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Vol. 129 - Número 2 - Noviembre 2007 (en Castellano) |
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La vida inegoísta del Coronel Olcott
Preethi Muthiah
El término `inegoísta´ no quiere significar una ausencia o negación del yo. Se usa aquí para denotar la habilidad de anteponer las necesidades y la felicidad de los demás a nuestros propios intereses, trabajar por el bien común sin tomar en consideración cuáles pueden ser nuestras necesidades personales. Dicho `inegoísmo´ es un término genérico compuesto de cualidades diferentes. Abordaremos unas pocas de las cualidades que forman parte de una persona inegoísta, alternadas con incidentes de la vida del Col. Olcott. J. Krishnamurti, en su discurso cuando disolvió la Orden de la Estrella de Oriente, mencionó que el único propósito de su enseñanza era “hacer al hombre absoluta e incondicionalmente libre”. Uno podría preguntar “¿libre para hacer qué?”. Quizás para ser uno mismo, o para hacer lo que es correcto, cosas que a menudo son obstaculizadas por los condicionamientos sociales y psicológicos que se introducen en nuestros primeros años de vida. La vida del Col. Olcott contiene muchos incidentes donde esta cualidad está representada. Con extremo riesgo de su propia vida, él fue a Charlestown el 2 de diciembre de 1859 para rendir tributo a John Brown, quién luchó para abolir la esclavitud en América y fue ejecutado por ello. Siendo él mismo un abolicionista, el Col. Olcott fue a Virginia a pesar de las dificultades y del permanente peligro de ser descubierto en un estado que en gran parte era anti-abolicionista. Luego, en 1862, y nuevamente bajo gran riesgo de su vida, el Col. Olcott comenzó a investigar la extendida corrupción que entonces existía en la Armada y en la Marina de los EEUU. Esta habilidad de hacer lo que es correcto también se evidenció cuando se dedicó a la causa de los budistas en Sri Lanka y en otras partes de Asia, demandando al Gobierno Británico gobernante que permitiera a las personas nativas de esos países ser educadas bajo su propia religión y cultura. De vuelta en la India, abrió escuelas gratuitas para los niños Panchama, que en esa época no tenían facilidades educativas. Estrechamente relacionado con este rasgo, está la habilidad de pensar por sí mismo en vez de depender únicamente de la interpretación de la Verdad que tengan otras personas. Esta característica se ve claramente en las investigaciones que llevó el Col. Olcott sobre los fenómenos espiritistas manifestados en la Granja de los Eddy, y aún antes, en su negativa a aceptar ciegamente las creencias y rituales de la fe cristiana como se practicaba en ese entonces. Como se menciona en el libro Hammer on the Mountain, él no pudo aceptar el credo de sus antepasados o de la Iglesia oficial en general. Esta negativa finalmente lo llevó a divorciarse de Mary Eplee Olcott. Permaneció leal a la Verdad como él la veía y entendía. Como nos exhorta la Escala de Oro cuando decimos “obediencia voluntaria a los mandatos de la Verdad, una vez que hemos puesto nuestra confianza en ese Instructor y creemos que El la posee”, el Col. Olcott siempre hizo lo que pensó era lo correcto, sin tener en cuenta el costo de sostener lo que él creyó era recto, bueno y verdadero.
Sobre la inquebrantable lealtad hacia la Verdad del Coronel, el Maestro KH dijo en la Carta nº 2 de Las Cartas de los Mahatmas a A.P. Sinnet (esto por supuesto se dijo de HPB y HSO):
Suponiendo que ustedes lo abandonaran todo por la verdad; que se afanaran denodadamente durante años ascendiendo por el arduo y escarpado camino sin dejarse amilanar por los obstáculos, firmes ante toda tentación; si guardaran fielmente dentro de su corazón los secretos que se les hubiera confiado como prueba; si hubieran trabajado con toda su energía y entrega para difundir la verdad y hacer que los hombres piensen y vivan con rectitud, ¿ pensaría usted que sería justo que, después de todos vuestros esfuerzos, nosotros concediéramos a Madame. B o al Sr. O. como “no afiliados”, las condiciones que ahora piden para ustedes mismos?
Verdaderamente fue esta habilidad de mantenerse firme en la verdad lo que le dio al Coronel la fortaleza para poner los cimientos para la Sociedad Teosófica, una Sociedad que se fundó con el único propósito de crear un núcleo de la fraternidad universal en un mundo que estaba volviéndose cada vez más materialista, lleno de supersticiones de todo orden, y moviéndose rápidamente hacia lo que más tarde resultaría en las dos grandes Guerras Mundiales, causando múltiple destrucción sin precedentes en aquellos tiempos. A menudo es más fácil para nosotros creer la verdad en cuanto la vemos; sin embargo, es mucho más difícil para la mayoría de nosotros no imponérsela a los otros. ¿No quisiéramos creer todos, que la vida revela sus secretos a nosotros específicamente? Sin embargo una de las características de una persona inegoísta es que no busca imponer sus percepciones, opiniones, actitudes, etc., en los demás. Esta cualidad es muy evidente en el Col. Olcott, que pudo mantener para sí mismo sus opiniones cuando el momento de revelarlas no era el apropiado. Qué fácil hubiera sido para él, aconsejarle a Madame Blavatsky que no se casara con Michael Betanelly. Betanelly le rogó a HPB que se casara con él y el Col. Olcott estaba totalmente en contra de esto, mientras HPB consintió con la condición de que el matrimonio nunca fuera consumado. Pero el Coronel la dejó hacer lo que ella consideraba conveniente y HPB se casó con Betanelly. Esta cualidad de respetar el derecho de los demás a seguir lo que es verdad para ellos, marca el inegoísmo inherente en el Col. Olcott. Otra cualidad que refleja inegoísmo es la valentía al enfrentar las pruebas. Citando a Christopher Paolini en su libro Eragon: “El verdadero coraje está en vivir y sufrir por lo que uno cree.” O, como dice la Escala de Oro: “Enérgica declaración de principios y coraje para soportar las injusticias personales.” En los primeros años, cuando la Sociedad y sus Fundadores fueron cuestionados por los miembros de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas, el Col. Olcott se mantuvo firmemente en lo que él creía y debido a esto, así él como HPB, fueron puestos en ridículo por la SPR (Soc. de Investig. Psíquicas) y por los misioneros en particular, pero a veces también por el público. Un acto así de coraje no es posible para aquellos más débiles en sus propósitos o que les importa aunque sea un poco la comodidad personal. Chismes y rumores de todo tipo le siguieron al Col. Olcott desde su encuentro con HPB, pero él se mantuvo firmemente al lado de su amiga y co-Fundadora, al lado de la Sociedad que ellos fundaron juntos, al lado de los Maestros, que él consideraba los Fundadores internos de la ST, y al lado de los principios que la Sociedad sostuvo. No obstante los chismes que con seguridad siguieron a su decisión de mudarse al departamento de arriba del de HPB en la ciudad de Nueva York, el Coronel se quedó allí porque estar cerca de ella era de importancia para el significativo trabajo que tenía en manos. En un panfleto titulado La opinión de HPB sobre H. S. Olcott, publicado en 1938, ella dijo sobre la valentía del Col. Olcott lo siguiente:
Espinoso y lleno de obstáculos fue el empinado sendero que él tuvo que subir, solo y sin ayuda, durante los primeros años. La oposición externa hacia la Sociedad que él tuvo que construir era tremenda; indignantes y desalentadoras las traiciones que encontró dentro de la sede central; enemigos rechinando los dientes en su cara; aquellos a los que él consideró como sus más firmes amigos y colaboradores lo traicionaron a él y a la causa ante la más mínima provocación. Incluso, donde cientos en su lugar hubieran fracasado y se hubieran dado por vencidos en la ejecución de la completa tarea, presos de la desesperación, él, inmutable e impasible, continuó trepando y esforzándose como antes, impávido y sin descansar, respaldado por ese único pensamiento y convicción de que estaba cumpliendo su deber hacia aquellos a quienes él había prometido servir hasta el final de su vida. Para él sólo existió un único faro: la mano que le había marcado el camino a seguir la primera vez, la mano del Maestro a quien él ama y tanto reverencia, a quien sirve tan devotamente.
Elizabeth Severs, en su libro Some Noble Souls (Algunas almas nobles), publicado en 1910, menciona que el Col. Olcott nunca tuvo vergüenza de declarar sus creencias. Ella también afirma que HPB no siempre fue una colega fácil de llevar. Su carácter vehemente, nervioso y excitable y su temperamento apasionado, su falta de convencionalismo, su fuerte método de expresión, cubrió el sendero del Coronel con no pocas espinas, pero estas particularidades no quebrantaron su devoción hacia la “vieja dama”. El Col. Olcott antepuso el bienestar de los demás al suyo propio. En los días en que no existían medios convenientes de transporte como los tenemos en la actualidad, él viajó por todo el mundo con el objetivo de difundir el mensaje de la fraternidad universal, del amor universal, y nuestro origen divino, sin ni una sola queja sobre la inconveniencia o la incomodidad sufrida durante sus viajes a diversas tierras. La última cualidad sobre la que me gustaría llamar vuestra atención que refleja una personalidad inegoísta, es la habilidad de pedir perdón y perdonar. Es bien conocido que el Coronel tenía el defecto de no tener tacto, pero también era rápido para reparar el daño y pedir perdón por sus desaciertos. También estaba dispuesto a perdonar a los que habían actuado mal con él y a confiar en su mejor naturaleza. En la Theosophical Review (Revista Teosófica) de 1907, G. R. S. Mead, Secretario de Actas de la Sociedad Teosófica en esa época, dijo lo siguiente:
H.S. Olcott fue un hombre de gran corazón, de honestidad transparente, amplia tolerancia y simpatía, de carácter alegre, de ánimo estable y temperamento optimista; no había malicia en él y estaba siempre dispuesto a perdonar, práctico y generalmente bajo posesión de un sentido común perspicaz, inegoísta, leal y abnegado, tenaz y decidido, aunque siempre listo a reconocer un error y corregirlo.
En síntesis, el ejemplo perfecto de inegoísmo que distinguió la vida del Col. Olcott se evidencia en su habilidad de vivir y sufrir de acuerdo a lo que él creía era verdadero, justo y correcto; su respeto por la libertad de otros de seguir su propia percepción de lo que es verdadero, justo y correcto; su valentía en enfrentar muchas tribulaciones y pruebas; su lealtad a la Causa, a su amiga y colega, Madame Blavatsky, y a los Maestros; su habilidad de poner las necesidades y el bien de los demás por encima de los suyos propios, y su disposición a perdonar. Quisiera terminar con las ahora bien conocidas palabras de ese pequeño tesoro, A los pies del Maestro, que representan un importante indicador de lo que fue ese faro que nos guía, la vida del Coronel Olcott:
Quien la palabra del Maestro anhele, de Sus mandatos póngase en escucha. Entre el fragor de la terrena lucha, y la escondida Luz atento cele. Sobre el inquieto y mundanal gentío, del Maestro atisbe la señal más leve, y oiga el susurro que Su voz eleve del mundo entre el rugiente griterío.
Puedan ser guiados nuestro viaje y nuestras vidas por estas mismas palabras y así ser un tributo adecuado a nuestro Presidente-Fundador, el Coronel Henry Steel Olcott, cuya vida es verdaderamente un perfecto ejemplo de inegoísmo
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