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Vol. 129 - Número 7 - Abril 2008 (en Castellano) |
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El Trabajador Teosófico
Hugh Shearman
Reimpreso de Una Guía para trabajar en la Sociedad Teosófica, (edición nueva de Para Formar un Núcleo, Edit. Teosófica, 2007.)
En la Sociedad Teosófica existe un grupo de miembros que consideran a la Sociedad no meramente como una fuente de inspiración, de interés y de información, un terreno de encuentro cordial para diversos tipos de personas o un modo agradable de pasar el tiempo. La consideran como un trabajo para ser hecho por la humanidad y algunos estiman que es un trabajo para el que están especialmente enviados por una alta Autoridad, y sienten que sirviendo a la humanidad de este modo, también están sirviendo la vida interna o el poder que ha de ser percibido intuitiva o místicamente dentro de la Sociedad.
El Trabajador
Son aquellos que, de una u otra manera, consideran a la Sociedad como un trabajo a realizar, un servicio a cumplir sin referencia al yo personal, quienes constituyen su fuente principal de fortaleza. Son tales personas cuya paciencia y percepción interna llevan adelante el trabajo en tiempos en que el entusiasmo superficial de los miembros menos comprometidos tiende a declinar. Son tales trabajadores que sin inconvenientes han llevado al trabajo dentro del silencio de sus corazones en tiempos de persecución, sólo para educirlo nuevamente cuando la persecución termina con una llama que es más brillante que antes. Y, al igual que los trabajadores más vigorosos e incondicionales, hay otros que se van aproximando año tras año al nivel de fuerza y estabilidad que estos han establecido.
El árbol y el fruto
La fuerza de un buen trabajador teosófico proviene del hecho de que él no depende de estímulos de resultados externos para darse ánimo. El mide el éxito de su actividad por la cualidad y relevancia de su experiencia interna, y no básicamente por el fruto evidente de resultados visibles. Ser indiferente a resultados externos sólo conduciría al descuido e inefectividad. Los resultados sí importan, son primordiales; pero los mejores resultados en nuestro trabajo no se obtienen concentrándose ansiosamente para producirlos sólo por medios externos. Son el fruto y no el árbol. Si nos mantenemos pensando en el fruto, pero ignoramos el árbol, el fruto se deteriorará en calidad. El árbol en este caso es nuestra vida interna y nuestro más profundo objetivo, y los frutos para nuestra Sociedad pueden ser una actividad en aumento y una influencia benéfica. La vida interna y el objetivo más profundo deben ser experimentados y cultivados antes que la actividad y la influencia externas se lleven a cabo del mejor modo y sobre fundamentos seguros. El miembro, cuyo trabajo por la Sociedad está basado en una experiencia de propósito interno, no se preocupa por una disminución en los miembros o por varias dificultades materiales. Puede haber muchos problemas y sufrimiento por todo esto, pero no debe haber allí ansiedad o decepción si el trabajador está establecido en el verdadero propósito del trabajo.
Elogio y desmerecimiento
Es posible que, actualmente, ciertos frutos de la acción se le nieguen completamente al trabajador teosófico. No recibirá elogio o reconocimiento por lo que hace, o el reconocimiento será de un tipo que no importa y que no es de valor. Ciertamente el brillo de la admiración personal puede a veces ser una indicación escalofriante de fracaso. Por ejemplo, si un trabajador honesto da una charla en la que trata de trasmitir algo que sintió y valoró profundamente, y al final de su charla todos lo elogian y le dicen cuán maravilloso es, obviamente, de alguna manera ha fallado porque atrajo atención a su propia personalidad y no al mensaje que tenía que dar. El elogio no es bueno ni malo, sino simplemente irrelevante. El mensaje de la Teosofía y el trabajo de la Sociedad Teosófica no son cosas personales, ni de ustedes, ni mía, ni de nadie. Pertenecen a un todo que es inmensamente mayor que cualquier personalidad. Si la aprobación personal es irrelevante para nuestro trabajo, lo mismo ocurre con la censura que hacemos o la de otros. Nuestro comportamiento surge de nuestra condición y nivel de crecimiento psicológico y, aunque a veces tengamos que llamarles la atención a otras personas por sus obligaciones, no es de ninguna utilidad enojarse con ellos por sus defectos, como no lo es el enojarse con un niño porque no es adulto. Un inconveniente frecuente que sufren los trabajadores teosóficos es el fracaso de otros en cumplir las promesas que hacen. Usualmente esto surge no de ninguna malicia sino de la inmadurez de las personas y por fracasar en estar realmente con el control de sus propias vidas e impulsos. Sin aprobar su defecto, es más útil buscar cómo ayudar a quien falta para evitar que se repita, que condenar con indignación. Y si nosotros mismos hacemos cosas que son una molestia para otros, o fallamos en hacer cosas que deberíamos hacer, es más útil descubrir cómo originamos la desarmonía que tratar de defendernos y argumentar que teníamos razón.
Aislamiento
A veces el trabajador teosófico está en una posición de gran aislamiento y es como si tuviera que sostener un cargo en el trabajo. También puede estar profundamente aislado en su propio hogar y con la familia y en el medio social. Si esto sucede, se debería aceptar que este es el rol que el trabajo requiere de él. Lo importante es la cualidad de nuestra aceptación de la situación, y no la transformación de la situación en algo que puede ser personalmente más agradable. Es inútil pensar ¨si pudiera tener a alguien comprensivo que me ayudara, o si tuviera más tiempo y dinero para dedicárselo al trabajo!¨ Si esa es nuestra situación, es obvio que lo que el trabajo demanda de nosotros es que deberíamos continuar sin un ayudante o sin tiempo y dinero. Aunque el trabajo de la Sociedad es de importancia primordial para el trabajador teosófico, es igualmente importante que por su propio bien se vuelva un buen teósofo, y eso lo hará mejor cuando eduzca las capacidades de su propio carácter, en vez de lo que obtenga de circunstancias externas o de otras personas. A veces un trabajador devoto se encuentra a sí mismo en un lugar en el que, a pesar de sus mejores esfuerzos, el número de miembros de la Sociedad disminuye y el trabajo parece que va a desaparecer completamente. A menudo, si nos mantenemos hasta el fin, un nuevo grupo de personas aparece y asume el trabajo. Pero a veces el trabajo realmente va a morir por un tiempo en una localidad en particular, probablemente debido a las condiciones prevalecientes en esa comunidad. En tal caso la tarea del trabajador en ese lugar es conducir una acción de retaguardia tan prolongada y eficiente como pueda, recordando que es por la calidad de nuestro trabajo ahora, que reivindicamos el futuro. El trabajador teosófico debe ser alguien de quien se diga ¨Ganando o perdiendo, participó en el juego”. A veces ha sucedido que un trabajador teosófico se ha encontrado a sí mismo asistiendo solo a una reunión que se convocó. Su tarea obvia entonces no es lamentar la ausencia de otros sino continuar y hacer la reunión solo, siguiendo los estudios y las meditaciones como sienta que son apropiados para tal ocasión. Sea cual sea el resultado visible que se presente, sabrá, si está apoyado en su vida interna y en el propósito de nuestra Sociedad, que su pensamiento no se perdió en esta ocasión. Apartando la mirada de las dificultades y frustraciones ocasionales de los individuos, se puede ver que nuestro trabajo como un todo avanzó mucho y ejerció una gran influencia en el mundo desde que se fundó la Sociedad. Algo ya se ha logrado, cuyos resultados no pueden ser finalmente eliminados por ninguna calamidad, vicisitudes, o corrupción humanas. A ese éxito creciente, toda lucha difícil o aislada de algún trabajador solitario es una contribución efectiva y al reconocer esto plenamente, puede descubrir que no está solo en modo alguno. La soledad surge por medir nuestras vidas y trabajo con modelos ambiciosos y competitivos. Si al olvidarnos de nosotros mismos en el trabajo, perdemos de vista estos modelos personales, podemos descubrir que somos miembros de una gran compañía y nunca podemos estar solos. El trabajo teosófico también implica gran esfuerzo y mucha atención a muchos detalles pequeños, sin reconocimiento externo. Si el trabajo pesado es enfocado con una actitud abierta, es aceptado y tratado creativamente; viene por su intermedio cierta experiencia inefable de desapego y energía, y una apreciable profundización gradual de la naturaleza interna.
Cambiando la naturaleza humana
Podría decirse que el propósito de la Sociedad Teosófica es cambiar o transformar la naturaleza humana. Este es después de todo, el único medio efectivo de cambiar el mundo humano y manifestar externa y activamente esa Fraternidad Universal de la Humanidad que reconocemos como una realidad pero que para tantos todavía es sólo una vaga esperanza trascendental, o ni siquiera eso. Y la única parte de la totalidad de la naturaleza humana de la que somos responsables de cambiar es nuestra propia naturaleza. Además de ser muchas otras cosas, la Sociedad Teosófica es un campo de entrenamiento para el carácter humano, y su servicio es una disciplina por medio de la cual se pueden aprender las lecciones más profundas. Los trabajadores teosóficos pueden descubrir esto según la medida del sacrificio que hacen por ella. Que debería ser una escuela para héroes y un medio de educar verdaderos santos, fue la intención de sus Fundadores. Depende de cada miembro el asumir el desafío que tal intención ofrece. Y gran parte del reto puede estar en el hecho de que todos sus co-miembros tienen perfectamente admitido el derecho a no ser ni santos ni héroes. Al cambiar su propio carácter, el trabajador teosófico puede sabiamente recordar que las mayores posibilidades de perder el equilibrio no son sus defectos, sino sus virtudes. Cualquier capacidad que pueda tener, habilidad organizativa, capacidad psíquica, conocimiento de cualquier tema especial, alguna forma particular de bondad o fiabilidad, puede, al reafirmar su importancia, eliminar un aprecio equilibrado de la totalidad de las cosas. Esto puede suceder fácilmente cuando una persona tiene alguna forma de sensibilidad psíquica. El rango de cosas que percibe por medio de esta sensibilidad, generalmente un rango mucho más estrecho de lo que se da cuenta, le parece muy importante, y puede perder su sentido de proporción. Muchas otras capacidades, tales como una mente analítica clara, una experiencia especial en algún tema, una devoción especial a algún aspecto de la verdad, pueden causarle también que se engañe y traicione la sabiduría que aspira profesar, si permite que la importancia personal de tal capacidad se escape con él. La seguridad yace sólo en la auto-eliminación y en el servicio constante hacia algo mayor que el yo.
Indecisión
Una de las mayores dificultades del trabajador teosófico parece ser la indecisión. A menudo ve que tendría que trabajar, siente que tiene una obligación hacia el trabajo, y sin embargo no lo hace con agrado. Por lo tanto puede perderse repitiendo trivialidades y viviendo en cierto grado en términos de trivialidades, pero esto no lo hará feliz. La indecisión a menudo toma la forma de hacer algo bueno y digno, sin embargo no es el trabajo más urgente que se requiere hacer. Es un trabajo bueno, y traerá algún fruto de elogio, y buenos resultados, pero no es realmente el mejor trabajo en esas circunstancias. Se dice que el bien es el enemigo de lo mejor. En la Sociedad Teosófica ha sido a menudo lo respetable y convencionalmente bueno, más que lo malo activamente, lo que de vez en cuando ha derrotado y sofocado lo mejor. La indecisión hace que la gente evada la esencia de las cosas, pero por la fuerza del hábito y un sentido de responsabilidad ellos continúan forjando una sólida demostración de trabajo bueno en el que, sin embargo, está ausente lo más destacado de logros esenciales. Estas crisis de indecisión surgen del fracaso de reconocer y experimentar honestamente con esa ley de sacrificio que es la esencia del trabajo teosófico. Por esa ley, el viejo modelo de valores y preferencias personales debe ser abandonado antes que se conozca y se disfrute uno nuevo. Hemos tenido la gran buena fortuna, por nuestros estudios en la Sociedad, de conocer que existe algo bello, nuevo y desconocido esperándonos, que hay fuentes más frescas y espacios más amplios que los conocidos por las convenciones y ortodoxias estrechas, pero tenemos que continuar moviéndonos y establecer un derecho vivo a lo desconocido, abandonando lo conocido que lo alejó de nosotros, y a nosotros de él. Esencialmente son el miedo a lo desconocido y la dependencia de lo conocido los que crean el estado sombrío y estéril de la indecisión. Por lo tanto, en nuestras vidas, el miedo debe descubrirse y traerse a la superficie para ser disipado, y la dependencia debe ser reconocida y desafiada. No es suficiente que nuestra Teosofía venga a nosotros porque confiamos en ella. Nunca seremos felices hasta que la pongamos a prueba como experiencia de vida y encontremos que el sacrificio es un modo de vida confiable. Entonces seremos trabajadores felices y efectivos, y no meramente obedientes.
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