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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 129 - Número 5 - Febrero 2008 (en Castellano)

 
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MIRA EN TU INTERIOR, TU ERES BUDDHA

 (Conferencia de la Convención, Adyar, 27 de diciembre 2007)

 

Mary Anderson

 

Mary Anderson es la Secretaria Internacional de la S.T., y da conferencias en varios idiomas

 

 

   ¿Parece presuntuosa la afirmación “Mira en tu interior, tú eres Buddha”...?  En primer lugar, debemos estar conscientes de que Buddha -o `la Naturaleza Búddhica´- se refiere a nuestro Yo Superior que yace profundamente en nuestro interior, inconsciente, dormido todavía pero destinado a despertar un día, porque `Buddha´ significa “el despierto.” No se refiere a nuestra naturaleza consciente de cada día, con sus faltas y debilidades, aunque también podemos examinar esto, sino señala más profundamente al interior: “Mira en tu interior!” más allá de la sensación, más allá de lo personal, más allá de los pensamientos e intereses diarios. En segundo lugar, debemos estar conscientes de que estas palabras están dirigidas no sólo a nosotros, sino a todos, a quienes nos agradan y a quienes podemos despreciar, a quienes nos aprecian y a quienes no parecemos agradar.

   Principalmente, según el Buddhismo Mahâyâna o del Norte, todos los seres forman parte de -y en realidad son en su ser más profundo- la naturaleza búddhica, la naturaleza Divina.  Una anciana le dijo a su ministro de religión: “¿Es cierto que cuando muera me encontraré nuevamente con todos mis seres queridos?¨, y la respuesta fue: “Si, mi querida, pero los otros también.”  No podemos excluir a nadie.  En lo profundo, todos somos Buddha. Buddha es también la naturaleza interior de todos los animales, incluyendo las peligrosas serpientes; todas las plantas, incluyendo las venenosas y las malezas; toda la Naturaleza, inclusive la “naturaleza al desnudo -esas criaturas que se devoran unas a otras. Su naturaleza interna es Buddha, en otras palabras, es divina.

   Pero antes que podamos imaginar esa naturaleza interior, más aún percibirla o incluso SER ESA NATURALEZA CONSCIENTEMENTE, debemos emprender un largo viaje.  Además, no es un viaje como lo conocemos en la vida diaria.  No significa viajar a lugares lejanos, como algunos pueden pensar.  Algunos occidentales pueden imaginarlo como un viaje a India a fin de encontrar algún gurú, pero “lo afín atrae a lo afín” y el así llamado gurú que encontremos reflejará nuestra propia naturaleza, nuestros motivos, etc.  Si nuestra naturaleza y nuestros motivos son personales, aún inconscientemente, encontraremos un gurú egoísta que explote nuestro egoísmo para su propio beneficio.

   Un viaje a lo profundo de nuestro interior es diferente. Es independiente de cualquier movimiento externo, y no es meramente introspección, que puede no ir muy profundamente sino sólo a nuestra naturaleza kâma-mânasica, nuestro pensar y desear diario, que es auto-centrado e incluso a veces puede ser mórbido o exclusivo, y hostil hacia los demás. Podemos iniciar este viaje aquí y ahora observándonos con completa honestidad, aceptando nuestras debilidades, viéndolas como tales, pero sin buscar excusas, incluso aceptándolas al ver su fealdad. Si realmente percibimos dentro nuestro alguna emoción o pensamiento, alguna característica o hábito como indigno de nuestra mejor naturaleza, porque puede ser egoísta, injusto, e incluso cruel, si realmente nos damos cuenta de su fealdad, nos desharemos de él “como papa caliente”, como algo que quema nuestra piel!

   La palabra `percepción´ es evocativa.  Quien realmente percibe algún problema o alguna dificultad o alguna persona y circunstancia, es quien ve más allá y más profundamente que las apariencias. Tal persona ve los mecanismos internos, los motivos, las consecuencias de lo que ocurre, y se puede decir que percibe, es decir, que es capaz de ver lo que hay en el interior, lo que hay detrás de las apariencias externas. Tal percepción puede ver no sólo las circunstancias, otra gente, los problemas, etc., en la vida diaria, sino ver también en nuestra propia naturaleza, en primer lugar al nivel de la personalidad, la mente de los deseos, ver a través de nuestras pequeñas auto-decepciones, como así también tal vez las de otros, y mostrar comprensión.  Pero esa visión interna podría ir más profundamente y revelar inmenso altruismo, amor, voluntad, y sabiduría, no sólo en las profundidades de nuestro propio ser, sino también dentro de todos los demás seres sin excepción, y conducir a la percepción del gran potencial existente en toda la vida.  Ese potencial se percibe en un nivel interno profundo, y a su debido tiempo, inevitablemente, se expresará en un nivel externo más superficial, aunque esto pueda tomar mucho tiempo para que ocurra.  Según las leyendas de Jâtaka, Buddha había pasado innumerables vidas de bondadoso amor y auto-sacrificio, siendo descrito también algunas veces como un animal durante sus existencias antes de su nacimiento como Siddhârtha Gautama.

   El desarrollo de la humanidad, que es nuestro desarrollo, es tal vez la historia de La Bella Durmiente. Ya que Buddha significa “el despierto”, y la bella durmiente despierta al final de la historia, este cuento de hadas de los hermanos Grimm parece significativo. Relata cómo un rey y una reina, que no tuvieron niños por muchos años, finalmente tuvieron una bella hija.  Para celebrar el evento, organizaron una fiesta e invitaron no sólo a amigos y familiares, sino también a sabias ancianas -que eran trece en su país. Pero, como solamente tenían doce platos de oro, invitaron sólo a doce. Después del banquete, cada una de ellas le otorgó un don a la niña, una virtud, amor, belleza y riqueza. Cuando once de ellas habían distribuido sus dones, la sabia mujer número trece que no había sido invitada, apareció y, en venganza por haber sido ignorada, predijo que cuando la pequeña princesa cumpliera sus quince años se pincharía el dedo con la aguja de un huso y caería muerta.  Sin embargo, la sabia mujer número doce, que aún no había otorgado su don, predijo en ese momento que la princesa no moriría, sino que caería en un sueño profundo que duraría cien años.

   Por supuesto, el rey eliminó todos los husos del castillo y de su reino. Recordemos cómo, según la leyenda, el padre del futuro Buddha, también un rey, trató de evitar que su hijo viera todo tipo de sufrimiento y muerte.

   La pequeña princesa creció en inocencia, virtud y belleza pero, en su décimo quinto cumpleaños, deambulando por el castillo llegó a un ático olvidado en una vieja torre. Allí vio a una anciana hilando y, por curiosidad, tomó la aguja de la mujer para tratar de hilar ella misma e inmediatamente se pinchó el dedo.  Cayó profundamente dormida sobre una cama en el ático. Más aún, en ese mismo momento el rey y la reina y todos en el castillo, todos los sirvientes, incluso los animales y las aves, también cayeron profundamente dormidos.  Alrededor de todo el castillo, donde existía un bello bosque, crecieron arbustos con espinas formando una barrera impenetrable.

   En los años siguientes, muchos posibles candidatos que habían oído de la bella princesa trataron de abrirse paso a través del matorral, pero perecieron en el intento.  Cuando habían pasado cien años, el matorral de espinas alrededor del castillo desapareció y un bello bosque surgió nuevamente en su lugar.

   Luego apareció un príncipe especial. Pudo caminar a través del bosque y llegar al castillo sin dificultad. Ingresando al interior, subió escalera tras escalera, pasando entre quienes dormían, y llegó al ático donde dormía la princesa. Ella era tan hermosa, que él se inclinó y la besó.

   Habiendo transcurrido los cien años, la princesa despertó y lo mismo ocurrió con todos los habitantes del castillo, desde el rey y la reina hasta los sirvientes y los animales y aves en el bosque cercano.  Ciertamente, este despertar puede ser interpretado como refiriéndose al Buddhado ya que Buddha significa “Quien despertó.” En medio de gran regocijo el príncipe y la princesa se unieron en matrimonio.

   Este relato se podría interpretar simbólicamente como referido a la historia del desarrollo de la humanidad y de todos nosotros individualmente.  Insinúo que el periodo anterior a que sucediera la maldición de la bruja, era la época de la inocencia y de la ignorancia, la legendaria “edad de oro” cuando se dice que los dioses caminaban con los humanos, incontables edades atrás, como se menciona en antiguas leyendas y en La Doctrina Secreta de H. P. Blavatsky. Tal vez esto corresponde a la era de las dos primeras Razas Raíces, y a la primera mitad de la tercera Raza Raíz, antes que, según se dice, Manas o el intelecto hubiera despertado en la humanidad, descrito en La Doctrina Secreta así:

 

El hombre primigenio… no tenía principio intermedio que le sirviera como medio entre lo superior y lo inferior, el hombre espiritual y el cerebro físico, porque carecía de Manas, el intelecto. (p. 166, Compendio de La Doctrina Secreta)

 

   Según la Sra. Blavatsky, ¿qué suponía?  Ella cita la siguiente comparación:

 

Encarnen la Mónada Espiritual de un Newton, transplantada a la del más sublime santo de la tierra, en un cuerpo físico que sea el más perfecto que puedan pensar… y si carece de sus principios medio y quinto (es decir kâma-manas, o la mente ordinaria y las emociones) habrán creado un idiota, en el mejor de los casos, una forma bella, sin alma, vacía e inconsciente (ídem, p. 206).

 

   De modo que al comienzo del cuento de hadas, La Bella Durmiente, la conciencia cerebral, estaba dormida. Era un periodo tamásico, la edad de la inocencia, de pasividad e ignorancia, que podría representar el periodo en que los humanos estaban constituidos, como siempre lo estuvieron y están, de Âtmâ o Espíritu y de un cuerpo físico.  Pero éstos todavía estaban desconectados, ya que manas, el principio pensante, destinado a conectar el Espíritu y el cuerpo, todavía estaba ausente.  Por lo tanto el hombre era algo así como una casa con planta baja (el cuerpo físico) y un primer piso (el ser espiritual, la Mónada, Âtma-Buddhi), ¡pero sin escaleras para conectarlos!

   De modo que esta era una época tamásica de pasividad e indolencia, sin pensar en el mañana, en realidad sin pensamiento como nosotros lo conocemos. En términos cristianos y judíos, podría representar la época del Jardín del Edén antes que Eva cortara la manzana, y que con Adán probaran el fruto prohibido que los condujo al conocimiento del bien y del mal y al descubrimiento de la dualidad.

   Luego, por así decirlo, la “maldición” de la décimo tercera sabia mujer (quizás era una bruja) se llevó a cabo y esa conciencia espiritual de la “edad de oro” se durmió, avasallada por el poder del pensamiento y del deseo, es decir, de kâma-manas, despertando en la forma de la surgente curiosidad intelectual de la princesa, cuando ella tomó la aguja que tenía la anciana, la tentadora.  Más aún, ¿qué produce una aguja? ¿No hace agujeros en las cosas?  El intelecto también hace agujeros en las cosas cuando es crítico.  Entonces trata de destruir. A veces esto es bueno, cuando destruye fantasías, engaños, mentiras, etc.  Pero puede tratar de destruir percepciones más profundas, más allá de su comprensión.

   El poder del pensamiento, kâma-manas o el pensamiento viciado por el deseo y el egoísmo, una vez que despertó en los humanos, creció y aumentó y podría estar simbolizado por el matorral espinoso que evitaba que todos aquellos que llegaban pudieran entrar al castillo del espíritu, y era parte integral del hechizo que durmió a todos los habitantes del castillo, en lo que respecta a su naturaleza espiritual.

   Tal vez esto corresponda a nuestro estado actual, desde el despertar de nuestra mente inferior, la mente del deseo. Estos deseos, ambiciones y egoísmo, combinados con la astucia del intelecto, nos impiden contactar nuestra verdadera naturaleza espiritual que yace dormida durante el reino de kâma-manas, nuestra naturaleza de deseos. Sólo cuando se cumple el tiempo, el matorral espinoso de kâma-manas desaparece y es reemplazado por un bello bosque.  Y de algún modo, tal vez por alguna influencia externa, simbolizado por el Príncipe, la naturaleza espiritual despierta y, con un beso -el símbolo de la fraternidad de la unidad- se celebra la unión celestial y los humanos se vuelven conscientes de su naturaleza espiritual, despiertan a su unidad con todo y perciben que “Tú eres Buddha”, y que todos los demás también son Buddha.

   Tal conciencia puede llegar “de pronto, en un minuto” pero sólo cuando el momento es el apropiado. Se dice en el Katha Upanishad:

 

Este yo no se puede lograr por instrucción, ni por poder intelectual, ni incluso por escuchar mucho. Ha de ser alcanzado solamente, por aquél que el yo elije. A ese, el yo revela su propia naturaleza. (Upanishads Principales, traducido por Dr. S. Radhakrishnan, p. 619)

  

   El Dr. Radhakrishnan comenta: “Mientras que el Yo Supremo es difícil de conocer e incognoscible por un intelecto desamparado, Él es conocible por medio de Su propia auto-revelación al hombre que Él elige” (ídem).  Y el Príncipe eligió a la princesa.  En ese caso el príncipe puede decirse que representa Âtmâ, lo Uno Divino, y la Princesa representaría Buddhi, la percepción interna espiritual.  Buddhi se dice que es el vehículo de Âtmâ.  Cuando Âtmâ despierta a Buddhi, todos los poderes del yo inferior están a disposición del Superior.  Estos poderes pueden estar representados por la familia y los sirvientes en el castillo, que también despertaron en ese momento.

   ¿Qué supone esto para nosotros? Nuestra verdadera naturaleza, Buddha en nosotros, es la bella durmiente. Nadie puede ingresar al castillo del Espíritu hasta que haya pasado el denso matorral espinoso del intelecto y la naturaleza de los deseos, o mejor aún: hasta haber transformado ese matorral en un bello bosque, que ha dejado de ser impenetrable y ha dado acceso al castillo del Espíritu que espera su despertar.

   Debemos comenzar donde estamos, en el nivel de nuestra consciencia presente, la mente y las emociones, kâma-manas.  Nuestra consciencia actual kâma-mânásica puede compararse a un lago donde las olas son levantadas violentamente por vientos tormentosos, y que además está contaminado por la basura que constantemente le arrojamos en forma de pensamientos y emociones a menudo impuros, desordenados, u ociosos. Detrás del lago hay una gran montaña, que representa nuestra naturaleza espiritual.  Pero el lago de nuestra consciencia puede reflejar la montaña del Espíritu sólo bajo dos condiciones: el agua en el lago debe ser pura y estar en calma. “Es sobre la superficie serena y plácida de una mente serena que las visiones obtenidas de lo invisible, encuentran representación en el mundo visible” (Cartas de los Maestro Nº 11 / 65).

   De tal modo, ¿qué podemos hacer al respecto?. “Con celoso cuidado debemos vigilar nuestro plano mental de todas las influencias adversas que surgen a diario en nuestro viaje por la vida terrenal” (ídem.). La calma es necesaria: “A la mente se la puede hacer trabajar con velocidad eléctrica en una excitación intensa, pero a Buddhi, nunca. En su clara región, la calma siempre debe reinar.” (Cartas de los Maestros de la Sabiduría, Primera Serie, Carta 10). Y la pureza, que carece de egoísmo, necesita:

Meditación, abstinencia, la observación de obligaciones morales, pensamientos gentiles, actos buenos y palabras amables, como así  también buena voluntad hacia todos y total olvido del yo, son los medios más eficaces de obtener conocimiento y preparación para la recepción de la sabiduría más elevada. (Ocultismo Práctico, p. 20)

 

   Una vez que el lago es puro y está en calma, y por lo tanto refleja la montaña del espíritu, uno puede “elevar los ojos hacia los cerros” y percibir el Espíritu mismo y saberse a sí mismo como Espíritu. Y de este modo podemos ascender la montaña del Espíritu y, mirando hacia el interior, saber que ciertamente somos Buddha, y que todos los seres son Buddha.

   Pero, ¿por qué no podemos saber esto desde el principio mismo?  En el estado infantil tamásico tal vez lo supimos instintivamente. Pero tuvimos que perder esa inocencia búdica a fin de encontrarla nuevamente por nuestros propios esfuerzos. Al igual que una madre se aleja de su pequeño hijo que está aprendiendo a caminar, para que el niño la siga, así nuestra naturaleza búdica parece evadirnos, para que podamos encontrarla por nosotros mismos. Es un juego divino de escondidas, expresado de modo invertido en el bello poema de Francis Thompson, The Hound of Heaven (El sabueso de los cielos), donde el alma se siente cobijada y perseguida por el ladrón.  Aquí los roles están ciertamente invertidos. Es lo divino lo que persigue al individuo. Quizás es una especie de juego de escondidas, cuando los niños se turnan para esconderse o para encontrar a los otros!

   ¿Tenemos miedo de perder nuestra independencia, nuestra individualidad, en esa vasta Unidad que es nuestro hogar?

 

Noches y días, huí de Él; durante años, huí de Él; huí de Él, en los senderos laberínticos de mi propia mente, y en medio de las lágrimas me escondí de Él… Estaba dolorido, atemorizado por temor a tenerLo, no debo haber tenido a nadie a mi lado… cerca y más cerca se aproxima la caza, con paso imperturbable. (The Hound of Heaven)

 

   Finalmente llega el fin de la caza, la sumisión, cuando el Yo Divino dice:

 

Todo lo que tomé de ti, lo hice no para herirte, sino solamente para que tú lo buscaras en Mis brazos; todo error que el niño imagina como perdido, yo lo he guardado para ti en casa: Levántate, sujeta fuertemente Mi mano, y ven. (The Hound of Heaven)

 

   Quizás podemos resumir refiriéndonos nuevamente a lo que se mencionó: Buddha significa el Despierto. `Despierto´ significaría verdaderamente iluminado, omnisciente. Lo que es omnisciente también es omnipresente y omnipotente, como el que acechaba en The Hound of Heaven (El Sabueso de los Cielos).  ¿Cómo puede ser de otro modo, dado que es nuestra verdadera naturaleza y la verdadera naturaleza de todos los seres, y de todas las cosas, y del universo mismo? 

   “Dentro de ustedes mismos se debe buscar la liberación”, y no sólo la liberación del sufrimiento, sino también de la causa del sufrimiento: nuestra naturaleza de deseos.  Por medio de esa liberación, quien mira lo suficientemente profundo en su interior, y quien obtiene la liberación, puede facilitarle a otros a que miren en su interior y obtengan la liberación, y a su vez que ayuden a otros, porque en lo profundo de nuestro interior, toda la vida es una.

 

 

 

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