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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 142 - Número 04 -  Enero 2021  (en Castellano)
 

 
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Sesenta Años de Teosofía - Parte I

 

GABRIEL BURGOS

Miembro de la ST en Colombia por más de 60 años. Ha dado charlas, conducido talleres y seminarios, entre otras muchas actividades.

También es autor y traductor de muchos artículos e incluso de un libro digital titulado Aproximación a la Teosofía.

 

 

En esta charla quiero mostrarles lo que significa toda una vida de Teosofía que posiblemente algunos de ustedes recorrerán en el futuro. Lo que en mí ha pasado puede también pasarles a muchos de ustedes, porque, aunque las cosas continúan siendo exactamente las mismas en el mundo externo, la Teosofía hace que la vida se vea y comprenda de manera completamente diferente. Es una diferencia que enriquece enormemente todos los momentos de la vida.

 

Para esto, tengo que remontarme a la época anterior a mi llegada a la Sociedad Teosófica (ST), inclusive a los tiempos lejanos de mi infancia y de mi niñez. Nací en Colombia, he vivido siempre en Bogotá, y de manera natural, por el entorno, nací dentro de la Iglesia Católica Romana. ¿Por qué católico? Fue lo más natural del mundo. Mis padres, que eran muy amorosos, lo mismo que los padres de todos ustedes, buscan lo mejor para los hijos. Entonces, de acuerdo a lo que consideran que es mejor, nos introducen en las ideas religiosas que consideran verdaderas.

 

La manera de ver la vida a través de una Iglesia demuestra la espiritualidad en los seres humanos. Mis padres nunca se preguntaron por qué eran católicos. Seguramente los abuelos, bisabuelos y antepasados, fueron católicos sin cuestionar nunca esas ideas. Dentro de esa Iglesia, y dentro de esa familia católica, me empecé a formar.

 

Cuando llegó la edad del colegio -en esa época no había guardería ni kindergarten- entraba uno ya al primer curso de los cinco preparatorios, en donde una de las clases obligatorias era la religión. Se estudiaba a través de un catecismo de un sacerdote italiano, Gaspar Astete. Ese catecismo era en forma de preguntas y respuestas que había que aprender de memoria desde el primer curso de la Primaria y durante esos cinco años. Eso se repetía de tal manera que ese catecismo lo sabíamos todos los muchachos de memoria. Allí no había posibilidad de libertad de pensamiento. Había que repetir y creer lo que se decía en ese catecismo.

 

Creo que los sacerdotes de esa época lo hacían de muy buena fe. Habían llegado siendo unos jovencitos a un seminario donde se inculcaba obligatoriamente las ideas religiosas a los muchachos, y cuando se ordenaban sacerdotes daban la enseñanza aprendida. Era una formación de absoluto obedecimiento a lo que se decía allí. Eso era importantísimo.

 

¿Qué pasa con una mente de un chico en esas condiciones? Su mente se condiciona y se cristaliza, y ve todas las cosas en el mundo a través de unos juicios previos, o prejuicios, que se forman y que van a conducir su vida en general. La mayoría de los seres humanos no se preguntan por qué pertenecen a una religión. Si los padres son judíos, los hijos son judíos; si están en el islam, seguirán las enseñanzas del islam, y lo mismo en todas las demás religiones. Eso no permite ver al mundo sino a través de una sola visión; no pueden ver lo que ven los otros.

 

En el colegio de primaria y después en la secundaria, en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, se continuaba esa educación de religión hasta el tercer año del bachillerato. En el cuarto año había una materia que se llamaba "Apologética". Por primera vez me encontré con la palabra "Teosofía". Esta clase consistía en demostrar que la Verdad solamente estaba en la Iglesia Católica Romana. ¡Fuera de la Iglesia no hay salvación! Los estudios en relación con todo lo demás: iglesias, filosofías, etc., eran para demostrar que estaban equivocados.

 

Escuché, y me tocó estudiar, en esa Apologética, algo de esas filosofías, y se hablaba de la "Teosofía". ¿Qué era la Teosofía para los muchachos de cuarto año de bachillerato? ¡Era la puerta para el infierno! La Teosofía era peligrosa, "por favor no se acerquen a esos libros; esa Sociedad fue fundada por dos viejas locas de mala conducta", que eran Annie Besant y Madame H. P. Blavatsky (HPB). Esto no es cierto porque ni siquiera las conectan correctamente en la época de la fundación, puesto que la Sra. Annie Besant llegó a la ST muchísimo tiempo después de la fundación.

 

Yo tenía que llegar de alguna manera a la ST. No hay casualidades, y por lo tanto, se presentaron causas. La primera fue porque mis padres, cuando se casaron, alquilaron una casa que era vecina a la de los padres de mi esposa, y la llegada a la ST tiene mucha relación con ella.

 

Estando en época de mis estudios, la mamá de un amigo que pertenecía a la ST, me invitó muchas veces al grupo juvenil de estudio de la ST. Ya que previamente en mí se había formado un criterio dogmático en relación con la ST — un prejuicio, un temor, si pudiéramos decir, de acercamiento-, le di las gracias muchas veces, porque no fue una vez que me invitó, sino muchas, y no llegué a la Sociedad.

 

Pasó un tiempo. En la familia de mi esposa había una señora mayor que pertenecía a la ST. Ella pertenecía a una familia conservadoramente católica, ultraconservadora. Esta señora era la oveja negra de su familia. Era "la Teósofa". A veces hablaba con mi esposa de estos temas, pero nunca se le había puesto mucha atención. Pero ya cuando fuimos nosotros una pareja de recién casados, ella nos visitaba con frecuencia y nos hablaba de la ST, y nos invitó; tampoco le pusimos atención a eso. Ya ven ustedes cómo una presentación equivocada y maliciosamente presentada hace que una persona que puede encontrar ideas de amplitud en temas religiosos pueda encontrarse con que algo lo repele y no pueda aceptarse.

 

Pasó el tiempo, y les cuento que mi esposa, Cecilita, con una familia también de formación dogmática católica, tenía una gran libertad de pensamiento, a diferencia mía que era muy estrecho de pensamiento. La mamá de ella era la mujer más extraordinaria, buena y generosa que he conocido, y fue mi madrina de bautismo. Ella murió antes de que nosotros llegáramos a ser novios.

 

Cecilita se educó en un colegio de una educadora alemana, la señora Alice Block, que vino a Colombia y formó un colegio extraordinario en el que había varias chicas judías, y Cecilita veía que esas chicas eran exactamente iguales a las cristianas. La única diferencia que tenían es que a la hora de ir a la clase de religión ellas tenían recreo. Por lo tanto le parecía que esto era muy interesante. Pero ella se dio cuenta que no hay diferencia entre una cristiana y una judía, y eso le sirvió para que tuviera una mente muy amplia, lo cual fue buena influencia para su amplitud de pensamiento.

 

 

Cuando éramos novios, Cecilia y yo, a veces, poníamos sobre el tapete el tema de la religión e indudablemente teníamos diferencias, aunque no mayores porque, generalmente, aunque se hablaba, por ejemplo, de lo que puede pasar después de la muerte, no era para nosotros motivo de conflicto.

 

Pero se presentó algo que fue realmente fundamental. ¿Por qué llega una persona a la Sociedad Teosófica? Muchos caminos hay para llegar a ella. Puede ser que alguien habla de lo que es la ST y esto llama la atención; puede haber curiosidad. Para otros puede ser un folleto que encuentran casualmente. El motivo para llegar a la ST en mi caso fue diferente. Mi suegro era una persona supremamente disciplinada. Era un artista, pianista, profesor de canto y, dentro de su disciplina, tenía horarios que cumplía estrictamente. Comía a las seis de la tarde, a las siete estaba ya en su cama, y a las tres de la mañana se levantaba, hacía gimnasia, leía, estudiaba hasta las siete de la mañana, cuando se sentaba al piano. Eso era fundamental.

 

El primer año de casados, Cecilita y yo vivimos en la casa de mi mamá, y en el segundo año en la casa del padre de Cecilita. Por tanto yo disfrutaba todos los días de un concierto a las siete de la mañana; era una maravilla. El siempre empezaba con su compositor favorito — Beethoven. Siempre tocaba alguna sonata de Beethoven en una forma extraordinaria, y seguía después con otros autores. Total que eso para mí fue algo muy hermoso; fue muy bello participar de esto. Él era diabético y su diabetes se estaba haciendo cada vez más grave, a tal punto que vivía con remedios para sus dolores y molestias y murió a causa de esa diabetes tan avanzada.

 

Se cerró la casa de él, que era inmensa, donde él tenía dos pianos, entre otras cosas. Uno que era para los alumnos, y otro piano de cola muy lindo que no permitía que nadie tocara sino él. Ese era un piano para sus interpretaciones nada más. La casa entonces hubo que distribuirla. No había quien la pudiera cuidar y entonces Cecilita y sus hermanos dijeron, "Bueno, vamos a repartir las cosas para arrendar la casa. Dentro de las cosas que llegaron a la casa de su hija, Cecilita, fue el piano de cola. Ella estudiaba en el piano, pero era una aficionada, no era una pianista. Ella tenía que poner las partituras, que eran sencillas, y las tocaba, pero nunca como su papá.

 

Pero empezó a presentarse un fenómeno, y yo nunca he tenido, ni he participado, de otro fenómeno sino de éste inicial. A las tres de la mañana Cecilita sentía que su papá le decía: "Despiértate, que tenemos que ir a la clase de piano." Yo nunca oí nada, eso era una voz interior para ella, pero sí sentía a las tres de la mañana, como si hubiera puesto el despertador, un corrientazo, y nos levantábamos los dos, íbamos al estudio y ella empezaba a tocar; y él inclusive le decía algunas cosas — la corregía — y ella de pronto decía “Bueno, es que esos garabatitos que tiene la partitura . . .” y él, ¡”Nada de eso! Esos son signaturas de compás", y la corregía. Bueno, nos reíamos y demás, y estábamos así hasta las cinco de la mañana.

 

Nunca se lo contamos a nadie, eso era una cosa entre Cecilita y yo. Pero un día de esos, ella se sentó al piano y empezó a tocar una sonata de Beethoven en una forma extraordinaria; ¡era el papá el que estaba tocando, no era ella! Y ella empezó a tocar hasta que se dio cuenta y se asustó, y entonces paró, cerró la tapa del piano y dijo: "Papá, ¡no puedo permitir que tú me tomes con tu mente para esto!” Se asustó ella muchísimo y ya no quiso volver, los siguientes días, a la cita de la madrugada. Pero, ¿qué paso?, ¿cómo podíamos nosotros quedarnos con esa inquietud?

 

Entonces ella llamó a su amiga de la Sociedad Teosófica y le contó lo que estaba pasando, y ella le dijo: "Mira, yo no sé cómo solucionar esto, no sé lo que está pasando, pero sí sé quién puede ayudarte. Es el director de la ST en Colombia, don Walter Ballesteros. ¿"Podemos conseguir una cita?" "Sí, claro, ¡por supuesto!" Llamó ella a don Walter e inmediatamente nos acogió. Él era una persona sumamente cordial, servicial, amable con todo el mundo, siempre buscando servir, ayudar, resolver el problema. Allí estaba él, siempre con esa amabilidad. Nunca se negó a eso.

 

Fuimos a la casa de don Walter, nos recibió en su estudio, y cuando oyó lo que estaba sucediendo, nos dijo: "Miren, lo que pasa es que, debido a las drogas que estaba tomando, el padre de Cecilia no se ha dado cuenta que está muerto. Entonces hay que hacerle ver eso para que siga su camino. Cuando una persona muere debe desentenderse del mundo físico y seguir adelante. La vida sigue, continúa."

 

Eso fue un gran impacto para nosotros. Lo que nos habían dicho del Cielo y del Infierno no era como habíamos creído. Teníamos la idea de que cuando una persona se muere, se va con sus alas y con las manos puestas devocionalmente a un Cielo donde va a vivir eternamente feliz, más allá de las nubes. Según la Teosofía, el ser querido que ha muerto y no tiene conocimientos de la vida después de la muerte, sigue teniendo la misma confusión que tenía antes. Dimos las gracias a don Walter, y por la noche estuvimos preparados para cuando el papá de Cecilita llegara a las tres de la mañana.

 

Entonces, en vez de pararnos, Cecilita le dijo: "Papá, mira, tú ya moriste, ya no tienes nada que hacer aquí y tienes que seguir." Al decir eso, ella se puso absolutamente rígida, como si fuera un cadáver. El susto que yo me metí fue terrible. Yo había oído que se le pone un espejo en la nariz a la persona a ver si hay respiración; puse el espejo, y sí, estaba respirando. Ella estaba en esas condiciones, y me dirigí al papá. Como habíamos sido las familias amigas desde mi niñez, yo lo llamaba por su nombre, y le dije: "Luis, por favor, le está haciendo daño a Cecilia; déjela, siga Ud. su camino, pero no se interponga en la vida de ella." Cuando le dije eso, Cecilita se despertó.

 

Volvimos a la casa de Don Walter y nos dijo: "Lamento mucho no haberles explicado o haber previsto que esto pudiera pasar. Entonces hay que seguir ayudándolo. Él debe seguir su paso y continuar las cosas." Pero ya se había presentado a nosotros una profunda inquietud por saber, por conocer. Ya no podíamos ser como esos corderitos que maneja un pastor y los lleva a donde quiera, a los que les dicen: "No pienses, deja que yo piense por ti. Tú tienes que hacer lo que yo te digo”, que es lo que ha pasado con los cursos de religión. Pensamos entonces que había que entender y conocer esto. No se puede vivir en la ignorancia, esperando fantasías para después.

 

Preguntamos a don Walter si había algún sitio donde pudiéramos estudiar, algún sitio de reunión, y él nos dijo: "Sí, aquí tenemos los grupos que se llaman "Logias". La Logia es un sitio para estudio, donde miembros de la Sociedad Teosófica se reúnen periódicamente, toman un tema, un punto, un libro, una charla, un folleto para estudiar y cambiar opiniones. Entonces le preguntamos a él si había algún encuentro de Logia próximo, y dijo: "Sí, precisamente mañana hay una en tal parte…", y fuimos allá. Estaban hablando de unas cosas rarísimas de las que Cecilita y yo no entendimos nada, y nos quedamos más confundidos de lo que estábamos antes.

 

Entonces volvimos a donde don Walter y le preguntamos: "¿Ud. dirige alguna Logia?" y él dijo: "Sí, yo dirijo una Logia los martes por la noche." Era la Logia Maitreya. ¡Qué maravilla! ¡Qué diferencia! Fue algo asombroso: don Walter, con una claridad infinita mostraba las cosas más difíciles y complicadas. Nos mostró cosas que nos parecía de nunca acabar. Nos mostró cosas maravillosas para el estudio. Entonces empezamos a ir allí.

 

Naturalmente, íbamos como oyentes; ¿qué podríamos nosotros aportar a una Logia siendo ignorantes de los temas que estaban explicando? Éramos oyentes como los principiantes en la escuela de Pitágoras. Tenían primero que escuchar para poder después hablar; es algo muy sabio. Don Walter, entonces, seguía esos parámetros. Claro, que él permitía preguntas, y muchas veces, inclusive procuraba sacar algo, a través de esas preguntas. Fuimos nosotros, entonces, avanzando poco a poco en nuestros estudios. 

 

Para nosotros esas reuniones de Logia eran motivo de ansiedad. Contábamos los días y las horas para llegar a la Logia que dirigía Don Walter Ballesteros. Qué maravilla, entonces, empezar a conocer tantas cosas bellas y hermosas que de otra manera no hubiéramos podido lograr. Nunca, sin encontrar a la ST, las hubiéramos hallado. Le preguntamos a él por dónde podríamos empezar para estudiar en la casa. Nos recomendó algún libro, y era tal el interés que Cecilita y yo no comíamos al tiempo, sino por turnos. Uno comía mientras el otro leía, y después nos cambiábamos.

 

Empezamos, por ejemplo, a hablar sobre la naturaleza del hombre. Nos empezaron a hablar de que el hombre no solamente tenía un cuerpo físico y una naturaleza espiritual, sino que tenía varios cuerpos. Había un cuerpo que se llamaba "astral", con emociones, y otro "mental", y decíamos: "¿Bueno, esto cómo es?, ¿cuántos cuerpos tenemos? Esto es como una cebolla que vamos pelando para ver cuántos cuerpos tenemos.

 

Así empezamos y continuamos el estudio con don Walter. Afortunadamente para Cecilita y para mí, el compartir ideas fue maravilloso. Cecilita y yo nos entendimos sumamente bien toda la vida. Fue una vida de absoluta paz, armonía y comprensión. Como teníamos ideas afines, entonces para el estudio también teníamos ese compartir gozoso.

(Continuará)

        

 

 

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