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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 127 - Número 6 - Marzo 2006 (en Castellano)

 
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El Sueño de Ravan

 

Anónimo

 

El Sueño de Ravan apareció originalmente en una serie de artículos en la Revista de la Universidad de Dublin de 1853, 1854.  El nombre del escritor no se ha revelado; pero, quien quiera que haya sido, no hay duda que era un erudito y un místico. Se aprecia claramente que había estudiado el Râmâyana de los textos originales y que era un maestro en psicología Vedânta; que era un místico y que habló de cosas que eran realidades para él y no meras especulaciones vacías, es evidente para cualquier estudiante honesto de la literatura teosófica hindú.  En ninguna publicación occidental, se han presentado los tres ´estados´ de la consciencia del hombre tan notable  e inteligiblemente, como él lo hizo. Esta exposición mística dotará de un alma a producciones intelectuales como las Conferencia sobre Vedânta del Profesor Max Müller, y Das System des Vedânta del Dr Paul Deussen, e insuflará en ellas el aliento de vida. Aunque la narrativa se expone como una fantasía, y se entremezcla con varios elementos extraños, de modo que el lector común lo ignore como si fuera meramente una metáfora insólita, sin embargo el místico y el estudiante de yoga la reconocerán como una verdad conocida, pero levemente velada, y muchos como un secreto totalmente revelado.

G.R.S.Mead

 

MARICHA era un sabio asceta que vivía en una ermita en uno de los bosques del sur, y dividía su tiempo en tres grandes objetivos de la sabiduría trascendental hindú.  El primero, que podemos llamar brevemente auto-conquista, está a su vez compuesto por tres aspectos: Tyâga, o la renuncia al mundo, el abandono de todo; Vairâgya, o el logro de la indiferencia desapasionada y el desinterés, silenciando toda pasión y deseo; y Tapas, o la auto-mortificación heroica, soportando penitencias dolorosas y prolongadas. El segundo, contemplación, también tiene tres etapas: Yoga, o la re-unión del espíritu diversificado por medio de una auto-disciplina rígida, y retrayéndolo de las ventanas de los sentidos que se dirigen al mundo externo; Samâdhi, el trance místico interno o el despertar en el mundo espiritual, que es el resultado de esta auto-concentración prolongada; y Dhiâna, gnosis, conocimiento intuitivo, o clarividencia, la condición original del espíritu, cuya restauración es el fruto de la disciplina previa.

 

El tercero, Sidhhi, o poder taumatúrgico, se dice que tiene ocho elementos; pero si se los enumera de modo diferente, incluso omitiendo todos los puramente mentales, tales como la satisfacción de la mente, liberación del deseo, liberación del dolor, etc., y los físicos que son negativos, tales como inmunidad a la enfermedad, al dolor, al calor, al frío, a la influencia de los elementos, etc., eleva los poderes taumatúrgicos positivos a por lo menos trece, como puede verse en la lista siguiente de siddhi-s o poderes super-naturales.

 

Auto-alimentación: O el poder de instantánea y espontánea evolución de los jugos, produciendo nutrición y una vida saludable sin alimentación externa.

Descanso: El poder de descansar en cualquier parte, en cualquier momento, y bajo cualquier circunstancia.

Igualdad: El poder de disfrutar una condición de calma igualdad, y de la vida, en toda circunstancia.

Pequeñez: O el poder de reducirse al tamaño de un átomo; como para ser invisible y penetrar en cuerpos sólidos.

Magnitud: O el poder de aumentar el tamaño de modo ilimitado, como para poder tocar la luna y las estrellas con los dedos.

Levitación: O el poder de liberarse de la gravedad, para caminar sobre las aguas, y elevarse a las nubes.

Gravedad: O el poder de aumentar de peso sin límites, como para permanecer inmóvil ante cualquier poder de tracción.

Rapidez: O el poder de estar en cualquier lugar en un instante, sólo con decidirlo.

Adquisición: O el poder de obtener todo lo que uno desea.

Metamorfosis: O el poder de asumir cualquier forma a voluntad.

Sometimiento: O el poder de influir y mantener sometida la voluntad de otros.

Decreto: O voluntad irresistible.

Señorío: O supremacía e irradiación luminosa de los seres celestes.

 

Maricha ya era maestro de todos ellos, excepto de los últimos tres.  En aspecto él era un Pañjara o Prisión, es decir un mero esqueleto, en alimentos, un Vâyubhaksha o quien se alimenta del Viento, en poder un Khechara o peregrino del Cielo.  Con todas sus eminentes cualidades, era tímido y escrupuloso en cuestiones religiosas, y su mejor juicio a menudo cedía a sus temores espirituales…

 

Siguiendo los murmullos Eólicos de Vâyu, llegamos a la ermita llamada Ashta Vati, o "Los Ocho Árboles Banyanos".  En realidad sólo había un árbol ancestral; pero siete retoños, que originalmente había arrojado para echar nuevas raíces en la tierra, eran ahora troncos enormes, que se extendían irregularmente alrededor del tronco central, estando unidos a él, y entre sí por arcos pintorescos, de los cuales también descendían nuevas y delgadas raíces, de las cuales algunas ya habían tocado el suelo, y otras sólo se aproximaban, rudimentos de una arcada de follaje masiva y extensa.  Las raíces descendentes caían tan tupidas que formaban casi una cortina continua entre los arcos, y protegían el centro del retiro;  y con la ayuda de uno o dos espesos grupos de plátanos de hojas anchas, puestos juiciosamente, y muchas enredaderas con campanillas blancas, o pequeñas y delicadas flores rojas y violetas, el santuario del Rshi era impenetrable y completamente invisible a los ojos. Estaba en un alto y largo borde del terreno, y ocupaba casi todo el ancho entre dos paredes de piedras sueltas que rodeaban las cabañas en ambos lados, habitadas por sus amigos, admiradores y discípulos.  En frente, descendiendo por una loma suave, se extendía una vasta planicie, verde por los tiernos arrozales, dotada aquí y allí de pequeños grupos de mangos de un siglo de vida, y finalmente, terminaba en grupos de densos bosques de emplumadas palmeras.

 

Por atrás, el terreno descendía abruptamente en una planicie aún más baja y de menor extensión, que se convertía en un profundo valle cercano, y a la distancia, a través de uno de los arcos más abiertos del árbol banyano, se podían ver las azules montañas Antapa, y se entreveía el mar, moviéndose para llenar las entradas de su base dentada. En la planicie que se extiende entre la ermita y la montaña, una vez había acampado un ejército, y se había librado una gran batalla en el valle cercano.  Incluso ahora, después del anochecer, a veces se veían batallones espectrales marchando en el terreno; y procedente del valle y de los costados de la montaña se oía a menudo un extraño golpeteo, que algunos afirmaban era producido por los pescadores en los arroyos, reparando sus botes, pero otros decían que procedía del valle donde reposaban los restos de los soldados muertos en batalla.

 

Todo el circuito de la ermita resonaba con los cantos y sonidos diferentes de muchas especies de pájaros, los más grandes caminaban intrépidamente hasta la entrada, mientras que los más pequeños construían sus nidos en las ramas más frondosas de los ocho árboles banyanos, y piaban todo el día. Una vaca gorda yacía tranquilamente rumiando a un lado de la ermita;  una pequeña yegua blanca pastaba apaciblemente en frente; una gacela mansa, con una guirnalda de flores alrededor de su cuello, galopaba juguetonamente por allí.  Una cacatúa blanca, un loro azul y rojo, y dos pericos verdes, trepaban las frondosas columnas y gritaban por turno.  En este retiro vivía el Rshi Ananta, apodado Yajamâna, o Ezamâna como lo llamaban las mujeres de la corte, es decir quien hace sacrificios, por su prolongada devoción a los ofrecimientos solemnes y ceremoniales religiosos majestuosos.  Él era amigo íntimo del Rshi Maricha, y sin embargo totalmente diferente a él: diferente en el gusto con que guiaba su elección de un retiro, en aspecto personal, y en la tónica mental.

 

La ermita de Maricha estaba en el centro de un espeso bosque, de acuerdo a las instrucciones estrictas dadas por Krshna a Arjuna respecto al retiro apropiado de un Yogi:

 

Un lugar en el que Sâdhaka-s, o los practicantes de una disciplina particular, para alcanzar la perfección espiritual y taumatúrgica, han vivido siempre; pero donde nunca se escuchan los pasos de otros hombres.

Donde los árboles, dulces hasta las raíces como amrta, o néctar inmortal, se agrupan, siempre con frutos.

Donde, a cada paso, hay aguas de insuperable claridad, incluso fuera de la estación otoñal, donde las abundantes surgentes se hallan fácilmente.

Donde el interrumpido sol llega a intervalos, y sin embargo es fresco con la sombra; donde el viento, que apenas se mueve, sopla suavemente con brisas intermitentes.

Desprovisto en general de sonido: tan espeso que las bestias de presa no pueden penetrarlo; ningún loro, ninguna humilde abeja llega (que perturbe con su sonido o zumbido).

Cerca del agua pueden vivir los cisnes y unos pocos flamencos; también el kokila, o el cucú negro, puede llegar ocasionalmente allí.

Los pavos reales no deberían vivir allí constantemente; pero si unos pocos llegan y se van de vez en cuando, se los debe dejar, no los prohíbo. Sin duda alguna, oh! tú, hijo de Pându, vas a buscar y encontrar tal lugar; allí permite que tu ermita o tu oratorio, esté profundamente dedicado a Siva.

 

Maricha era un esqueleto: sus rasgos marcados con millones de arrugas como agujas; su piel reseca tiznada con cenizas;  su barba llegándole a la cintura; su cabeza cubierta con una pirámide de cabello recogido, resquebrajado, canoso; y su vestimenta compuesta por tiras de cortezas oscuras y viejas.  Ananta, por el contrario, aunque avanzado en años, tenía un aspecto fresco y sonrosado.  Sus rasgos, naturalmente bellos, lucían la marca de una naturaleza afectuosa y reverente, y la serenidad sagrada de un espíritu en paz, coronaba su entremezclada expresión de dignidad y dulzura. Su barba y su cabeza estaban totalmente afeitadas: y alrededor de su cabeza había dos o tres vueltas de una tela amarillenta enroscada con gracioso descuido, cuya punta caía de un lado como un velo;  una línea de fresco ungüento de sándalo marcaba su frente horizontalmente; y sus ropas eran de una blancura nívea, e incluso de fina textura.  Ananta se diferenciaba considerablemente de su amigo Maricha en sus ejercicios espirituales.  Como él, era un seguidor de la vida ascética y contemplativa; pero la búsqueda de los siddhi-s, o facultades milagrosas, aunque no las condenaba totalmente en otros, las evitaba completamente, considerándolas un camino empedrado de peligros y a menudo conducente a la oscuridad más profunda.  Pero incluso en los detalles de los senderos ascéticos y contemplativos, se diferenciaba de su compañero Rshi. Con respecto a la disciplina de Vairâgya, o conquista total y liberación de la pasión, el deseo y el auto-interés de todo tipo, estaba totalmente de acuerdo con él; y había llegado a estar absolutamente desprovisto del yo.  En la doctrina de Tyâga, o renunciación a todas las cosas, también coincidía en principio, pero se atenía menos a la letra, y más al espíritu e intención.  Por lo tanto mientras Maricha tenía escrúpulos, por sus votos de renunciación, a usar cualquier tipo de ropa excepto cortezas entrelazadas, e incluso renunció a toda acción en sí misma, Ananta usaba vestimentas de algodón finas y limpias, sin sentirse orgulloso o estar apegado a ellas;  y participaba en toda acción útil sin esperar recompensa; ateniéndose al Gitâ (XVIII) que: "Un Tyâgi verdadero es quien renuncia al fruto de la acción".

 

La práctica de Tapas, o severas austeridades de penitencia, eran realizadas en exceso por Maricha, quien había permanecido sobre su cabeza por varios años; por un período similar estuvo sostenido por una sola pierna; colgó suspendido de un árbol, de un dedo del pie, con la cabeza hacia abajo, durante una década; por otra, estuvo mirando al sol, tan inmóvil que en la estación de las lluvias, las enredaderas crecieron a su alrededor, las hormigas blancas construyeron sus galerías de arcilla en todo su cuerpo, y los pájaros al no ver en él ninguna dualidad, no le temían, y se posaban libremente sobre su cabeza, y construían sus nidos entre el follaje que lo rodeaba. Pero la penitencia más extraordinaria a la que se sometió fue llevar en una mano durante cuarenta años, una maceta con una Tulsi o albahaca, sagrada para Vishnu.  Como no se cortó las uñas, crecieron como las garras de un buitre, perforando el recipiente de la planta, y enroscándose nuevamente hasta crecer y atravesar su carne; de modo que unió la mano, la planta y la maceta…

 

Ananta Rshi aunque interiormente un hombre de espíritu mortificado, evitada todos esos excesos; porque consideraba que a veces surgían de un orgullo espiritual, o de devoción fanática; y siguió las máximas del Gitâ (VI), que dicen:

 

El Yogi, o quien se energiza a sí mismo por contemplación interna, para reunir su yo extrovertido, está más exaltado que los Tapasvi-s, aquellos devotos que se hostigan a sí mismos realizando penitencias.

 

Incluso en la realización de Yoga, o contemplación interna y auto-unión, difería de Maricha. Éste, siguiendo su inclinación mística y taumatúrgica, estaba lleno de visiones y revelaciones internas. A veces, según la escuela mística de Paithana, estando sentado con las piernas cruzadas, meditando a medianoche al pie de un árbol banyano, con sus dos pulgares tapando sus oídos, y sus meñiques presionando sus párpados, veía rodar frente a él gigantescas y rugientes ruedas, gran número de figuras serpenteantes, gran cantidad de joyas brillantes y perlas, lámparas ardiendo sin aceite, una bruma blanca desapareciendo en un mar brillando con rayos de luna, un ojo fijo y solitario semejante al de un cisne salvaje, con una intensa mirada iracunda, y en la lejanía, el esplendor de una luz interna más brillante que el sol o que todo el cielo cubierto de estrellas.  Una música interna, espontánea, insonora (anâhata) vibraba en su oído; y a veces una dulce boca, otras, una nariz majestuosa, a veces todo un rostro de belleza exquisita, saldría de una nube ante su ojo interno gnóstico, examinaría su alma, y avanzaría para abrazarlo.

 

Otras veces, él seguía el sendero establecido por la escuela más antigua y profunda de Alandi, y buscaba alcanzar, y a veces consideraba que había logrado, la condición del Yogi iluminado, como lo describe Krshna a su amigo Arjuna, en el Adhyâya Sexto de ese libro místico, el más místico de todos, el Jñânesvari (el Iluminado):

 

Cuando se contempla este sendero, la sed y el hambre se olvidan: la noche y el día no se diferencian en este sendero…

 

Ya sea que uno se dirija a las flores de Oriente, o venga a las salas del Oeste, sin moverse, oh! Arquero! ¿está el viajar en este camino?

 

En este sendero, sea cual sea el lugar donde uno fuere, esa ciudad (o lugar) se vuelve nuestro propio yo ¿cómo podré describir esto fácilmente? Tú mismo lo experimentarás…

 

Ananta, sin condenar tales visiones, y la búsqueda (Rosacruz?) de tal transfiguración y rejuvenecimiento sin expresar descreimiento, o atreverse a mencionarlas como alucinaciones, simplemente declaró que su propia experiencia no le había provisto de ninguna de ellas. Admitiendo las infinitas posibilidades del mundo espiritual y de la vida interna, miró con admiración y respeto a Maricha, pero se contentó con los ejercicios más simples de fijar las contemplaciones de su espíritu en la infinita belleza y bondad moral de la naturaleza divina, e intentó por medio de la contemplación transformarse en algo semejante al amor eterno.

 

Maricha, sin mantener la timidez natural de su naturaleza, bajó del monte de la contemplación con un esplendor terrible y salvaje en su entrecejo, y una expresión sobrenatural y demente, que atemorizaba a sus amigos; Ananta, con un brillo de dulzura y amor, que los estimulaba y los atraía.

 

De modo que Maricha Rshi era un espantapájaros para todos: las damas de la corte lo declararon un terror absoluto, y los niños pequeños corrían de él, como de un duende.  Ananta Rshi, por el contrario, o, como se lo llamaba familiarmente "querido Ezamâna", era el favorito de todos.  Respetado por los hombres, reverenciado, confiado y amado por las mujeres, era considerado un ídolo por los niños, a quienes quería intensamente. Amaba, por cierto, a cada árbol y flor, sentía una alegre simpatía hacia todas las criaturas vivas; y los niños pequeños eran su deleite.

 

 

 

 
 
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