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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 130 - Número 6 - Marzo 2009 (en Castellano)

 
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El sendero espiritual - Un viaje   a lo desconocido

 

G. RAMANATHAN

 

La palabra “espiritualidad” se ha convertido en un lugar común en este mundo moderno. Mucha gente piensa que esas cosas que son visibles al ojo son físicas y todas las otras cosas no visibles pertenecen al mundo de lo espiritual. Pero ¿somos capaces de mirar adecuadamente incluso los objetos físicos? ¿No difiere la percepción de una persona a otra, según su visión, su sensibilidad, salud y claridad mental?

En realidad, la claridad mental, la cual es el râjâ de los sentidos, es la cualidad más importante en el acto de percepción. Cada uno percibe solamente según su predisposición mental. Las diferencias en la predisposición o condicionamientos mentales provocan diferencias de percepción.  ¿Por qué debería existir esta diferencia en la percepción? ¿Por qué no se pueden percibir todos los aspectos de un objeto a la vez, y que ningún aspecto pase desapercibido? Es obvio que la observación perfecta sólo tiene lugar cuando la mente ha abandonado su condicionamiento. La mente es aquello con lo que miramos las cosas. Si se produce una distracción de la mente, aunque nuestros ojos estén dirigidos hacia un objeto en particular, no logramos ver nada. Esto lo experimentamos en la vida diaria. Se toma conocimiento del objeto que observamos sólo cuando la mente se unifica con éste. Lo mismo sucede con todos los demás órganos sensoriales: nariz, lengua, piel y oídos. La percepción sensorial sin la mente no es experimentada por el que experimenta. El conocimiento del objeto de percepción sólo ocurre cuando la mente se une a las impresiones recibidas desde el mundo externo a través de los órganos de los sentidos.  

 

¿Quién es el que experimenta? Recibe el nombre de mente inferior o kâma-manas. La llamada mente inferior, que está en funcionamiento en nuestra vida diaria, está siempre dirigida hacia lo exterior y en realidad está impregnada por los sentidos. Está tan entrelazada con los sentidos que se encuentra altamente condicionada por las circunstancias externas. Sería conveniente aquí marcar la diferencia entre la mente inferior y la Mente Superior. La mente inferior, que comprende del cuarto al séptimo subplano de la mente, es animada por el segundo reino elemental, el cual es de naturaleza concreta. Su tendencia es sumergirse cada vez más en la materia. No se encuentra en el arco evolutivo. Pero la Mente Superior, que comprende del primero al tercer subplano, y es animada por el primer reino elemental, es “sin forma”. Es el cuerpo causal animado por la chispa divina. No vibra de acuerdo a las circunstancias externas y se encuentra en el arco evolutivo. Pero el plano mental  inferior y el plano astral, que animan al segundo y tercer reino elemental, se encuentran en el arco descendente de involución. ¿Cómo hemos de enfrentar esta curiosa situación?

 

La mente, la única escalera por la cual se puede subir, tiene que ser purificada.  Si actúa al unísono con el plano astral, danza según las circunstancias externas sin ser consciente de la naturaleza superior; nunca puede estar en el arco evolutivo.  Como ya se mencionó, está tan impregnada por los sentidos que el mecanismo de funcionamiento de kâma-manas sigue siendo astuto y siempre evasivo. Para lograr comprenderlo, se requiere de extraordinaria sensibilidad y capacidad de observación. La mente inferior tiene que estar totalmente disociada de las percepciones sensorias. En este sentido, es el pratyâhâra al que se hace referencia en los Yoga-sutras de Patañjali. Aquí, la mente se retira dentro de sí misma sin ser condicionada por las cosas mundanas. El descondicionamiento de la mente es posible observándose a uno mismo en la vida diaria. La observación le permite a uno mismo percibir directamente las actividades de la propia mente y como ésta influye en la vida diaria del mundo físico. La observación tiene lugar en un estado de desapego y es posible cuando la mente está abierta. La observación abre la puerta al aspirante y le permite ver la seriedad de la situación en la que vive, y hasta qué punto él está contribuyendo a la violencia y el sufrimiento que imperan en el mundo. Es una tontería intentar trascender las limitaciones físicas amasando una fortuna o adquiriendo poder, como lo evidencia lo que está ocurriendo en el mundo. ¿Podemos trascender la muerte amasando una fortuna o ignorando las aparentes diferencias en el plano físico?

 

Mientras sigamos enfatizando sólo la forma o plano físico, existirá el pensamiento segregacionista. Este tipo de pensamiento divisorio naturalmente da origen a la violencia. Todas las guerras mundiales y los diversos tipos de tiranía en la historia del mundo son manifestaciones del pensamiento divisorio.  Todas las guerras que ahora se desatan en el mundo son también resultado de esto. Observar nuestros procesos mentales nos permite elevarnos desde un punto de vista personal estrecho a una perspectiva universal y el denominado problema personal pierde su significado ilusorio. Pero esto sucede cuando vamos más allá del nivel formal de la existencia y alcanzamos al espíritu detrás de la forma. En el nivel espiritual no existe diferencia y su naturaleza es universal. No se encuentra confinado a las dimensiones físicas sino que es de dimensiones infinitas.

 

¿Cómo se puede avanzar hacia la espiritualidad con la mente condicionada? Cualquier cosa que sea proyectada desde la mente, es naturalmente su propia proyección condicionada. La mente común se exterioriza y no puede moverse más allá de las limitaciones impuestas por las circunstancias externas. Es llevada de aquí para allá por atracciones y repulsiones. Todo lo que atrae a los sentidos evoca recuerdos de experiencias previas y por lo tanto ingresa en el campo de kâma-manas y no puede contribuir a la percepción de la unidad. La percepción espiritual se encuentra claramente fuera de la esfera de los recuerdos o el campo de lo conocido. Todo deseo de asegurar el resultado de una acción revela que es una acción limitada. Los movimientos limitados no pueden ingresar a las profundidades de nuestro ser.  La percepción espiritual tiene lugar cuando la mente no está condicionada por circunstancias externas, recuerdos, etc. Es un movimiento dentro de lo desconocido donde el que percibe se convierte en lo percibido. Cualquier deseo de convertirse en algo o moverse hacia un fin conocido es un movimiento en el campo del pensamiento.

 

El pensamiento es la vibración generada en la mente inferior (cuerpo mental), lo cual es obviamente una reacción a los objetos o situaciones del mundo externo. La reacción tiene lugar donde existe resistencia. La mente inferior, que está entrelazada con kâma o kâma-manas, es evolucionada por su interacción con el mundo material durante millones de años y durante su involución la mente ha formado un hábito propio, de tal manera que es incapaz de salirse del ámbito de su propio campo de actividad. Ha formado un centro y todos nuestros pensamientos y acciones provienen de ese centro. Es mero sentido común que la acción que proviene de un centro se encuentra limitada a ese centro. El flujo natural de vida es inhibido por ese centro, y así dolor, frustración y violencia, dominan nuestra vida. Nuestra percepción se ve distorsionada por este centro ilusorio, de tal manera que las acciones que emanan de ese nivel siempre crean conflicto y violencia. El pensamiento que se origina desde este centro tiene  sus raíces en las sensaciones, y en consecuencia sólo puede fortalecer la adicción a la sensualidad, la cual, en realidad, sólo ayuda a fortalecer nuestra falsa identificación con el cuerpo. La sensación de “yo soy el cuerpo físico” se fortalece al ceder cada vez más a las actividades de kâma-manas. Con relación a esto, cabe citar a J. Krishnamurti, quien dijo en su libro A los pies del maestro que «el cuerpo es tu animal – el caballo al cual montas». Si observamos nuestra vida diaria, podemos percibir con claridad que tiene sus raíces en el falso sentido de identificación con nuestro cuerpo. La sensación de separación o pensamiento divisorio es el resultado de esta falsa identificación. Ésta es la causa en este mundo, de todo tipo de competencia malsana, celos, guerras, etc. La percepción desde este nivel solamente puede abarcar el aspecto forma de las cosas y no puede ver la esencia escondida dentro de las formas. Cuando el aspecto forma predomina en vez del espiritual, se hace imposible la percepción de la hermandad universal. Se convierte tan sólo en una posibilidad remota.

 

La vida que habita las formas visibles del mundo está más allá del ámbito de las barreras, y la unidad se puede percibir sólo en ese nivel. La esfera espiritual es de una dimensión distinta, la cual no se puede comprender por medio de dimensiones terrenales. El sentido ilusorio de «yo soy el cuerpo» es el producto de millones de años de condicionamiento, acumulado por nuestra existencia durante nuestro viaje hacia los planos materiales. La mente es la conexión entre la materia y el espíritu. Si reacciona, en vez de ser un medio para reflejar el ser espiritual, obviamente  pierde su conexión con las realidades espirituales de nuestra existencia. Si un cohete que despega de una estación espacial pierde contacto con la torre de control, se extravía y finalmente colisiona. Ése es el caso de la mente que reacciona.

 

La reacción de la mente se produce en forma de pensamientos, obviamente condicionados por recuerdos de una experiencia anterior. Es tan sólo un movimiento habitual y no hay inteligencia o dinamismo en él. Esta reacción de la mente es como un estanque con pequeñas ondas donde el sol se refleja de manera distorsionada. Cualquier imposición de normas o reglas o cualquier otro control externo para hacer que la mente no reaccione hará más difícil la situación. Sólo observando profundamente el movimiento de nuestros pensamientos, cómo se origina el pensamiento, y cómo conducimos nuestras acciones en la vida diaria, podemos percibir la naturaleza del pensamiento mismo y cómo nuestra mente reacciona a las circunstancias externas. Esta observación es una acción que produce una nueva conciencia que trasciende el movimiento condicionado de la mente. Este estado de conciencia es en sí mismo la verdadera disciplina religiosa, donde desaparece la identificación del ser con la personalidad. Observando las operaciones de kâma-manas se pueden percibir las limitaciones del propio pensamiento y la seriedad de la situación patética en que se vive. Esa percepción no está condicionada por circunstancias externas. Es más bien independiente de circunstancias externas. Puede ser un estado en el que la mente deja de reaccionar y se manifiesta la conciencia espiritual. Este nivel de percepción va más allá de la mente y por lo tanto sería un acto de ignorancia cualquier intento de traducirlo en palabras o aplicar parámetros comunes para medirlo. Es un ámbito desconocido, al cual podemos denominar «espiritual».

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