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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 136 - Número 05 -  Febrero 2015 (en Castellano)

 
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El yo cambiante: su progreso

 

 

N. Sri Ram

 

Es un hecho maravilloso y extraordinario que cualidades tan básicamente hermosas como la humildad, la simplicidad, la pureza y otras que no se pueden ni expresar, se fundan en un sólo estado de la mente y el corazón. Igualmente todos los vicios están conectados entre sí, porque nacen todos de la afirmación del yo y del deseo egoísta, constituyen una malla muy compacta, mientras que las virtudes, consideradas por separado, constituyen una única constelación.

 

El deseo de lo que queremos y disfrutamos, o tratamos de poseer y conservar, es lo que nos hace tan auto asertivos. Pero ¿acaso no podría existir un movimiento puro del corazón, semejante al deseo aunque sin poder llamarle deseo, que no tuviera su origen en el yo? Ese deseo, sin un yo que se apegue al objeto deseado, tiene la misma cualidad que el amor. Surge de un impulso del corazón, de una inclinación de la voluntad, que hace que la belleza del objeto, ya sea  persona, cosa, fenómeno o idea, fluya hasta el corazón. Ese movimiento no nace del recuerdo de una experiencia previa, como pasa con el deseo normal, sino que es como una cualidad que pertenece a la libre corriente de la vida. La asertividad y el deseo que quiere poseer van juntos. Tal vez no nos hayamos dado cuenta de lo íntimamente que están ligados. Cuantas más peticiones y exigencias tenga una persona, más dominante y asertiva será. Cuando digo “yo quiero esto”, el acento, por más sutil que sea, está centrado en el “yo”.

 

Todos los vicios surgen de un yo que está potencialmente o realmente en conflicto con los demás; todas las virtudes nacen de la verdad que reemplaza a ese yo con una naturaleza armónica y bella. La verdad en un sentido inclusivo es a la vez subjetiva y objetiva. Subjetivamente es la verdad de nuestro ser, su naturaleza y acción. En relación a las cosas externas, consiste en ver las cosas tal como son, no sólo las apariencias, los hechos crudos respecto a ellas, que no nos afectan en profundidad, sino también aquellas formas internas o ideales que subyacen a esas apariencias. Es la respuesta al ideal que subyace a lo que llamamos real, lo que evoca en nosotros el sentido de la armonía, aunque el hecho de ver lo superficial como un hecho y comprender el sitio que ocupa también forma parte de la respuesta completa. Solamente la naturaleza de nuestro verdadero ser es lo que puede responder de forma tan completa, pero es así, y se explica en el sentido de no estar viciado, endurecido o deformado por influencias externas a él. Todas las virtudes son expresiones de esta naturaleza y cada una de ellas está relacionada con las otras. Cada virtud es una forma ideal de acción o de ser, y todos los ideales que brillan en la conducta, el pensamiento o el sentimiento, son aspectos de una verdad ideal, que está representada en ese Ser sin ninguna deformación. Cuando uno despierta a la existencia de esta verdad en su interior, todos sus  aspectos aparecen como distintas formas de belleza, como estrellas en un cielo del que han desaparecido las nubes.

 

Todas las nubes surgen de la tierra, y las nubes de nuestro cielo mental han surgido del apego a la sensación en distintas formas. El apego a cualquier tipo de sensación, física o emocional, conlleva calor y tensión a la vez. Puede que haya cierto grado de calor o de fiebre en nuestro sistema, pero tal vez la persona no lo percibe cuando ya se ha acostumbrado. Cuando se experimenta el apego hacia algo que nos produce placer, tenemos una urgencia por capturar esa cosa o conservarla. Todo apego está dirigido hacia una sensación de placer; la cosa o la persona conectada con él es simplemente el medio por el que se obtiene esa sensación, sustituida según lo requieran las exigencias. Realmente no se puede encontrar paz en la vida, esa paz que llega hasta las raíces del ser, a menos que uno haya eliminado de su naturaleza toda tensión febril, todo deseo de un tipo u otro de satisfacción, tanto si consiste en aferrarse a las cosas, en adquirirlas o en elaborar más y más elementos que nos den esa sensación de seguridad.

 

Las nubes de nuestro cielo surgen del terreno de nuestra naturaleza, es decir, de su condición, pero más allá de ellas hay un cielo sin nubes. El que nunca ha tenido ni siquiera una visión momentánea de la belleza y naturaleza de ese cielo no creerá que exista; si se lo cuentan, pensará que es un producto de la imaginación; sólo existen las nubes. A ese cielo sin nubes se le denomina en los libros sánscritos chit akasa o chit ambaram, extensión o cielo de inteligencia pura, de la conciencia en su condición original.

 

Esa extensión, que es absolutamente inquebrantable, corresponde en el plano espiritual-intelectual al continuo del espacio, o del espacio y tiempo, sin ninguna distorsión. La nube que se acumula y oculta ese cielo contiene la humedad de distintas emociones personales que oscurecen nuestra existencia. Cuando existe el apego y el deseo que éste origina, también hay frustración e infelicidad, porque lo que se desea no siempre se obtiene e incluso cuando se obtiene, al cabo de un tiempo ya no produce la felicidad esperada. Y si la produce, tampoco produce la felicidad que se esperaba. Y tenemos también la reacción causada por su disfrute, a menos que se trate de un disfrute puro, sin  deseo alguno por continuarlo o retenerlo.  Hay decepción cuando las esperanzas no se ven cumplidas o no producen la satisfacción que se esperaba. Para continuar con el símil, periódicamente las nubes se descargan como lágrimas de auto compasión y pena.

 

La vida de mucha gente es triste y sombría, no por falta de hechos y fenómenos interesantes sino por el pesado manto bajo el que viven continuamente. Uno puede vivir en medio de un torbellino de agitaciones, pero cuando desaparece la novedad de una cosa tras otra,  la vida se encoge y se vuelve aburrida, pierde su filo y carece de alegría; las agitaciones entonces contribuyen a la infelicidad. Es una experiencia muy distinta vivir sin ningún manto sombrío encima de nuestra vida. Es la nube cargada de nuestros recuerdos la que encapota el cielo de la conciencia pura. Los recuerdos tienen que existir necesariamente como impresiones recibidas en el pasado, pero podrían existir sin convertirse en nubes cargadas de reacciones que afectan al presente. Cuando ése es el caso, desaparecen de nuestro horizonte sin obstruir la luz que baja de arriba. Es el recuerdo cargado de pasiones, anhelos, resentimiento etc, lo que crea nuestros diferentes humores, como dirían los alquimistas, la cólera, la melancolía etc. Todas son aflicciones del yo psíquico, el cuerpo de nuestra mente y emociones, que da origen a las complicaciones y desórdenes, causas de todo tipo de mal funcionamiento.

 

Cuando se estudia todo esto de forma puramente intelectual, es como si estuviéramos leyendo un mapa, pero el mapa no es el país. Hay que viajar personalmente por el país y el viaje será muy diferente a leer el mapa y fijarse en sus características. La cuestión práctica para nosotros es, pues, la siguiente: ¿Cómo se pueden eliminar completamente esos humores, el cielo nublado, la continua generación de reacciones que oscurecen nuestra existencia?

 

¿Qué ocurre en el curso natural de los acontecimientos? Las nubes desaparecen con la muerte, no inmediatamente, pero en el proceso que inicia la muerte, que es la verdadera muerte, según los grandes Maestros espirituales, cuyas enseñanzas sobre este tema están de acuerdo con lo que podemos entender de nuestra propia constitución y naturaleza. Tienen que desaparecer junto con las condiciones que las produjeron, las condiciones de la vida terrena reciente. Podríamos dar las gracias de que hubiera, de momento, el final de un proceso que no consistía más que en la siembra continua de unas semillas que, en su mayoría, producían dolor. Es una condición subjetiva e interna a la que hay que pasar, como en el sueño, cuando ya no existe ese desafío de los acontecimientos a los que se ha estado respondiendo durante la vida terrena. Sin refuerzos y abandonado a sí mismo, el estado tiene que cambiar, y cada vez es más ligero y más fácil. Las nubes que estaban presentes, como ya no están llenas, tienen que descargarse o evaporarse y desaparecer. Se fueron formando por etapas en el curso de los contactos con el mundo externo, y tienen que terminar también en etapas, cuando se las separa de ese mundo. Todo esto se puede considerar como perteneciente el estudio de nuestro propio yo psicológico.

 

Entonces tiene que emerger el cielo limpio, ya que ese cielo es una pura extensión de la conciencia. Las estrellas que puedan aparecer en ese cielo claro, aunque al principio sean sólo unas cuantas, serían las verdades espirituales que resultan evidentes por sí mismas en ese estado. Todas las formaciones previas de la mente se han disuelto. Pero tal vez surjan y aparezcan a la vista toda una infinidad de formas de armonía,  porque no hay nada entonces que obstruya nuestras percepciones, aunque lo que percibamos al principio sean las verdades más próximas a nuestra comprensión. La entidad que ha llegado así a su cúspide es incapaz de permanecer allí para siempre si le quedan todavía restos de ignorancia que generarán un movimiento de descenso,  cuando desvíe su atención de sí mismo. Esta es la enseñanza antigua. Si consideramos que la conciencia del individuo consta de dos aspectos, y el inferior está formado por sus contactos en la tierra, mientras que el superior es el aspecto metafóricamente descrito como el cielo con sus estrellas, la entidad que sigue teniendo lazos o afinidades con la tierra deberá retornar a las condiciones terrenas. El Gita expresa este giro del ciclo con las palabras (traducidas libremente) “Después de agotar el mérito que se ha ganado, el individuo retorna a la tierra”.

 

La entidad que vuelve a nacer es fresca y pura, prácticamente un nuevo ser. Lo viejo se ha convertido en nuevo, algo contrario a la regla aparente de la Naturaleza, donde lo nuevo constantemente se convierte en lo viejo. Si una persona pudiera mirar simultáneamente, con una visión especial que le permitiera unir el tiempo intermedio, por un lado al yo de la última encarnación, tal vez disipado, mancillado, agotado y endurecido, pero sin ningunas ganas de morirse, y por otra al joven niño reencarnado, tierno, juguetón, dulce, fresco e inocente, anhelante por disfrutar de la vida, sería difícil que esa persona creyera que las dos imágenes pertenecen a la misma entidad. Es la atractiva criatura que en otros tiempos y otras condiciones parecía aquella persona hinchada y pesada cuyos deseos eran insaciables, incluso por las cosas que ya tenía en abundancia. ¡Qué cambio tan extraño! Sin embargo, lo inverso del proceso de disolución que es la muerte tiene lugar en nuestra vida, pero lo aceptamos porque el cambio es tan gradual que nos vamos acostumbrando poco a poco. Cuando nos damos cuenta de la naturaleza revolucionaria del cambio que la muerte puede producir, nos damos cuenta también del lugar que ocupamos en el esquema de las cosas. El verdadero proceso interno puede iniciarse ya en medio de nuestra vida aquí y ahora. La renovación que, cuando las cosas quedan a su suerte, espera al período de liberación del cuerpo, puede tener lugar día a día ahora, mientras estamos todavía en nuestro cuerpo. La muerte como un proceso interno de descarga, de purificación, de simplificación y dulcificación, no es la muerte del deterioro y la desintegración. La muerte significa una cosa para la persona externa, pero todo lo opuesto respecto a la naturaleza interna.

 

La transformación de lo viejo en lo nuevo resulta posible porque la frescura y la belleza que aparecen son inherentes al alma. No se está creando nada nuevo, sino que una naturaleza que ya estaba presente pero oculta se despliega y manifiesta. El alma en su verdadera naturaleza no puede deteriorarse, es como un postulado, ya que es el receptáculo o medio que utilizan las aguas más frescas de la vida.  Es la mente la que se deteriora y, por supuesto, también el cuerpo, que influencia a la mente. Es la naturaleza de la relación que hay entre alma y mente lo que hace posible que la mente, en su libertad, se corrompa y después eclipse al alma y se separe de ella. La mente corrupta y enferma es el principal factor del deterioro de nuestra naturaleza terrena, y el alma, que tiene una naturaleza tan distinta, está tan recluida y alejada dentro de las vestiduras materiales y mentales, que su misma existencia llega a ponerse en duda. Conocemos poco de ella porque su naturaleza participa muy poco en las acciones de nuestra vida normal. La gente tiene todo tipo de ideas fantasiosas sobre ella, como si fuera un objeto parecido al gato negro en una habitación oscura, en vez de considerarse como el puro conocedor o sujeto dentro de uno mismo.

 

La naturaleza inherente de la vida es una naturaleza de frescura, energía, sensibilidad y belleza; tiene que ser liberada, no adquirida. Si esto ocurre, conseguiremos ponerle un rostro distinto a todo el problema de la transformación que es posible en nosotros. Es un problema sólo para la mente que piensa en base a las apariencias. Pero deja de ser un problema cuando vemos la posibilidad, además del anhelo, de la condición que la palabra “alma” representa. Cuando la mente está totalmente tranquila, después de renunciar a todo lo que se refiere a fines o preocupaciones personales, entonces esa otra naturaleza asociada con la palabra “alma” nos aparece en nuestro horizonte para manifestarse.

 

Regresamos a la encarnación con esa naturaleza verdadera y original reflejada en el niño, pero la nueva entidad queda muy pronto empañada y se va pareciendo cada vez más a las demás personas del entorno. Sucumbe a distintas influencias ajenas a su verdadera naturaleza, debido a su falta de conciencia. Debería sernos posible pasar por las distintas etapas de la vida sin sucumbir de esta manera, sin experimentar la desgraciada metamorfosis que tiene lugar en la mayoría de los casos. Pero es raro el individuo que permanece sin mancha, puro como un lirio del estanque incluso en medio de las impurezas, de todas las malas hierbas. Ocasionalmente se puede ver un rasgo de esa cualidad en alguna persona excepcional, a la que el mundo suele olvidar, como si no significara nada.

 

Cada edad puede ser hermosa por sí misma, sin dar origen a ningún deterioro interno. El niño inocente podría retener su inocencia mientras crece y adquiere ese encanto especial de la juventud, en el chico o la chica, el ardor, la ilusión y la predisposición para responder y actuar de corazón. Podemos ser, incluso en la edad adulta, niños de corazón y también estar llenos del espíritu de la juventud, ser capaces de beber de la poesía de la vida, algo muy distinto a esa clase de juventud efervescente, resultado de nuestra inmadurez, dispuesta a dejarse engañar por cualquier cosa y por todo, a ser atrapada, acosada y capturada. Hay juventud y juventud. Desgraciadamente, la juventud proveniente de la naturaleza del alma no es muy evidente actualmente, pero tenemos a esa otra clase de juventud auto asertiva, prepotente, despreciativa de sus mayores, y que cree poder construir un mundo nuevo sin haberse renovado antes ella misma. Esa manera de pensar es simplemente la expresión de una reacción ciega contra lo convencional. Aunque sea esa clase de juventud la que vemos hoy en día en las noticias, esperamos que también existan algunas personas de la otra clase, con las virtudes y la gracia de la juventud, junto con la energía de un espíritu osado. La modestia, la buena disposición, el interés por aprender, por cuidar y respetar a la gente, el amor por el orden, virtudes tan preciadas desde siempre, ¿no podrían todas ellas existir junto con el brillo de la energía joven y con un pensamiento fresco y sin mácula? Tendría que ser posible. Si pensamos que no lo es, es que no hemos llegado a ese estado del ser en el que existe esa posibilidad. Lo que creemos posible, como estado alcanzable en nosotros mismos y extremadamente deseable, puede alcanzarse, porque indica que ese estado interno ya está presente en algún lugar dentro de nosotros y que somos conscientes de ello.

 

La última fase de la vida puede ser también hermosa, como el sol cuando se pone entre los colores del otoño, esa escena maravillosa que la Naturaleza pinta en cierta estación del año, cuando todos los árboles son de colores y el calor del sol es suave, sin furia previa, y se sumerge con gran belleza en la esfera que queda fuera de nuestra vista. La vejez puede tener una cualidad parecida a la luz del sol poniente, que conlleva inocencia, ardor y la capacidad de comprender y ejecutar de los primeros días, pero manifestando al mismo tiempo su suavidad y madurez especiales, con un espíritu de paz, dispuesto a sumergirse en las profundidades de un estado que trasciende todo lo que se ha experimentado hasta ese momento. Ese tipo de vida de principio a fin sería el fenómeno más hermoso de la existencia. En la historia del mundo hubo algunos espíritus elegidos que han vivido así, procediendo de una fase de la vida a la otra, todas unidas melodiosamente y fluyendo como una hermosa corriente.

 

La vida está llena de dificultades y problemas, pero en medio de ellos y de todas las contradicciones, tareas y responsabilidades que nos presentan, tiene que ser posible mantener un estado interno que manifieste la belleza del Espíritu que, igual que el sol cuando se levanta, atraviesa los cielos y luego se pone, emite sus rayos desde distintos ángulos pero entona, en cada fase de su trayecto, la melodía adecuada.

 

La naturaleza renueva las formas de vida de su dominio de forma mecánica y periódica; la renovación es solamente una fase de un ciclo. Pero nosotros podemos renovarnos de una vez por todas con nuestra inteligencia libre, no con esa mente inquieta y fantasiosa, sino con una inteligencia que funcione en el desapego y la paz. Como el sol retira sus rayos de la tierra oscurecida, nosotros podemos retirar nuestro interés febril por los estados que hemos ido construyendo, incluyendo todo aquello a lo que nos aferramos, el estado en el que nos hemos aposentado con todas nuestras posesiones, posición y placeres, es decir, con la intrincada creación  psíquica con la que hemos rodeado al verdadero ser interno. Tiene que ser posible, incluso antes de morir, sumergirse en las profundidades de esa conciencia interna que emite la paz perfecta y la comprensión, aunque continúe haciendo lo necesario en el mundo, sin perder su interés por él, manteniendo el contacto con sus gentes, consciente de sus preocupaciones y locuras.

 

Parece que el Buddha dijo una vez: “Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien, limpiad vuestro corazón. Ésa es la enseñanza de los Budas”. Nos puede parecer una frase muy simple, pero cubre una gran profundidad de significado. Cuando se haya realizado la limpieza, también tendremos una gran simplicidad en nuestra naturaleza y nuestra vida. Las nubes crean una condición atmosférica compleja, pero cuando desaparecen el cielo está sereno y simple a la vez. Realmente nos habremos liberado de todos los elementos de nuestra naturaleza que causan el deterioro, que distorsionan, que nos hacen ir desde la simplicidad original hasta un estado de disipación, en el que deseamos cada vez más cosas y nunca estamos satisfechos, en el que estamos llenos de auto compasión y de fuegos que parecen imposibles de apagar. Solamente en ese estado de corazón y mente podremos realmente conocer la verdad que importa. Hasta entonces, cualquier verdad que creamos conocer será simplemente exotérica, será la paja y no el grano, lo aparente, pero no lo verdadero.  

 

 

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