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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 128 - Número 10 -
Julio 2007 (en Castellano)

 
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Estudios Sobre La Voz Del Silencio, parte 7

John Algeo

 

En sus versos finales, el primer fragmento vuelve explícitamente al tema de las ocho etapas de la Yoga (como se expone, por ejemplo, en los Yoga Sutras de Patanjali). El segundo verso se refirió a la necesidad de aprender la naturaleza de dhāranā (concentración) si uno desea oír la Voz del Silencio. Ahora en el verso 87, llegamos a dhāranā, y de este modo se va terminando el primer fragmento de La Voz. Los versos restantes del primer capítulo tratan las dos últimas etapas del proceso yóguico, dhyāna y samādhi.

 VERSOS [80-89]:

 [80] La luz del Maestro UNO, la luz áurea e inextinguible del Espíritu, lanza desde el principio mismo sus refulgentes rayos sobre el discípulo. Sus rayos pasan a través de las densas y oscuras nubes de la materia.

 

[81] Ora aquí, ora allí, estos rayos la iluminan, de igual modo que a través del espeso follaje de la selva los rayos del sol alumbran la tierra. Pero, a menos de ser pasiva la carne, fría la cabeza, y el alma tan firme y pura como deslumbrador diamante, sus irradiaciones no llegarán a la cámara, sus rayos no calentarán el corazón, ni los místicos sonidos de las alturas Akásicas35 llegarán al oído del discípulo, a pesar de todo su entusiasmo, en el grado inicial.

 

[82] A menos de oír, tú no puedes ver.

 

[83] A menos de ver, tú no puedes oír. Oír y ver: he aquí el segundo grado.

 

.....................................................................................................................

 

[84] Cuando el discípulo ve y oye, y cuando huele y gusta teniendo cerrados los ojos, los oídos, la boca y la nariz; cuando los cuatro sentidos se funden y se hallan prestos a pasar al quinto, al del tacto interno, entonces ha pasado él al grado cuarto.

 

[85] Y en el quinto, oh matador de tus pensamientos, todos éstos tienen que ser muertos de nuevo sin esperanza alguna de reanimación.36

 

[86] Aparta tu mente de todos los objetos externos, de toda visión exterior. Aparta las imágenes internas, no sea que proyecten una negra sombra en la luz de tu alma.

 

[87] Tú estás ahora en el Dhāranā,37 el grado sexto.

 

[88] Una vez hayas pasado al séptimo, oh tú dichoso, no verás ya más el Tres sagrado,38 porque tú mismo habrás venido a ser dicho Tres. Tú mismo y la mente, como gemelos en una línea, y la estrella, que es tu meta, ardiendo encima de tu cabeza.39 Los tres que moran en la gloria y bienaventuranza inefables han perdido ahora sus nombres en el mundo de Maya. Se han convertido en una estrella única, el fuego que arde pero que no consume, aquel fuego que es el upādhi40 de la Llama.

 

[89] Y esto, oh Yogui afortunado, es lo que los hombres denominan Dhyāna,41 el  precursor directo del Samādhi.42

 

COMENTARIO: El Verso 80 toca dos puntos especialmente notables.  Un punto es que sólo existe un Maestro, y ese Maestro no es un humano  ni un gurú superhumano fuera de nosotros mismos. Es más bien la “luz del Espíritu” interior. Decir que sólo hay un único Maestro interior, no es negar la existencia de seres cuya evolución los ha llevado tan lejos, más allá del nivel humano que son considerados apropiadamente como superhumanos. Más bien es negar que cualquier gurú o maestro pueda enseñarnos lo que necesitamos saber.  Como nos dice el fragmento 3, “El Instructor puede sólo señalar el camino”. Tenemos que transitarlo nosotros mismos; nadie más puede hacerlo por nosotros. Tenemos que aprender por nuestra cuenta; nadie más puede enseñarnos.

 

El otro punto notable en el verso 80 es que la luz del Espíritu brilla sobre nosotros “desde el principio mismo”. Siempre está allí, siempre disponible. Somos como Dorothy, el Espanta-pájaro, el Leñador de Hojalata, y el León Cobarde en Oz; ya disponemos de lo que estamos buscando. Como T. S. Elliot escribió en su poema “Little Gidding” (Pequeño vértigo):

 

No cesaremos de explorar

Y al final de toda exploración

Arribaremos donde empezamos

Y el lugar nos será conocido desde el primer momento.

 

Nirvāna y samsāra, cielo e infierno, son el mismo lugar. Solamente se diferencian en la manera en que los consideramos. La iluminación no es encender una nueva luz; es abrir nuestros ojos a la siempre presente luz.

 

Aunque la luz está siempre presente, el verso 81 nos recuerda que nuestra percepción de ella es parcial. La percibimos como  chispazos de luz a través de la espesa vegetación de la selva – intermitentemente, fragmentariamente, parcialmente: “ora aquí, ora allí”. En su poema “Burnt Norton”, T. S. Elliot describe el sonido de voces misteriosas de niños en un jardín (el jardín de nuestra inocencia, del estado infantil que hemos perdido y debemos recobrar, que se menciona en el verso 79 de La Voz):

 

Surgen las risas ocultas

De niños entre el follaje

Ahora, aquí, ahora, siempre –

 

 

Y él dice que escapamos de esas risas porque “la humanidad no puede soportar demasiada realidad”.

 

El término “la cámara” (que la luz del sol tiene que alcanzar) se refiere a lo que la glosa 23 señala como “La cámara interior del corazón, llamada en sánscrito Brama-pura”.

La glosa correspondiente a “los místicos sonidos de las alturas Akásicas” los identifica:

 

Glosa 35. Estos sonidos místicos o la melodía escuchada por el asceta al comienzo de su ciclo de meditación llamada anāhatasabda por los Yoguis.

 

El chakra anāhata es el cuarto, el del corazón, y la palabra significa “insonoro”; sabda quiere decir “sonido”, por lo tanto la combinación se refiere al sonido insonoro producido en el corazón. Es uno de los cuatro estados  o tipos de sonidos, el que está inmediatamente por encima del sonido físico grosero. Es el primero de los estados de sonidos internos. El sonido físico se produce al golpear un elemento contra otro. En la meditación, cesamos de escuchar los sonidos físicos “sonoros” y comenzamos a oír el sonido insonoro.

 

En la primera etapa, que es de purificación moral, en la cual practicamos las abstenciones y nos aseguramos que nuestra conducta sea correcta,  tenemos que prestar atención a nuestra relación con el mundo – de eso se trata la primera etapa. Y por lo tanto en ella, no podemos esperar ver la luz del sol con nuestro corazón o escuchar el sonido insonoro.

 

En los Misterios clásicos, la primera etapa era el de los mystês, que significa literalmente “aquel que ha cerrado los ojos, oídos, y boca”. A los que estaban en el primer grado de los Misterios no les era permitido hablar. Pero en la segunda etapa podían comenzar a hacerlo. La segunda etapa era el de los epoptes, que significa literalmente, “aquel que contempla”. Aquellos eran, respectivamente, el menor y el mayor de los Misterios de Grecia.

 

Similarmente en la tradición de la Yoga clásica, la segunda etapa es aquella en la que se practican ciertas acciones positivas. En la primera etapa uno se abstiene; en la segunda, uno se compromete a actuar. Como el verso 82 y 83 concluyen: “Oír y ver, esta es la segunda etapa.”

 

Cada uno de los tres fragmentos de La Voz del Silencio es fragmentario en sí mismo. Entre los versos 83 y 84 del fragmento 1, hay una serie de puntos suspensivos a través de la página. Esto sugiere una elipsis u omisión, y realmente no hay mención de la tercera etapa. En tanto que en el verso 84 hay una breve alusión a la cuarta etapa. Se dice que consiste cuando el estudiante puede ver, oír, gustar y oler con los ojos, los oídos, la boca y los orificios nasales cerrados, cuando estos cuatro sentidos han sido reunidos y fundidos en el quinto sentido del “tacto interno”. Esto se refiere a la armonización e interiorización de todos nuestros sentidos.

 

En la Yoga clásica, la tercera y cuarta etapa tratan de las posturas de yoga (āsana) y del control (o “muerte”) del aliento (prānāyāma). Es decir, atañen a técnicas de yoga que se dice desarrollan ciertos siddhis. HPB era cautelosa en cuanto a los siddhis (ciertamente ella conocía sus peligros) y a las técnicas yoga para desenvolverlos; ella manifestó preferencia por el desarrollo de poderes  morales superiores antes que fenoménicos inferiores. Es probable quizás, que en este punto en La Voz, ella eligiera omitir cierto material que era de su conocimiento por considerarlo inapropiado para los lectores de la obra.

 

El verso 85 alude a la quinta etapa, la de pratyāhāra, que se trató al principio de este fragmento, no sólo nominal sino descriptivamente en versos 3 – 5, con su consejo de “matar” la mente, “el gran matador de lo Real”, un tema repetido en el verso  85, que está dedicado al “matador de tus pensamientos”.

 

El quinto estado también se sugirió posteriormente, cuando se alude a la tortuga metiéndose dentro de su caparazón (un símbolo de  pratyāhāra). Pratyāhāra es una etapa necesaria en el desarrollo yóguico, pero permanecer firme en ella implica retirarnos totalmente del mundo. Retirarnos del mundo no es la meta que se recomienda en este libro, como deja en claro el segundo fragmento de La Voz, “Los Dos Senderos”.

 

Más adelante en este fragmento, se hace referencia a pratyāhāra en la glosa 41 como “un entrenamiento preliminar”. Es una etapa de transición, y no el objetivo de la Yoga. Y también se alude a ella en el verso 85 como una etapa previa a las más importantes que vienen después. La Glosa 36 continúa la coordinación de las etapas con los sentidos, sugerida en los versos 82-84. Con esta coordinación uno podría también comparar la idea que sostiene  La Doctrina Secreta,  que nuestros sentidos se desarrollaron uno después del otro durante las siete grandes etapas de la historia de la evolución:

 

Glosa 36. Esto significa que en la sexta etapa de desenvolvimiento, que en el sistema oculto es Dhārānā, cada sentido, como facultad individual, tiene que ser “destruido” (o paralizado en este plano), pasando al séptimo sentido, el más espiritual y fundiéndose en él.

 

Dhārānā, la sexta etapa, se define en la glosa 37, que remite a la glosa 3 en el verso 2:

 

Glosa 37. Dhārānā es la concentración intensa y perfecta de la mente sobre algún objeto interior, acompañado de completa abstracción de cualquier cosa perteneciente al universo externo, o al mundo de los sentidos.

 

La séptima etapa de dhyāna, meditación o contemplación, se describe en los versos 88 y 89. Es un estado de plenitud, de estar integrado, que HPB representa con ciertos símbolos numéricos, pero que es renuente a explicarlos en detalle. Respecto a los “sagrados tres”, que los que están en la séptima etapa ya no perciben porque se han vuelto uno con ellos, ella dice:

 

Glosa 38. Cada etapa de desenvolvimiento en Rāja Yoga está simbolizada por una figura geométrica. La que se trata aquí es el Triangulo sagrado, y precede a Dhārānā. El triángulo es el signo de los chelas superiores, mientras que otro tipo de triángulo es el de los altos Iniciados. Es el símbolo  “I” del que habló Buda y lo usó como un emblema de la forma encarnada del Tathāgata cuando se ha liberado de los tres métodos del prajñā. Una vez que las etapas inferiores y preliminares se han pasado, el discípulo ya no ve más el triángulo sino al --- abreviatura de --- Septenario completo. La verdadera forma no se da aquí, ya que es casi seguro que algunos charlatanes se apoderarían de ella y --- la profanarían usándola para fines fraudulentos.

 

Los tres que forman el triángulo pueden ser la tríada superior de los principios ātma-buddhi-manas. O quizás el triángulo puede ser considerado como el ser en completa unidad. Entonces, los primeros dos serían la personalidad (“tú mismo”) y la individualidad (“mente”), que son “como gemelos sobre una línea” porque el primero es generado por el último. El tercero, por tanto, sería la mónada (“la estrella”). Para nosotros, identificarnos con la mónada es nuestro objetivo en la vida; es el proceso de la iniciación al que se refiere la glosa 39:

 

Glosa 39. La estrella que arde encima de la cabeza es la “estrella de la iniciación”. La marca de la casta de los Saivas, o devotos de la secta de Siva, el gran patrono de todos los Yoguis, es una marca redonda negra, el símbolo del sol ahora, quizás, pero el de la Estrella de la Iniciación, en Ocultismo, en los tiempos antiguos.

 

Cuando la personalidad, la individualidad, y la mónada están así unidas, son expresiones perfectas o vehículos de la Vida Una, el Ser Uno, la ´llama´, cuya unidad total es imposible en el mundo relativo de māyā. Con esta unificación, la unidad separada ha realizado su identidad con su fuente. La mónada unificada reconoce que es una expresión de la vida una:

 

Glosa 40. La base (upādhi) de la siempre inasequible Llama, siempre que el asceta permanezca todavía en esta vida.

 

El verso 89 resume lo que ha sido dicho hasta ahora y se adelanta a los versos finales del fragmento, ocupándose de la octava etapa, la de samādhi. Sus glosas también comentan las etapas siete y ocho:

 

Glosa 41. Dhyāna es la penúltima etapa en esta tierra a menos que uno se convierta en un Mahātmā completo. Como ya se dijo, en este estado, el Rāja Yogi permanece todavía espiritualmente conciente del Yo, y del accionar de sus principios superiores. Un paso más, y estará en el plano más allá del séptimo (o cuarto de acuerdo con algunas escuelas). Estas, después de la práctica de pratyāhāra – un entrenamiento preliminar con el objeto de controlar la propia mente y los pensamientos – cuentan Dhārana, Dhyāna, y Samādhi, abarcando las tres bajo el nombre genérico de Samyama.

 

Las tres últimas etapas de Yoga, conocidas colectivamente como Samyama, son aquellas que desarrollan los más elevados siddhis. Solamente es en el estado de samādhi (en el que todo está reunido) que los más elevados siddhis pueden ser ejercitados en forma completa:

 

Glosa 42. Samādhi es el estado en que el asceta pierde la conciencia de toda individualidad, inclusive la suya. Él se convierte en – el TODO.

 

 

 

MEDITACION. Visualice un triángulo. Usted esta afuera, sobre o debajo de la figura. Esta mirándola. Ahora imagínese que se dirige hacia el triángulo y luego entra en él. Se funde con él. En ese estado unificado, el triángulo ya no existe como un objeto; usted no lo ve; no es conciente de él como algo separado de usted, porque usted y él son uno.

 

 

 

Los versos finales del primer fragmento buscan describir el estado de samādhi. La palabra samādhi está formada por dos partes principales: sam “junto” y dhi “poner”. Es el estado en el que finalmente nos unimos con todo. Y ese es el objetivo del yoga. Es el estado en que realizamos nuestra completa identidad con todo lo demás existente en el universo.

 

VERSOS [90-99]:

 

[90] Y ahora tu Yo se halla perdido en el YO, tú mismo en TU MISMO, sumido en AQUEL YO del cual tú emanaste primitivamente.

 

[91] ¿En dónde está tú individualidad, lanú? ¿En dónde está el lanú mismo? Es la chispa perdida en el fuego, la gota en el océano, el rayo siempre presente convertido en la Radiación universal y eterna.

 

[92] Y ahora, lanú, tú eres el agente y el testigo, el que irradia y la radiación, la Luz en el Sonido y el Sonido en la Luz.

 

[93] Conoces ya los cinco obstáculos, oh tú bienaventurado. Tú eres su vencedor, el Maestro del sexto, el expositor de los cuatro modos de Verdad.43  La luz que sobre ellos se difunde, irradia de ti mismo, oh tú, que fuiste discípulo y eres ahora Maestro.

 

Y en cuanto a estos modos de Verdad:

 

[94] ¿No has pasado tú por el conocimiento de toda miseria, la Verdad primera?

 

[95] ¿No has vencido al Rey de los Maras en Tsí, el pórtico de la asamblea, la verdad segunda? 44

 

[96] ¿No has exterminado el pecado en la tercera puerta, y adquirido la Verdad tercera?

 

[97] ¿No has entrado en el Tau, el «Sendero» que conduce al conocimiento, la verdad cuarta? 45

 

[98] Y ahora reposa bajo el árbol Bodhi, que es la perfección de todo conocimiento; porque sábelo, tú eres Maestro de SAMADHI, el estado de visión perfecta.

 

[99] ¡Mira! Tú has llegado a ser la Luz, tú te has convertido en el Sonido, tú eres tu Maestro y tu Dios.
Tú eres TÚ MISMO, el objeto de tus investigaciones, la incesante VOZ que resuena a través de las eternidades, libre de cambio, exenta de pecado, los siete sonidos en uno,

 

LA VOZ DEL SILENCIO.

 

[100] Om Tat Sat

 

COMENTARIO.  Los Versos 90-92 describen la unidad total alcanzada en samādhi  a través de varias metáforas. El verso 90 sugiere que el yo personal (“yo” o “tú  mismo”) se ha vuelto uno con el yo individual (“Yo” o “Tú mismo”),  y esa unidad se funde en la unidad mayor de la mónada (“Aquel Yo”), del cual provenimos en el principio. Cuando se realiza esa identidad, ya no hay más distinción entre la chispa y el fuego, la gota y el océano – ellos son esencialmente uno. No hay diferencia entre el actor y el observador, la luz y el sonido – son diferentes aspectos de una única Realidad.

 

En el verso 93, se dice que la persona iluminada conoce los cinco obstáculos y expone los cuatro modos de la verdad. Estos son descriptos en la glosa 43:

 

Glosa 43. Los cuatro modos de la verdad son, en el Budismo del Norte, Ku, ´sufrimiento o miseria´; Tu, ´conjunto de tentaciones´; Mu, ´su destrucción”; y Tau, el ´Sendero´. Los cinco “obstáculos” son el conocimiento de la miseria, la verdad respecto a la fragilidad humana, restricciones agobiantes, y la absoluta necesidad de liberarse de todas las ataduras de la pasión e incluso de los deseos. El ´Sendero de Salvación´ es el último modo.

 

Hay una buena cantidad de conjuntos de cinco en Yoga y en Budismo. Por ejemplo, están los cinco vicios o aflicciones (kleshas); ellas son ignorancia (avidyā), egoísmo (asmitā), apego (rāga), aversiones (dvesa), y aferrarse a la vida y miedo a morir (abhinivesa). Están los cinco componentes con los cuales nuestra identidad se edifica (skandhas); son nuestro cuerpo (rupa), las sensaciones (vedanā) que nos llegan a través del cuerpo, las percepciones (sañā) que formamos a partir de esas sensaciones, las predisposiciones (samskāra) a responder de ciertas maneras que adquirimos a partir de nuestras percepciones, y la conciencia (vijñāna) que alcanzamos a partir de nuestras predisposiciones. Solamente cuando somos concientes de la existencia de algo, como las cinco aflicciones o los cinco componentes de nuestra identidad, podemos manejarlos.

 

Los cuatro modos de la verdad, que se especifican en mayor medida en los versos 94-97, son las Cuatro Nobles Verdades de Buda: La primera es que la vida es dolorosa, transitoria, y que no podemos depender de nada; es decir, es frustrante. Si hubiera solo una verdad, la primera, que la vida es frustrante, no habría esperanza en el mensaje de Buda. Pero la frustración no es inherente a la naturaleza de las cosas, es causada. Esa es la segunda noble verdad: la frustración tiene una causa. La segunda verdad nos asegura que el orden existe en el universo. Las cosas simplemente no ocurren porque sí. Ocurren por alguna razón, debido a algo.

De todas maneras, si hubiera sólo dos verdades, no estaríamos muy contentos. Saber que las cosas tienen una causa es muy bueno, pero queremos saber también si se pueden solucionar.  Y esa es la tercera verdad. La frustración tiene cura. No es eterna. Existe un final para ella. Sin embargo, saber que un problema puede ser solucionado es una cosa y saber  cómo solucionarlo es otra. Por lo tanto, necesitamos por último la cuarta verdad, una forma de remediar la frustración. La causa de la frustración es la acción incorrecta, el deseo incorrecto y el pensamiento incorrecto. Es la ignorancia, el deseo y el egocentrismo. La tendencia a ceder a tales impulsos se personifica como el Mahā Māra, la Gran Muerte, o el Tentador, el equivalente Oriental de Satán. Él tiene una joya en la cabeza, cuyo brillo atonta y desencamina  al incauto. Pero la joya no es real; es falsa, una ilusión. Pensamos que tiene valor, aunque en verdad no tiene ninguno. Encontramos que esto es así en las tantas cosas menudas de la vida:

 

Glosa 44. En el portal de la “asamblea”, el Rey de los Maras, el MahaMara intenta enceguecer al candidato con el brillo de su “Joya”.

 

Cualquier cosa que tenga una causa, tiene también una solución. Por lo tanto, finalmente y la mejor de las verdades es que existe una manera en que podemos descubrir esa cura y aplicarla. El camino hacia la cura de la causa de la frustración es el Octuple Sendero, o Tau  (que sugiere al Tao chino). La Glosa 45 dice que hay cinco senderos que podemos elegir seguir, que nos llevan según sea el caso hacia la alegría o hacia la pena. Pero todos los senderos implican el principio de la causalidad. Como dicen las Tres Verdades del Loto Blanco, cada uno es su propio legislador, el dispensador de su propia gloria o tristeza, quien decreta nuestra vida, nuestra recompensa o  castigo:

 

Glosa 45. Este es el cuarto “Sendero” de los cinco senderos del renacimiento que conducen e impelen de un lado al otro a todos los seres humanos en un perpetuo estado de pena y alegría. Estos “senderos” no son más que subdivisiones del único, el Sendero seguido por Karma.

 

El Noble Óctuple Sendero del Budismo consiste en estos pasos:

(1)   Recta visión. No podemos hacer algo bien a menos que veamos las cosas en su recta manera.

(2)   Recta intención. Habiendo visto correctamente, debemos resolvernos a hacer las cosas correctamente.

(3)   Recta palabra. Hablar o pensar, que es palabra no pronunciada, precede a la acción.

(4)   Recta acción. Nuestra conducta debe ser apropiada.

(5)   Recto sustento. Y específicamente los medios con que sustentamos nuestra vida deben ser rectos.

(6)   Recto esfuerzo. Los Maestros de Sabiduría dicen, “Tenemos una palabra para todos los aspirantes: ¡INTÉNTENLO!”

(7)   Recta atención. Tenemos que estar concientes de lo que estamos haciendo y no actuar inconcientemente.

(8)   Recta contemplación. De hecho la palabra aquí traducida como “contemplación” es en realidad samādhi.

 

Por lo tanto, el Noble Óctuple Sendero del Budismo nos lleva al mismo final, al igual que las ocho ramas o etapas de la Yoga: samādhi, reuniéndolo todo, estando unificado en conciencia con la Realidad última. Los Versos 98 y 99 son expresiones de la conciencia del despertar que llega del estado de samādhi, el estado de estar verdaderamente despierto, de ser un Buda.

 

El verso 100 completa el primer fragmento de La Voz del Silencio con el mantra del Gitā: Om Tat Sat. Om no es traducible, ya que no es una palabra normal, sino un sonido simbólico que sugiere la totalidad de la existencia. Tat es el pronombre demostrativo “aquel”. Sat es el presente participio del verbo ser y significa “ser”. Por lo tanto el mantra podría ser traducido literalmente como “¡Oh, aquel Ser!”

 

El mantra se presenta y se comenta en el Bhagavadgitā, capítulo 17, versos 23 al 28.  Om se dice que es el comienzo de las cosas. Tat, la acción sin el deseo por sus frutos, es decir, hacer las cosas porque es correcto hacerlas y no porque uno espera obtener algo. Sat es la realidad porque es lo que es; es bondad porque lo que es, es bueno; es determinación porque aquello que es, nunca cesa de ser; es lo esencial porque sólo lo esencial es. El mantra es por lo tanto una afirmación de que la naturaleza esencial del universo es buena, perdurable, y real. Uno de los comentadores occidentales del Gitā, Tom Mc Arthur, ha traducido este mantra de una manera memorable: “Bueno, ¡esa es la manera en que las cosas son!” Eso es lo que La Voz del Silencio está diciendo.

Esto completa el primer fragmento de La Voz del Silencio, que es una especie de Yoga Sutras Teosóficos,  que tratan en particular con las ocho etapas del proceso de la Yoga.

MEDITACION. Piense sobre las Cuatro Nobles Verdades. Observe las conexiones entre una y otra y el efecto liberador que pueden tener si nos damos cuenta de la verdad que hay en ellas.

Entone el mantra Om Tat Sat (se pronuncia aproximadamente “om tat sat”) en voz baja. Piense en el significado sugerido para cada una de las palabras. Piense en el significado de toda la frase completa.

Enfoque su atención en cualquier objeto, imagínese moviéndose hacia dentro de ese objeto, convirtiéndose en él, siendo uno con él. Expanda su conciencia, de tal manera que se haga uno con todo a su alrededor.

(continuará)


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