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Vol. 128 - Número 4 - Enero 2007 (en Castellano) |
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LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD
Mary Anderson (Conferencia de la Convención, Adyar, 29 Diciembre 2006)
(La Srta. Mary Anderson es la Secretaria Internacional de la S.T. y diserta extensamente en varios idiomas) Todos anhelamos ser felices. Todos vamos en busca de la felicidad, o estamos comprometidos en una búsqueda de la felicidad de una u otra forma. Una búsqueda es una clase especial de indagación, una indagación que es un tanto sagrada y puede que sintamos que incluso es nuestro deber, nuestro dharma, acometer. Puede que hagamos esto por un irresistible impulso interno. En la tradición mística europea medieval, algunos elegidos caballeros del Rey Arturo fueron en busca del Santo Grial. Su actitud, tal como se describe en las leyendas, es interesante y reveladora. Ellos no sabían exactamente lo que estaban buscando. Solamente cuando lo encontraran lo sabrían. Viajaron sin pensamientos mundanos, se decía, sin buscar fortuna u honores. No les preocupaba si triunfaban en su búsqueda o no. Solamente sabían que su deber era buscar el Santo Grial, y ese era un deber sagrado. Pero investiguemos por qué buscamos la felicidad. ¿No es porque somos infelices, porque estamos de algún modo insatisfechos? No siempre, por supuesto, sino de vez en cuando. Nos quejamos cuando somos infelices, pero no lo hacemos cuando somos felices, aunque puede que digamos con asombro: ‘¿Qué he hecho para merecer esto?’ Pero la mayoría de nosotros tenemos un sentimiento innato de que tenemos derecho a la felicidad. Quizás sentimos intuitivamente que nuestra naturaleza íntima es la dicha. Algunas personas son despreocupadas por naturaleza. Son los optimistas. Pero aún los optimistas puede que tarde o temprano se enfrenten con la infelicidad de una u otra forma, y busquen una felicidad que sienten haber perdido o que aún no han encontrado. Así, hay optimistas y hay pesimistas, aquellos que hacen lo mejor de las cosas y aquellos para quienes su vida es una gran tragedia. Se dice que los optimistas dicen ‘El vaso está medio lleno’ y los pesimistas, ‘El vaso está medio vacío’. El filósofo Schopenhauer era esencialmente un pesimista. Él expresó esto con las siguientes palabras: “Lucha y tormento cada día, agravios sin descanso a cada instante, deseos y temores que surgen cada semana, desgracias que suceden a cada hora – las maliciosas jugarretas que constantemente nos sobrevienen por casualidad – son como escenas de una comedia. Pero los deseos nunca satisfechos, los vanos esfuerzos, esperanzas que son despiadadamente pisoteadas por el destino…errores durante toda nuestra vida y un creciente sufrimiento y finalmente la muerte, son siempre una tragedia”. Para él, ‘la vida es una constante decepción’, ‘cada vida es un relato de sufrimientos’. Y los seres humanos se atormentan entre sí: “Injusticia, extrema falta de equidad, dureza, incluso crueldad, caracterizan las relaciones de los seres humanos…Los salvajes se devoran unos a otros, las personas civilizadas se engañan mutuamente; ese es el comportamiento del mundo…el mundo humano es un infierno y los seres humanos son por un lado las almas atormentadas y por el otro están los demonios que las atormentan”. (Traducido de Die Philosophische Hintertreppe de W. Weischedel, p.223) Mirando el mundo actual, podríamos decir que Schopenhauer no estaba totalmente equivocado! El suyo era, por supuesto, un caso extremo. En su desesperación anhelaba la nada – lo que pensaba que era el Nirvana! La leyenda de Fausto, dramatizada por Goethe, nos muestra ese hombre ilustrado que desea sólo un momento de felicidad perfecta. Se queja de haber estudiado filosofía, leyes, medicina y ay! -como dice- también teología, pero no es más inteligente que antes. Comprende, como afirma, que ciertamente podemos no saber nada. Y eso casi rompe su corazón. Tan importante es para él disfrutar al menos un sólo momento de felicidad perfecta que hace un pacto con el demonio. Si puede disfrutar de felicidad pura por un instante, el demonio podrá tomar su alma. Así el demonio se pone a trabajar y produce una serie de entretenimientos para Fausto y satisface cada deseo suyo. Pero Fausto todavía está insatisfecho. No encuentra satisfacción ni en el entretenimiento emocionante, ni en la belleza, ni en una relación amorosa -que es egoísta puesto que olvida a su amada en el momento crucial, cuando ella más lo necesita. Cuando finalmente encuentra su momento de felicidad perfecta trabajando desinteresadamente para otros, el demonio no puede tomar su alma porque se ha vuelto completamente inegoísta. Las personas buscan la felicidad porque son infelices, porque sienten que les falta algo. Y la felicidad puede significar para ellos obtener lo que sienten que les falta. Si lo obtienen ¿serán entonces felices? ¿O a su debido tiempo se satisfarán y buscarán otra meta, otra cumbre que conquistar? ¿Puede esto continuar para siempre? Pueden compartir el destino de la esposa del pescador pobre en el cuento de hadas. Su esposo hizo una buena acción y se le concedieron tres favores. Él no sabía qué pedir. Así, su esposa se hizo cargo y para ella pidió ser un rey, luego un emperador, y estos deseos le fueron concedidos. Pero cuando deseó ser Dios, fue demasiado lejos; sus favores anteriores fueron cancelados y de nuevo volvió a ser la esposa del pescador pobre. Y su esposo debe haber estado muy aliviado! Sin este impulso de buscar la felicidad, ¿no vegetaríamos, nos relajaríamos y disfrutaríamos, es decir, si perteneciéramos a la minoría de seres humanos a quienes no les falta lo necesario en la vida? (Para los otros, quienes carecen de esto, un tazón de arroz o un mendrugo de pan, puede significar la felicidad). Así el descontento o infelicidad puede ser un mal necesario para nosotros. Puede proporcionar el estímulo de rajas en la forma de un apasionado anhelo que nos despierte del sueño de tamas o indolencia. ¿Qué quieren decir las personas por felicidad y dónde la buscan? Hay, por supuesto, diferentes conceptos de felicidad, dependiendo de nuestras circunstancias y de qué aspecto de nuestra naturaleza predomina o está sufriendo. Así, podríamos decir que hay sufrimiento físico, emocional y mental. Y, por lo tanto, la felicidad puede concebirse como libertad de tal sufrimiento: goce de salud y satisfacción de las necesidades básicas del cuerpo, un equilibrio de tranquilidad y estímulo emocional y actividad mental creativa, éxito en la solución de problemas, y así sucesivamente. Pero raramente logramos tal felicidad por mucho tiempo. Buscamos constantemente la felicidad en esas áreas donde no hay nada permanente, sino que hay un cambio constante, un movimiento constante desde un extremo al otro, satisfacción y decepción, gusto y aversión, y así sucesivamente. Así, estamos buscando la felicidad, muy naturalmente, en áreas donde somos conscientes. Pero la felicidad perfecta a que estamos aspirando finalmente, puede encontrarse en áreas en que normalmente no somos conscientes. Puede que seamos como Nasruddin que buscaba la llave perdida de su casa bajo un poste de alumbrado. Cuando sus amigos le preguntaron ‘¿Dónde perdiste tu llave?’, respondió ‘por allí’ y señaló una esquina oscura. Así que le preguntaron: ‘¿Entonces por qué no buscas allí?’ y él respondió, ‘Porque allí no hay luz. Aquí yo puedo ver’. ¿Por qué buscamos la felicidad? Dicho de forma simple, porque somos infelices. Vivimos en un mundo de opuestos y esos opuestos tienden a alternar. La infelicidad sigue a la felicidad. Incluso, si nuestro deseo por alguna delicia particular se satisface, puede que nos saciemos. El dulce sabor de la felicidad puede volverse amargo en nuestras bocas. Las personas emocionales tienden a oscilar desde un extremo al otro. ¿Es la indiferencia una alternativa? No lo es, porque puede conducirnos a una clase de atontamiento y al descontento resultante. Nuestro sufrimiento a menudo está conectado con el hecho de que vivimos en el tiempo, en el mundo del pasado, presente y futuro – pero escasamente en el presente, porque nuestros pensamientos felices a menudo buscan refugio en el futuro: ‘Cuando sea grande’, ‘Cuando haya terminado mis estudios’, ‘Cuando me jubile’ o ‘En mi próxima vida’. O lamentamos el paso del tiempo, especialmente cuando envejecemos. Shelley se lamentaba en su vejez: “Oh mundo! Oh vida! Oh tiempo! Cuyos peldaños finales asciendo, Tiemblo allí donde he estado antes ¿Cuándo regresará la gloria de su juventud?
Nunca más- Oh, nunca más! Del día y de la noche La alegría ha huido; Fresca primavera y verano, Y el blanco invierno, Conmueven mi debilitado corazón con Pesar pero con deleite Nunca más – Oh, nunca más.
A diferencia de otras criaturas que suponemos viven en el presente:
“Nosotros miramos el antes y el después. Y suspiramos por lo que no es. Nuestra risa más sincera Está cargada de dolor. Nuestras canciones más dulces son esas Que narran lo más tristes pensamientos.”
Por otra parte, ¿podemos disfrutar cada momento cuando llega, sea lo que sea que nos traiga? Otro poeta, Wordsworth expresó esto en las inmortales palabras:
“Salta mi corazón cuando contemplo Un arco iris en el cielo: Así fue como mi vida comenzó; Así es ahora que soy un hombre; Así será cuando envejezca Oh, permíteme morir!”
¡Podríamos vivir en el presente!
Pero hay otra clase de sufrimiento, más profundo y más serio, que nos impulsa a seguir una búsqueda. Y este es el sufrimiento de los demás. Este fue el caso del Buddha. De acuerdo a la leyenda su padre, el rey, impidió que tuviera conocimiento del sufrimiento manteniéndolo en un bello palacio, atado por lazos de felicidad a una bella y devota esposa a quien amaba profundamente. Así, tenía razones para ser feliz hasta que insistió en ver el mundo externo. Y, por medios sobrenaturales se volvió consciente de la existencia del sufrimiento, enfrentándose a una persona enferma, a un anciano y a un muerto. Es una bella leyenda que no necesitamos tomar literalmente. Podría significar que se volvió agudamente consciente del sufrimiento humano: el dolor, la enfermedad, la naturaleza transitoria de toda vida y de toda alegría. Así determinó encontrar la causa del dolor y encontrar por lo tanto la fuente de la felicidad, no para si mismo, sino por compasión por los demás, por todo el mundo. Así se alejó de su bello hogar y de su amorosa esposa y fue en busca de la cesación del dolor, una búsqueda de la felicidad para todos los seres. Después de mucho buscar a través del ascetismo y de otras maneras inútiles, encontró que la causa del dolor se hallaba en nosotros mismos, en nuestra naturaleza de deseos. Lo que deseamos finalmente obtenemos, pero puede volverse cenizas en nuestras bocas y estamos atados a ella por cadenas de oro de nuestra propia creación, que se vuelven crueles grilletes. Si realmente deseamos la felicidad para los demás, para cada uno, como lo hizo el Buddha, ningún sacrificio será demasiado grande para nosotros. De nuevo, en la tradición buddhista, está la reverenciada figura del Bodhisattva, quien, por compasión renuncia a la suprema felicidad del Nirvana.
‘¿Puede haber bienaventuranza cuando todo lo que vive ha de sufrir? ¿Te salvarás tú, y oirás gemir al mundo entero?’ (La Voz del Silencio, verso 307). Como mencioné, sentimos que tenemos derecho a la felicidad. Quizás tal sentimiento es una percepción intuitiva de que nuestra propia íntima naturaleza espiritual es felicidad, y nuestro anhelo de felicidad es un reflejo de nuestro anhelo de regresar a nuestro verdadero hogar, a nuestro verdadero yo. Tal anhelo puede llegar de las mismas profundidades de la miseria. El hijo pródigo de la tradición cristiana es un ejemplo. Pidió a su padre que le diera su herencia y dejó su feliz hogar. Cuando hubo gastado todo su dinero en vivir licenciosamente, hubo hambre y pudo encontrar trabajo sólo como porquerizo. Fue entonces, en las profundidades de su miseria, famélico y abandonado, que recordó su hogar y decidió regresar para ofrecerse como sirviente. Así, había aprendido mucho –y no poco importante- la humildad. Viéndolo aproximarse, su padre corrió a saludarlo y a darle la bienvenida. Está también el cuento indo del príncipe que tenía una bella perla. Pero la perdió y no podía encontrarla en ninguna parte. Entonces, partió y viajó por muchos lugares, pero no pudo encontrar su perla. Finalmente regresó a su hogar y – quizás mirando en un espejo – vio que su perla había estado en su propia frente todo el tiempo! Finalmente, la felicidad se halla en el interior, y en el aquí y el ahora. Hemos citado algunas historias y leyendas de fuentes religiosas, ejemplos de la búsqueda de la felicidad y de encontrar esta felicidad en nuestros ‘hogar’, en las más profundas honduras de nuestra propia naturaleza, o, como algunos pueden decir, en Dios. Puede ser interesante considerar cómo la felicidad y la búsqueda de la felicidad están presentes y cómo se presentan en las diferentes religiones. ¿No es inherente a la búsqueda de moksha, liberación, iluminación, perfección, felicidad, "el Reino de los Cielos"? En el Judaísmo se dice ‘Dios quiere que seamos felices’ y esa felicidad se refleja en la bienvenida al Sabbath, el día sagrado que comienza en el ocaso del viernes. Como lo experimenté con mis compañeros teósofos en Israel, el Sabbath es bienvenido con bailes y cantos. Se dice que ‘ningún idioma posee tantas palabras para “alegría” como lo hace el hebreo, que indica la `animosa disposición del pueblo judío y el optimismo predominante en el judaísmo ' (El Evangelio de Israel, p.92) ¿Cómo podemos entender esto, cuando recordamos el sufrimiento por el que ha pasado este pueblo? En Europa, en la Edad Media y después, fueron acusados de haber asesinado a Cristo, de envenenar los pozos, de matar a los niños cristianos, etc. Tales infundadas acusaciones llevaron a masacres, conocidas como asesinatos en masa, y finalmente condujeron a la masacre final, el Holocausto. ¿Cómo podría un pueblo así regocijarse? Elizabeth Goudge da la siguiente explicación: ‘Hay una cierta profunda felicidad que experimentan solamente aquellos que han perdido literalmente casi todo’ (El Evangelio de Israel,p.92). ¿Qué más tienen ellos que perder? En la tradición hindú, a la fuente de todo, Parabrahman, se lo llama Sat-chit-ânanda, es decir, ser, consciencia y felicidad. La felicidad divina se refleja en la felicidad humana, y a nivel inferior, en placeres inocentes de todo tipo. Además, ¿de qué sufre la gente -quizás la mayoría- en el Occidente? ¿No es del sentido de injusticia? –de no ser comprendido o de no encontrarse digno de atención, de afecto, de ayuda material cuando se necesita? Ellos pueden preguntarse: ‘¿Por qué soy pobre?’, ‘¿Por qué no tengo oportunidades?’, ‘¿Por qué nací con un cuerpo enfermo?’ Pero si uno realmente entiende, como deberían hacerlo los hindúes, los budistas y los teósofos, que hay una causa del sufrimiento, que nosotros mismos la hemos causado y que hay una justicia final –es decir, si somos conscientes de la ley del Karma y del hecho de la reencarnación– esto puede eliminar mucha aflicción del sufrimiento y conducir a una búsqueda interna, una búsqueda por nuestro verdadero YO, que es el verdadero YO de todos: “Mas el hombre que se regocija en el YO, con el YO se satisface, y se contenta con el YO, para él verdaderamente no hay nada que hacer”.(Bhagavadgita, III,17). Las cuatro Brahma-viharas, una forma de meditación en el hinduismo y el budismo, incluyen una forma de alegría particularmente bella: regocijarse con los demás en su felicidad. Esta forma de meditación está constituida por cuatro partes: infinita bondad hacia todos los seres (maitri), infinita compasión hacia aquellos que sufren (karunâ), infinita alegría por la felicidad de los demás (muditâ), e infinita ecuanimidad (upekshâ). Quizás es fácil sentir simpatía por los que sufren, pero regocijarse por la alegría de otros puede ser más difícil, especialmente si han triunfado donde nosotros hemos fracasado. ¿Podemos regocijarnos honestamente con ellos? Sólo si podemos hacerlo así, es posible la ecuanimidad infinita –que es alegría eterna, inmarcesible. El Cristianismo debería ser una religión alegre, si pudiéramos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, como Cristo enseñó. Por otra parte, la luz de la felicidad se cubrió en el Cristianismo por muchos siglos, con el oscuro velo de los sentimientos de culpa debido principalmente a la doctrina del pecado original, que sostiene que todos los humanos son culpables de nacimiento a causa del supuesto pecado de la primera pareja humana por comer el fruto prohibido. La consciencia de nuestras imperfecciones puede por supuesto, conducir a veces a sentimientos de culpa. Pero tales sentimientos no deberían sentirse como una carga de la que no nos podemos librar y por ello incapacitarnos, sino que debería impulsarnos a ser mejores. Otra doctrina del Cristianismo puede mitigar los sentimientos de culpa, y esa es la doctrina de la redención, la que afirma que Cristo sufrió agonía y muerte en la cruz en redención a nuestros pecados, es decir, cargando nuestros pecados, sufriendo por ellos, pagando por ellos en nuestro lugar, de modo que estemos libres de culpa. Esta doctrina por supuesto ha traído consuelo a muchos, pero al mismo tiempo ha llevado a una falta de independencia, responsabilidad y confianza en si mismo, y a una cierta glorificación del sufrimiento: la meditación sobre los sufrimientos de Cristo en la cruz, el sufrimiento auto-infligido, y el sufrimiento causado a otros, como una penitencia, de modo que nosotros y ellos nos volvamos conscientes de lo que se dice que Cristo sufrió. En siglos pasados, esto resultó en mucho sufrimiento para los países cristianos: tortura, martirio, quema de brujas, que se decía era por el bien de las almas de aquellos que padecieron todo esto! Afortunadamente, tenemos muchos dichos que se supone han sido pronunciados por Cristo: no solamente ‘Amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos’, sino también ‘Amad a vuestros enemigos’, ‘Bendecid a los que os maldicen’, ‘Haced bien a los que os aborrecen’ (Mateo, 5:44). Y tenemos el testimonio de muchos místicos cristianos, dichos tales como ‘¿Me buscarías si no me hubieras encontrado?’ La aspiración, un anhelo hacia lo Superior, resulta en una efusión desde arriba, algunas veces llamada gracia, o puede tomar la forma de inspiración. Entonces podemos darnos cuenta de que ‘Nuestros corazones están siempre inquietos hasta que encuentran su descanso en Ti’, y cuando se encuentra este descanso, podemos saber, con San Julián de Norwich que ‘Todo estará bien...todo está bien…en este mundo’. El filósofo y místico francés Blaise Pascal dejó un registro de una noche de pura felicidad y realización, una efusión de la cual unas pocas frases son: ‘Certeza, Júbilo, Paz’ y además, ‘Olvidar al mundo y a todo, excepto a Dios…El mundo no te ha conocido pero yo te he conocido a Ti. Alegría, alegría, alegría! Lágrimas de alegría!’ (Misticismo, Evelyn Underhill, p.189). Podemos quizás encontrar el espíritu de la felicidad, casi beatitud divina, en la Cristiandad, en el arte y la música que éste ha inspirado, cuando escuchamos por ejemplo Jesu, Joy of Man’s Desiring de Bach (Jesús, Alegría del Deseo del Hombre) y muchos oratorios, o contemplamos imágenes -obras de grandes pintores- de la Madonna y su hijo. El Taoísmo ofrece algunas palabras iluminadoras sobre la felicidad, que al principio pueden impactarnos, pero que pueden apelar a la intuición. De acuerdo al sabio chino Chuang Tsu: “No puedo decir si lo que el mundo considera ‘felicidad’ es felicidad o no. Todo lo que sé es que cuando considero la forma en que van a alcanzarla, los veo perder la cabeza, inflexibles y obsesionados, en la arremetida general del rebaño humano, incapaces de detenerse o de cambiar su dirección. Todo el tiempo ellos claman estar justo a punto de obtener la felicidad… “Mi opinión es que nunca encontraréis la felicidad hasta que dejéis de buscarla. Mi mayor felicidad consiste precisamente en no hacer nada de lo que se calcula para obtener la felicidad; y esto, en las mentes de la mayoría de las personas, es el peor rumbo posible”. (The Way of Chuang Tsu, pp.149-150). En tal caso no exigimos felicidad ni ninguna otra cosa. Cuando consideramos el hoy, podemos darnos cuenta que muchas personas con problemas internos ya no recurren a sus sacerdotes o gurús sino a sus psiquiatras. El brillante psiquiatra C. G. Jung a menudo atribuía el sufrimiento interno a través del cual muchos llegan al hecho de que están suprimiendo la mitad de su naturaleza. Ciertamente, tendemos a pensar en el lado positivo de nuestra naturaleza y a menudo negamos o pasamos por alto o somos inconscientes de lo que consideraríamos el lado negativo. Así encontró que los hombres tendían a suprimir sus suaves impulsos femeninos y las mujeres tendían a ignorar su lado masculino más violento y enérgico. (Esto ciertamente no es así actualmente, en la época de las profesionales y de las mujeres que consideran que el éxito y la realización de si mismas está en imitar a los hombres y creer pueden ir al otro extremo). Jung aconsejaba a sus pacientes que pusieran atención a sus sueños, que podrían apuntar a sus necesidades subconscientes. Así fue capaz de ayudar en muchos casos trágicos alentando el auto-conocimiento y la aceptación de uno mismo como uno es. Krishnamurti sugiere un método más natural pero ciertamente no fácil: auto-consciencia de instante en instante, percibiendo nuestras reacciones, nuestros pensamientos y nuestras emociones cuando surgen. Puede que sintamos que muchos de estos son negativos. Pero si podemos estar conscientes de ellos, sin tratar de suprimirlos, negarlos o justificarlos, morirán naturalmente. Así, muchos buscan la felicidad en cosas externas, pero la búsqueda de la felicidad verdadera y permanente, es una búsqueda dentro de nosotros mismos. ‘Dentro de ti debes buscar la liberación’. La felicidad, el contento y la satisfacción se hallan en las profundidades de nuestro ser, como lo hace la serenidad y el poder manso en las profundidades del océano. Puede haber tsunamis y tempestades en la superficie, pero en las más profundas honduras del océano permanece la calma. ¿Podemos ahondar en las profundidades de nuestra propia naturaleza? Entonces podemos desenterrar y traer a la superficie de nuestro ser esa preciosa perla de la felicidad, a la vez dinámica y serena, y podemos también, sin ser conscientes de ello, señalar el camino a otros y fomentar su felicidad. Esta serenidad y felicidad dinámicas, el conocimiento de que todo está bien, fue quizás lo que permitió a los mártires soportar su sufrimiento con dignidad. Con todo su dolor podían sondear las profundidades dentro de si mismos, podían apelar a lo más elevado en ellos mismos, y en tales casos siempre llegaba una respuesta. No sentían amargura hacia sus torturadores, sino que comprendían, en palabras atribuidas al Cristo en la cruz: ‘Ellos no saben lo que hacen’. La verdadera felicidad no es personal. No podemos guardarla para nosotros. Es infecciosa. Mientras más profundo penetramos en nuestra propia naturaleza, más cerca llegamos de otros y más capaces somos de esparcir nuestra felicidad hacia ellos. Hay un diagrama que ilustra esto. Representa unos rayos irradiando desde un centro. Cada uno de estos rayos representa a uno de nosotros. Los extremos separados de cada rayo representan nuestros cuerpos físicos, completamente separados uno de otro en nuestro diagrama. Cuando seguimos cada rayo de vuelta hacia su fuente, pasamos simbólicamente a través de nuestra naturaleza emocional y mental, y en estos niveles nos acercamos más a los demás. Se han relatado casos asombrosos de telepatía. Se dice que las grandes mentes piensan de la misma manera. Finalmente, el punto central donde los rayos se juntan, donde se unen, representa la Unidad, Âtmâ, nuestra naturaleza íntima, nuestro origen, y nuestro destino final en la Unidad de todo. Esa Unidad es a la vez amor, sabiduría y perfecta felicidad más allá de todo lo imaginable. Allí se trasciende la felicidad, como la conocemos. Ese estado interno es el que anhelamos, es lo que estamos buscando cuando continuamos la búsqueda de la felicidad. Esa Unidad que es también felicidad está reflejada en el poema del poeta alemán, Friedrich von Schiller, ‘Oda a la Alegría’, a la que Beethoven puso música en su Sinfonía Coral: ¡Alegría, hermosa chispa de los dioses Hija del Elíseo! ¡Ebrios de ardor penetramos, Diosa celeste en tu santuario! Tu hechizo vuelve a unir Lo que el mundo había separado, Todos los hombres se vuelven hermanos Allí donde tu suave ala se posa.
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