese Dios, porque para ser Dios, debe ser el Dios de todos los Hombres, el Dios que es adorado en todas las religiones. Este descubrimiento puede llevar a dificultades con sus co-religionarios. Se requiere de coraje para abandonar el rebaño. Pero este Dios de todos los hombres aún está fuera de la creación y es un extraño. Luego se produce la realización, tal vez al principio sólo como un concepto teórico, que Dios no está afuera sino en todas partes dentro de su creación, en la tierra, el cielo estrellado, la Naturaleza, en todos los seres, en todos los humanos, incluso en quienes son capaces de cometer un crimen. No está él, o ello, en todo lo creado, sino que ellos son Dios. Todo es Dios, es divino. Quizás no nos guste el término “Dios”. Está relacionado con muchas imágenes que no podríamos aceptar. Tal vez preferiríamos decir, esa Vida sagrada única que está en todas las cosas y en todos los seres, o es todas las cosas y todos los seres. Esas transformaciones en nuestro concepto de lo Divino son como un viaje de lugar en lugar, de horizonte en horizonte, un viaje que siempre nos lleva más allá. El lugar verdaderamente nuevo siempre está más allá. Es el sendero de neti-neti: “esto no, y eso no”, una negación que se repite de lo que hasta este momento aceptamos. Este sendero se conoce no sólo en el Hinduismo. Dionisio de Areopagita dijo:
Porque según creo, es más acertado alabarlo quitando que atribuyéndole; porque le atribuimos crédito cuando comenzamos a partir de lo universal y descendemos por medio de un intermediario hasta lo particular. Pero aquí eliminamos todas las cosas de Él, ascendiendo de lo particular a lo universal, porque podemos ahora conocer abiertamente lo desconocido, que está oculto en y bajo todas las cosas que se pueden conocer. Cuando contemplamos esa oscuridad más allá del ser, oculta bajo toda luz natural (La Filosofía Perenne, A. Huxley, p. 43)
HPB también llama a eso que está más allá, luz y oscuridad, como las conocemos, la Gran Oscuridad. Leemos en Luz en el Sendero:
Aférrate a lo que no tiene sustancia ni conciencia. No prestes oído sino a la voz insonora. No mires más que lo que es invisible, tanto al sentido interno como al externo. (II. 19, 20, 21).
Esta es para mí la forma más elevada de devoción. El camino de la negación nos libera de todas las limitaciones y nos conduce a la transformación. Porque también implica negación de nosotros mismos, como nos conocemos en el presente. Sólo si abandonamos lo pequeño, lo mayor puede surgir. Renunciamos a nosotros mismos, a como somos ahora. Eso significa sacrificio, una palabra que a muchas personas no les gusta, porque la asocian con sufrimiento. Pero sostengo que sólo en ese sacrificio, sólo en renunciar a lo que es valioso para nosotros, fundamentalmente en renunciar a nosotros mismos, es donde se encuentra la felicidad. Quienes huellan el sendero de la Sabiduría, Jñâna-yoga, descubren esto. Abandonan lo menor, los conceptos superficiales. Sólo entonces surgen los conceptos más profundos y grandes, que finalmente conducen a lo que no tiene forma. Las personas religiosas también descubren esto, abandonan el concepto más limitado de Dios a favor de un concepto más amplio, hasta que alcanzan lo sin forma, eso que lo abarca todo. Y eso es también lo que descubre la gente activa, cuando dejan de lado acciones que los beneficiarán, a favor del servicio a otros. Todos esos senderos conducen al auto-olvido y por lo tanto a lo Nuevo, hacia un nuevo día y hacia nuevos horizontes. Pero esta renuncia, este sacrificio debe ser voluntario y espontáneo, y debe producirse sólo cuando llega el momento. No debemos restringirnos a un solo sendero, porque nuestro ser abarca diferentes posibilidades: acción, emoción y pensamiento.
… el sendero no se encuentra sólo por la devoción, ni por contemplación religiosa, ni por el ardor de progreso, ni por trabajo realizado con auto-sacrificio, ni por observación deliberada de la vida. Ninguna de estas cosas por sí sola hace adelantar al discípulo más de un paso. Todos los peldaños son necesarios para ascender la escalera…. (Luz en el Sendero, I.20)
Sea cual sea el sendero por el que nos acercamos a esos lugares nuevos, lo que encontramos allí no puede concebirse o describirse. San Juan de la Cruz dice:
Quienes lo conocen más perfectamente, perciben con mayor claridad que Él es infinitamente incomprensible… (La Filosofía Perenne, A. Huxley, p. 33)
Pero los místicos, los verdaderos sabios y santos de todas las tradiciones, han afirmado que esos lejanos lugares, esos horizontes que se encuentran más allá de todos los horizontes, no están a una gran distancia sino que están aquí en nosotros y en nuestra vida, en el aquí y ahora. Darnos cuenta de esto es en sí mismo transformación. Podemos ver la transformación como crecimiento, como aumento. Prefiero verlo como disminución. Ese poder a que debe aspirar el discípulo, es aquel “que le hará aparecer como nada a los ojos de los hombres” (Luz en el Sendero, I.16). Sólo tenemos que renunciar a eso que en realidad es lo menos importante, aunque pueda parecer, externamente, que es lo más grande. Y entonces, lo verdaderamente Grande llega a ser. Llega a ser por su propia decisión cuando es el momento oportuno. Si tratamos de forzarlo antes de tiempo, podemos ser llevados en una dirección opuesta, hacia la supresión de algo que tarde o temprano avanzará y causará grandes dificultades. Pero cuando hay cierta madurez, no podemos hacer otra cosa que fundirnos con gran dicha dentro del Uno, que es nuestro verdadero ser.
El conocimiento directo del Terreno no se puede obtener, excepto por la unión, y la unión se puede alcanzar sólo por la aniquilación del ego auto interesado, que es la barrera que separa el “tú” de “Eso”. (La Filosofía Perenne, A. Huxley, p. 44)
Por otra parte, como ya se mencionó, no podemos forzar esta aniquilación. Por el contrario, podemos alcanzar el objetivo, esos lugares que son eternamente nuevos, sólo cuando podemos y debemos rechazar los medios que hasta ahora nos ayudaron, incluyéndonos a nosotros mismos, como hemos sido hasta ahora. Sólo cuando el nuevo día ha comenzado verdaderamente en nuestros corazones, los horizontes nuevos pueden atraernos. Y ese nuevo día es nuestra responsabilidad. Entonces descubriremos que los lugares nuevos no son diferentes al nuevo día, que nosotros somos esos lugares y que estuvieron siempre presentes pero permanecieron ocultos hasta que el nuevo día comenzó en nosotros.
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Dios no es espíritu, ni logos, ni poder, ni luz, ni vida, ni sustancia, ni tiempo, ni ciencia, ni verdad, ni Reino, ni sabiduría, ni benevolencia… Dios está más allá de toda noción humana.
San Dionisio de Areopagita
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