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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 141 - Número 09 -  Junio 2020  (en Castellano)
 

 
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Thomas Paine: Teofilántropo y

Precursor del Siglo XXI

 

James  Tepfer

 

El Dr. James E.Tepfer es socio de la Logia Unida de Teósofos de Santa Bárbara,California, USA.

 

Es un privilegio y un placer hablarles esta tarde acerca del valiente y magnánimo  heraldo de una “República de la Conciencia”, Thomas Paine. Antes de exponer la vida y pensamiento de Paine, déjenme decir desde el comienzo que estoy profundamente agradecido con el Profesor Raghavan Iyer, un  gran maestro teosófo, catedrático de Oxford y filósofo político, quien me presentó primero a Paine hace muchas décadas en la Universidad de California, Santa Bárbara. La chispeante visión política  de Paine a menudo fue citada en las legendarias clases del Prof. Iyer sobre “La dialéctica desde Platón a Mao”, “Pensamiento Anarquista”, y muy especialmente, “Radicalismo Americano”. Más significativamente, la obra fundamental del Prof. Iyer, Parapolítica: Hacia la Ciudad del Hombre, incluye un breve pero revelador relato de la contribución premonitoria de Paine a la cosmópolis emergente del siglo XXI.

 

También estoy agradecido a ese noble y ejemplar servidor de los sabios, William Q. Judge, cuyo artículo, “Los Adeptos en América en 1776”, me ayudó a apreciar las influencias sanas e iluminadoras que aparentemente relampaguearon en la mente lúcida de Paine. Volviendo a Paine, podríamos decir con gran convicción que América fue tres veces bendecida durante su tumultuoso período revolucionario por tener en su seno a un noble visionario quien vio la América futura la encarnación potencial de “un nuevo orden de las edades”, como un vivo experimento de los principios democráticos, como un indicador potencial a una emergente “civilización universal”.

 

Comencemos con la simple pregunta, ‘Quién fue Thomas Paine?’ Eso es, ¿cómo podríamos caracterizar a este radical iluminado del siglo 18, quien parecía ser sui generis – un fenómeno espontáneo, original? Paine fue, primero y ante todo, un teofilántropo, un amante fervoroso de Dios y el hombe, y más importante aún, un amante de Dios en el hombre y en la naturaleza. Paine nació en Thetford, Inglaterra, en 1737 y murió en la ciudad de Nueva York en 1809 – unos setenta y dos años después. El migró a las colonias americanas en 1774 a la edad de 37 años. Dentro de unos breves años después de aterrizar en Filadelfia, Paine llegó a ser el visionario más progresista del periodo revolucionario americano y uno de los principales defensores del espíritu democrático de la libertad individual, justicia social y gobierno limitado. El incorporó las más admirables cualidades de Benjamin Franklin, George Washington y Thomas Jefferson, y con pocas de sus debilidades. Fue atrevidamente original, verdaderamente brillante, extremadamente elocuente en los debates y escritos, indómito en su servicio a la causa de la independencia política y reconfortantemente libre de los vicios principales de su época: propiedad de esclavos, codicia monetaria y ambición política. Fue (y es) la regla de oro del verdadero revolucionario: elevados principios, pensamiento claro, intrépido, magnánimo con sus enemigos y auténticamente integrador en pensamiento y conducta.

 

Si esta es la verdad acerca de Paine, el hombre, entonces ¿qué hay acerca de sus logros e influencia en el arco completo de su larga y fructífera vida? Las contribuciones de Paine a su época – y más allá – fueron múltiples. Fue principalmente un agente revolucionario  iluminado no solamente en América, sino en Francia, y en menor grado, en Inglaterra. Paine puede ser visto como un revolucionario luminoso porque conscientemente albergó una visión expansiva del potencial individual y posibilidades sociales; estuvo, en realidad, incondicionalmente comprometido en lo que el Prof. Iyer llamó “la revolución fundamental desde el elitismo a la igualdad”. La agenda política radical de Paine se convirtió en una tarea hercúlea porque, en esencia, era realmente una revolución en ideas –un desafío para las fronteras conocidas de la consciencia. Paine, como veremos, demostró ser merecedor de su creciente visión prometeica cuando emprendió repetidamente acciones oportunas en medio de un claramente autocomprendido “nuevo orden de las edades”.

 

La primera acción importante de Paine en América fue escribir un libro llamado Sentido Común. Este vehemente e innovador artículo de reflexión se convirtió en el catalizador que catapultó las trece colonias a la búsqueda de la independencia política. Sentido Común disipó los mitos políticos heredados acerca de la monarquía y aristocracia hereditaria usando el razonamiento del sentido común y exponiendo sus contradicciones institucionales inherentes. Más significativamente, Paine quitó el glamour al gobierno en general y lo caracterizó como simplemente un control necesario para los vicios humanos. En cambio, proclamó  la sociedad como un bien positivo porque cultivaba las virtudes humanas y alimentaba los afectos sociales. Además, Paine realizó la intrigante observación de que, puesto que la sabiduría claramente no es hereditaria, sino que surge espontáneamente como una planta sin semilla en todas las clases sociales, la única forma racional y moralmente aceptable de gobierno es la democracia representativa con su acentuación en la libertad individual, la igualdad humana y el mérito personal.

 

Un efecto indirecto fortuito del inmensamente popular Sentido Común de Paine, fue que estableció el trabajo preliminar teórico para ese maravilloso “documento de proposiciones” llamado “La Declaración de la Independencia”. Después de la firma de ese manuscrito siempre inspiracional, la Guerra Americana Revolucionaria comenzó de verdad y Paine fue una parte integral de ella. En las primeras etapas de la guerra, cuando las tropas americanas estaban en continua retirada y estaban en realidad desertando por miles, el General Washington recurrió a Paine para que escribiera algo que pudiera elevar los espíritus de sus asediados soldados. Paine respondió y escribió un ensayo llamado  “La Crisis Americana”. Luego marchó a Filadelfia, rápidamente tuvo  el artículo impreso y volvió al cuartel del campo de batalla. Washington leyó “La Crisis” con evidente ansiedad y se extasió con su tono inspirador. Inmediatamente ordenó a sus oficiales que convocaran a todas las tropas restantes. Los harapientos soldados pronto se amontonaron alrededor de las  fogatas en las planicies cubiertas de nieve en la opaca noche de invierno y escucharon con atención cada vez más extasiada la entusiasta convocatoria de su espíritu guerrero.

 

Déjenme leer algunos pasajes seleccionados de la “Crisis” de Paine. Estas frases como mantra están escritas en los ritmos del compromiso incondicional con la sagrada causa de la libertad americana – una causa que conecta a Paine implícitamente con la “causa más amplia de toda la humanidad”.

 

Que se cuente al mundo futuro que en lo más profundo del invierno, cuando nada más que la esperanza y la virtud podían sobrevivir, la ciudad y el campo, alarmados por un peligro común, salieron a su encuentro y lo rechazaron. No digáis que miles de personas se han ido, salid con vuestras decenas de miles; no echéis la carga del día sobre la Providencia, sino "mostrad vuestra fe con vuestras obras", para que Dios os bendiga. No importa dónde viváis, o qué rango de vida tengáis, el mal o la bendición os alcanzará a todos. Los que están lejos y los que están cerca, las comarcas de origen y las de atrás, los ricos y los pobres sufrirán o se alegrarán por igual. . . Amo al hombre que puede sonreír ante los problemas, que puede sacar fuerzas de la angustia y hacerse valiente con la reflexión. Es asunto de las mentes pequeñas retroceder; pero aquel de corazón firme y cuya consciencia aprueba su conducta, seguirá sus principíos hasta la muerte. (“La Crisis Americana”, p.10)

 

El efecto de las palabras dichas por Paine en el Ejército Revolucionario fue eléctrico. Como Krishna en el Bhagavadgita, Paine invocó el espíritu de Arjuna a los soldados oficiales. Apeló no a sus temores o a sus intereses propios sino a su sentido más profundo del honor. Los retó a pensar más allá de ellos mismos en la justicia de su causa y en los beneficios personales de la victoria para las futuras generaciones. No es sorprendente que la elocuente petición de Paine jugara un palpel vital en la primera victoria militar de Washington en la batalla de Trenton el día de Pascua de 1776 – unos pocos días después de leído el documento  “Crisis” a sus tropas.

 

Es interesante observar que en 1926, unos ciento cincuenta años después, una figura mundial tan luminosa como Mahatma Gandhi también leyó un conmovedor ensayo de Paine. Gandhi fue tocado por la confluencia de las cualidades morales necesarias para los soldados de  guerra y para los soldados de  resistencia pacífica. Verdaderamente, Gandhi fue movido a hacer las siguientes observaciones en su periódico semanal:

 

Es notable cuán similares son las cualidades requeridas de los soldados de paz y los soldados de guerra. Las palabras de Thomas Paine podían ser dirigidas casi palabra por palabra y con completa propiedad a los voluntarios del Congreso (Indio) de 1921...Ya sea que se asegure la libertad por el uso de la fuerza física o fuerza espiritual, eso es, a través del sufrimiento de sí mismo, el precio a pagar debe ser grande, si va a ser una cosa valiosa. (“El Precio de la Libertad”, Young India, 9 de diciembre de 1926).

 

Es importante detenernos y observar aquí lo que Paine declaró una vez: “Nunca pude escribir sin que mi alma estuviera presente”. La implicación de este comentario  autorrevelador es de gran significado teosófico; a saber, que la corriente mental que  impregna las palabras de quien tiene una “alma grande” tiene invariablemente un efecto elevador sobre el que está preparado y es receptivo. Claramente, la mente misteriosa de Paine era la fuente de su magia curativa. Una y otra vez llegó al rescate del esfuerzo de guerra estadounidense por medio de la virtud de la calidad fundamental e iridiscente de sus escritos que tendían a aclarar la mente, reenfocar problemas y regenerar los entusiasmos perdidos del corazón.

 

Poco después de la derrota de Gran Bretaña, Paine se fue a Francia y luego a Inglaterra para promover su diseño original de un puente de hierro. Mientras edtuvo en París, y luego en Londres, conversó personalmente con muchos de los más eximios líderes políticos de su generación. Muy significativamente pasó un tiempo considerable con el gran parlamentario británico Edmund Burke, un admirador de  Paine, pero, en el corazón, un político conservador. Poco después que comenzara la Revolución Francesa en 1789, Burke escribió un ataque mordaz sobre los principios de la revolución que vio como una amenaza para Bretaña y sus veneradas instituciones. Paine respondió a Burke con una poderosa refutación llamada Derechos del Hombre. El último creó sensación en Bretaña y América – especialmente entre las clases trabajadoras.

 

En Derechos del Hombre, Paine tomó la monarquía británica para censurar y argumentar que la única forma racional de gobierno que puede unir a sus ciudadanos es una democracia representativa basada  en alguna forma de sufragio universal y el reconocimiento de los derechos naturales del hombre. La fértil mente de Paine – siempre la servidora de su corazón compasivo – entonces expone un conjunto de propuestas políticamente heréticas tales como la educación pública universal, pensiones para los ancianos, ayuda estatal para los desempleados y un ingreso anual graduado. Esto fue un cambio cuántico en el pensamiento de Paine acerca del papel del gobierno en la sociedad. Paine pasó de considerar al gobierno como un mero proveedor de seguridad y garante de la libertad política a ser un contribuyente principal a la mejora social positiva. Además de sus propuestas políticas radicales, Paine también exigió un “Congreso de las Naciones” para resolver disputas internacionales. Como era de esperar, los Derechos del Hombre fue finalmente considerado como una "difamación sediciosa" por el gobierno británico. Paine fue después juzgado en ausencia, encontrado culpable, y luego colgado en efigie.

 

Habiendo escapado a través del Canal Inglés con la ayuda de su amigo poeta, William Blake, Paine fue aclamado como héroe por los ciudadanos ávidos de la “nueva Francia”. En realidad, Paine se convirtió en uno de solamente dos ciudadanos no franceses en ser elegido para la Convención Nacional Francesa. Inicialmente, Paine fue bien recibido y tratado con gran respeto. Sin embargo, cuando la Revolución comenzó a degradarse en  locura colectiva, Paine finalmente cayó en desgracia con los jacobinos en la Asamblea Nacional. Finalmente fue arestado en 1793 y llevado a la prisión de Luxemburgo para ser guillotinado. Permaneció en prisión por un año antes que fuera finalmente liberado.

 

La razón de la "caída en desgracia" de Paine en la Asamblea Francesa merece que hagamos una pausa. Paine era ese revolucionario poco común en quien se conjugaban el valor moral y los sentimientos magnánimos fácilmente. Nunca fue amargado, santurrón o vengativo. Era indefectiblemente magnánimo con aquellos  que lo  necesitaban – incluyendo el castigo capital. Por lo tanto,  cuando la Asamblea  Francesa Nacional pidió la ejecución del rey Luis XVI, Paine valientemente salió en su defensa. En su ferviente solicitud por la vida del Rey, Paine reconoció abiertamente que Luis XVI había cometido traición y debería ser responsabilizado. Sin embargo, Paine arguyó que el rey también había sido un aliado de la Revolución Francesa y aportó fondos en un punto crítico durante la batalla con Gran Bretaña. Tenía, por lo tanto, derecho a la misericordia, no a la venganza. Era justo acabar con la monarquía, retó Paine, pero no era justo o civilizado, ejecutar al monarca. Como sabemos, Paine perdió el argumento, y al hacerlo así, perdió su propia libertad también.

 

Poco después de ser liberado de la prisión en París, Paine completó su más controversial obra, La Edad de la Razón – una crítica despiadada al Cristianismo y a todas las religiones institucionalizadas. Como pueden imaginar, la reacción del público a la crítica incisiva de Paine de la religión formal condujo a la inexorable denigración de su reputación– especialmente en América. Cuando regresó en 1802 al país de su segundo nacimiento ya no fue visto como el protector confiable de cada hombre, sino como un inescrupuloso agente del diablo. Murió casi sin amigos en 1809 en la ciudad de Nueva York, pero su visión y optimismo permanecieron intactos hasta el mismo fin de su vida.

 

A la luz de la inconquistable alma de Paine, no es de extrañar que W.Q.Judge elogiara con emoción a Paine como uno en quien “se puede confiar para que permanezca casi solo con la lámpara de la verdad en su mano en medio de otros que ‘a veces han tratado de estremecer las almas de los hombres’ con temor” (“Los Adeptos en América en 1776”, The Theosophist,Octubre de 1883).

 

Antes que consideremos el legado histórico más profundo de Paine, es importante volver brevemente a su La Edad de la Razón. Si bien Paine no expuso un sistema filosófico sistemático, hay, sin embargo, gemas de percepción espiritual dispersadas a lo largo de su obra. En realidad, su filosofía religiosa básica repite las prestigiosas y profundas  enseñanzas de la Religión-Sabiduría (Teosofía).

 

Déjenme aclarar. Paine nos dice que nada de lo que percibimos en la totalidad de la Creación se crea a sí mismo. Esto puede solamente ser explicado por una Primera Causa No Creada. Llamamos a esta Primera Causa No Creada, “Dios”. Sin embargo, Dios no es una causa material, sino una espiritual. Es una inteligencia cósmica omnipresente, infinitamente fértil que trabaja a través de la forma material.

 

Si ésta caracteriza a Dios, ¿qué es entonces la naturaleza? La naturaleza no son solo fenómenos sensoriales modelados. Está compuesta de los principios inteligibles que impregnan los fenómenos sensoriales de significado. La naturaleza es, esencialmente, un amplio conjunto de leyes inmutables que revelan la estructura en capas de la realidad. Estas leyes son los puntos focales iridiscentes de la inteligencia Divina. Revelan verdades profundas rectoras para la conducta moral, así como el conocimiento producido para propósitos materiales prácticos. La naturaleza es así el instructor por excelencia de la familia humana.

 

Si todo esto es verdad acerca de Dios y la naturaleza, entonces ¿qué es el hombre? El hombre es un alma inmortal. Él es también el enlace racional entre Dios y la naturaleza. En realidad, la razón impersonal es el intérprete hermético de la clave del lenguaje de la Naturaleza. En suma al potencial cognitivo de la razón, Paine reconoce una facultad para-racional que promueve los pensamientos de orden superior y las visiones inspiracionales:

 

Hay dos clases diferentes de...pensamiento; esos que producimos en nosotros mismos por la reflexión y la acción del pensamiento, y esos que relampaguean en la mente por su propia voluntad. Siempre he hecho una regla tratar a esos visitantes voluntarios con civilidad...y es de ellos que he adquirido casi todo el conocimiento que tengo (La Edad de la Razón, p.83, Citadel Press).

 

Como teósofos, podríamos llamar a estos “visitantes voluntarios”, emanaciones de buddhi-manas –la mente inmortal. Desde la perspectiva de Paine, la observación racional de la naturaleza combinada  con una apertura intuitiva de orden superior puede producir profundas percepciones espirituales. Como un caso ilustrativo, déjenme compartir con ustedes el brillante argumento intuitivo de Paine para la inmortalidad del alma humana. La inmortalidad, comenta Paine, es la continuidad de la consciencia mantenida a lo largo de las modificaciones en la forma y la materia. La evidencia analógica de la inmortalidad puede ser encontrada reflejada en la naturaleza física. Para ilustrar esto, Paine describe la transformación gradual de la oruga aletargada en una delicada y optimista mariposa:

 

La lenta y reptante oruga de hoy pasa en unos pocos días a una aletargada figura y a un estado que se asemeja a la muerte; y en el próximo cambio aparece en toda  la magnificencia en miniatura de la vida, una espléndida mariposa. No queda ninguna semejanza de la criatura anterior; todo está cambiado; todos sus poderes son nuevos, y la vida es para ella otra cosa. No podemos concebir que la consciencia  de la existencia no sea la misma en este estado del animal como antes. (La Edad de la Razón,Thomas Paine, p.178).

 

Por analogía y correspondencia, la consciencia humana – como la consciencia de Dios – debe ser continua a pesar de los cambios en la mente, materia o forma.

 

Ahora, si miramos hacia atrás la increíble vida de Paine a través de la amplia y enriquecedora perspectiva del Movimiento Teosófico, no es difícil comprender que cuando Paine declaró en La Edad de la Razón, “Mi propia mente es mi propia iglesia”, él estaba, sin saberlo, preparando el camino para H.P.Blavatsky. Fue ella, por supuesto, quien – en un nivel fundamental –mató al odioso Minotauro del materialismo que estaba devorando a la religión y la ciencia.  Sin embargo, el intento de Paine de democratizar la religión y luchar por una “república universal de la consciencia” fue un preámbulo heroico para el advenimiento del poderoso principio de la fraternidad universal expuesto tan elocuentemente por ella.

 

Estarán felices de saber que en los pasados setenta años Paine ha sido gradualmente aceptado por algunos historiadores como una fuerza creativa principal en la Revolución Americana. Esto es bueno. Pero no es suficiente. ¿Por qué? Porque, más allá de todos los logros maravillosos de Paine, hay una verdad más profunda acerca de él. Él no fue simplemente un revolucionario benévolo, un pensador político mordaz, un panfletista dotado, un estudiante serio de la ciencia, un comprometido deista, o un visionario brillante; él era ciertamente todo esto. Pero más que eso, fue un precursor del ciudadano del mundo del futuro. Fue un paradigma del “hombre del mañana” porque entretejió  en su mismo punto de vista y acciones los dorados hilos de la espiritualidad impersonal, responsabilidad universal, y originalidad intelectual. Paine fue siempre más que una figura iluminada del siglo dieciocho. Estaba, como Lincoln, destinado “a las Edades”. El interés renaciente en Paine es porque el pensamiento del mundo se ha movido finalmente en su dirección.

 

Claramente, la consciencia moderna está llegando a ser más global y crecientemente interesada en las necesidades y derechos de todos los miembros de la familia humana. La ubicuidad del sufrimiento humano nos ha impulsado crecientemente fuera de nuestros caparazones sectarios e ideológicos y nos hizo apreciar la importancia  de la interdependencia humana y de la cooperación internacional. Quizás vemos menos a través de un “oscuro cristal” que en cualquier otra época en los últimos dos mil años. Ahora comprendemos que la “Ciudad del Hombre” es el verdadero objetivo de los pioneros del futuro. Esta es precisamente la razón por la que podemos volvernos a Paine en busca de instrucción e inspiración. Él siempre miró hacia adelante y pudo hacer los principios eternos contemporáneos. No extraña que la frase más citada de Paine sea: “Mi país es el mundo y mi religión es hacer el bien”. Fue “un profeta del futuro” así como una figura luminosa de las Revoluciones Francesa y Americana. Honrarlo es elogiar lo mejor en nosotros y todos los hombres y mujeres que dedican sus vidas y sus fortunas a las civilizaciones del mañana.

 

 

 

 

 

 

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