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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 137 - Número 09 -  Junio 2016 (en Castellano)

 
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Plática a los prisioneros

 

C. JINARAJADASA

 

 

Hermanos, durante el transcurso de mis viajes, visito muchos países y a menudo se me pide que visite las prisiones y me dirija a los prisioneros. Ustedes me han pedido que venga y les hable, y lo hago con mucho gusto con la esperanza de que pueda brindarles una pequeña ayuda en la dolorosa vida que están obligados a vivir.

 

La última prisión que visité fue en Sao Paulo, Brasil, pero allí no me dirigí a los reclusos, ya que no puedo hablar portugués. Pero recuerdo vívidamente la última prisión donde hablé. Fue hace dos años en India. El Primer Ministro del Estado era amigo mío y fue conmigo. Todos los reclusos de la prisión estaban reunidos por mi visita, en el hall central y me cantaron algunas canciones antes de que les hablara.

 

Una canción que cantaron era una bella oración, invocando bendiciones para el mundo. No es fácil, cuando estás obligado a vivir en una cárcel, sin libertad para salir al mundo, invocar bendiciones para aquellos que viven fuera de los muros de la prisión; pero esto fue exactamente lo que hicieron mis hermanos que se encontraban ante mí, a quienes la ley califica como ‘prisioneros’. Esta fue la canción:

 

Oh, Señor misericordioso, bendice a todos,

Bendice a hombres, mujeres, aves, animales e insectos y a todos.

¡Que no haya dolor, ni hambre en el mundo!

¡Que no haya guerras!

¡Que nadie desee el mal a otros,

¡Que todos consideren los intereses de los demás sin diferencias!

¡Que cada uno adore a Dios de acuerdo a su propia fe!

 

Pero más notable aún fue la segunda canción; ¡era acerca de la justicia de Dios! Cuando uno está en prisión, privado de todo lo que es feliz y bello en la vida, el sentimiento más natural es uno de resentimiento e ira. Uno no ve nada en la vida dentro de la prisión que pueda dar origen a un sentimiento de gratitud. Les leeré primero esta canción acerca de la justicia de Dios y luego les explicaré por qué la cantaron los prisioneros de la cárcel en la lejana India.

 

LA JUSTICIA DE DIOS

(Canción cantada en la Cárcel de Bhavnagar)

 

Oh, justo Creador, Tu justicia es perfecta.

Es muy querida por todos los hombres: Tu justicia es perfecta.

Nosotros sufrimos a causa de nuestros malos Karmas,

¿Cómo podemos culparte por eso?

Nuestra es la culpa: Tu justicia es perfecta.

Jugando, como lo hacemos, el juego del pecado,

¡Aún esperamos felicidad!

Pero la idea es insignificante: Tu justicia es perfecta.

Quien camina en el sendero de la rectitud

Ciertamente obtiene la felicidad;

Esto puede demostrarse con miles de ejemplos:

Tu justicia es perfecta.

Cuando las malas acciones se vuelven frutos maduros,

Sus hacedores tienen que experimentar sufrimientos,

Esta es la ley infalible: Tu justicia es perfecta.

Algunos dicen que Dios se equivoca en dar justicia,

Ciertamente son lunáticos irreflexivos: Tu justicia es perfecta.

Cada uno tiene que aceptar las consecuencias de sus acciones,

Cada uno debe cosechar lo que sembró,

Esta es la ley universal: Tu justicia es perfecta.

No somos afectados por influencias indebidas,

No vamos a ser conquistados con sobornos,

Oh, Dios omnipresente, Tú te guías solo por la justicia,

Tu justicia es perfecta.

El poeta Shankar dice que los defensores no son necesarios en Tu Corte,

Esto es verdaderamente un gran alivio: Tu justicia es perfecta.

 

¿No es extraño que un grupo de hombres, privados de todo lo que es felicidad en la vida y obligados a vivir tras los muros de una prisión, canten que la justicia de Dios es perfecta, aunque esa justicia signifique vivir en una prisión? Ellos cantaron esta canción porque en India tenemos algunas creencias en nuestra religión que pueden parecerles extrañas.

 

Una creencia es que cada uno de nosotros ha vivido antes en la tierra, no una, sino muchas veces. Antes que apareciéramos como niños en estos, nuestros cuerpos actuales, hemos vivido en otros cuerpos, en otras partes del mundo. Vivimos para ser hombres y mujeres, trabajamos en variadas ocupaciones y morimos cuando Dios nos pidió que dejáramos esos cuerpos. Nosotros ahora no recordamos las cosas de este pasado nuestro.

 

Pero en ese pasado tuvimos buenos o malos pensamientos e hicimos buenas o malas acciones. Ahora bien, hay una ley de la vida que todos conocemos; si ponemos en la tierra un grano de maíz, pronto crecerá una planta de maíz y dará maíz y no trigo. Lo que sembramos, eso cosechamos, esa es la ley de la naturaleza.

 

Esta ley es la Justicia de Dios, en la canción que les he leído. Nosotros nacemos con una tendencia a buenos pensamientos y buenas acciones cuando niños, porque en nuestras vidas pasadas tuvimos buenos pensamientos y admiramos las buenas acciones. Nacemos de padres ricos o pobres, porque dimos felicidad a otros, o fuimos crueles con ellos. Nos suceden calamidades o nos llega la buena fortuna porque sembramos sus semillas en el pasado.

 

La justicia de Dios es perfecta y da una buena cosecha de buen grano a quienes sembraron buen grano, y Él envía una cosecha de malezas a quienes sembraron malezas. Dios no castiga ni premia. Él nos envía la cosecha de lo que sembramos. Este es el significado de la frase: la justicia de Dios es perfecta.

 

‘La justicia de Dios es perfecta’, así cantaban en la prisión, porque los hindúes creen que todo lo que sucede en la vida es un resultado, una cosecha de pensamientos y acciones de mucho tiempo atrás. Si ustedes pueden aceptar tal pensamiento o no, algo es esencial en vuestro pensamiento, si van a encontrar un poco de paz y felicidad en vuestra dolorosa situación actual. Deben poner a un lado toda idea de una injusticia cometida a ustedes por otros. Dios observa todas las cosas y si Él ha permitido que les sobrevenga la miseria, es porque en alguna forma, ustedes lo merecen. Deben creer que, aún en vuestras vidas infelices actuales, están siendo tratados justamente, porque Dios no permite las injusticias.

 

Después de quitar de vuestras mentes toda idea de injusticia, lo siguiente es cómo encontrar un poco de paz en el corazón y la mente mientras son obligados a vivir dentro de la prisión. Eso depende de ustedes mismos.

 

No es el lugar donde estamos, ni lo que nos rodea, la causa de miseria o felicidad. La causa es, nosotros mismos. Indudablemente en este momento, tienen que vivir dentro de una prisión; esperan el momento en que serán libres. Pero ¿serán realmente libres cuando dejen la prisión? Eso dependerá de vuestro corazón y vuestra mente.

 

Piensen en cientos de hombres y mujeres que viven afuera, quienes vienen y van en trenes y automóviles. Si ustedes pudieran mirar en sus corazones, encontrarían que también están en una clase de prisión. Un hombre siempre está planeando ser rico; él está en una prisión y no puede liberarse de sus pensamientos, que a menudo resultan en crueldad hacia otros.  Otra es pensar en alguien a quien odia y sus pensamientos de ira son como una prisión que lo encierran. Miles fuera de esta prisión son miserables porque viven en prisiones de su propia creación.

 

Mis hermanos, cuando llegue el momento en que ustedes dejen este lugar y vuelvan al mundo, aprendan a ser felices allí, aprendiendo un poco cómo ser felices aquí. Ustedes pueden encontrar un poco de felicidad, aún en esta prisión, si miran en la correcta dirección.

 

Por ejemplo, las reglas de vuestra prisión exigen ciertos deberes de ustedes. Cúmplanlos de buena gana y no con un sentimiento de injusticia, aunque les causen infelicidad, sintiendo que la justicia de Dios les llega por medio de esos deberes. Entonces, lentamente encontrarán, que un poco de paz llega a vuestros corazones. Presten la ayuda que puedan a sus compañeros de prisión, ayúdenlos en sus tareas, si se permite. Al menos, cuando ustedes los miren, denle vuestra simpatía. Bendigan a cada uno de los que les rodean con vuestro pensamiento de buena voluntad, aunque algunos de ellos les causen penurias. Como una lámpara que irradia luz, irradien buena voluntad, en cualquier parte que estén dentro de la prisión. Piensen en quienes aman, quienes están distantes; envíenles pensamientos de bendición. Perdonen a quienes les han dañado, y hagan de vuestro corazón un lugar de compasión para quienes, en su ignorancia, hacen el mal en vez del bien.

 

Entonces, lentamente, encontrarán que una nueva paz llega a vuestro corazón y mente; ustedes encontrarán más fuerza para soportar vuestro sino presente. Y cuando llegue el momento en que recuperen vuestro lugar en la vida fuera de estos muros, comprenderán la justicia de Dios más claramente y poseerán así más fuerza para vivir de acuerdo a Sus leyes. Vuestras mentes se aclararán más para comprender lo que es correcto y tendrán más fuerza para resistir el mal.

 

El amor de Dios los rodea todo el tiempo, pero deben escuchar Su susurro. Vuestros oídos están abiertos a Su voz, cuando cumplen cada deber bien, cuando irradian buena voluntad y bendiciones.

 

Yo, que vivo fuera de esta prisión, vengo a ustedes para decirles que ustedes y yo, todos somos similares en esto, que la justicia de Dios es la misma para todos nosotros. Yo, y otros como yo, vivimos prisioneros también. Nuestros dolores y aflicciones, nuestras desilusiones y nuestros fracasos son nuestras prisiones, aunque no hayamos quebrantado la ley del país. Nosotros también buscamos la felicidad, como ustedes. También tenemos que aprender a cumplir nuestro deber de buena gana, a ser centros de buena voluntad. Fuera o dentro de la prisión, fundamentalmente, la vida es la misma para todos los hombres. Somos felices o miserables de acuerdo a lo que pensamos, y también de acuerdo a lo que hacemos.

 

Como de un hermano a otro, les doy mi mayor buena voluntad a cada uno de ustedes. Y dado que todos somos hijos de un solo Dios y compartimos una sola vida en común, sé que estaré enviándoles un poco de paz al aprender a cumplir mi deber mejor. Recordaré que ustedes están aquí y siempre les enviaré mi buena voluntad para ayudarlos.

 

 

 

 

 

 

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