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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 141 - Número 07 -  Abril 2020  (en Castellano)
 

 
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Nutrir la semilla divina:

¿quién nutre a quién?

SHIKHAR AGNIHOTRI

Conferencista internacional de la Sociedad Teosófica, Adyar (ST), y de la Sección India de la ST.

Conferencia pronunciada en la Convención internacional de la ST Adyar, celebrado en Varanasi, India, el 2.01.2020.-

 

Muy a menudo, cuando se menciona la palabra "crianza", la imagen de un criador y el que está siendo “criado” llega a la mente, lo que implica que hay un dador y un receptor. Este aspecto de las relaciones, es tan evidente en el mundo que nos rodea, que muy a menudo se le da al CRIADOR / DADOR excesiva importancia, sin darnos cuenta de que el DADOR es solo un medio a través del cual el karma del receptor se enriquece, pasando por alto el aspecto más profundo.

¿Cuál es el aspecto más profundo de esta relación? Para encontrar la respuesta, necesitamos investigar, no solo el significado literal de la palabra "semilla", sino también la mística y significado alegórico que se le atribuye. Es una palabra que se usa comúnmente en nuestra vida diaria, y además está muy impregnada de misterio y ocultismo. ¿Qué es una semilla? Literalmente, es "la unidad de reproducción de una planta con flores, capaz de desarrollarse en otra planta similar”. Pero para ir un poco más profundo, veamos un diálogo del Chhandogya Upanishad, entre un padre y su hijo, que hablan más como un profesor y alumno:

El sabio Uddâlaka, estaba profundamente preocupado sobre su hijo pequeño Dvetaketu, que acababa de regresar a casa lleno de orgullo por su aprendizaje, después de 12 años de discipulado con un eminente gurú. El padre dijo: "Dvetaketu, sé que has aprendido mucho, ¿puedes decirme qué es eso por lo cual oímos lo inaudible, percibimos lo imperceptible, conocemos lo incognoscible?

"Señor, no estoy al tanto de ese conocimiento" dijo Dvetaketu. "Te pido por favor, enséñame eso esencial por lo cual todo lo demás se da a conocer”.

"Está bien", dijo el padre, "Trae un fruto de ese árbol banyano (nyâgrodha).

"Aquí, señor."

"Por favor, rómpelo".

"Sí señor."

"¿Que ves?"

"Semillas exquisitamente pequeñas, señor".

"¿Puedes romper una de ellas?"

"La he dividido".

"¿Que ves?"

"No veo nada en absoluto, señor".

"Dvetaketu, ¿puede esta maravilla de árbol banyano venir de la nada? Tú no puedes ver la esencia sutil en la semilla de la que ha brotado este árbol. Aquello que es la esencia sutil, es la base de toda la existencia. Todo el Universo tiene Eso como su alma, Aquello que es la más sutil esencia. Eso es la Realidad, Eso es el Ser y Eso eres tú, Dvetaketu! "

El aspecto más profundo es que la semilla, en sí misma, es un microcosmos que tiene el plano de su evolución, que no es visible para nuestros ojos físicos. Y aunque deseemos pensar que podemos nutrir la semilla, ella ya viene con su propio plan de evolución, y cada evento actúa como una lección.

Es exactamente como cuando nace un bebé, la leche está disponible para el bebé en la madre, y cuando se acaba la necesidad de leche, ésta desaparece. La medicina moderna dirá que se debe a las hormonas, pero… ¿de dónde les llega la sabiduría a las glándulas para liberar esas hormonas? ¿Hacemos algo para que esto suceda? No, es solo un proceso natural para ser observado con paciencia; cualquier tipo de interferencia imprudente realmente causará daño a largo plazo a la madre y el bebé.

La semilla, el bebé que está a punto de nacer, ya hace los arreglos de acuerdo con la Ley del Karma; pero nosotros, como padres, pensamos que estamos haciendo algo para nutrir al niño, y junto con este sentido de "hacedor" viene el de posesión y apego. Tal vez por eso el poeta y filósofo libanés, Kahlil Gibran, dice lo siguiente sobre los niños, quienes son criados, dirigiéndose a los padres, los criadores:      

Tus hijos no son tus hijos. Son los hijos e hijas de la vida, deseosa de sí misma.

Vienen a través de ti pero no de ti, y aunque están contigo, no te pertenecen. . . .

Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas, son lanzados.

El Arquero ve el blanco en el camino del Infinito, y Él te doblega con Su Poder para que las  flechas vayan veloces y lejos. Deja que tu flexión en la mano del arquero sea hacia la felicidad; porque así como Él ama la flecha que vuela, ama también el arco, que es estable.

Básicamente, la palabra "semilla", se utiliza mucho más allá de su significado literal y, fundamentalmente, implica energía en una forma potencial, que tiene la posibilidad de expandirse y crecer, pero dentro de las limitaciones creadas por sí misma, de acuerdo con la Ley de Armonía o Karma.

Y si miramos desde este aspecto, todo en este mundo manifestado o incluso el mundo entero en sí mismo como una unidad, es una semilla. Y tal vez por eso hay una palabra significativa y alegórica, dada a esta manifestación por los sabios de los viejos tiempos. Esa palabra, en sánscrito es brahmânda, “el huevo de Brahma”, que implica que todo este mundo, colectivamente, junto con todo en este mundo individualmente, desde una partícula de polvo hasta el Logos, todo y todos están evolucionando, y este proceso de evolución en sí mismo es la crianza de todas las entidades en cualquier sistema dado.

Esta crianza no es de la manera en que es posible que deseamos pensar que lo es. No es sólo proporcionar cada vez más comodidades a la entidad en cuestión, sino producir un equilibrio de esfuerzo y descanso, tal como los días y las noches de Brahma, en un nivel más elevado. Está en el camino de nunca tener que interferir con el libre albedrío del individuo en el proceso evolutivo, para que la esencia divina esencial despierte en el individuo, y hasta entonces dejar que las cosas se rijan por la Ley de la Armonía suprema, que ayuda a las personas que lo merecen, cómo y cuándo sea posible, de acuerdo con sus méritos. Todo esto se comprende fácilmente cuando está sucediendo afuera. Pero, ¿qué pasa cuando se trata de la vida interior de un individuo?  Porque cuando decimos "nutrir la semilla divina", dos implicaciones  surgen inmediatamente:

1) Evoca la pregunta "¿Quién soy yo?" Si voy a nutrir la semilla divina, ¿no significa esto que yo no soy la semilla divina? Trataremos esto más adelante, pero primero consideraremos la segunda pregunta o implicación, que nos llevará a la primera.

2) "¿Quién nutre a quién?". Es decir, "¿quién es el que nutre y el que se nutre dentro de nosotros?

La claridad llega cuando estudiamos la constitución septenaria humana, como se enseña en Teosofía. Todos los que hemos estudiado la literatura teosófica en algún momento, habremos encontrado una explicación científica, racional y lúcida de la constitución humana: hay dos entidades que trabajan detrás de esta apariencia física nuestra, que todos conocemos por varios nombres, el cuaternario inferior y la tríada imperecedera superior, el alma animal y el alma espiritual, y así sucesivamente, o sus equivalentes hindi, dehâtma y jivâtma (yo y YO). Por ahora mantengamos la explicación más simple usando los términos ser inferior y superior.

El Yo Superior es la semilla divina que se siembra en los campos de la materia física, astral y mental en general, y en un cuerpo físico, astral y mental en especial. Antes de nacer, el Ser que se reencarna tiene una imagen clara de su viaje hasta ese momento, y del viaje que va a realizar en el próximo nacimiento, y de todas las deudas por pagar, el placer y el dolor a ser experimentado, y las acciones pasadas que tendrán fruto.

Todo el viaje está planificado por la Semilla Divina misma. Entonces, cuando la Semilla es sembrada en la personalidad (físico-astral-mental) y nace el bebé humano, todo este recuerdo pasa a un segundo plano. Y el enfoque hacia la vida cambia de "Yo soy la Semilla del Espíritu y estoy sembrado en el cuerpo terrenal” a “Yo soy el cuerpo y tengo una semilla espiritual”, y de esta suposición básica, comienza el ciclo de la ilusión.

La primera implicación, que se mencionó anteriormente, la pregunta "¿Quién soy yo?", entra ahora en juego. Como consecuencia natural de este condicionamiento, al considerarme una entidad de materia física, de pensamiento-deseo, trato de nutrir la divina semilla, sin darme cuenta de que así creo un abismo infranqueable entre mí y yo, y convierto un corto viaje, en el más largo que jamás emprenderé. Pero, ¿es realmente posible nutrir la semilla divina? Porque cuando yo no sé "quién soy", entonces, haga lo que haga, sólo traerá falta de armonía, y el sentido de "Yoidad" se fortalecerá.

Para entender esto, consideremos un aforismo místico y paradójico del Bhagavadgitâ:

Que se eleve el yo por el YO, y no deje que el yo se deprima; por cierto [verdaderamente] es el YO el amigo del yo, y también el YO, el enemigo del yo. (VI.5)”

Alucinante, ¿no? Consideremos esto una vez más, con una ligera modificación:

Que se levante el yo [inferior] por el YO [superior], y no dejes que el yo [inferior] se deprima; [porque verdaderamente] es el [más elevado] YO el amigo del [más bajo] yo, y también el YO [superior] el enemigo del yo [inferior]. No es difícil comprender que el yo superior es el amigo del yo inferior, cuando el yo inferior trabaja como un instrumento obediente del yo superior, y viceversa.

[El] Yo superior es el amigo del yo [inferior] de aquel en quien el [inferior] el yo es vencido por el Yo [Superior]; pero para el yo [inferior] no sometido, [el Superior] Yo verdaderamente se vuelve hostil como un enemigo. (VI.6)

Pero si el yo superior guía a la personalidad, ¿por qué no lo vemos en nuestra vida diaria? Si la semilla divina nos está guiando, entonces ¿por qué hay tanto caos en el mundo? Y lo fundamental, la pregunta que se debe hacer es: "¿En qué punto del viaje el yo superior eleva al inferior? Porque este viaje no es de origen reciente. El viaje comenzó cuando la primera unidad de conciencia, la Mónada, separada, por así decirlo, de la conciencia universal, descendió al mundo de la materia, pasando por los tres reinos elementales y luego por los reinos mineral, vegetal y animal: un viaje que ha llevado más tiempo del que nuestras mentes puedan imaginar, no sólo en este planeta, sino en otros globos también, para finalmente llegar al reino humano.

Y es sólo en este reino humano, que la posibilidad del florecimiento de esta semilla divina en una flor, existe. Pero, incluso en el reino humano, la divina semilla no interfiere mucho en el proceso de evolución, porque el instrumento a través del cual tiene que trabajar, el más bajo yo, está totalmente gobernado por pasiones, emociones, deseos y ambiciones propias. También ha desarrollado, en este largo viaje, un fuerte sentido de existencia independiente y un sentido de separación.

La cuestión de la "nutrición consciente", no surge hasta que se alcanza la etapa de evolución donde el yo superior es capaz de imprimirse sobre el yo inferior, de una manera efectiva. Hasta entonces, todo se rige por la ley de causa y efecto, y la sensación de un yo separado continúa fortaleciéndose. Pero todos entendemos que en última instancia no se trata de superación personal, sino del fin del yo. ¿Qué se entiende por la frase "autotransformación espiritual", mencionada en la Declaración de la Misión de la ST [que se encuentra al dorso de la portada de este número], y cuál es el objetivo de cada buscador de la verdad?

Es en este sentido, que me gustaría compartir un recuerdo de una interacción que sucedió hace muchos años. Un teósofo muy conocido, que no sólo inspiró a muchos individuos para unirse a la ST, uno de los cuales es mi madre, sino que también inspiró la formación de muchas Ramas, dondequiera que visitara, Swami Anand o Bhaiyaji, como muchos se dirigían a él con cariño, pasaba la mayor parte de su tiempo en el Centro del Himalaya de la ST en Bhowali. Solía hablar muy poco, pero de vez en cuando algunas perlas de sabiduría solían surgir de él, para la gente que se reunía a su alrededor. Es en uno de esos casos, cuando alguien le preguntó acerca de lo que se debe hacer para progresar (en nuestro contexto, la pregunta hubiera sido, "¿cómo puedo nutrir la semilla divina?”). La respuesta, de una sola línea fue: "¿Que hay para hacer? Solo mira las cosas que pasan". Suena muy simple, y simple es, excepto por el hecho de que es una cuestión de vida o muerte para algunos.

 El ego, el yo, el hacedor, no se siente cómodo en absoluto con este concepto de no hacer, porque implica la muerte del yo, ya que este yo está vivo sólo debido a la falsa creencia de que "yo soy el hacedor" de la personalidad. Esto le da a uno una sensación de importancia y se convierte en un premio apreciado, porque todo el mundo a su alrededor está haciendo lo mismo (no me extraña que se convierta en una carrera para estar en la silla más importante, para llenar ese pozo sin fondo de la búsqueda de la importancia de uno mismo).

Puede parecer que "Si no tengo nada que hacer, ¿cómo puedo existir o cómo puede hacerse el trabajo?“ Pero de hecho, el trabajo será aún más eficiente, porque entonces no se verá afectado por la ansiedad, competencia, comparación, ambición, deseo de reconocimiento, etc., que son todos efectos secundarios de la sensación de separatividad.

Entonces, la única crianza que se necesita es la ruptura del condicionamiento del sentido de un yo separado. La energía y la intuición para romper este caparazón también provienen de la semilla misma, ya que no hay camino fijo para esto, porque todos son los caminos hacia uno mismo, cada semilla es el camino en sí mismo. Cualquier esfuerzo puede llevar a un individuo a un cierto límite, y no más allá. La futilidad del esfuerzo egocéntrico debe hacerse para que la semilla se exprese plenamente, y ahí es donde entra en juego el significado de la conciencia sin prejuicios.

Vidas tras vidas se pasa en este estado de ignorancia, y luego, un buen día, cansado de este mundo de dolor, el individuo gira hacia  adentro y encuentra allí una sensación de paz, que se convierte en la señal de retorno, para ayudarlo a dar el siguiente paso. Pero no es hasta que el despertar ocurre, después de mucha lucha interior y confusión, que  se da cuenta de que no soy "esto", sino que soy "ese". No soy una hoja, ni una rama, ni el tallo, ni siquiera la raíz, sino la Semilla misma, de donde todo proviene. Esta luz en el camino, la voz del silencio de la Semilla Divina, está siempre disponible. El único impedimento para recibirla es un fuerte sentido de personalidad o yoidad, y una mente condicionada. Y para desnutrir este condicionamiento o más bien matarlo de hambre, hay tres formas de hacerlo efectivo:

1.    Cumplir con el deber con sinceridad, sin quejarse, dondequiera que uno sea colocado por el karma, porque toda queja, según H. P. Blavatsky, es una rebelión contra la ley del karma, y ​​la queja sobre el malestar personal es la marca más notable de un fuerte sentido de personalidad. Tal vez es por esto que "La Escala de Oro" dice, "valeroso ánimo para soportar las injusticias personales", y al mismo tiempo dice, "valiente defensa de los que son injustamente atacados”. Pero sucede lo contrario: hablamos mucho sobre nuestra incomodidad personal, pero guardamos silencio sobre los desafíos que enfrentan los demás.

2.    Poner en práctica cada intención desinteresada, tan pronto como sea posible, porque es el impulso de la Semilla Divina. Muy a menudo el cerebro recibe ideas nobles, pero por una razón u otra, no las ponemos en práctica. Esto, en realidad, actúa como una oportunidad perdida de estar en contacto más estrecho con nosotros mismos y como una fuerza retardadora para el siguiente impulso de llegar a nuestro cerebro físico.

3.    Por último, tratar de ser consciente de todo lo que sucede a nuestro alrededor, y al mismo tiempo, de lo que está sucediendo dentro. Todo esto parece tan arduo y lento, pero, para concluir, me gustaría compartir una afirmación optimista del famoso poeta místico del siglo XIII Jalal ad-Din Muhammad Rumi: "¿Has visto alguna vez una semilla caída a tierra que no resucite con una nueva vida? ¿Por qué deberías dudar del surgimiento de una semilla llamada 'humano'?".

 

 

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