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Vol. 143 - Número 10 - Julio 2022 (en Castellano) |
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Práctica y Libertad
Tim Boyd
Me gustaría considerar dos ideas que son fundamentales en la vida de cualquier persona cuyo objetivo sea el desenvolvimiento. Ambas ideas son diferentes en muchos aspectos, pero están completamente interrelacionadas. Son las ideas de la práctica espiritual y la libertad. Aquellas personas que han demostrado algún grado de experiencia de libertad tienen gran dificultad para describir la naturaleza de esa experiencia. ¿Qué es la libertad? Todo lo que leemos u oímos queda corto en cuanto a la definición clara que exigen nuestras mentes. Incapaces de decir qué es la libertad, las personas excepcionales e interiormente libres generalmente hablan en términos de lo que no es la libertad. Podemos entender eso un poco mejor. Así tenemos a H. P. Blavatsky (HPB) hablando acerca de que el sendero espiritual es un camino escarpado y espinoso que conduce al centro del universo. Pero, ¿qué se entiende por "el centro del universo"? J. Krishnamurti describe la Verdad como "una tierra sin sendero". No dice lo que es, sino lo que no es. No es un lugar donde existan caminos muy desgastados que puedan describir sus dimensiones y contorno. Tanto si miramos a Buda, a Jesús, a Ramana Maharshi o a cualquiera considerado como iluminado y libre, personas como éstas, lo que describen con gran profundidad es la práctica. Todos ellos pasaron la mayor parte de sus vidas enseñando formas de eliminar los obstáculos que impiden nuestra experiencia de auténtica libertad. Aunque ellos mismos estaban más allá de la necesidad de estas prácticas, dieron el ejemplo de una vida impregnada de una práctica que tiene el potencial de conducir al estado que caracteriza su norma. Entonces, ¿qué es la práctica? La práctica es cualquier acción o actividad regular que realizamos bajo un determinado sistema o conjunto de reglas que desarrolla una habilidad en la acción. Ejemplos conocidos están en el campo de la música o los deportes. Alguien que toca un instrumento musical no nace tocando ese instrumento. Ellos se familiarizan con los métodos para producir sonidos. Aprenden la notación respecto a cómo se generan esos sonidos. Existe un aspecto físico en ello, con una condición del cuerpo que se requiere para hacerlo, y hacerlo bien. Nadie nace mirando puntos en un trozo de papel y sabiendo que se trata de notas, sonidos específicos y ritmos que ellos indican. Día tras día, el cuerpo, el ojo y la mente se entrenan antes de que la habilidad se convierta en algo innato e impensado. Con los deportes se exige el mismo entrenamiento. El resultado es que alguien llega a ser capaz de actuar sin la distracción del pensamiento. Uno experimenta una sensación de facilidad en medio de la competencia deportiva o de los diferentes sonidos y ritmos de la música orquestada. Esa es la experiencia del músico o atleta hábil. Pero hay algo más allá de la habilidad que puede surgir de la práctica intensiva. De vez en cuando llega un momento en el que la habilidad se ha desarrollado y en el que hay un intenso compromiso en la pieza musical o en el evento deportivo, en el que se entra en otro estado del ser. Hay una rama de la psicología que se ha desarrollado en torno al estudio de esta condición del ser descrita como "flujo", cuando el individuo entra en un espacio en el que se disuelven los límites de sus fronteras normales. Ya no se trata de prestar atención a las notas en una página, o al movimiento en una cancha de baloncesto. Se pasa a un estado en el que las personas que describen la experiencia dicen que se sienten como si su movimiento estuviera dirigido por otra cosa. A menudo se describe como si estuvieran incluso en un río, y es este río más expansivo el que está moviendo la música o su parte en un evento deportivo. Para quienes han tenido esa experiencia de "fluir", inevitablemente la palabra "libre" se asocia con la experiencia de moverse fuera de los límites personales aceptados desde hace tiempo. La práctica y el intenso compromiso precipitan ese momento. Nuestro primer encuentro con un camino espiritual suele impulsarnos a estudiar, a exponernos regularmente a material que eleva la mente. Annie Besant era famosa por decir "Si leemos durante un minuto, deberíamos pensar durante dos". También en una etapa temprana del desarrollo de una práctica se nos aconseja el valor de la meditación; que para meditar primero tenemos que aprender a relajar el cuerpo para que sus demandas no agobien el momento. Aprendemos a concentrar la mente para que no se distraiga con las diversas emociones y pensamientos que pasan continuamente por ella. Y aprendemos a entrar en un estado de tranquilidad en el que existe la posibilidad de profundizar en estados de quietud y, en última instancia, incluso la posibilidad de un auténtico silencio. La purificación es parte, quizá incluso la raíz, de esta práctica diaria. Se nos aconseja abstenernos de alimentos o comportamientos que causen daño a los demás. Existe la idea de que en nuestras relaciones personales recibimos y exponemos a los demás a energías. Éstas tampoco deben ser dañinas. Luego está el servicio, que también forma parte de la práctica. A partir de la práctica regular desarrollamos una cierta habilidad, para aquietar la mente, reconocer el afloramiento de un impulso compasivo y expresarlo a través de diferentes tipos de servicio. Con la base de la práctica se presenta la posibilidad de entrar en el reino de la auténtica libertad. Nos hemos centrado en la práctica, pero esta práctica está orientada a algo más. Entonces, ¿qué es la libertad? Si vamos a ser sinceros, no podemos definirla mejor de lo que lo hicieron Jesús o Buda, o Ramana Maharshi. Lo que podemos decir es que hay cosas que caracterizan la libertad. Cuando estamos en una etapa inicial, existe la "libertad de" ciertas cosas. A menudo nos quedamos atascados ahí y no vamos más allá. Por ejemplo, en el caso de alguien que se centra en el cultivo de la vida interna, existe la libertad de la presencia dominante del cuerpo y los sentidos. A través de la práctica se pueden acallar sus exigencias. Existe la libertad de los pensamientos y del proceso de pensamiento que nos engancha como un pez y nos arrastra en la dirección que quiera. Esa es otra "libertad de" que puede desarrollarse a partir de esta práctica genuina. Está la libertad de las preferencias, incluyendo las personales, familiares y culturales. Estamos nadando en un océano de ellas, tanto que no sabemos que las estamos viviendo, y hablando, y presentando a cada momento. Por ejemplo, yo vengo de Estados Unidos. Como sabemos, en Estados Unidos las mujeres y los hombres suelen caminar por ahí en vaqueros, camisetas y cosas así. Aquí, en la India, la presentación cultural es diferente, sobre todo para las mujeres. Estados Unidos tiene su vestuario culturalmente definido, y la India tiene un vestuario. EE.UU. tiene sus valores que son nacionales y regionales. La India, y cada país, cada familia, tiene preferencias que interiorizamos. Luego está la libertad del yo dominante. Este abrumador sentido central de una determinada identidad y realidad -el ego- se enmascara bajo el disfraz del autocontrol, que no es otra cosa que un yo dominante que distorsiona la posibilidad de una experiencia de auténtica libertad. Está claro que eso no es la libertad. Es el ropaje que lleva la libertad. En esta relación práctica/libertad hay profundas paradojas. La práctica implica repetición, disciplina, control y restricciones. Que estas limitaciones puedan conducir a la libertad es, en muchos sentidos, contradictorio. Pero la idea de que "el hábito vence al hábito" está arraigada en este concepto de práctica. Se necesita un enorme esfuerzo para carecer de esfuerzo. Como no podemos definir la libertad, algunas analogías pueden ayudarnos a sentirla. La experiencia puede ser como la gota de lluvia que cae en una masa de agua: un río, un lago, un océano. La gota aislada que de alguna manera se funde con un cuerpo infinito de la misma esencia; la burbuja de jabón que el niño sopla en el aire, que estalla, libera lo que aparentemente estaba definido y contenido en ella. Y, por último, un ejemplo al que podemos aspirar, que se acerca más a nuestra propia experiencia, es el de un corazón consumido, inflamado de amor por otro: una persona, una causa o un compañero. Un corazón consumido por el amor es un corazón libre. Es la señal de una persona que es libre. Al final de "A los Pies del Maestro" de Krishnamurti se incluye un breve poema. Habla de este movimiento desde la práctica al estado de estar preparado, a la libertad: Quien la palabra del Maestro anhele, De Sus mandatos póngase en escucha, Entre el fragor de la terrena lucha; Y la oculta Luz atento cele.
Sobre el inquieto y mundanal gentío, Del Maestro atisbe la señal más leve, Y oiga el susurro que Su voz eleva Del mundo entre el rugiente griterío.
Este sugerente poema rimado es profundo en el contexto de nuestra consideración. ¿De qué hablamos cuando consideramos la práctica? Esperar a oír la palabra, prepararnos para ser capaces de esperar, atender, mirar, es el proceso de la práctica. Nos preparamos. Y en ese proceso, ¿qué estamos haciendo? En el imaginario del poema estamos buscando algo que está escondido, una luz oculta. También estamos tratando de escuchar el sonido, la corriente de "sonido" que puede trasladarnos a otro plano, para conectarnos con ese Maestro del que se habla, ya sea una persona o el núcleo central de nuestro ser. Observamos, escuchamos. A medida que nos volvemos más hábiles en nuestra observación, llega un momento en que vemos. "Atisbando la señal más leve" - desde la práctica y el esfuerzo de aquietarnos, vemos, y al escuchar finalmente oímos por encima de "el rugiente griterío del mundo". Así que vemos y oímos. En sí mismo, esto no es libertad. En realidad, es ese momento de posibilidad preparado para que la experiencia de la libertad se dé a conocer a través de nosotros. Como última analogía, veamos un instrumento musical. En tiempos pasados, antes de que las flautas fueran hechas de metal, tuvieron sus comienzos como una caña, o un trozo de bambú. Una flauta comenzó como uno de los muchos juncos que crecían en un pantano en algún lugar, en cualquier sitio. Su crecimiento siguió el curso normal de cualquier brizna de hierba. Se expandió y se estiró hacia el sol. Sin embargo, en algún momento se cosecha una caña concreta, se corta y se pone en manos de un maestro constructor de instrumentos, que le da forma, la talla y la afina. La principal cualidad que la caña tiene para ofrecer es que es hueca, está vacía. Cuando sale de las manos del constructor de instrumentos musicales, está lista. Está preparada para hacer música, pero no está tocando ninguna música en absoluto. El propósito de esa antigua caña, que ahora ha sido cultivada, moldeada y afinada, es ser tocada; y la plegaria de ese instrumento se convierte en: "Tócame. Estoy vacía. Estoy hueca. Estoy esperando que los labios y el aliento del maestro músico soplen a través de mí". En ese proceso, "yo", como ese instrumento, sé que tengo una forma, tengo limitaciones, tengo cualidades. Pero en manos del músico todo ello se convierte en música. A través de innumerables horas, días, años, vidas de práctica, llega el momento en que este canal se abre y el aliento del espíritu puede fluir a través de nosotros. No tenemos que saber nada sobre la música que está sonando, ciertamente no podemos controlarla, pero oímos, y en ese proceso somos bendecidos, y cualquiera que tenga oídos para oír también es bendecido.
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