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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 129 - Número 7 - Abril 2008 (en Castellano)

 
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FRAGMENTOS DE UN ESPEJO ROTO

 

Shirley J. Nicholson

 

( Shirley J. Nicholson es una antigua M.S.T. de Norteamérica y autora de muchos libros, incluyendo “Sabiduría Antigua, Percepciones Modernas”  )

 

 

   Querer ser una mejor persona parece ser una característica propia del ser humano, especialmente entre los teósofos, quienes tienen un ideal tan elevado frente a ellos. Tendemos a hacer buenos propósitos, a mejorar en lo que nos sentimos deficientes, especialmente al iniciar un año nuevo o en un cumpleaños. Podemos vernos un poco como San Pablo, quien se describió a sí mismo como no haciendo lo que quiere y haciendo lo que no quiere.

 

   Exploremos la raíz de esta necesidad de ser mejores.  Bien puede ser un producto del concepto de nosotros mismos. Podemos estar profundamente convencidos de que somos el Yo superior, Âtmâ-Buddhi-Manas, la naturaleza búdica o el Cristo interior. Âtmâ es la fuente de todos nuestros potenciales; todas las virtudes son inherentes en este Yo radiante. Es compasión, sabiduría, paz y voluntad, en el sentido de voluntad para lo bueno. Podemos llegar a creer realmente que somos este Yo por nuestros estudios de Teosofía. Ocasionalmente, incluso podemos recibir la fragancia de la divinidad interna en momentos de meditación o experiencias tales como el estar en sintonía con la Naturaleza.  Sin embargo, no estamos convencidos de ser este Yo superior en lo cotidiano. A veces nos sentimos inadecuados, imperfectos, con fallas, incapaces de hacer lo que podemos imaginar para nosotros mismos.  Tendemos a identificarnos con la personalidad o el “yo inferior”, donde se pueden justificar estos sentimientos de deficiencia.

 

    La personalidad (el cuerpo, las emociones y la mente inferior) nos parece una entidad simple y estable, consistente, inmutable, un yo permanente.  Sentimos “Yo soy yo”, constantemente.

 Sin embargo si observamos la corriente del pensamiento que circula constantemente en nuestra mente, no encontramos un yo consistente y estable. Vemos altos y bajos y un estado de ánimo que oscila. Vemos imágenes y pensamientos que surgen y se disuelven. Vemos nuestra actitud cambiando según la situación del momento. Nos sentimos fuertes y con control algunas veces, y otras, confundidos y algo desamparados.

   Todos sufrimos en alguna medida de un “síndrome de personalidad múltiple”, como el Dr. Jekyll y el Sr. Hyde. Asumimos muchos roles, incluso durante el transcurso de un día. Podemos ser amables y tolerantes con nuestra familia, pero sumamente exigentes con nuestros compañeros de trabajo. Podemos ser totalmente confiables al manejar dinero y asuntos de la Sociedad Teosófica, pero poco claros cuando calculamos la tasa de ingresos brutos.

   Supe de un ejemplo sorprendente: un perro con síndrome de personalidad múltiple. Usualmente era obediente y estaba dispuesto a obedecer a su dueña. Pero un día, en una caminata, pasaron por un establo de caballos y uno de ellos se separó del grupo. El perro inmediatamente comenzó a morderle las patas y a correrlo. No le prestó ninguna atención a las órdenes de su dueña, “No!” y “Ven aquí!”. Ella no tenía idea de que era un pastor. Sin embargo esta personalidad escondida definida como competente pastor prevaleció sobre el comportamiento de la obediente mascota que ella conocía. Fue una clave para su identidad como perro medio pastor inglés, un hecho desconocido sobre esta cruza de razas, al ser rescatado de la perrera.  Todos tenemos personalidades menores, como se muestra tan gráficamente en la película Sybil, que describe la verdadera historia de una niña cruelmente abusada que desarrolló varias y diferentes personas o personalidades menores.

 

Ken McLeod, autor y maestro de Buddhismo Tibetano, observa que “lejos de tener sólo una personalidad, somos como fragmentos de un espejo roto, donde cada pieza refleja una imagen diferente del mundo”.  Cada personalidad menor tiene su propia perspectiva de sí misma y del mundo, y puede que estén en conflicto unas con otras. Como San Pablo terminó su confesión de no vivir como él quería, cuando dijo “No hay salud en mí”. La palabra salud está relacionada con la palabra totalidad. Por lo que en ese momento su conflictiva alma no se sentía íntegra y consistente.

   Nos identificamos con algunos fragmentos más que con otros.  Puede ser nuestro trabajo, nuestro aspecto, nuestras relaciones, y especialmente nuestras opiniones y convicciones. Mientras que en una personalidad menor, digamos nuestro yo anhelante, podríamos hacernos el propósito de mejorar o cambiar algo en otra personalidad menor, por ejemplo en nuestro niño auto-indulgente (algunos psicólogos piensan que todos tenemos uno). Pero por supuesto esto no funciona. Parte de nosotros quiere cambiar, pero lo que ha de ser cambiado también es parte de nosotros. Quizás ese es el motivo de por qué las intenciones pocas veces tienen éxito. Sin embargo las personas y los modelos en estas personalidades menores, aunque parecen sólidos y duros de cambiar, no son absolutos y fijos para siempre. Incluso las personalidades múltiples de Sybil, el sujeto de la película mencionada anteriormente, se calmaron con el transcurrir del tiempo, con la ayuda de un psicoterapeuta.

   Existe algo que es estable, detrás de estos fragmentos. No es el humor o el estado de la conciencia que cambia. Es la verdadera persona, nuestro verdadero Yo. Este Yo es como un actor que toma diferentes roles, pero que puede salirse de su vestimenta y ser su propio Yo. De modo similar, podemos llegar a identificarnos con este verdadero Yo y no permitir a nuestros modelos y condicionantes que nos separen. El percibir que somos este Yo puede incluso enseñarnos a armonizar nuestros yoes menores, de modo que ya no estén más en conflicto.

   Podríamos pensar del verdadero Yo como un reflejo de Âtmâ-buddhi-Manas.  En esos niveles de nuestro ser, la paz no es sólo un sentimiento que llega y se va, es una parte del Yo inmutable que somos. La paz es un potencial que todos tenemos, o que siempre está disponible cuando se eliminan las dificultades. Otros aspectos de ese Yo más profundo –amorosa bondad y compasión, sabiduría, comprensión intuitiva, percepción de la unidad- también son inherentes a lo que somos esencialmente.

   No vivimos con conocimiento de nuestro verdadero Yo porque aspectos de la personalidad toman el lugar de nuestra consciencia. En la metáfora de los fragmentos de McLeod, cada uno “refleja una imagen diferente del mundo”.  Como miembros de una familia, pensamos en términos de la constelación familiar; como ciudadanos del mundo pensamos desde el punto de vista de la situación global general. En el mundo de cada día vemos diferencias y distinciones;  en el mundo del Yo vemos la unidad y las conexiones. Tenemos diferentes imágenes del mundo en diferentes sub-personalidades.

   Pero tal vez no somos casos perdidos como el relato de Humpty-Dumpty, que se rompió en pedazos y no lo pudieron arreglar ni todos los caballos del rey, ni todos sus hombres. El Dr. John Algeo nos aconsejaría olvidar los caballos y los hombres y trabajar con nosotros mismos.  En un folleto de Adyar él aboga por desarrollar nuestra amplia y estable visión, en vez de vivir con perspectivas separadas y tal vez parciales y conflictivas. Él aconseja “la meditación para internalizar las verdades teosóficas haciéndolas parte de nuestra naturaleza más profunda”.  En otras palabras, permanecer en la Teosofía hasta que se vuelva parte de nosotros, manteniendo sus grandes principios en nuestra mente y, por lo tanto, desarrollando una visión exhaustiva del mundo en vez de muchas perspectivas separadas. Entonces nosotros actuaríamos y pensaríamos en armonía con esta visión internalizada, en cualquier situación que se presentara.

   En la práctica tibetana de Dzogchen, a los aspirantes se les muestra “la visión”, el modo en que las cosas son realmente, no las imágenes proyectadas usualmente. Imagino que esta visión revela la naturaleza cambiante o la impermanencia de todas las cosas tanto como su unidad y totalidad en el flujo general. El estudiante de algún modo recibe una

“transmisión”, una percepción directa e inmediata y las cosas se ven verdaderamente. Esta visión la infunde el maestro en la mente del estudiante. Puede ser algo como una versión menor de escuchar una charla inspiradora pero difícil y, sin embargo, durante ese momento elevarse a un nivel de comprensión que normalmente está más allá de nuestro alcance.

   Emily Sellon, ex-vice-presidenta de la Sociedad Teosófica en Norteamérica, una persona sabia y culta, nos dice el modo de lograr tal visión. Escribiendo en El Teósofo Americano, ella dijo: “Primero tratemos de retraernos a ese Yo interior de nuestro ser, nuestro Yo esencial que es fuente de percepción. Sólo de este modo podemos elevarnos más allá de las circunstancias en que estamos inmersos”.  Ella, al igual que Algeo, prescribe la meditación, aquietar la mente y centrarse en un nivel más profundo. Y luego, como Sellon lo expresó, si “esa gran visión de las grandes verdades es rápida y vívida dentro nuestro”, podríamos elevarnos a una visión holística que tendería a unificar o a armonizar las sub-personalidades. Si internalizamos la gran visión de modo que sea nuestra segunda naturaleza, no seremos llevados a visiones parciales y conflictivas. No trataremos de eliminar los defectos de los fragmentos o intentar ser perfectos, sino que nos elevaremos a otro nivel de consciencia.

   El proceso por el que construimos un trasfondo de pensamiento eterno, no es pensamiento superficial. Es como la comprensión de la meditación como contemplación de Patanjali, unificando nuestra consciencia con el objeto que está siendo considerado. Por ejemplo, al pensar en la querida evocación de Annie Besant, “Oh vida oculta”,

recuerden que la “Oh” es evocativa. Pensamos despertar la vida oculta, el amor oculto, que creemos está en nosotros y a nuestro alrededor.  Meramente repitiendo las palabras sin un acto de voluntad para atraer esa vida y ese amor, no nos elevará a ese nivel de percepción en que lo que decimos es verdad. Por el contrario, necesitamos sentir el propósito de la meditación, hundir nuestra consciencia en él. Tal consideración profunda de las verdades teosóficas establece condiciones para la percepción interna y la realización de la gran visión. Si constantemente mantenemos pensamientos elevados en el trasfondo de nuestra mente, aparecerán cuando la mente está libre.

  Trabajar para perfeccionar los fragmentos de nosotros mismos es trabajar con la personalidad.  Después de todo, nuestras intenciones de hacer o de ser mejores, son respecto a “mí” ,la personalidad, no respecto a comprender quiénes somos realmente: nuestro verdadero Yo. Quizás, en vez de concentrarnos exclusivamente en ese nivel inferior, podríamos esforzarnos en construir un trasfondo de pensamiento eterno. Si vivimos con esa visión, nos olvidamos del “yo” y elevamos nuestro nivel de consciencia, la personalidad será influida.  Entonces, como Sellon lo manifestó: “Nuestras acciones inevitablemente seguirán los dictados de nuestro verdadero Yo”.

 

 

El verdadero Yogui no estudia Ocultismo para adquirir poderes.  Más adelante, en su progreso espiritual hacia la liberación de los grilletes de Mâyâ, los Siddhis le llegarán por sí mismos. No puede haber perfección psicológica mientras el Ego se encuentre afectado por los obstáculos de Avidyâ, y estos Siddhis, por elevados que puedan ser, sin embargo se encuentran dentro del dominio de la ilusión. Todo estudiante de ocultismo, incluso un principiante, sabe que la adquisición de Brahmavidyâ depende totalmente del desarrollo del sentimiento de amor universal en la mente del aspirante.

Damodar K. Mavalankar

 

 

 

 

Referencias

 

1.            Ken McLeod, “Imagine que usted está iluminado”, en Buddhadharma, Otoño 2007, p. 35.

2.            John Algeo, “Teosofía dinámica”, Folletos Adyar, Nueva Serie Nº 1, Adyar, TPH –Edit. Teosófica, 1998, p. 25

3.            Emily Sellon, “La Vida Teosófica como la establecen Las Cartas de los Maestros”, El Teósofo Americano, Junio 1979, Número 6, p. 204

 

 

 

 

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