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Vol. 130 - Número 6 - Marzo 2009 (en Castellano) |
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Acción sin apego
Marcos Luís Borges de Resende
El Sr. Marcos Luís Borges de Resende es el Secretario General de la Sección brasilera de la Sociedad Teosófica. Dio esta charla el 28 de diciembre de 2008 en la Convención internacional de Adyar.
¿De dónde surgen nuestras acciones? ¿De qué nivel o parte de nuestro ser? ¿Desde los impulsos emocionales, las atracciones, las repulsiones? ¿Desde una mente con pensamientos calculados e intereses personales? Es imposible hablar de las acciones sin contar con una percepción de nosotros mismos, sin autoconocimiento.
Cuando nuestras acciones son el resultado de impulsos emocionales que surgen de atracciones o repulsiones, o de una explosión de emociones, muchas veces somos incapaces de percibir las causas. Las acciones que se proyectan de una mente con intereses personales generarán conflicto y desarmonía. Casi todas nuestras acciones son el resultado de los aspectos superficiales de nuestra naturaleza transitoria.
Para poder encontrar la acción correcta y la armonía dentro de nosotros, de manera que podamos enfrentarnos a todas las situaciones en la relación correcta, debemos ahondar profundamente dentro de nosotros mismos y aquietar nuestras emociones y pensamientos.
Para poder tranquilizar nuestras emociones, debemos ser conscientes de ellas en el momento exacto en el que las sentimos, sin alimentarlas ni expresarlas. El enojo, por ejemplo, es una explosión de energía causada por nuestro deseo, cuando no estamos satisfechos con algún resultado en el mundo de las formas. Es realmente nuestro deseo. Cuando nos quema el enojo, podemos ocultarlo si estamos bien educados, pero esto producirá efectos negativos, no sólo a un nivel psicológico, sino también en nuestras relaciones. Cuando permanecemos en ese estado de enojo, sin interferir, sin condenarlo ni justificarlo, sólo enfrentándonos al hecho subjetivo de que está sucediendo, nuestro propio deseo y enojo se disiparán. Esto sucede con todas las emociones. Cuando las percibimos, sin una actitud de represión ni estimulación, sin autocompasión ni auto-importancia, simplemente contemplando su naturaleza, la oleada de emoción se volverá espontáneamente serena. Pero cuando no estamos atentos al movimiento de nuestras emociones, nos volvemos sus esclavos.
Cada acción que surge como resultado de emociones impulsivas, que no tiene en cuenta a los otros, generará conflicto y desarmonía, no sólo dentro de nosotros, sino también en nuestras relaciones.
Percibir el movimiento de nuestra mente es más difícil que percibir nuestras emociones. La mente corriente tiene una fuerte tendencia hacia el interés personal. Sus movimientos son más rápidos, complejos y sutiles que los de las emociones. Los pensamientos, en general, están centrados en nosotros mismos, y giran alrededor de lo que es placentero para nosotros, o de lo que no lo es, lo que debemos evitar, y así sucesivamente. Siempre estamos proyectando lo que debería ser, en un movimiento eterno de comparaciones y juicios.
En términos prácticos, el uso del pensamiento es necesario. Sin él, no seríamos humanos, sino animales irracionales, y sería imposible vivir una vida civilizada. Sin embargo, cuando el pensamiento ingresa al área de las relaciones, tiende a ser egocéntrico, segregado, compartimentado, y genera prejuicios y conflictos.
¿Es posible detener el pensamiento? Parece ser que cualquier esfuerzo o técnica para lograrlo son inútiles. Cuando intentamos detener el pensamiento con el pensamiento, éste se alimenta a sí mismo. Cuando un lado quiere controlar al otro, en el mismo nivel vibratorio, como en este caso, el único resultado es la cristalización de la mente, y ésta se vuelve rígida, lo que conduce a la indiferencia y la crueldad.
Uno no puede detener el movimiento del pensamiento por una decisión del pensamiento. Debe suceder de una manera natural al observar nuestros pensamientos sin interferir. Entonces, entramos en un estado de atención. Es esta atención la que nos conduce hacia una mente naturalmente aquietada.
En otras palabras, el pensamiento es el estado de desatención en el que escapamos del ahora. A través de muchos viajes por nuestros recuerdos, nuestra consciencia se divide. Parte de nuestra consciencia está allí, alerta; parte está ocupada con archivos de nuestra memoria, mediante juicios, proyecciones y comparaciones. Pero cuando percibimos este movimiento, al ver esta división en nuestra consciencia y al concentrar nuestra atención en lo que sea que esté sucediendo, subjetiva y objetivamente, aquietamos naturalmente nuestros pensamientos. Si hay un nuevo movimiento del pensamiento, nos volvemos más conscientes de éste, sin intención de modificarlo, y en consecuencia, estamos naturalmente en un estado de alerta, de atención, observando imparcialmente todo lo que sucede dentro y fuera de nosotros.
Es necesario percibir los movimientos del pensamiento, sin reprimirlos ni alimentarlos, permitiéndoles que se serenen. Como consecuencia, emergerá un tipo diferente de consciencia, que surge de nuestro silencio interno y es luz en espíritu, y que produce que nuestras acciones sean sabias, armónicas e integradas.
Entonces, cuando hablamos de acción, debemos tener en claro de dónde surge, de qué nivel de nuestro ser emerge. La acción práctica requiere del uso del pensamiento, como herramienta que guía hacia una vida civilizada. Pero en términos de relaciones, todas las acciones que nacen de emociones o pensamientos, que en su mayoría están relacionadas con el complejo sistema de memoria y proyección de imágenes, son potencialmente creadoras de conflicto y problemas.
En muchas ocasiones, estamos externamente en un estado de agitación e internamente inactivos. En otras, aparentemente sin acción, estamos internamente en una actividad intensa, sin estar preocupados por pensamientos ni emociones, pero con atención y observación, como en el caso de la meditación profunda. Es necesario que percibamos y comprendamos la acción en la inacción y la inacción en la acción, como nos enseña el Bhagavadgitâ.
Cuando no queda sombra del interés personal o la auto-importancia, sino un completo olvido de uno mismo, la acción será sabia, efectiva, adecuada, armónica, hermosa, feliz y saludable. Esa acción no tiene apego.
El apego es el resultado de nuestra ignorancia de la vida, de su naturaleza real. Estamos apegados a lo que es transitorio, pero debemos, como dice Luz en el Sendero, sostenernos firmemente en lo que no tiene sustancia ni existencia. Si tenemos nuestra consciencia enraizada en lo eterno y lo que no es transitorio, nuestra vida fluirá armónicamente. Pero, para eso, debemos comprender lo que es eterno y lo que es transitorio.
La vida material no es permanente, es transitoria, y como tal, se renueva cada vez. Aceptar esta impermanencia es sinónimo de sabiduría. Pero la vida no se puede dividir entre lo que es material y lo que es espiritual. Todo es parte del mismo movimiento que une lo eterno con lo transitorio. Lo eterno no está en el tiempo. Existe en la dimensión de la unidad, desde donde todo procede. El universo refleja esta realidad, ya que es al mismo tiempo uno y diverso: uno, en los planos más sutiles; diverso, en los más densos. Y, sin embargo, sigue habiendo una unidad esencial que interconecta todos los planos de la naturaleza, y la diversidad por sí misma es una expresión de esta unidad.
Cuando vemos un embrión por medio de un equipo moderno de ultrasonido, ya sea animal o humano, observamos que la primera manifestación del nuevo ser es el movimiento por pulsaciones en el que se forma el corazón. La esencia de la vida es pulsación. Esta vibración crea un nuevo organismo, de acuerdo con cierto orden, y lo mantiene durante la vida. Cuando la vida deja de pulsar en el plano material, el organismo se desintegra, y decimos que está muriendo.
Si aceptamos que la vida es movimiento, como un pulso-latido hacia adentro y hacia afuera de nosotros, viviremos armónicamente. Si nos volvemos apegados, tratando de retener el movimiento de la vida, entonces las aguas se estancan, causando penas, enfermedades y dolor.
El apego es el deseo de continuidad: transformar en permanente aquello que por naturaleza es imperecedero, transitorio. Nuestros pensamientos son adictos a este deseo de permanencia y continuidad, siempre queriendo volver eterno todo lo que nos da placer y es conocido, y manteniendo siempre alejado todo lo que parece no ser placentero y conocido.
Para poder actuar sin apego, debemos aprender a morir, volvernos conscientes de que no somos nuestro cuerpo, nombre, títulos ni posesiones. Todo esto es equipaje que todos debemos acarrear con nosotros, pero que desaparecerá en un momento u otro, y lo hará en forma definitiva cuando se produzca la muerte física. Si nos damos cuenta de la verdad, que en realidad no somos nada más que el pulso de la naturaleza, todos los apegos habrán quedado atrás.
Aprender a morir es aprender a vivir. Sólo podemos vivir lo eterno en lo transitorio si permitimos que el equipaje que llevamos siempre esté muriendo. Entonces, la vida se estará renovando a sí misma constantemente, en cada instante, en el único momento que existe, el ahora eterno.
“En la tierra como en los cielos”. Esta es nuestra misión en la vida, convertir esta vida material en vida de paz, amor, armonía y bondad, incorporando a este mundo todas las cualidades y atributos que pertenecen a lo eterno. Esto no debe ser una idea ni una teoría, sino que debe ser una realidad en nuestras relaciones con familiares, vecinos, hermanos teósofos, profesionales, el mundo de los negocios y así sucesivamente.
Nuestra misión como Teósofos es convertir la sabiduría de la Teosofía en una realidad viva, al percibirnos a nosotros mismos y morir a cada sentimiento egoísta, al yo, de manera que nos podamos relacionar con todos los seres con simplicidad, humildad y felicidad.
La acción sin apego es la única manera de integrarnos al movimiento de la vida, al manifestar su belleza y armonía. A medida que nos volvamos cada vez más desapegados psicológicamente, que no significa escaparnos de nuestras responsabilidades en el mundo, más poderoso será nuestro amor y más maravillosas serán nuestras relaciones.
La acción correcta es el resultado de una comprensión profunda. No hay intervalo de tiempo entre la comprensión y la acción. La comprensión y la acción son inmediatas y espontáneas, sin conflicto entre el entendimiento y la práctica. Krishnamurti dijo que cuando la comprensión es clara, hay sólo una manera de actuar, la forma correcta.
Cuando la acción proviene de un vacío profundo, del silencio interior, de la quietud de las emociones y pensamientos, no será apegada, sino que estará llena de amor y sabiduría. Es una forma de transformar este mundo en un lugar donde se dignifica la vida.
Es tarea de cada uno de nosotros abrir este canal interior entre lo eterno y lo transitorio, al volvernos instrumentos de la Inteligencia y el Amor Universales.
Quien a sí encadenare una alegría malogrará la vida alada. Pero quien la alegría besare en su aleteo vive en el alba de la eternidad.
William Blake
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