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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 130 - Número 5 - Febrero 2009 (en Castellano)

 
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Un verdadero espíritu olímpico

 

LINDA OLIVEIRA

 

La Sa. Linda Oliveira es la Vice-Presidenta internacional de la Sociedad Teosófica.

 

    Como vimos el año pasado los Juegos Olímpicos reúnen a una gran cantidad de los mejores atletas del mundo para que compitan entre sí, alentados por grandes multitudes de espectadores de todas las profesiones y condiciones sociales. Uno podría preguntarse, por consiguiente, por qué un Espíritu Olímpico podría ser el tema de una charla en una reunión teosófica. Un espíritu así, en su más profundo y universal sentido, puede no distar tanto del tema de nuestro trabajo.

   Los antiguos Juegos Olímpicos en realidad eran parte de un festival religioso en honor a Zeus, que era el padre de los dioses y diosas griegos. Los Juegos se llevaban a cabo en Olympia, un santuario rural. En contraste con los Juegos actuales, aquellos que iban al Santuario de Zeus en Olympia compartían las mismas creencias religiosas y hablaban el mismo idioma. El santuario recibió su nombre en la antigüedad por el Monte Olympo, la montaña más alta en toda Grecia. En la mitología Griega, el Monte Olympo era el hogar de los dioses y diosas griegos más importantes.

   Aunque los antiguos Juegos fueron organizados en Olympia durante alrededor de mil años, hasta el 393 d.C., tomó más de mil quinientos años para que los Juegos Olímpicos fueran restablecidos. Los primeros Juegos Olímpicos modernos se realizaron en Atenas, Grecia, en 1896 y la posta de antorcha olímpica se introdujo un poco más tarde en los Juegos Olímpicos de 1928 en Amsterdam. Un evento nuevo, el Juramento Olímpico, se introdujo en 1920 en los Juegos de Amberes. Éste dice lo siguiente:

 

El Juramento Olímpico

 

En el nombre de todos los competidores, prometo que tomaremos parte en estos Juegos Olímpicos, respetando y cumpliendo las reglas que los gobiernan, en el verdadero espíritu deportivo, para la gloria del deporte y el honor de nuestros equipos.

 

   Por un lado los Juegos Olímpicos son una oportunidad para promover la excelencia humana y reunir a muchas personas de distintos puntos de la Tierra, pero por otro lado, el Juramento Olímpico incluye las palabras “competidores” y “equipos” con la división inherente que ellas implican. Existe un fuerte énfasis en alcanzar los objetivos que motiva a los atletas Olímpicos. En realidad el apego es un punto de inicio útil para comenzar a explorar el significado de un verdadero espíritu olímpico, ya que en general ¡tendemos a estar muy apegados a nuestros apegos!

 

Apego y Conciencia

 

   Comencemos considerando un breve pasaje de un antiguo texto, el Viveka-Chudāmani o La Joya Suprema del Discernimiento. En las siguientes citas rajas, por supuesto, es una de las tres guna-s o características de la materia, a menudo asociada con la pasión, la actividad, y el anhelo. Leemos:

 

El poder de rajas es extensión (viksepa) que es la esencia de la acción . . .  el apego y otras cualidades productoras de sufrimiento son siempre generadas por él.

 

   Por lo tanto el apego es esencialmente un efecto del movimiento de nuestra conciencia hacia el mundo exterior. El apego puede dar un sentimiento temporal de seguridad o felicidad. Podemos llegar a desear algo y por consiguiente querer aferrarnos a un objeto material, o también nuestra mente puede querer revivir una experiencia particular repetidas veces. Reiterar mentalmente una experiencia puede reforzar el deseo de tener esa experiencia nuevamente. Por ejemplo, recordar el gusto de un delicioso helado ¡puede perfectamente llevarnos a querer degustar uno con muchas ansias! El deseo puede generar glotonería o codicia.

   A este respecto, existe un cuento Zen sobre un famoso instructor que llevó a sus discípulos a un claro en el bosque, que era conocido como hogar de monos salvajes. Allí tomó una calabaza hueca con un pequeño agujero y le introdujo arroz endulzado (el preferido de los monos). Entonces la sujetó a una estaca y esperó con su clase. Pronto un gran mono se acercó, olfateó el arroz, introdujo su mano a través de la pequeña abertura y gritó al no poder sacarla (porque la tenía cerrada). Justo entonces, un leopardo se acercó y al oír al mono chillando decidió cenar un mono. ¡Deja el arroz! ¡Corre! Los discípulos le gritaban, pero fue en vano porque el mono rehusaba irse, en sus ansias por el arroz, y fue atrapado y comido por el leopardo. “¿Fue la trampa la que mató al mono?” preguntó el maestro. “El arroz” dijo un estudiante. “La calabaza” dijo otro. “No” replicó el sabio instructor. “La trampa fue la codicia.” Quizás el leopardo representa nuestro yo personal que atenúa nuestra habilidad de soltar.

   Un apego puede ser increíblemente fuerte en un momento dado resultando en codicia, pero cuando el deseo se frustra, el mismo apego puede de repente revertirse resultando en una fuerte aversión por esa misma cosa. En realidad, la codicia por un lado y la aversión por el otro son consideradas como dos de las “terribles propiedades” de rajas en el Viveka-Chudāmani.

   El apego puede crear nudos en nuestra conciencia y sofocar la experiencia real de la experiencia. El Lama Govinda  escribió:

 

La vida significa dar y tomar: intercambio, transformación. Es inspirar y expirar. No es el tomar posesión de algo, sino tomar parte en todo lo que viene a nuestro encuentro. No es un estado de poseer ni de ser poseído, tampoco un aferrarse a los objetos de nuestra experiencia ni un estado de indiferencia, sino el camino del medio, el camino de la transformación.

 

   De acuerdo con esto si nosotros queremos realmente vivir necesitamos volvernos “desposeídos”, “desposeernos” concientemente de nosotros mismos, supuestamente de todos nuestros apegos. ¡Este es un pensamiento radical! Una cosa es sostener la idea de que realmente no poseemos nada, de que somos custodios, ya sea de nuestras pertenencias, nuestras casas, nuestro planeta, una organización como la Sociedad Teosófica, de nuestras visiones, o de cualquier otra cosa. Y algo totalmente diferente es asimilar este ideal a través de algún tipo de osmosis, de tal manera que una noble actitud de atención coloree nuestras acciones diarias.

   Lama Govinda afirma que la vida es: “un tomar parte en todo lo que viene a nuestro encuentro”. Si estamos atrapados en un mundo de apegos entonces tendemos a enfocarnos en aspectos de la vida desconectados y separados e ignoramos el cuadro completo, el gran proceso de vivir es continuo y nunca es dos veces el mismo. Cuando nuestros apegos nos poseen fracasamos en conectarnos completamente con la vida. Aquellas cosas que son estáticas e inamovibles priman sobre aquello que es fluido y siempre cambiante.

   Hay otro cuento Zen que ilustra este principio. En una serie de eventos catastróficos un comerciante rico y anciano perdió sucesivamente su hermosa (pero problemática) esposa, su mansión (por el fuego), su fortuna (robada), y finalmente su libertad (por insultar al señor del lugar). Un carcelero cuya madre había trabajado para el comerciante notó un curioso cambio en el hombre quien se había destacado por el cuidadoso uso del dinero y el miedo a ser engañado. En prisión él parecía bastante feliz. “¿Está usted en su sano juicio?” le preguntó el carcelero. “¿Por qué sonríe y ríe y pasa cada día con tanto contento?” “Porque no tengo absolutamente nada que perder”, dijo riendo suavemente el comerciante.

 

Trascender el Apego Personal

   ¿Cómo hacemos exactamente para comenzar a trascender el apego? Una miembro de la Sociedad Teosófica vendió su casa hace algún tiempo, regaló casi todas sus posesiones y se declaró a sí misma más feliz como resultado de ello. Sin embargo, trascender los apegos probablemente es más una cuestión de un profundo cambio de actitud que de literalmente desprendernos de nuestras posesiones. Algunos consejos sobre trascender los apegos personales aparecen en La Imitación de Cristo de Thomas de Kempis.

 

El hombre que posee verdadero y perfecto amor, no busca su propia ventaja en nada, sino que sólo desea que Dios pueda ser glorificado en todas las cosas. No siente envidia hacia nadie porque no tiene deseos por ningún placer que no sea compartido, ni anhela ningún gozo que brote de sí mismo, porque él desea encontrar su felicidad en Dios por encima de todas las cosas buenas. . . .

 

Cualquiera que tenga una chispa de amor verdadero seguramente sabrá que todo en la tierra es engañoso e irreal.

 

   La cita de Thomás de Kempis refuerza el hecho de que tales temas no son en absoluto competencia exclusiva de las tradiciones Orientales. “El hombre que posee verdadero y perfecto amor no busca su propia ventaja en nada . . .” El amor puro es por lo tanto anatema al deseo por ventaja personal. En realidad un amor así nos pone en una condición de desear que la Deidad, más que el yo personal, sea celebrada y honrada en todas las cosas. Un sentido de lo sagrado no se puede lograr artificialmente ni puede ser inculcado por algún agente externo. Este sentido innato se revela a sí mismo como uno de los procesos de la Naturaleza, así como una nueva planta emerge sobre la tierra cuando las distintas condiciones requeridas están presentes. Lo sagrado florece naturalmente en el silencio de nuestro ser y a su propio tiempo.

   La afirmación también se repite en una de las enseñanzas en Luz en el Sendero.  El pasaje de referencia alienta al aspirante serio a anhelar “esas posesiones propias del alma pura, para poder acumular riquezas para ese espíritu común de vida que es tu único Ser verdadero.” Ambos pasajes contrastan claramente con el escenario competitivo del mundo de hoy. Quien posee un corazón puro no anhela las posesiones personales. Tal individuo puede tener posesiones personales pero no es manejado por ellas, y prefiere aquellas posesiones que benefician al todo. Estas posesiones universales en realidad pueden consistir en cualidades como la compasión, la generosidad de espíritu y de sabiduría, en vez de los objetos materiales propiamente dichos.

 

La fuente de la estabilidad

 Surge ahora la cuestión ¿cómo podemos entender este proceso de transformación humana? El cambio, el movimiento, es un hecho en la vida. Cambiar, moverse con la corriente, requiere un proceso constante de soltar. Como la autora Shirley Nicholson lo ha señalado:

 

Este soltar no significa ser poco compasivo e impasible, sin simpatía o entusiasmo. Más bien significa no identificarse demasiado con todo: nuestro cuerpo, nuestras convicciones y opiniones, nuestras reacciones, nuestros sentimientos, incluso nuestros seres queridos, y más especialmente  nuestra propia imagen, ese cuadro semiconsciente que tenemos de nosotros mismos. En pocas palabras, significa soltarnos de nuestro ceñido apego al ego. (p.177)

 

   El cambio y la transformación lógicamente van de la mano pero el cambio y la estabilidad como dos aspectos de transformación pueden parecer una pareja un poco extraña. Por lo tanto, consideremos lo que constituye la estabilidad. En un nivel superficial los apegos pueden dar una sensación de permanencia y estabilidad. Los seres humanos se esfuerzan por ver la estabilidad dentro del mundo externo, que constantemente cambia de un momento a otro. Por consiguiente esa estabilidad no dura y no es auténtica. Al respecto, una afirmación más del Lama Govinda: “Si queremos tener estabilidad, podemos encontrarla sólo dentro de nosotros mismos, concretamente, en la estabilidad de nuestra dirección interna.”

 

   Y ¿cuál es esa “dirección interna” a la que él se refiere? Es una forma de vida que nos conduce hacia Dios, hacia lo sagrado. Es esa brújula que finalmente nos liberará de la ronda del nacimiento y la muerte. Pero también hay otra manera de comprender la estabilidad interna y es considerarla como vivir en un “estado de dharma”. Tal estado puede ciertamente ser transformador, aún de un momento a otro.

 

Dharma

   Mientras más estable es nuestra brújula  interna, más seremos capaces de vivir dentro de nuestro dharma. ¿Pero, qué es dharma? Dharma se deriva de la raíz dhŗ que significa “establecer”, “sostener”, “soportar”, “sustentar”, “resistir”. También significa “lo que es estable o firme” (Monier-Williams). Dharma también tiene un significado secundario: “una cualidad esencial o característica, o peculiaridad”. Por lo tanto, podemos describir el vivir de acuerdo a nuestro dharma como participar activamente en ese viaje interno que ayuda a revelar nuestra cualidad única más íntima.

   El Dharma puede ser considerado como nuestro poder interno de decidir cómo enfrentaremos las situaciones. Annie Besant lo describió como el lugar donde estamos ahora, así también como la próxima etapa de nuestro desenvolvimiento. El Dharma por lo tanto tiene que ver con la evolución, con el arte de lo posible, con nuestros más profundos potenciales internos. ¡Y esto no se tiene que dejar para otro lugar o momento!

   Podemos pensar acerca del Dharma como romper con nuestras limitaciones a través de la expresión de nuestro ser interior, de nuestra naturaleza esencial. Por ejemplo, la vida nos puede presentar un desafío difícil, aunque de alguna manera podemos ser lo suficientemente fuertes como para enfrentar ese desafío como mejor podamos y esforzarnos más allá de los confines de nuestras destrezas “normales”. Este proceso puede describirse como el arte de abarcar lo posible, de convertirnos en más de lo que realmente somos. Además, el dharma también tiene una dimensión moral porque cualquier cosa que refleja nuestra naturaleza esencial como seres humanos, profundamente en el interior, necesariamente incluye la ética.

   Nuestro viaje hacia el interior que comienza con un examen de nosotros mismos, fundamentalmente nos ayuda a establecernos en nuestro dharma, en la Verdad de lo que somos.

 

La Verdad, ni fija ni finita

   La Verdad constituye el corazón del lema de la Sociedad Teosófica: “No hay religión más elevada que la Verdad”. En realidad, una orientación hacia la Verdad puede ser un cambio en la vida y puede conducirnos no a una meta sino a una nueva manera de ver el mundo, que constantemente permite que se revelen nuevas percepciones y que no se enfoque en resultados.

   A veces uno oye un comentario de que cierta persona no conoce su propia mente. Lo esencial de alinearnos hacia la Verdad es la importancia de realmente conocer nuestra propia mente y las muchas influencias que la afectan, no superficialmente sino lo más completamente posible.

   J. J. van der Leeuw, un prominente miembro de la Sociedad Teosófica, escribió con una percepción penetrante:

 

Nuestra verdadera conciencia es terra incognita, no conocemos el funcionamiento de nuestra propia mente. . . . Es como si fuéramos prisioneros en el amplio palacio de nuestra conciencia viviendo confinados a una habitación pequeña y vacía, más allá de la cual se extienden los muchos cuartos de nuestro mundo interno en los cuales nunca entramos, pero de los cuales visitantes misteriosos tales como sentimientos, pensamientos, ideas y opiniones, deseos y pasiones, van y vienen por nuestra prisión, sin nosotros saber de dónde vienen o hacia dónde van. En nuestra conciencia sólo conocemos los resultados, vemos sólo lo que roza la superficie y se vuelve visible, ahora comenzamos a darnos cuenta del vasto e inexplorado mundo misterioso . . . Estamos descubriendo la maravilla de la vida. (pp.8-9)

 

   Existen ciertos desafíos físicos asociados inevitablemente con vivir en el mundo, por ejemplo, tener un trabajo, mantener un hogar, hacer frente a las obligaciones familiares, ir de un lugar a otro, etcétera. Naturalmente estas cosas deben afrontarse. Pero inventar nuevos problemas puede volverse casi como una adicción, de manera que el mundo limitado en el que vivimos se magnifica  excesivamente volviéndose una constelación de problemas (en gran medida autocreado) y no nos tomamos el tiempo de “detenernos y oler las rosas”. ¿Podemos imaginar cómo sería ocuparnos mucho más de los procesos de nuestras vidas y mucho menos de los resultados, mucho más del misterio de este momento y mucho menos de imaginar cómo nuestra propia imagen podría ser afectada si un resultado particular no concordara con nuestra expectativa original?

   En relación a la Verdad, J. J. van der Leeuw comentó que “cuando cegados por el materialismo se quiere poseer la Verdad, tomarla y sostenerla, encerrarla entre las páginas de un libro . . .  entonces la nobleza de su aspiración se pierde y el héroe de ayer se vuelve objeto de lástima, ante quien los grandes dioses sonríen compasivamente”.

   Como escribió más adelante, “Aunque continuamente el hombre pueda clamar haber encontrado la verdad y poseerla, ella  misma se mantiene intocable; la verdad es el misterio de la vida que la mano del hombre nunca puede alcanzar. . .  El misterio de la vida no es un problema para resolver, es una realidad para experimentar”.

 

Postmodernismo y Re-encantamiento

   Charles Birch, eminente biólogo australiano y genetista de nivel mundial, en su libro titulado On Purpose (Sobre el propósito) incluyó entre otras cosas, cinco axiomas que desarrolló para una visión del mundo postmoderno.

   El primero de los axiomas era que la Naturaleza es orgánica y ecológica. Charles Birch observó que en el mundo postmoderno pensamos menos en las cosas (quizás aquí podemos usar la palabra “materia”) y más en las relaciones. O podríamos decir que las interconexiones han sido más prominentes en el mundo postmoderno. El autor señaló palabras claves en el pensamiento post-mecanicista como ‘evento’ en vez de sustancia; ‘organismo’ en vez de máquina; ‘responsividad’ en vez de ‘inercia’; ‘relaciones internas’ en vez de ‘relaciones externas’, y ‘propósito’ como una influencia causal para todas las entidades individuales en el universo desde protones a personas. Esta visión postmoderna del mundo da relevancia a la relación, a las interconexiones, al evento o proceso, a los procesos de la vida inherentes en un organismo comparado con la operación mecánica de una máquina, a las relaciones internas, y al propósito.

   Otro pensador contemporáneo, Ervin Laszlo, en su libro Science and the Reenchantment of the Cosmos (La Ciencia y el re-encantamiento del Cosmos), observa que los hallazgos científicos actuales de conexión y coherencia (p.24) encierran una importante percepción. Esta percepción es que varias redes de conexión que contribuyen a un cosmos que evoluciona coherentemente sugieren que existe algo más en el universo que materia y energía, espacio y tiempo. ¿Está él haciendo alusión al misterio y grandeza de la vida más allá de nuestro mundo mensurable? Cuando nos concentramos demasiado en los resultados entonces podemos ser demasiado analíticos sobre la vida, darnos una importancia indebida, y sentirnos limitados por el tiempo más de lo que es realmente necesario. La preocupación por los eventos pasados o futuros disipa la energía.

   Como un proceso universal, ¿qué es lo que realmente conecta y correlaciona al cosmos? Ervin Laszlo identifica esta fuente como un campo, el cual se explicita en la cosmología hindú, el campo de ākāśa. Él lo describe como “la matriz desde la cual todo ha emergido y dentro de la cual todo finalmente volverá a descender”.

   Ākāśa, término sánscrito, es un aspecto del espacio que significa “brillante, radiante, luminoso”. En La Doctrina Secreta leemos que Ākāśa es el “primer nacido del UNO, teniendo sólo una única cualidad, el SONIDO (que es septenario en su naturaleza)”. El espacio aquí no se refiere al espacio físico como lo conocemos con nuestros sentidos físicos tridimensionales, sino a aquello que contiene, define y es la base o matriz del universo, el macrocosmo. Es la caja de resonancia de la naturaleza. Imaginen que estamos dentro de un campo multidimensional, infinito y luminoso. Todo lo contenido dentro de ese campo, incluyéndonos, hace una impresión, escribe en las páginas cósmicas por así decirlo. Es algo valioso volverse concientes de las vibraciones o huellas que estamos imprimiendo para la posteridad sobre la matriz universal. 

 

Un ejemplo contemporáneo

   J. Krishnamurti  observó sabiamente que “no existe el logro, sino únicamente el movimiento de aprendizaje, y esa es la belleza de la vida. Si usted ha alcanzado el éxito, ya no hay nada más.” Él observó que nosotros hemos triunfado o queremos triunfar en nuestros negocios y en todo lo que hacemos. Como resultado estamos insatisfechos, frustrados, nos sentimos miserables. Sin embargo, él continua “Una mente que escucha con completa atención nunca buscará un resultado porque está desarrollándose constantemente, como un río que está siempre en movimiento. Una mente así es totalmente inconciente de su propia actividad, en el sentido que no hay perpetuación del yo, de un ‘mi’ que está buscando alcanzar un fin.”

   Un espíritu olímpico, verdadero y universal puede estar presente en nuestra más profunda respuesta a todas las experiencias de la vida, tanto objetiva como subjetiva. Un espíritu así se siente como los siguientes procesos que se desarrollan cada vez más dentro de nuestra naturaleza:

·                    Trascender el apego personal que es una cuestión de actitud.

·                    Vivir en nuestro dharma con nuestros distintos niveles de conciencia funcionando al unísono.

·                    Localizar la fuente de estabilidad dentro nuestro.

·                    Enfocarnos más en las relaciones, las interconexiones, las relaciones y el propósito interno, conceptos que salieron a relucir en el postmodernismo.

·                    Enfatizar las consideraciones éticas teniendo en cuenta las necesidades de todas las cosas.

·                    Volver a cautivarnos con el proceso de la vida y no enfocarnos tanto en los resultados.

·                    Basar nuestras vidas en la armonía, tanto sea en nuestro entorno doméstico, en las relaciones, o los diferentes procesos de nuestras acciones diarias.

·                    En lugar de atrapar la Verdad, abrirnos a la Verdad, dándole al proceso su debida libertad así esa Verdad puede revelarse a sí misma en nuestras vidas.

·                    Y finalmente, no por eso de menor importancia, sintámonos a gusto con el misterio de la vida, ¡porque hay cosas sobre el cosmos que la mente finita no puede conocer!

 

 

El Santuario Interno, la Llama Interna y la Gloria de la Vida

   El santuario que en la antigüedad se lo llamó Monte Olimpo por la montaña más alta en la Grecia continental, es en la mitología el hogar de los más grandes dioses y diosas griegos. Dentro de los más profundos recovecos de nuestra conciencia hay un santuario interno al que podemos ingresar para estar en comunión con nuestra verdadera nobleza humana, y que puede brindar una energía fresca e inmaculada a nuestra vida.

   Cierta simbología es evidente en la antorcha Olímpica que se lleva a través de muchos países por una sucesión de atletas de diferentes naciones, la igualdad fundamental de seres humanos de diferentes razas, disciplinas y continentes, y la gran llama que arde para todos. A medida que la miríada de relaciones humanas de todas las clases sociales se vuelven más saludables y menos fragmentadas la energía de nuestra llama humana colectiva se volverá más fuerte inspirándonos a mayores alturas aún.

   El Juramento Olímpico dice: “En el nombre de todos los competidores, prometo que participaremos en estos Juegos Olímpicos, respetando y cumpliendo las reglas que los rigen, en el verdadero espíritu deportivo, por la gloria del deporte y el honor de nuestros equipos.” Si se sustituyen unas pocas palabras aquí y allí, con el debido respeto a aquellos que escribieron este juramento, entonces su aplicación puede modificarse y ampliarse para aplicarla a la vida en un sentido más extenso, algo como: “En el nombre  de toda la humanidad me comprometo con la vida, respetando y cumpliendo la Ley fundamental del Cosmos, en el verdadero espíritu humano, por la gloria de toda la existencia y como un reconocimiento a la santidad de todos los seres.”

 

 

Referencias

 

Birch, Charles, On Purpose, New South Wales University Press, Sydney, 1990.

 Chatterji, Mohini, Viveka-Chudamani, The Theosophical Publishing House, Adyar, 1947.

 Collins, Mabel, Luz en el Sendero, The Theosophical Publishing House, Adyar, 1982.

 Govinda, Lama Anagarika, Creative Meditation and Mult-Dimensional Consciousness, George Allen and Unwin, London, 1977.

 Kempis, Thomas, La imitación de Cristo.

 Krishnamurti, J. The Book of Life: Daily Meditations with Krishnamurti, Harper Collins, San Francisco, 1995.

 Laszlo, Ervin, Science and the Reenchantment of the Cosmos, Inner Traditions, Vermont, 2006.

 Maclean, Richard, Zen Fables for Today, Avon Books, New Cork, 1998.

 Nicholson, Shirley, Ancient Wisdom Modern Insight, The Theosophical Publishing House, Wheaton, 1985.

 De Purucker, G., Occult Glosary, Theosophical University Press, Pasadera, 1972.

 Van der Leeuw, J.J., La Conquista de la Ilusión.

 

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