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Vol. 142 - Número 11 - Agosto 2021 (en Castellano) |
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Algunas lecciones para ser aprendidas en Adyar – I Margherita Ruspoli La Sra. Margherita Ruspoli y su marido Don Fabrizio dei Principi Ruspoli fueron trabajadores en Adyar durante un tiempo y también en la ST en Italia. Reimpresión de “El Teósofo” vol. 32, nº 7, Abril 1911, pág.36. Cada privilegio trae consigo un deber. Una de las más preciadas recompensas, uno de los más queridos privilegios que un Teósofo puede tener, es vivir un tiempo en Adyar y, aquellos a quienes les corresponde dicho privilegio deben procurar entregar a sus compañeros todo el posible beneficio de lo recibido allí. De hecho, si no fuera por este deber, uno no podría desear el privilegio; aquellos cuyo Karma les permite venir aquí, se regocijan, porque es una gran oportunidad para prepararse a servir mejor, ya sea inmediatamente o en algún momento en el futuro. Si no fuera así, si la alegría y el beneficio fuesen solo para uno mismo, ¿Qué alma generosa no preferiría hacerse a un lado y ceder, si pudiera, el privilegio que en el pasado ganó de estar ahí, a otra persona, viendo que no todos pueden tenerlo? En los quince meses que he estado aquí, algunas cosas se han ido aclarando intensamente para mí, se han ido impregnando muy profundamente en mi mente. Es tanta la instrucción que se nos es dada, hay tantas cosas que aprender que, por algunos momentos sería difícil decir cuáles de las ideas que le vienen a uno, van a asumir la mayor relevancia. Sin embargo, ahora este conglomerado de ideas se ha ordenado y puedo ver algunas como las centrales, alrededor de las cuáles las otras se agrupan. Pienso, por tanto, que podría ser útil intentar expresar estas ideas centrales. Soy muy consciente de que otros estudiantes aquí, podrían organizar las mismas lecciones que todos aprendemos, en un orden diferente de importancia y pienso que sería muy instructivo, si varios de ellos nos pudieran contar, qué es lo que les parece más esencial entre las cosas que ellos han aprendido. Habría uniformidad subyacente a la diversidad, porque no estoy hablando ahora de ideas que pueden florecer en la mente, a lo largo del estudio, o mientras se está pensando o meditando; sino de los principios que se nos son dados desde el exterior, explicados en primer lugar por nuestros Maestros y experimentados al vivir en Adyar. Vivir en Adyar connota una belleza y maravilla que yo supongo indefinibles para las mentes de muchos – una inevitable vaguedad que los testimonios precisos de experiencias personales pueden, no obstante, hacer algo por disipar. Pienso también (aunque puedo equivocarme) que muy a menudo no se comprende suficientemente el esfuerzo extenuante que es la vida en Adyar. Es difícil vivir en Adyar. Si uno es sabio, añade el propio esfuerzo voluntario a lo impuesto por las circunstancias; pero incluso si uno elige no hacer esto, no podría escapar a la fuerte presión que se ejerce sobre todos. Las tremendas y poderosas vibraciones de este lugar sagrado, están todo el tiempo actuando sobre los distintos cuerpos de las personas; algunos son más sensibles a su acción, otros menos. Todos están bien advertidos, que aunque sea solo por su propia comodidad, conviene deshacerse, lo más rápido posible, de todo aquello en ellos mismos, que no armoniza con estas vibraciones, porque son demasiado fuertes para ser resistidas. Se necesita estar constantemente atentos, porque es fácil que, bajo esta tensión, uno caiga en la irritabilidad o en la depresión; también porque las viejas faltas que se pensaron conquistadas tienen el hábito de reaparecer y, los puntos de debilidad son puestos a prueba. No se nos invita a celebrar un ¡ágape! Nosotros no nos reunimos como los cristianos primitivos en ágapes – para conmemorar eventos e intercambiar cualquier signo externo de hermandad; nosotros nos reunimos con nuestros rostros hacia el futuro y, aunque la paz y el amor no pueden ser expresadas en palabras y, la buena voluntad mutua tiene cauces libres de expresión, nuestro vínculo de unión es el de un propósito común; estamos aquí para aprender a crecer, y mientras tanto y siempre, para trabajar. (1) La primera cosa que me gustaría destacar entre lo que aquí se aprende es la comprensión de que: nuestro núcleo Teosófico procede de la Gran Hermandad y se extiende desde ella hacia el mundo. Los Teósofos, por tanto, no deben creer que el hecho natural de la hermandad ya haya sido alcanzado o que es inmediatamente realizable en este plano; sino que se tiene que estudiar cómo puede alcanzarse y qué cualidades se necesitan desarrollar antes de que una civilización fraterna sea posible. No podemos llegar a este conocimiento desde la Quinta Raza, porque no le pertenece; nosotros debemos buscar una concepción de las virtudes y características de la Sexta Raza. Todos somos uno, realmente, en el plano búdico. Ese es el plano de la unidad. En el plano físico somos diferentes y así será siempre. Lo que aquí abajo tenemos que hacer, es intentar percibir la Vida Una, divina, que todos tenemos en común – ver la Consciencia detrás de las formas. No queremos eliminar las diferencias entre nuestras personalidades. Muchos han intentado creer que las personas aquí abajo, en este plano, pueden ser no-separadas, pero es un intento en vano. Es solo en el plano búdico donde no se encuentra ningún sentido de separación. Para que la ausencia de separatividad sea un hecho para nosotros, hemos de elevarnos hacia ese plano. Hasta que no nos hayamos desarrollado lo suficiente como para ser capaces de hacer esto, debemos aceptar la gloriosa verdad, como tantas otras cosas de la mano de nuestros Maestros, pero no debemos fingir que la hemos alcanzado. A fin de “matar todo sentido de separatividad” hemos de intentar elevar nuestra consciencia a planos superiores, donde la separación no existe; aquí abajo existe y no tiene sentido fingir lo contrario. Incluso a nivel del Ego existe, nuestros cuerpos causales son cuerpos separados. Se nos dice que es en la Primera Iniciación cuando, por primera vez, el ser humano recibe un toque de consciencia búdica y es solo cuando ha recibido la Primera Iniciación que es realmente un “Hermano”. El título “Hermano” técnicamente pertenece solo a los Iniciados. Puede que livianamente nos refiramos a nosotros mismos como hermanos y, hay una verdad detrás de las palabras, así como las había detrás de las palabras de San Francisco cuando hablaba del “Hermano Sol” y “Hermano Asno” (el último término incluía a la bestia de carga y a su propio animal, su cuerpo). Estamos a una o dos etapas más cerca de lograr la Hermandad que los animales, pero aún no la hemos alcanzado. Estamos en el proceso de ser hermanos, no somos todavía hermanos de hecho. La Hermandad es para nosotros un ideal; permitámonos avanzar hacia él; no rebajarlo a nuestro nivel; esforcémonos por alcanzar el espíritu de hermandad, no lo deformemos tratando de aplicarlo literalmente en condiciones imposibles; recordando también que “la letra mata, pero el Espíritu da la vida” (2) Lealtad. De una verdadera concepción de Hermandad surge naturalmente una lealtad apasionada a los Maestros quiénes están dispuestos y son capaces de ayudarnos. Al darnos cuenta de cuánto más allá de todo alcance, brilla nuestro ideal, seguimos entusiasmados a aquellos que puedan guiarnos hacia dicho ideal. El legado, en el cual los Maestros adentraron, también nos espera a nosotros, y desean que lo compartamos con ellos, Llegamos a ellos para aprender cómo podemos prepararnos para reclamar ese legado, nuestro derecho de nacimiento. Todos lo lograremos al final, en el lento curso de la evolución, pero si deseamos llegar antes, necesitamos la ayuda que voluntariamente brindan. Si quisiéramos emprender por nosotros mismos un camino más rápido, no podríamos prescindir de su guía. Es más, si realmente estamos buscando la Consciencia en todo, no podemos sino sentirnos atraídos a aquellos en los que la Consciencia se manifiesta mucho más que en el resto. Nuestra necesidad y amor por ellos, nos empuja hacia ellos y cuando comenzamos a seguir verdaderamente sus instrucciones, cuando ponemos en práctica lo que nos cuentan, entonces poco a poco una verdad inquebrantable crece en nuestros corazones y se enraíza en devota lealtad. Observamos como antes de que llegaran a nosotros, estábamos ciegos y desamparados, y trotábamos por los caminos ordinarios del mundo, inconscientes de que podíamos hacer algo diferente, sensibles tal vez a un anhelo de nuestro corazón que no podíamos satisfacer y que hacíamos todo lo posible por sofocar. Entonces ellos nos revelaron otro mundo y ofrecieron guiarnos hacia allí, si por nuestra parte, hacíamos el ejercicio de caminar a lo largo de un camino empinado y accidentado. Y, si hemos aceptado su ofrecimiento, nuestra sabiduría estará en seguirlos hasta el final, sin miedo; incluso suponiendo que ellos pudieran cometer un error, lo cuál es un riesgo, pero con la certeza, que sin ellos no podríamos progresar. El hombre que quiere escalar los Alpes no se resigna a sentarse a los pies de estos, ni intenta la ascensión sin guías, simplemente porque exista la posibilidad que los propios guías se equivoquen. Por mi parte, me hago eco de las palabras pronunciadas por uno de nuestros Dirigentes, el Señor Arundale, en referencia a los Maestros durante una de sus conferencias más valiosas, en la Convención: “Preferiría equivocarme con ellos (los Maestros) que equivocarme yo solo en mi ignorancia”. Pero pronto esos miedos, si alguna vez los tuvimos comienzan a parecer mezquinos y ridículos. Nos damos cuenta de que son ellos, los que sufren por nuestros errores; que son ellos los que asumen los riesgos y la responsabilidad y un sinfín de problemas por nuestro bien, mientras que el premio del esfuerzo es nuestro. Nosotros lo tenemos todo por ganar; ellos, nada. La Sociedad Teosófica es una organización viviente, creciente; si tomamos parte en su desarrollo, avanzaremos con ella, y no podemos hacer esto a menos que sigamos a sus Dirigentes. Aquellos, que se han apropiado de las doctrinas del Karma y de la Reencarnación y de una o dos ideas elementales; y no quieren ir ni aprender nada más, pertenecen propiamente al mundo externo, que pronto hará lo mismo. Aquellos que creen haber bebido tan profundamente de las aguas del conocimiento de la mano de Madame Blavatsky, que pueden prescindir de sus sucesores, que son lo suficientemente sabios y grandes como para tener el derecho de despreciarlos, pueden pertenecer nominalmente a la Sociedad, pero no son realmente parte de ella. (3) La absoluta necesidad de deshacerse de la personalidad. Todas las dificultades que tenemos en reconocer la grandeza, en dar la bienvenida a lo superior, en subordinarnos, provienen de la personalidad. Todo lo que nos estorba, lo que nos disgusta y nos hace infelices proviene, de igual modo de la personalidad. Si queremos ver la Consciencia en los otros, primero debemos encontrarla en nosotros mismos y, para encontrarla, debemos desenredarnos de nuestros cuerpos inferiores. Quizás estaríamos más dispuestos a realizar este esfuerzo, si nos diésemos cuenta que la personalidad nos causa un dolor y un malestar perpetuos. Los pensamientos o sentimientos incorrectos no dan placer. La ira, los celos, la sospecha son huéspedes muy incómodos; el narcisismo, la vanidad, la ambición nos traen mortificación y decepción. Pero es un problema resistirse a estas cosas y lo que hace nuestra dificultad mayor aún, es que nos identificamos con ellas. De forma gradual, a medida que hacemos el esfuerzo que sabemos que debemos realizar, nuestra visión se vuelve un poco más clara; empezamos a reconocer la esclavitud en la que nos encontramos y este sentir crece y crece, hasta que podemos rezar para ser liberados de las faltas que nos afligen y que sentimos incapaces de afrontar con éxito, dispuestos a transitar el sufrimiento que sea necesario. Así, poco a poco, comenzamos a entender lo que he oído decir a nuestro Presidente: “En el Camino, el sufrimiento que purifica es el más bienvenido de los amigos”. Las personalidades no son objetos de admiración. Hacemos bien en reconocer las buenas y bellas cualidades que vemos en los demás, sabiendo que, en la medida en que se muestran esas cualidades, la personalidad ensombrece al hombre real; hacemos bien en ser tolerantes con sus malas cualidades, dejándolas amablemente de lado, porque son solo las limitaciones de las que se liberará algún día y, mientras tanto, no son asunto nuestro. Sin embargo, la personalidad en su conjunto no es una cosa admirable; si es débil, no es interesante y si es fuerte, es peligrosa. Incluso en nuestros más queridos amigos, aunque se aferra cierta ternura a los cuerpos que están usando, siempre debemos intentar llegar al hombre real oculto en cada uno y amar eso. Admiramos de forma natural, la individualidad fuerte, y cuando está purificada y ha sentido el “despertar de la voluntad espiritual” y es utilizada por esta última, entonces, podemos honrarla y estudiarla y mucho provecho se obtendrá de hacer esto. Una individualidad fuerte implica un Ego considerablemente desarrollado; la personalidad es solo un animal individualizado. Por supuesto, uno podría hablar, incluso, de la “personalidad” de un Adepto, pero entonces claramente uno estaría empleando la palabra en un sentido completamente diferente; así estaría designado la manifestación de este (el Adepto) en la materia de los planos inferiores, la perfecta expresión en esta materia de la Perfección subyacente. No debemos de intentar cimentar los lazos de la Hermandad en el nivel de nuestro yo-animal. Un rebaño de ganado vive amigable y pacíficamente en el plano físico. Cualquier familia unida hace lo mismo en el plano astral y mental inferior. O somos compañeros en una gran empresa o no somos nada el uno para el otro. Aquellos en esta Sociedad que luchan por seguir hacia delante, están unidos por una amistad que perdurará hasta que se supere el Gran Portal y son verdaderos Hermanos. No debemos esperar que los grandes seres entre nosotros atiendan a nuestras personalidades. Puesto que se preocupan por nosotros, lo que desean realmente es que veamos a través de ellos y que seamos libres. Una y otra vez cometemos el error de adoptar una postura demasiado pequeña, de conformarnos con una pequeña perfección. Así, una reunión de Logia degenerará en una agradable reunión de amigos; la aspiración a la unidad se transformará en un amable sentimiento de “familiaridad” con las personas alrededor. ¡Dar la bienvenida a cualquier cosa que rompa estas formas de pensamiento y nos dé fuerza para comenzar de nuevo en un nivel más elevado de conciencia! En Adyar se es afortunado en esto, como en otras muchas cosas. Cualquiera que llegue aquí esperando (aunque inconscientemente) pasar un tiempo placentero, a nivel de la personalidad, no lo tendrá. Cuando se olvidan de sus personalidades, se eliminan las barreras y la gran alegría que se encuentra aquí, inunda cada una de las capas del Ser. Tenemos que entrenar y purificar nuestros cuerpos inferiores, por nuestro propio bien, matando el deseo personal y sustituyéndolo por voluntad sincera. De esto sigue (a) que nuestras energías estarán muy ocupadas y (b) que no tenemos ningún derecho de interferir sobre los demás. Cada personalidad es asunto del Ego que está detrás. ¡Hablamos tanto de los demás como nuestros hermanos y sin embargo somos incapaces de permitirles tener sus derechos más elementales! ¡El Verdadero Amor por nuestros compañeros es la cúspide del largo y paciente ejercicio de otras muchas virtudes con respecto a ellos! Si los juzgamos, nos quejamos de ellos, los ignoramos cuando nos necesitan; si no somos en todo momento compasivos, justos y amables; si no somos siempre educados, dispuestos siempre a ayudar; si no reconocemos que tienen el mismo derecho a la libertad de acción que nosotros, ¿cómo podemos decir que los amamos? El amor perfecto logrado por aquellos que han logrado la unidad, es inalcanzable para nosotros en el momento presente, que somos solo estudiantes, y no queremos cultivar sentimientos altruistas. Lo que sí necesitamos es cultivar esa sobria actitud amorosa que siempre ve primero lo bueno en cada persona y en todas las cosas. “Mata todo sentido de la separatividad” está escrito en Luz en el Sendero, “sin embargo, mantente solo y aislado porque nada que tiene cuerpo, nada que tiene conciencia de separación, nada que está fuera de lo eterno puede acudir en tu auxilio”. Y si no te puede auxiliar a ti, entonces a tus compañeros tampoco. Todos estamos aislados. Este aislamiento no puede atravesarse; y ni siquiera podemos tender un puente sobre el abismo desde abajo. Podemos no darnos cuenta de esto cuando la vida transcurre brillantemente y sin sobresaltos, pero el dolor nos muestra nuestro verdadero aislamiento. ¿Qué podemos hacer para aliviar el dolor del otro? Y cuando nos toque sufrir a nosotros, aunque estemos rodeados de una multitud de amigos, ninguno de ellos podrá atravesar nuestra soledad y traer alivio. No hay aflicción física que separe a un hombre de sus amigos tanto como la sordera; y para darnos cuenta de lo dependientes que somos de la comunión con los otros mediante la escucha, puede ayudarnos un poco a comprender lo mucho que significan las palabras: “Antes de que el oído pueda escuchar, debe haber perdido su sensibilidad”. El silencio y la soledad no son una cuestión de la que arrepentirse; cuando empezamos a vivir una vida interna, comenzamos a desear su profunda y fructífera paz. Un Maestro ha dicho: “Aquellos de vosotros que quieran verdaderamente conocerse a sí mismos, aprendan a vivir solos, incluso entre las grandes multitudes que a veces puedan rodearles. Busquen la comunión y la relación solo con el Dios dentro de su propia alma”. Todo lo que podemos hacer cuando pensamos que otra persona no está actuando sabiamente, ya sea un asunto importante o trivial, es tranquilamente y con el espíritu más amistoso, exponer nuestro punto de vista y dejarle en paz para que siga el camino que él considera mejor. Muchas veces, no hallamos satisfacción en hacer esto. El anhelo por métodos más primitivos y forzosos no está aún extinguido del todo en nosotros. Un salvaje mataría a otro por no estar de acuerdo con él, los hombres semi civilizados tratarían de burlarse y amedrentar. Nosotros, solo podemos ponernos al servicio de los demás. ¿Por qué somos tan impacientes con el otro? Sabemos lo difícil que es cambiar cualquier cosa en nuestro carácter, pero esperamos que los demás lo hagan a la primera, incluso pensamos que nuestras críticas e interferencias deberían lograr esos cambios en ellos. Es siempre la personalidad que no puede dejar las cosas como están, esa inquieta y mezquina criatura, cuya vida es tan corta que siempre tiene prisa. (Continuará)
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