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Vol. 132 - Número 11 - Agosto 2011 (en Castellano) |
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El viaje del alma
D. P. SABNIS
El Sr. D. P. Sabnis es miembro de la Rama Blavatsky, Mumbai, Sección India de la ST.
Antes de iniciar un viaje, necesitamos averiguar todo lo relacionado con él, y buscar consejos de quienes conocen las dificultades e inconvenientes del camino. También necesitamos observarnos y ver si poseemos la fuerza y la habilidad necesarias para emprender el viaje. Por lo tanto el Fragmento I de La Voz del Silencio contiene instrucciones respecto a lo que implica el viaje que estamos considerando, hacia dónde conduce, y qué cualidades y capacidades debemos poseer antes de emprenderlo. De este Fragmento aprendemos que la cualidad que es necesario tener, para ser instruidos, es la capacidad de escuchar cuidadosamente lo que se dice. De lo contrario podemos dar nuestra propia interpretación, incluso podemos distorsionar las palabras para adaptarlas a nuestras propias ideas, y así perder el verdadero significado. Por ejemplo, ¿cuál es el significado que se le da a la palabra “mente”, o a la palabra “alma”, como se usan en La Voz del Silencio? Necesitamos precisión al escuchar para poner las palabras en su contexto adecuado, antes que podamos ver claramente. Por lo tanto, al escuchar cuidadosamente lo que se dice en el libro sobre nosotros mismos, ¿qué aprendemos? Primero, aprendemos que debemos cambiar muchas cosas en nosotros, y para hacerlo debemos admitir que necesitamos cambiar. El principal cambio a realizar es aprender a no dejarnos engañar por lo que vemos u oímos. Esto es muy importante, porque al progresar en el Sendero interior, los sentidos internos que están despertando nos dan poderes que puede que no sepamos cómo usar adecuadamente, y podemos encontrar una dificultad tras otra. Al admitir que nosotros debemos cambiar, al admitir que encontraremos escollos, llegamos a ver la necesidad de tener un guía en el viaje. No oiremos ni veremos a este guía al principio, aunque Él está con nosotros de modo invisible e inaudible. El próximo hecho importante, por lo tanto, es saber que ciertamente siempre tenemos un guía. Se nos muestra en términos de nuestra comprensión, si es que podemos reconocerlo. Si nos observamos tal como somos hoy, vemos que nuestra principal característica es estar conscientes de nuestro entorno, de nuestro cuerpo, de sentimientos, deseos y pensamientos, pero también encontramos que tenemos dentro nuestro una determinación a ser mejores en toda forma posible; nos damos cuenta de que existe algo que nos esforzamos por alcanzar, algún ideal, ya sea ser un mejor profesional o comerciante, un mejor padre o madre, esposo o esposa, o de adquirir un carácter mejor. ¿De dónde procede este impulso? Reconozcamos, por lo menos mentalmente, que procede de algún lado más elevado que nuestros deseos y pensamientos ordinarios. El enfoque más cercano que tenemos de él es nuestra consciencia, que aunque no nos da una guía categórica, por lo menos nos advierte de no hacer esto o aquello, o que un proceder u otro no es el “correcto”. Cultivar una percepción de esta consciencia es el primer paso que saca a la mente de una consciencia excesiva de los objetos de los sentidos, deseos personales, etc. Con el transcurrir del tiempo, al volvernos más y más conscientes de este observador interno, veremos que no es suficiente saber solamente lo que no deberíamos hacer, también necesitamos saber lo que debemos hacer. Esto requiere conocimiento, pero primero debemos comprender que mucho de lo que sabemos actualmente es falso, ilusorio, engañoso, incompleto. Un esfuerzo para volvernos conscientes de un código más elevado de moralidad y conocimiento, nos ayudará a ver que somos algo diferente de lo que nuestro actual modo de percibir nos hace creer que somos. Por lo tanto comenzamos a sentir un toque del Guía Interno o Maestro. Ayudará un esfuerzo constante por recordar a los Seres Sabios de todos los tiempos, porque entonces tendremos un modelo para seguir, y veremos qué es la acción correcta, el sentimiento correcto, el pensamiento correcto, tal como ellos lo enseñan. Nuestros libros, las palabras de quienes han aprendido y han transitado este camino, nuestra consciencia, nuestro Maestro Interno o Regente, y el Puente -los Grandes Seres que encarnan el Sendero y el Objetivo, todos ellos son nuestros maestros y guías. A medida que progresamos, alcanzaremos un punto donde deberemos viajar solos. Nos han enseñado, ahora debemos trabajar con empeño. Del único que podemos depender en esta etapa es de nuestro Maestro Interno. Debemos unirnos a él, volvernos uno con él. Se dan los pasos sobre cómo se tiene que hacer esto. Debemos dar esos pasos. Los Maestros observan y señalan, pero sólo nuestro esfuerzo sin ayuda producirá la fortaleza necesaria para mantenerse en el lugar una vez que se lo ha alcanzado. Sólo aquél que lo conquistó gracias a sus esfuerzos sin ayuda, es victorioso. Nos deben enseñar, pero debemos practicar lo que nos enseñan. Por lo tanto, es necesario desde el comienzo mismo tener una visión de este Sendero y su Meta. Una vez que alcanzamos la etapa, al percibir (que es más que una aceptación mental) que el Objetivo está en nuestro interior, que el Maestro es un aspecto superior de nosotros mismos, encontramos nuestro camino iluminado por una gran corriente de luz, y oímos la Voz de la Compasión que se estremece en todos y en todo. Nosotros, la Luz y el Sonido somos Uno. Somos inmutables y eternos:
Tú eres TÚ MISMO, el objeto de tus investigaciones, la incesante VOZ que resuena a través de las eternidades, libre de cambio, exenta de pecado, los Siete Sonidos en uno solo.
Por lo tanto, todo el objeto de nuestra búsqueda es descubrir quién somos y qué somos, convertirnos en lo que somos. Esta es la meta. Nuestro primer intento en la práctica es aprender a separar la mente de los sentidos y sensaciones, de las emociones y del auto-centrismo. “Tú mismo y la mente, como gemelos sobre una línea, la estrella que es tu meta arde en lo alto”. Debemos aceptar el hecho de que como somos ahora, somos muy ignorantes, respecto al conocimiento, sí, pero más ignorantes de nuestro propio carácter y de las facultades psíquicas inferiores. También, de cuál es el objetivo de la vida. Aprendemos que nuestras facultades son de dos tipos, las inferiores y las superiores. Las inferiores son las que tenemos actualmente, pensar, desear, sentir y realizar acciones. No conocemos las facultades superiores, pero podemos conocerlas si entrenamos nuestros poderes espirituales, poderes que nos dan fortaleza, destreza y energía. Si tenemos estos poderes espirituales en algún lugar, ¿por qué no actúan hoy? Porque tienen que funcionar por medio de los vehículos del cuerpo y del cerebro, por medio de las capacidades y energías que poseemos, y como éstos todavía no están entrenados, no pueden ser usados por los poderes superiores. Ciertamente es un esfuerzo doble, porque lo inferior se tiene que elevar a nuestro aspecto más elevado y lo superior tiene que dominar lo inferior. Es la lucha constante que continúa entre nuestras dos naturalezas. A menos que conozcamos el carácter y poderes de ambos, no podemos emprender la preparación necesaria, y seremos engañados por lo que nos presentan nuestros sentidos, pensamientos y deseos. Muchos maestros han dado reglas para dominar la mente inferior y su concentración en lo superior. En La Voz del Silencio se nos pide apartarla de toda visión y sonido externos, como así también de imágenes internas. Se nos dice que esto es dhâranâ, la etapa de “concentración intensa y perfecta de la mente sobre algún objeto interior, acompañada por una abstracción completa de todo lo que pertenece al Universo externo, o al mundo de los sentidos”. Esto requiere el entrenamiento de la memoria, porque es solamente cuando lo externo se borra de la mente y de la memoria, que se puede percibir lo UNO en el trasfondo o en el centro de todo. Este UNO es lo eterno e inmutable. Por lo tanto no debemos permitir que ningún cambio afecte la mente, ella debe permanecer inalterable en todos los cambios. Esto naturalmente nos da un sentido diferente del Tiempo y de las condiciones de la vida. Cuando hayamos alcanzado esto, seremos como el hombre sabio descripto en el segundo capítulo del Bhagavadgitâ. En esta lucha no sólo necesitamos emplear la mente o la percepción conscientemente, sino que también debemos analizar por qué y cómo los sentidos afectan la mente. Aprendemos que lo que vemos, y es lo mismo para las impresiones recibidas por los otros sentidos, no es una imagen verdadera de las cosas porque los sentidos han disfrutado de un mundo creado por ellos, durante bastante tiempo. Según el conocimiento que ya poseemos, analizamos y aceptamos las impresiones. Tenemos que ser más minuciosos ahora y analizar todo lo que nos llega. Veremos que los ojos a menudo están perturbados y nos dan imágenes distorsionadas. Para evitar su influencia, la mente debe estar en un estado de paz y armonía. Ciertamente, debemos aprender a usar los ojos para mirar con ellos, no para que nos den impresiones que se presentan en nuestra atención. Los oídos se deben entrenar de modo similar, para que permanezcan inafectados tanto por “los gritos de los elefantes bramando” como por “el zumbido argentino de la luciérnaga dorada”. Por lo tanto, cuando a su debido tiempo hemos aprendido a usar los sentidos y la mente como deberían ser usados, podemos comenzar a oír el Sonido Insonoro. Empezamos a vivir en el interior, y aunque vemos lo que nos rodea y escuchamos sonidos externos, no estamos bajo ilusión alguna respecto a su naturaleza. Comenzamos a vivir como entidades internas y no como formas inferiores de materia. Empezamos a ver al Uno en lo múltiple, a oír el Sonido Único en los muchos sonidos. En vez de desear y sentir para nosotros, deseamos y sentimos para la TOTALIDAD. Nuestra mente está limpia y sus funciones en el plano de los sentidos, están paralizadas. Nuestro corazón, todo nuestro motivo, está purificado. Una de las dificultades en nuestro camino es que, habiendo comenzado el viaje, tendemos a mirar hacia atrás. No debe haber ninguna añoranza por lo que se dejó atrás, o ningún lamento por nuestra pérdida. Tenemos un destello de la importancia de esta idea en el relato bíblico de la esposa de Lot. Cuando ella tuvo que dejar la ciudad donde vivía, se le advirtió no mirar hacia atrás, porque era una ciudad condenada. Pero ello lo hizo, y se convirtió en una columna de sal. Aprendamos que nunca podemos satisfacer nuestros deseos, porque si un tipo de deseo se satisface hasta el punto de saturación, la base del deseo todavía permanecerá viva, ciertamente se fortalecerá y sólo cambiará su forma. Luego aprendemos que existen dos metas, la Liberación y la Renunciación, entre las que tenemos que elegir. El segundo Fragmento nos prepara para la decisión. El tercer Fragmento trata de los pasos que debemos dar después que se toma la decisión. El discípulo pregunta al Maestro qué debería hacer para alcanzar la Sabiduría y para alcanzar la Perfección, y se le dice que debe mirarse a sí mismo primero, y preguntarse si su corazón está limpio, si puede discernir lo real de lo falso, lo perecedero de lo permanente, el conocimiento de la Cabeza de la sabiduría del Alma, la doctrina del “Ojo”, de la del “Corazón”. Existen dos modos de mirar las acciones, una es la de la cabeza y la otra la del corazón; una conduce a la cesación del pecado y las debilidades, por medio de la no-acción; la otra al Auto-conocimiento por medio de la acción, por actos de amor. El final de ambos Senderos es la Dicha; en el caso de aquellos que buscan el Sendero de la Liberación, la dicha llega inmediatamente, y en aquéllos que eligen el sendero de la Renunciación, ella llega al terminar los innumerables kalpas. Se debe tomar la decisión. Pero una decisión tan grande sólo puede ser el resultado legítimo de decisiones menores en el trayecto de todo el Sendero. En el Fragmento III somos conducidos más allá, porque se toma la decisión. Es la Renunciación lo que buscamos, no la Liberación. El camino que conduce a la meta tiene siete portales, y para pasar cada uno de ellos necesitamos la llave de una virtud desarrollada, en particular. Se nos dan las claves y una idea de las dificultades a superar. Se nos dan algunos indicios importantes. Por ejemplo:
No permitirás que tus sentidos hagan de tu mente un sitio de recreo… tienes que haber dominado en tu yo todos los cambios mentales y matado al ejército de sensaciones y de pensamientos que, sutiles e insidiosos, se deslizan inadvertidos dentro del radiante sagrario del alma.
Desde el punto de vista del Corazón, aprendemos: “No separarás tu ser del SER, y de los otros seres; antes sumirás el Océano en la gota, y la gota en el Océano”. Para poner esto en práctica, debemos estar “en perfecta armonía con todo cuanto vive; amarás a los hombres, como si fuesen todos ellos tus compañeros y hermanos, discípulos de una misma tierna madre”. Esto es tan importante que nuevamente se nos pregunta si hemos armonizado nuestro “corazón y mente a la gran mente y corazón de toda la humanidad”. Luego, debemos aprender los obstáculos del Sendero de Pâramita, de modo que podamos estar preparados para no sucumbir ante ellos. Recordemos que debemos estar preparados para estar libres de temor. Para nosotros, futuros neófitos en la lucha, el mensaje es: PREPÁRATE. Si “permanecemos sin egoísmo hasta el eterno final”, estamos destinados a tener éxito. Para que no nos perdamos en la rutina de la vida y en las luchas que hay que enfrentar, se nos ha dado una descripción del final del Sendero. La luz y el sonido se juntan con los Poderes cuádruples manifestados, para unirse en una gloriosa, y “sin palabras” proclama: “Paz a todos los Seres”. La visión es necesaria, o perdemos el ímpetu para realizar el esfuerzo. Por ello cada Fragmento finaliza con la Bella Visión de la realización.
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