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Vol. 132 - Número 3 - Diciembre 2010 (en Castellano) |
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Tolerancia
ANNIE BESANT
Tomado de una conferencia dada en Benares (Varanasi).
La intolerancia ha causado más miseria humana que cualquier otra de las tantas debilidades humanas. Sería imposible medir o estimar totalmente los amargos prejuicios que han surgido, las lágrimas que se han vertido, los corazones que se han roto, la sangre que se ha derramado, el hambre y el odio que causados por persecuciones religiosas, por guerras religiosas. En todo el mundo occidental, durante los últimos dos mil años, hemos visto esta intolerancia en todas partes ejercitando sus siniestras prácticas. Si pudiéramos lograr que el honesto y el devoto recordaran que están a salvo mientras lo afirman, pero que están en peligro cuando lo niegan, entonces tal vez el curso de la religión estaría en un sendero sin complicaciones, y los hombres verían que el modo de servir a Dios es no causar sufrimiento al hombre. Tolerancia no significa un permiso despectivo a quienes pensamos que están equivocados, para que tomen su propio camino hacia la destrucción sin obstáculos. No significa una orgullosa suposición que dice: “Sí, te tolero, te permito expresar tus opiniones”. Significa el reconocimiento definitivo de que cada individuo debería ser libre de elegir su propio camino sin indicaciones de otro, sin interferencia de otro en el camino que se elige. La tolerancia no implica juzgar y criticar a otro con miras a dictarle las opiniones que debería sostener, o garantizarle el permiso de tenerlas. Comprende y reverencia la verdad de ese gran proverbio Sufi: “Los senderos hacia Dios son tantos como los alientos de los hijos de los hombres”. Percibe el gran significado de las palabras de Sri Krshna: “Sea cual sea el sendero por el que los hombres se acercan a mí, en ese camino les doy la bienvenida, porque todos los caminos son míos”. La verdadera tolerancia renuncia totalmente a cualquier intento de establecer un camino que todos deben seguir. Comprende que siempre que un espíritu humano está buscando a Dios, siempre que la inteligencia humana está tratando de elevarse a lo Divino, siempre que un corazón humano está sediento de contactarse con su fuente, allí se transita un camino hacia Dios, y hollándolo, inevitablemente lo conducirá a la meta. Los caminos son diferentes porque las mentes de los hombres son diferentes, porque sus corazones son diferentes, porque han crecido en diferentes líneas de pensamiento, y se han acostumbrado en un antiguo pasado -que permanece detrás de cada uno de nosotros, que se extiende hacia atrás al amanecer de los tiempos- a una variedad de creencias religiosas, a una variedad de opiniones y puntos de vista. Son útiles, no maliciosos. Porque la verdad es tan multifacética, se puede ver de tantos puntos de vista, que cada nueva visión de ésta es un agregado y no un obstáculo, y estudiar las opiniones de alguien diferente a nosotros, tratar pacientemente de aprender de su punto de vista, y ver como él ve, es el desarrollo en nosotros de la visión que finalmente verá toda la verdad y no sólo un fragmento de ella. Cuanto más estudiamos, más nos damos cuenta de la unidad al estudiar la diversidad, conocemos su grandeza más y mejor. Los hombres que sólo tendrían una religión, una filosofía, una visión de la vida, son como los hombres que exigirían que, como la luz del sol es blanca, entonces no debería haber colores en el mundo. Porque los colores no surgen de la luz, sino de las diferentes constituciones de los cuerpos sobre los que la luz blanca está siempre iluminando. La desigualdad de constituciones, los modos en que las flores, el pasto y los animales están constituidos, son las variedades que nos dan diferentes colores aunque la luz sea una: cada uno toma de la luz blanca lo que necesita, y rechaza de ésta lo que no quiere, y hablamos del color de la flor, del animal, del cielo. Así también el gran Sol blanco de la Verdad que brilla en las mentes de los hombres que están constituidas de modos diferentes, le da a cada uno de ellos lo que necesita para nutrirse, y las partes que no se usan siempre rebotan como los colores a los ojos de los demás. A menos que quieran un universo blanco de materia, un universo blanco de pensamiento, ¿por qué no regocijarnos con las diferentes constituciones que pintan el mundo del pensamiento con muchos colores, al igual que pinta el mundo de la materia con innumerables matices? Observando luego todas las opiniones diferentes a nuestro alrededor, vemos el valor de su variedad en la riqueza y belleza agregada de nuestras opiniones de la verdad. Pero existe otra razón por la que deberíamos ser tolerantes, y ésta es porque sólo cada fragmento de la Deidad, al que nos referimos como el Espíritu humano, conoce sus propias necesidades y sólo puede comprender su propio amor de búsqueda. El proverbio egipcio, al hablar del Yo, dice: “Aquél que hace su propio camino según la Palabra”. Es el sonido que el Espíritu individual da, el que muestra su cualidad y su naturaleza, y sólo el Espíritu conoce el camino en el que se puede expresar mejor. Sólo el Espíritu puede juzgar la rectitud del sendero que selecciona a fin de hallar su fuente. E interferir con esa elección del Espíritu, ordenarle a otro fragmento de la Divinidad cómo hará su camino hacia Dios, es insolencia injustificable, eso es realmente blasfemia contra la individualidad. Lo que debemos manifestar para aprender es la multiplicidad en la unidad, y a fin de comprender el valor de su variedad, estudiamos las religiones del mundo. Estudiar sin comprender es ver las imperfecciones; estudiar comprendiendo es ver su belleza. Y nunca pueden comprender la belleza de una fe y su influencia en la mente de sus adherentes, hasta que la estudian con amor y simpatía, y sienten en ustedes mismos las vibraciones que produce en quienes ésta atrae. Entonces si van a ser verdaderos amantes de la Sabiduría Divina, elévense sobre la intolerancia, lo que le hablará a otro con esa libertad del Espíritu donde solamente se encuentra la verdad. Estudien más aquello con lo que no están de acuerdo, que con lo que sí lo están. Día a día familiarícense con la opinión de otros, en vez de mantener siempre los ojos fijos en un objeto mirándolo constante y exactamente desde el mismo lugar. Aprendan de aquéllos con los que están en desacuerdo más que de los que sí están de acuerdo y de ese modo se volverán multifacéticos, como los numerosos aspectos de la verdad misma. Finalmente, cuando se eleven a la magnificencia del conocimiento perfecto, encontrarán que cada fragmento tiene su lugar en el todo perfecto, y que cada religión que el hombre ha seguido es una nota en el acorde sagrado que habla de Dios al hombre. Yo sólo les pediría que lo practiquen en la vida tanto como que lo admiren en teoría, que traten de corregir la intolerancia natural de la humanidad observando en cada persona y en cada opinión lo bueno, en vez de lo malo. Permitan que la primera impresión de un libro sea favorable en vez de hostil; permitan que la primera apreciación de un hombre sea de sus virtudes, en vez de sus defectos. Porque cuanto mejor nos parezca, más vemos el Yo que trata de manifestarse por medio de su mente y su cuerpo, y los errores son sólo las nubes que ocultan el sol; a medida que el sol se eleva más, se hace más claro, y a medida que brilla, las nubes se desvanecerán y se verá el verdadero Yo.
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