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Vol. 143 - Número 02 - Noviembre 2021 (en Castellano) |
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Gandhi: Perfectibilidad y Aprendizaje Moral – II
JAMES TEPFER El Dr. James Tepfer es un asociado de la Logia Unida de Teósofos (ULT) en Santa Bárbara, California.
Hay varias clases de críticos, al igual que hay varias clases de admiradores. En el mejor sentido, la admiración y la crítica no son categorías mutuamente excluyentes. Algunos de los partidarios más leales de Gandhi estaban en desacuerdo con él de forma muy vehemente sobre la no-violencia como credo, por ejemplo, el caso de Nehru. Del mismo modo, algunos de sus oponentes más formidables y los críticos políticos más duros reconocieron su excelente carácter y su inquebrantable integridad moral, como el General Smuts, jefe del gobierno sudafricano del apartheid. En ciertos aspectos, Gandhi (al igual que el Dalai Lama), apreciaba más a quienes eran críticos con su punto de vista, política e idiosincrasia personal, que a sus seguidores más complacientes. Sin embargo, lo que más deseaba Gandhi no eran seguidores o detractores, sino individuos con una inspiración propia para mejorar la suerte de los más necesitados de justicia y alimento en la sociedad.
Por desgracia, es cierto que algunos de los que eligen defender a Gandhi en el "mundo ordinario" actual se niegan a admitir que tenía defectos o limitaciones (colocándolo así en el pedestal de la santidad para ser admirado, pero no emulado) o se repliegan a la defensa trillada de que Gandhi era, después de todo, "sólo humano".
Pero, ¿en qué sentido se puede decir que Gandhi fue "sólo humano"? Esto último, después de todo, suele ser una genuflexión inconsciente ante el anticuado altar del "pecado original" o ante el moderno podio darwiniano de la "supervivencia del más fuerte". Ninguno de los dos da crédito al imperativo espiritual de Cristo: "Sed, pues, perfectos". Gandhi era humano no porque tuviera defectos. Todos los tenemos. Era humano precisamente porque se tomó en serio el imperativo de Jesús de buscar la perfección, a pesar de sus defectos y limitaciones. Gandhi -que escudriñaba a diario sus actitudes, sentimientos y acciones con gran cuidado- nunca dejó de perseguir los ideales de la verdad y la no-violencia simplemente porque él u otros cometieran errores de juicio, o se involucraran en acciones no-violentas imperfectas. Gandhi era humano porque se esforzaba por superar progresivamente las limitaciones y, en consecuencia, por dar nuevos pasos hacia la realización de los ideales humanos elegidos por él mismo.
Lo que es importante entender es que Gandhi creía fervientemente en el potencial de crecimiento moral y espiritual continuo, tanto en el santo como en el pecador. La mejora de uno mismo y la redención de uno mismo son posibles para todos. Él creía abiertamente en el potencial de todas y cada una de las personas de la Tierra para ejemplificar (hasta cierto punto) la verdad y el amor en sus propias vidas. Creía sin reservas en el hecho de que las virtudes cuentan mucho más que los vicios, que la reforma de uno mismo y la reforma social son siempre posibles, a pesar de las injusticias y la perversidad colectiva, y que el esfuerzo persistente en la dirección correcta debe atesorarse tanto como las reformas sociales duramente ganadas.
Cuando consideramos lo que conocemos del carácter de Gandhi en su conjunto, está claro que sus virtudes de veracidad, compasión, inteligencia, liderazgo responsable y compromiso con los ideales humanos eran tan reales y tan profundos, que ignorarlos debido a idiosincrasias morales es injusto e ignorante. Además, no podemos evaluar honestamente la importancia social de cualquier "defecto" percibido de un alma tan magnánima, sin estar dispuestos a expandir y contraer nuestra "lente de apreciación" para ver el terreno moral desde diferentes altitudes lejanas y cercanas.
En general, cuando nos negamos obstinadamente a examinar las actitudes y circunstancias subyacentes de los pioneros sociales y políticos, estamos declarando implícitamente que nos negamos a aprender de cualquier persona teñida con algún grado de falta moral o "pecado". Tal cautiverio a imágenes unidimensionales de perfección evidencia una falta de voluntad para examinar las particularidades de cualquier individuo o situación moral específica. Es una forma de juicio crítico de corazón estrecho, que excluye la posibilidad de crecimiento y una negativa a ampliar la lente de percepción para abarcar al hombre en su totalidad. Nos equivocamos en ambos extremos; no miramos los detalles moralmente relevantes, ni damos un paso atrás para ver una limitación moral dentro del alcance más amplio y aceptado del carácter del individuo.
En cierto sentido, los duros veredictos que ahora emiten unos pocos sobre la idiosincrasia personal de Gandhi, y sus supuestas limitadas actitudes raciales apuntan al hecho de que, durante nuestros propios tiempos emocional y socialmente conflictivos, hemos perdido nuestra capacidad de valorar justamente a los grandes hombres y mujeres. Ya no sabemos poner en perspectiva el simple hecho de que la belleza tiene imperfecciones, los santos tienen debilidades, los papas no son infalibles y los sabios deben trabajar dentro de unos límites. Cada vez más deseamos que la verdad, la perfección y la reforma social no supongan ningún esfuerzo o se ganen fácilmente mediante protestas violentas y clamores morales.
Nos parecería una maravilla descubrir que los artistas altamente disciplinados y cultos de la antigua China ponían deliberadamente un defecto en sus obras de incalculable valor para evitar el orgullo, alejar los celos y dejar el futuro abierto a niveles de excelencia aún más altos. De hecho, los antiguos filósofos entendían que la presencia de limitaciones personales y la inevitabilidad de los errores en la acción son simplemente intrínsecos a la lógica moral y espiritual del crecimiento hacia un ideal encomiable. En este sentido, nuestro enfoque, como el de Gandhi, debería centrarse en los esfuerzos hacia la mejora de uno mismo y la elevación social, y no en la atracción que ejercen los elementos más bajos de la naturaleza humana y la sociedad.
Para terminar, tal vez podríamos observar la vida de Gandhi a través de una "lente de perspectiva" inversa, que revele el grado de credibilidad intelectual y moral de sus críticos más acerbos. A menudo decimos que debemos remitirnos a los expertos en asuntos importantes, es decir, a aquellos que estudian y llegan a conocer un tema en profundidad. Son, en cierto sentido, maestros de sus disciplinas. Cuando se trata de cuestiones importantes y de asuntos vitales, se necesitan conocimientos y no sirven las opiniones de cualquiera, por muy sinceras que sean. Los conocimientos y la experiencia adquirida son necesarios para tener credibilidad ante uno mismo y ante aquellos a quienes valoramos.
Hay, relativamente, pocos expertos sobre el pensamiento y la vida de Gandhi. El puñado de académicos que se toman el tiempo de sumergirse en el estudio de los más de noventa volúmenes de los escritos de Gandhi son lo suficientemente humildes como para percibir su grandeza moral, la sutileza de su pensamiento, y las formas originales en que respondió a las complejidades morales y políticas de las relaciones humanas. Perciben algo sobre él "como un todo" y no pretenden ser capaces de catalogarlo fácilmente.
Sin embargo, sus críticos más acérrimos, ignorantes como suelen ser de la extensa correspondencia de Gandhi con personas de todo el mundo y con los detalles de su vida excesivamente disciplinada y rigurosa, lo ven "a través de un cristal oscuro". Sólo lo ven a través de un corazón polarizado, y presumen ignorantemente emitir juicio sobre él. Rara vez expresan razones convincentes o pruebas contundentes para atacar su carácter. Tampoco se toman el tiempo para comprender imaginativamente el espíritu de sus diversos "experimentos de vida". Ellos sucumben a la "moral binaria" (o se es un santo impoluto o un pecador, un héroe intachable o ningún héroe en absoluto). Para estos expertos de sillón, no puede haber grados de rectitud, bondad o excelencia que admirar o de los que aprender.
Al igual que el Gran Inquisidor en Los hermanos Karamazov de Dostoyevsky, uno intuye que aquellos críticos vitriólicos más dispuestos a magnificar los defectos percibidos de Gandhi o sus posibles errores de juicio, son, ellos mismos, idealistas fracasados o impacientes que no conocen el secreto de la auto-regeneración y, entonces vuelcan su amargura hacia el exterior, muy especialmente sobre aquellos precursores de un mundo mejor que levantan la bandera del devenir a nuevas alturas. Y, es triste decirlo, esos cínicos desilusionados se pierden ese "esplendor con muchas facetas" porque no hacen el intento de ver a los pioneros prometeicos de forma holística. Carecen de la imaginación empática y de la versatilidad intelectual necesarias para comprender a los verdaderamente grandes. Como resultado, se pierden lecciones de vida que podrían resultar inestimables y podrían, inesperadamente, renovar su fe en sí mismos y en la humanidad en su conjunto.
A la luz de lo anterior, no es difícil comprender que hay ocasiones en las que un argumento ad hominem es completamente apropiado, cuando las reglas retóricas de la argumentación pueden suspenderse legítimamente. Tal es el caso de los críticos severos y poco razonables de Gandhi que desean disminuir su estatura a los ojos de las generaciones presentes y futuras. Como se reconoce universalmente, fue un maestro en la "ciencia del servicio" para los que no tienen voz y los maltratados de la sociedad. Si esto es así, entonces podríamos plantear con razón las siguientes y reveladoras preguntas a los pocos empecinados en buscar fallas en la vida de Gandhi:
¿Quiénes de ustedes son expertos en la "ciencia del servicio"? ¿Quién de ustedes es experto en el arte del servicio directo y personal a los pobres y a los desesperados? ¿Quién de ustedes ha pasado personalmente un tiempo en una aldea, compartiendo de forma creíble las pruebas y tribulaciones de los pobres e incultos? ¿Quién de ustedes ha entrado voluntariamente y sin miedo en zonas de plagas mortales para ayudar a los médicos y enfermeras a tratar una enfermedad incurable? ¿Quién de ustedes ha formado unidades de ambulancias para recuperar a los soldados heridos y moribundos de ambos bandos (bóers y nativos africanos) del conflicto mientras estaban bajo fuego? ¿Quién de ustedes ha invitado alguna vez a los leprosos a sus casas y los ha tratado con cariño?
¿Quién de ustedes ha fundado alguna vez una mini comunidad en la que todos han hecho votos sagrados para servir a la verdad y a la no-violencia y, como resultado, ha admitido a los intocables como iguales sociales a pesar de la protesta de los amigos cercanos e incluso de colaboradores? ¿Quién de ustedes ha ido alguna vez a la cárcel, no durante quince días con la seguridad de ser liberado, sino durante años al servicio de su país? ¿Quién de ustedes ha admitido alguna vez públicamente haber cometido "errores Himalayos" de juicio y se ha dedicado inmediatamente a enmendarlos, sin importar las consecuencias personales? ¿Quién de ustedes puede decir honestamente que estaría dispuesto a ayunar hasta la muerte en aras de rectificar milenios de trato inhumano a los más desesperados y marginados de sus comunidades, por ejemplo, los intocables?
Una de las implicaciones no reconocidas de quienes intentan oscurecer la imagen de Gandhi es que no pueden explicar el respeto incondicional de sus colaboradores más cercanos (e incluso de sus oponentes). La gran mayoría de los héroes y heroínas nacionales de Sudáfrica e India que trabajaron extensamente con él lo admiraban mucho. Puede que a menudo hayan discrepado con él sobre determinadas políticas y estrategias de campaña propuestas, pero estaban asombrados por el alto grado de su integridad, valor, pureza personal y servicio compasivo a los pobres, maltratados y privados de derechos. Así pues, acusar a Gandhi es acusar implícitamente a todo un panteón de individuos intrépidos y abnegados que siguieron voluntariamente su ejemplo y guía en asuntos de gran importancia social y política. Tal acusación moral colectiva sería evidentemente ridícula.
Aquellos que eligen juzgar las creencias o acciones de cualquier gran persona -hasta el punto de condenarlas- deberían estar seguros de que tienen al menos unas mínimas credenciales de credibilidad y no se están aprovechando simplemente de la posición pseudo-democrática de que todo el mundo (incluidos los académicos) tiene derecho a expresar una opinión sobre cualquier persona, sin tener en cuenta el fundamento de la opinión, su potencial para iluminar nuestra comprensión o su potencial para animar positivamente a las generaciones futuras a luchar por un objetivo noble.
Sólo aquellos individuos comprometidos de todo corazón con la prestigiosa "ciencia del servicio" están realmente cualificados para valorar a los auténticos héroes y heroínas del espíritu prometeico. Si es así, ¿qué dicen de Gandhi héroes y heroínas probados como Martin Luther King, Jr, Nelson Mandela, el Dalai Lama y Malala Yousufzai? Los cuatro últimos tienen sus doctorados en "ciencia del servicio" y afirman unánimemente la inspiración siempre fresca de Gandhi y su grandeza moral, incluso reconociendo que todavía hay mucho que aprender por parte de las generaciones futuras sobre la aplicación de las leyes de la Verdad y el Amor a los problemas persistentes, aunque siempre cambiantes, de la vida.
En el sentido más amplio, pues, lo que a menudo no apreciamos es que los defectos o limitaciones personales de los héroes y heroínas de antaño forman parte de lo que los hace especialmente admirables. A pesar de sus persistentes debilidades, la mayoría tuvo el valor de vivir por una visión y un destino que era más grande que su yo personal. Envolvieron sus egos en el océano expansivo del bien común y del lejano avance humano. En este sentido, la misma mancha en sus túnicas una vez totalmente blancas, parece captar nuestra atención sólo porque gran parte de su carácter esencial sigue siendo blanco e inmaculado.
En el análisis final, la cuestión más profunda aquí es una que va más allá de Gandhi: ¿Nos convertiremos nosotros, los de la rígida mentalidad "políticamente correcta", en aprendices morales y ejercitaremos la facultad divina de la discreción moral, o continuaremos nuestro actual deslizamiento cuesta abajo para convertirnos en temerosos buscadores de fallas en los valientes idealistas, solidificando así nuestro estatus poco envidiable como perversos "no aprendices”? En otras palabras, ¿encontraremos la fuerza de carácter para estar a la altura del "no juzguéis para que no seáis juzgados", o seguiremos sentados presumidamente "en el asiento de los despreciadores"? Si es esto último, entonces no demostraremos ser dignos de nuestros predecesores imperfectos, pero aún así nobles y visionarios, incluido Gandhi.
"Venerad a los héroes que están llenos de bondad y luz". (Pitágoras)
Cuando toda esperanza se desvanece, "cuando los ayudantes fallan y los consuelos huyen", encuentro que la ayuda llega de alguna manera, no sé de dónde. La súplica, la adoración, la oración, no son supersticiones; son actos más reales que los actos de comer, beber, sentarse o caminar. No es exagerado decir que sólo aquellos son reales, todo lo demás es irreal.
Mahatma Gandhi |
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