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Vol. 143 - Número 09 - Junio 2022 (en Castellano) |
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Busca la Senda: Reflexiones sobre la Vida Interna
Juliana Cesano
La Sra. Juliana Cesano es una conferencista internacional- Trabajo en la Sede Central de la ST en Adyar, Chennai, India, y ha estado en la ST en America, o Centro Olcott desde 2007, donde se ocupa de la Quest Bookshop. Basado en una charla en la Convención Internacional el 28 de diciembre de 2022
Me gustaría reflexionar sobre la conexión intrínseca y dinámica que existe entre el desafío y la vida interna, y cómo estos dos aspectos juegan un papel importante en lo que a veces llamamos “el despertar interno”, o el “desarrollo interno”. Los desafíos se ven normalmente como circunstancias que nos llegan desde afuera, una fuerza externa en la forma de un acontecimiento que se presenta en nuestras vidas. Pero si miramos más de cerca, y sobre todo si miramos hacia atrás en los momentos en los que fuimos desafiados, puede que podamos ver que esos desafíos no fueron azarosos, sino que estaban alineados con el siguiente paso que necesitábamos dar. Había algo adentro nuestro, todavía muy tierno, muy nuevo, a veces ni siquiera consciente, que necesitaba un catalizador para desplegarse, y cuando esa experiencia o desafío surge, si lo asumimos plenamente, sin reservas, esa parte de nosotros que era incipiente, pero que estaba algo preparada, se abre paso y encuentra expresión. Las palabras dentro y fuera son, por supuesto, construcciones mentales y son útiles para el propósito de comunicarnos, pero aunque veamos estos movimientos como dos –externo e interno–, son en realidad un solo movimiento. Es el impulso interno el que convoca al desafío y ambos nos encontramos justo en esa línea inexistente entre lo interno y lo externo. Quienes somos antes y después de aceptar un desafío se asemeja a la diferencia entre una fruta verde y una madura. Potencialmente todo está ahí, pero necesitaba la influencia de los elementos para madurar. Es como hacer galletas y colocarlas bellamente en una bandeja, y luego viene la vida y las pone en el horno. En el fuego del desafío hay transformación. Y así como una vez estuvimos crudos, nos volvemos horneados. Ya sea que nos demos cuenta o no, este momento, y todo lo que existe en él, es la respuesta a nuestras aspiraciones más íntimas. El desafío es un objetivo en movimiento, nunca es estático, se mueve con nosotros. Poéticamente, podemos decir que es una danza con lo Divino. Lo que buscamos nos encuentra y nos alcanza al borde de nuestro próximo paso, y la dificultad que encontramos nos ayuda a subir al siguiente peldaño de la escala. Y debemos ser desafiados desde todas las direcciones, porque toda nueva habilidad debe ser testeada o desarrollada. Sin duda, el desafío es incómodo, y a veces muy doloroso, y por esa razón tendemos a posponerlo o a alejarlo, a veces indefinidamente. Aunque ya hayamos visto el tremendo poder transformador del desafío, puede que sigamos evitándolo y en vez buscar comodidad. Preferimos estar opacados o miserables en lo conocido que saltar a lo desconocido. Entonces aquí podemos preguntarnos, sinceramente: “¿Estoy realmente buscando ser horneado?” Pareciera que todos queremos ser el Fénix, la magnífica ave que resurge de las cenizas, pero nadie quiere ser cenizas. Pero sin cenizas no hay Fénix. Hay una frase en el libro Luz en el Sendero que dice "Mata el deseo de comodidad", y si reflexionamos sobre ello por un momento veremos que la comodidad no es sólo física, es también mental, emocional, psicológica. La comodidad de lo conocido. Así es que, puedo intentar mantener mi mundo limitado dentro de lo conocido lo más que pueda para evitar la incomodidad o el dolor del desafío, o puedo abrirme a los elementos, como la fruta, o ir aún más lejos y colocarme voluntariamente en el horno. Desde esta perspectiva, aceptar el desafío es clave, incluso cuando nos sentimos incapaces, y me atrevo a decir que, especialmente cuando nos sentimos incapaces, no suficientemente buenos, no suficientemente preparados. Debemos hacerlo de todos modos, porque es sólo en el hacer, en el intentar, que se despiertan las cualidades dormidas, en cualquier campo, en cualquier departamento de la naturaleza, y a través de ese hacer el alcance de la transformación que se produce es realmente imposible de medir y predecir. A veces aceptar desafíos significa saltar a una piscina que puede o no tener agua. Pero en el acto mismo de saltar sin ninguna seguridad es donde se nos otorgan los más grandes dones. Para poder saltar a lo desconocido, en cualquier circunstancia, necesitamos valor, y una de las fuentes más poderosas de valor es la fe, un concepto que a veces se ha mal utilizado, pero la fe, en su esencia, es una confianza inquebrantable en el Poder que guía el proceso. Uno puede llamar a ese Poder de la forma que quiera: Inteligencia, Amor, el Ser, lo Divino, etc. Con esta fe, con esta certeza que proviene de las profundidades de nuestro ser, el miedo comienza a disolverse. Hay un poema del místico Kabir que al final dice: "Buscador, escúchame. Allí donde esté tu fe más profunda, estoy Yo". Entonces podemos preguntarnos, ¿dónde está nuestra fe más profunda? ¿En quién o qué la depositamos? ¿Es superficial o tiene profundidad? ¿Y puede la fe crecer? Uno de los efectos de la fe en un Poder superior es la confirmación interna de que nunca nacimos y nunca moriremos, y cuando ese concepto empieza a ganar espacio dentro de nuestra realidad cotidiana nos volvemos más abiertos y más receptivos al desafío, al dolor, al anhelo y a la experiencia tal y como viene, sin intentar controlarla ni darle forma. Para algunas personas esta convicción es tan tangible que pierden la necesidad de protegerse y su mundo interno se despliega en un espacio amoroso que puede contenerlo todo. Pueden ser conscientes de su propia alegría o dolor con igual paz, y porque saben cómo ser conscientes de la suya, pueden sostener la alegría y el dolor de los demás en esa misma paz. Y aquí comienza la verdadera comprensión de lo que significa ser humano. ¿Cómo podemos permanecer con el dolor de otros si no hemos establecido una amistad con nuestro propio dolor? O ¿cómo podemos amar la imperfección de los demás si no podemos amar la nuestra? Nuestras propias definiciones internas de las cosas cambian con el tiempo, pero si hoy tuviera que definir la vida espiritual en pocas palabras, diría que la vida espiritual es un acto radical de amor. El amor es nuestra naturaleza esencial y en el amor prosperamos. Tomen cualquier cosa, una planta, un animal, un vaso de agua, un ser humano y ámenlo lo suficiente, cada día, y florecerá. Y nosotros no somos la excepción. El otro don que nos trae el desafío es que nos ayuda en el proceso de autoconocimiento. Como en un jardín, si alguna vez han cuidado de un jardín saben que el calor del sol estimula a todas las plantas, no sólo las que uno intenta cultivar. A través del desafío, nuestras fortalezas saldrán a la superficie tanto como nuestras debilidades, y con ello llega la oportunidad de vernos a nosotros mismos, con paciencia, objetividad y, sobre todo, con amor. El autodescubrimiento se hace posible a través de una conciencia sin juicios, una observación silenciosa de lo que surja. Sin diálogos ni comentarios internos, que es lo que hacemos la mayor parte del tiempo, y lo que causa la mayoría de los problemas de la vida. En el momento en que introducimos rigurosidad o juicio, o ideas de lo que debería ser y no debería ser, eso en sí mismo interrumpe el proceso de ver lo que es, independientemente del juicio. El juicio es diferente del discernimiento. El juicio proviene de ideas preconcebidas, a veces lo llamamos condicionamiento, mientras que el discernimiento proviene de una visión clara, cuando se ha eliminado el condicionamiento. Si pensamos que tenemos que convertirnos en algo que no somos, en lugar de ver lo que ya está aquí, algo muy curioso comienza a ocurrir; sin darnos cuenta empezamos a embellecer y moldear nuestras capas exteriores a nuestro gusto para nunca descubrir lo que realmente hay debajo. Sólo después de varios años de observación paciente y amorosa, un día puede que vislumbremos una parte de nosotros que quizás hayamos creado para amoldarnos. Amoldarnos a una familia, una cultura, un sistema de creencias, una organización, lo que sea. A veces las personas hábiles pueden ver con mucha claridad esas partes artificiales en los demás. Dicen que se parece a algo que no pertenece a la persona, se siente falso. Este hábito de llegar a ser algo, la suposición de que tenemos que ser algo que no somos, crea muchos problemas. Uno de ellos es un sentido desequilibrado de quienes somos, a veces desproporcionado, a veces bastante inexacto. Y como el proceso de autoconocimiento requiere habilidad, paciencia, humildad y una gran dosis de amor, tendemos a ir por el atajo, que es buscar referencia de quiénes somos fuera de nosotros mismos. Aquí, estamos hablando de visión clara. ¿Qué requiere de nosotros la visión clara? Somos ciegos a ciertas cosas que pueden ser bastante obvias desde el exterior. ¿Se han preguntado alguna vez por qué no las vemos? ¿Es porque no podemos o porque no queremos? ¿O tal vez una combinación de ambas cosas? ¿Estamos protegiendo algo? En uno de sus escritos, Hugh Shearman señala algo muy importante, dice que "somos los pasajeros cautivos de un yo personal compulsivamente motivado, que intenta ansiosamente crear su futuro en base a su pasado". Este pasaje nos hace preguntar si es posible crear un futuro que es nuevo y libre del pasado. Y si lo es, ¿cómo lo hacemos? Krishnamurti dijo "Se nada y luego vive", y no creo que estuviera abogando por la inacción, sino tal vez señalando que en la peligrosa suposición de que tenemos que convertirnos en algo podemos terminar haciendo más daño. Algunos maestros han señalado que nuestro trabajo consiste en eliminar las capas de lo que no somos, para encontrar lo que somos. Y este proceso requiere un tipo de visión clara que nace de una conciencia despierta. Desde este punto de vista, el desenvolvimiento interno no parece tratarse de controlar o construir, sino más bien de algo en dirección a la disolución y la entrega. "Conviértete en lo que eres", dijo un santo, y Annie Besant agrega a eso: "Convierte en manifestación externa lo que eres en la realidad interna." En este viaje en el que nos encontramos, tendemos a buscar referencias de quienes somos fuera de nosotros mismos, y también buscamos respuestas fuera de nosotros. Al buscar el sendero nos dirigimos a la sabiduría de otros. Con la actitud adecuada eso puede ser tremendamente útil e inspirador, pero nunca suficiente, porque nosotros somos el sendero, de principio a fin. A medida que nos cuestionamos, a medida que luchamos, a medida que no sabemos las respuestas, a medida que intentamos y fracasamos, y volvemos a intentarlo, y nos volvemos receptivos a la guía que viene de adentro, con sinceridad y fe en el proceso, el sendero se despliega, nosotros nos desplegamos. H.P.B. nos dice que "el Universo se desenvuelve y guía desde dentro hacia fuera”, esta es una ley universal, y nosotros somos un microcosmos que se despliega desde dentro hacia fuera. Nuestras aspiraciones más íntimas toman forma en circunstancias externas, y a medida que aceptamos el desafío que éstas traen, el sendero se despliega. El poeta Sufí Bulleh Shah escribió:
Leyendo libro tras libro Te has convertido en un gran erudito Pero nunca aprendiste a leerte a ti mismo Corres a toda prisa A los templos y mezquitas Pero nunca entras en tu propio corazón. Cada día luchas contra el mal Pero nunca luchas Con tu propio ego. Persigues a los que están en el cielo Pero nunca buscas Al que está sentado en tu corazón.
¡Qué invitación tan honesta a volverse hacia dentro y recorrer el sendero! El impulso común es buscar fuera de nosotros mismos, pero nosotros somos la pregunta y la respuesta. Hay un pequeño y maravilloso libro titulado Una Introducción al Yoga, de Annie Besant, y en ese libro ella dice: "La única manera de conocer a Dios es sumergiéndose en ti mismo." Y esto me recuerda a otras palabras categóricas en Luz en el Sendero "Porque dentro de ti está la luz del mundo - la única luz que en el Sendero puede difundirse. Si no eres capaz de percibirla dentro de ti, es inútil que la busques en otra parte." ¿Tenemos fe en esto? ¿Vivimos con la confianza absoluta de que la luz interior es la única que puede iluminar el sendero? Y si lo hacemos, ¿cuánta energía dedicamos cada día a leernos a nosotros mismos, a entrar en nuestro propio corazón, a observar desapasionadamente nuestro propio ego y a permanecer en la presencia del que está sentado dentro? Buscar el sendero se convierte en un sinónimo de descubrimiento del ser, tanto con s minúscula como con S mayúscula. El descubrimiento de lo que no somos, y el descubrimiento de lo que somos. Uno de los elementos que contribuyen en gran medida a este proceso, es darse cuenta de que cada uno de nosotros ha venido con un temperamento, y que para cada temperamento existe una vía. Reconocer la singularidad de nuestra individualidad se convierte en un elemento clave. Lo que lo inspira a usted no es necesariamente lo que me inspira a mí. Lo que lo deja en profunda contemplación o lo obliga a quedarse quieto y escuchar puede no ser lo mismo que provoca eso en mí. Lo que lo hace querer conocer la Verdad, o lo que despierta en usted el anhelo de unión, es único para usted. A veces imaginar escenarios es útil. Imaginen por un momento que han dejado de lado todas las autoridades, las que viven en su imaginación y las que viven fuera de ustedes. Elimínenlas, una por una, y luego pregúntense, ¿A dónde me siento más en casa? ¿A dónde me siento más vivo? y luego pregúntense: ¿Qué me inspira a amar? El autor anónimo de La nube del No Saber dice: "Si quieres encontrar tu alma, mira lo que amas. Ahí es donde tu alma vive". Es difícil descubrir nuestro temperamento cuando estamos demasiado ocupados tratando de ser como los demás, y es aún más difícil si los que nos rodean tratan de imponernos sus puntos de vista. A veces, como compañeros de búsqueda, podemos comportarnos como esos padres que quieren que su hijo toque el piano antes de saber siquiera si tiene la más mínima inclinación hacia la música. Tenemos un rol y una responsabilidad hacia los demás que no es el adoctrinar sino el de escuchar profundamente — un escuchar que nace del importarnos, de la empatía, y que conlleva un ver y un saber del otro, y de lo que el otro puede necesitar o apreciar. La vía que elegimos en cada momento puede no continuar en la misma dirección a lo largo de esta vida. En este arte de dejarse llevar por la guía interna podemos descubrir que en algún momento estamos preparados para dar un giro y explorar una parte de nosotros con la que no habíamos estado en contacto antes. En el proceso de descubrirnos a nosotros mismos y descubrir nuestro sendero, existe algo liberador, y es que no debemos explicaciones a nadie, y tampoco necesitamos demostrar nada. Este viaje sagrado hacia adentro es siempre entre uno mismo y Dios, entre uno mismo y lo Divino en cualquiera de sus formas. En este mundo en el que vivimos, que hace tanto hincapié en hacer todo visible — los logros, las opiniones, las aspiraciones, la apariencia, etc. — recordemos que el crecimiento más poderoso se produce debajo de la superficie, sin que lo vean los demás y muchas veces sin que lo veamos nosotros mismos. Como la semilla que empieza a crecer bajo la superficie. Un obstáculo que podemos encontrar en este proceso de convertirse en el sendero, es que la Teosofía provee a la mente de muchas respuestas tentadoras. El desafío es utilizarlas como puntos de partida para el autodescubrimiento en lugar de afirmaciones finales. Rumi, el místico, dijo "Saber demasiado, entorpece saber. Muere antes de morir." Como ejercicio, podemos tomar cualquier tema y, a través de la reflexión mirarlo de cerca en nuestra mente y observar, ¿qué sabemos realmente sobre ese tema por experiencia o incluso por inferencia? ¿Se ha convertido esa idea en una estructura rígida en mi mente, o es lo suficientemente flexible, lo suficientemente abierta, como para que pueda convertirse en una versión más refinada, tal vez más precisa de sí misma, o para que pueda disolverse y ser desaprendida si fuera necesario? Las ideas pueden tener tal impacto en nosotros, que tienen el poder de entorpecer o ayudar al progreso. Esto me ocurrió con un tema muy crucial, el tema de Dios, donde mis propias ideas teosóficas, tan arraigadas en una Realidad Absoluta en lugar de un Dios más alcanzable y tangible, se convirtieron en un impedimento para sentir la cercanía con lo Divino. A veces tenemos que ir a las bases y dejar caer todo lo que creemos que sabemos. Para mí, en ese caso concreto fue plantearme preguntas muy sencillas como: ¿Qué es Dios? ¿Cómo y dónde experimento yo la presencia de lo Divino? En cierto modo, no definir a Dios y buscar la experiencia real en su lugar. Queremos captar intelectualmente cosas que sólo pueden conocerse a través de la experiencia, y en el esfuerzo de intentarlo, de forma consecuente en esa dirección, lo que antes estaba oculto se vuelve más tangible. Entonces, la guía interna nos asiste, a veces desde dentro, a veces a través de señales externas. Continuando en esta dirección, exploremos un poco ahora, cómo se aborda este autodescubrimiento en nuestra realidad cotidiana. ¿Cómo lo hacemos un hecho? Nuevamente veámoslo desde las dos perspectivas de las que ya hablamos, como dos movimientos que pueden verse como uno solo. El primero como el reconocimiento de lo que no somos, de todo lo que es impermanente en nosotros, y el segundo como el intento intencional de permanecer receptivos a nuestra verdadera naturaleza, a lo que es permanente. Tomemos una situación cualquiera. Estamos cortando vegetales en una tabla de madera. Nos decimos a nosotros mismos: "Ahora voy a prestar atención y a tomar conciencia del momento presente." Empezamos a notar la luz de la habitación, la textura de las verduras, su fragancia, el movimiento de las manos, tan coordinado, tan rápido, que no podemos percibir lo que les ordena moverse. Notamos la respiración que expande y contrae el pecho, y por un momento llegamos a la parte de nosotros que está siendo testigo de toda esa experiencia. En ese momento nos encontramos en la presencia de un silencio apacible y de la ausencia total de conflicto. De repente, surge un pensamiento, usualmente un recuerdo del pasado o alguna proyección hacia el futuro. Ese es un momento crucial. Si estamos lo suficientemente atentos, vemos aparecer el pensamiento, lo reconocemos, y como la tarea era prestar atención al momento presente, nos relajamos, dejamos ir al pensamiento y volvemos a la experiencia. Si no estamos atentos a la aparición del pensamiento, nos convertimos inmediatamente en el pensamiento, de forma totalmente inadvertida, y nos enganchamos, tomamos forma. Estábamos sin forma en un silencio pacífico, aparece un pensamiento y nos convertimos en el pensamiento. Ahora tomamos forma. Si el pensamiento es neutro, sólo provoca movimiento, pero si el pensamiento está enredado con emoción, como pueden estarlo, o bien nos enganchamos a la emoción y tomamos esa forma, trayendo con ella cierto nivel de sufrimiento, o bien nos damos cuenta de él, lo soltamos y volvemos al momento presente, a veces notando durante un rato la sensación persistente que dejó la emoción. En este “regresar al momento presente”, una y otra vez, la presencia que es testigo gana terreno. Empezamos a sentirnos menos limitados. Los espacios entre los pensamientos se hacen más largos, permitiendo a veces que permanezca un silencio constante. Para quienes tienen una naturaleza devocional, el recuerdo de Dios habitando en el corazón, o impregnándolo todo, puede infundir al silencio una suave cualidad amorosa. Es aquí donde la importancia de no tomar forma se hace evidente por contraste. Ahora sé que cuando tomo forma me convierto en un lío, y cuando permanezco sin forma experimento paz. Ahora sé por experiencia que en la ausencia de movimiento existe la posibilidad de experimentar un silencio amoroso y distintos niveles de paz. La presencia viva de la Divinidad sólo palpita en el aquí y el ahora. Si no estamos aquí ahora, nos perdemos su presencia y su influencia no puede alcanzarnos. A medida que nos vaciamos de movimiento, comienzan a surgir diferentes profundidades de silencio, y quiénes somos realmente empieza a expresarse. Como nos dice el segundo Sutra en Los Yoga Sutras de Patanjali, "Yoga es el establecimiento de la mente en un estado de quietud." La unión de todos los aspectos de nuestra naturaleza con niveles más sutiles de la realidad ocurre cuando la mente está quieta. Los sutras dicen después que la quietud se desarrolla a través de la práctica y la no identificación, en el esfuerzo de permanecer presente. Al cultivar este estado de ser no nos volvemos selectivos, nos volvemos espaciosos y acogemos todo. No rechazamos nada, aprendemos a quedarnos con todo lo que viene, agradable o doloroso, en una apertura sin juicios hacia nosotros mismos y hacia lo que surja. Esta experiencia puede ganar más solidez cuando nos sentamos regularmente a meditar sin distracciones, cuando establecemos intencionadamente las condiciones externas para el silencio exterior e interior, pero esto es algo que también puede practicarse momento a momento. Para poder avanzar con audacia hacia el exterior, en cualquiera sea la experiencia que estemos enfrentando, retirarnos hacia el interior se vuelve esencial. Como el flujo y reflujo de la marea, como la inhalación y la exhalación, existe también un movimiento hacia adentro y hacia afuera en la vida interna. Retirarse hacia el interior comenzará a revelar con mayor claridad cómo avanzar hacia el exterior. Vivir sin ese movimiento hacia adentro es como vivir sin inhalar. En la conciencia espaciosa, lo que estaba oculto comienza a revelarse — la forma en que nos justificamos, la forma en que nos cerramos, la forma en que queremos controlar la vida y las historias que nos contamos. Vemos nuestras motivaciones, y el rango de pensamientos y emociones que hemos cultivado. Los vemos, en un espacio que es amoroso y compasivo, y los liberamos, porque como dice un querido amigo mío, "ellos también anhelan ser libres." Por otro lado, también empezamos a ver un centro de paz más estable volverse evidente, una cualidad amorosa que infunde nuestro mundo interior e impregna nuestras acciones, una mayor necesidad de silencio, un creciente anhelo ardiendo en nuestros corazones que nos obliga a entregarnos, a ofrecernos plenamente confiando en el proceso. Hubo una mística cristiana, Bernadette Roberts, que experimentó profundos estados de Unión. Ella escribió que para conocer la voluntad de Dios sólo tenemos que permanecer en silencio. Permanecer en el centro de quietud que es la perfecta aceptación del momento presente, y de lo que somos en este momento. Mientras ella tenía las experiencias más desconcertantes, buscaba desesperadamente referencias fuera de sí misma, hasta que un día se dio cuenta de que toda esa búsqueda intelectual que hacía no era más que la negación a aceptar el momento presente, y su estado actual, que se desarrollaba constantemente. Entonces vio que el secreto de la vida unitiva era la capacidad agraciada de vivir en un silencio pasivo de voluntades, un silencio que está siempre aquí y ahora, y es siempre uno con Dios. Eventualmente ella arribó a un saber al que muchos otros han arribado también, antes y después de ella: que la comunicación más verdadera con Dios es el silencio absoluto y total, y que no hay ni una sola palabra en la existencia que pueda transmitir esta comunicación. Santa Teresa de Ávila dice que todas las dificultades en la oración pueden rastrearse a un solo origen; “rezar como si Dios estuviera ausente”. Eso no es cierto sólo para la oración, o para la meditación, sino también para la vida. Estar sentado aquí, no es sólo estar sentado aquí, es estar sentado en la presencia de lo Divino. Escuchar a alguien no es sólo escuchar a alguien, sino escuchar un fragmento de la Vida Divina. Cortar los vegetales no es sólo cortar vegetales, sino estar en presencia de la Divinidad. No existe nada pequeño o grande, todo es igualmente sagrado. La consecuencia natural de esta comprensión es el darse cuenta de que no hay otros. Y con ello florece sin esfuerzo la responsabilidad de disminuir el sufrimiento de todos. La medida de esa comprensión determinará la medida de nuestra incondicionalidad y nuestro compromiso. Para terminar, una invitación en las palabras del poeta David Whyte:
Suficiente. Estas pocas palabras son suficientes. Si no estas palabras, esta respiración. Si no esta respiración, este sentarse aquí. Esta apertura a la vida que hemos rechazado una y otra vez hasta ahora. Hasta ahora.
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