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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 141 - Número 05 - Febrero 2020  (en Castellano)
 

 
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El Sendero de Luz

 

Wayne Gatfield

Presidente de la Rama Bolton de la Sociedad Teosófica en Inglaterra.

Orador Nacional y editor de la revista North Western Federation.

 

 

 

En su artículo “La Phare de L’Inconnu”, o “El Faro de lo Desconocido”, H. P. Blavatsky (HPB) escribe:

 

El faro de luz” de la Verdad es la Naturaleza sin el velo ilusorio de los sentidos. Puede ser alcanzado solamente cuando el adepto ha llegado a ser el amo absoluto de su yo personal, capaz de controlar todos sus sentidos físicos y psíquicos por medio de la ayuda de su “séptimo sentido”, a través del cual es dotado también con la verdadera sabiduría de los dioses- Theosophia

 

Y luego, en el mismo artículo:

 

El Faro de luz en el que los ojos de todos los verdaderos teósofos están fijos, es el mismo por el cual en todas las eras ha luchado la aprisionada alma humana. Este Faro, cuya luz brilla sobre mares no terrenales, pero que se ha reflejado en las sombrías profundidades de las aguas primordiales del espacio infinito, es llamado por nosotros, como por los más antiguos teósofos, “Sabiduría Divina”.

 

Es esta búsqueda la que está reflejada en todas las grandes leyendas y cuentos de hadas de todo el mundo. La mayoría de ellas se refiere a la búsqueda de alguna cosa: el Santo Grial, el Vellocino de Oro o la mano de una bella princesa, todos simbolizando la búsqueda para conseguir la Sabiduría Divina, y las pruebas y aflicciones del Sendero para alcanzar esta meta particular.

 

La luz siempre nos está reconfortando, sea la luz del sol, la luna, las estrellas o aún la suave luz en nuestros hogares o la luz artificial de una ciudad o pueblo, Más profunda aún es la luz interna, cuando pensamos en la iluminación o hablamos de arrojar luz sobre un tema o problema. La luz es la misma en todos los niveles de existencia, pero parece diferir a causa de su interacción con nuestros diferentes vehículos hasta el más inferior, donde se convierte en luz física.

 

La intensidad y tono de la luz siempre cambiantes en las diferentes condiciones climáticas y cuando el día transcurre por diferentes épocas del año, pueden tener un efecto definido sobre la consciencia de la persona involucrada en la visión y experimentación de estos cambios. Algunas veces, en otoño particularmente, un día nublado puede producir una luz suave que da origen a una bella melancolía que, lejos de ser negativa, tiene un efecto muy positivo sobre la mente y las emociones de todo individuo que sea un poco más sensible a tales cosas, haciéndonos conscientes de lo que los japoneses llaman sensibilidad a lo efímero o el “patetismo pero la belleza de la transitoriedad de la existencia física”, como también la maravilla y seguridad de la inmortalidad de la vida.

 

Todos podemos comprender que un brillante día soleado eleva los espíritus de la mayoría de las personas, pero esto es sutilmente diferente, no solo en cuanto a las estaciones, sino también a los meses. El efecto de la luz del sol en un día de primavera no es el mismo que el efecto que tiene en verano, otoño, invierno, o en la primera, media o última etapa de estas. Ni es un día nublado o lluvioso experimentado de la misma manera en diferentes épocas del año; tiene una atmósfera totalmente diferente dependiendo también de quién lo experimenta.

 

El crepúsculo tiene una magia especial indefinible en él; el folclore dice que es el momento en que las hadas salen a jugar, y podemos ver y sentir la magia de esta hora del día. Ningún otro momento tiene este efecto en nuestro estado mental, cuando el velo entre los mundos parece tan nebuloso, y si lo sentimos, una gran belleza se escabulle en nuestros corazones y colorea todo de ternura, todo muy brevemente, pero en formas que se arraigan en nuestras mismas almas. Al escribir acerca de este momento especial, el teósofo irlandés George William Russell dice en su artículo “La hora del ocaso”:

 

Para el futuro nos proponemos que en esta hora el Místico esté en casa, menos metafísico y científico de lo que es su costumbre, sino que sea más realmente él mismo. Como es habitual a esta hora, antes que se prendan las lámparas, dejémonos llevar un poco y soñemos, dejando que todas las tiernas fantasías reprimidas del día, surjan en nuestras mentes. Dondequiera que pase, sea en la oscura habitación o caminando en casa a través del melancólico atardecer, todas las cosas crecen extrañamente atenuadas y unidas; la magia del viejo mundo reaparece. Las calles comunes asumen algo de la grandeza y solemnidad de las avenidas iluminadas por las estrellas de los templos egipcios; las plazas públicas en el entremezclado resplandor y penumbra se hacen bellas como la arboleda inda donde Sakuntala paseó con sus doncellas; los niños pillándose unos a otros a través de oscuros arbustos; cuando pasan escapando nos miran con miradas largamente recordadas: arrullados por el silencio, olvidamos un momento los contornos duros de la materia y recordamos que somos espíritus.

 

Los niños miran el mundo con admiración, pero son demasiado jóvenes de mente para expresar estos sentimientos a otros en palabras, excepto quizás con exclamaciones de alegría o asombro. Cuando crecemos, perdemos esta visión y comenzamos a intelectualizar todas las cosas. Nos enfriamos. Pero si desarrollamos el lado espiritual, poético de nuestra naturaleza, entramos en una segunda clase de “niñez”, pero en un nivel enteramente diferente. El proverbio Zen, que al principio una montaña es solo una montaña, más tarde vemos que realmente no es una montaña, pero al final es sólo una montaña de nuevo, es una expresión de este proceso. Recuperamos la inocencia, la admiración, pero con las experiencias agregadas que hemos atravesado para alcanzar ese punto. Es como el peregrinaje de la vida desde la perfección inconsciente, a través de la consciencia de nuestra imperfección, para finalmente comprender nuestra perfección conscientemente. Es decir, si alguna vez hay realmente perfección, quizás todo es sólo relativo. Como es arriba, así es abajo.

 

Entonces, para la mayoría de las personas, se atrofia la reacción a los efectos de la luz en todos los niveles, Tenemos que recuperar el estado de niño que hemos perdido, como nos dicen las enseñanzas espirituales. Estamos buscando esa luz que nunca brilló en la tierra o el mar, pero que nos ayuda a navegar por el vasto océano de la Sabiduría Divina hacia nuestro destino, o hacia las diferentes etapas de un peregrinaje que nunca termina, hasta donde sabemos.

 

Ya sea Jason y los Argonautas, los Caballeros del Grial, Ulises, Perseo o muchos otros héroes legendarios de los cuentos de hadas de alrededor del mundo, todos ellos alcanzaron su meta haciéndola su único interés real, ellos no permitieron que nada se interpusiera en su camino. Superaron aparentes posibilidades insuperables, enfocando su total atención en el objeto de su búsqueda, algunos cayeron en el camino, pero los más valientes triunfaron. Krishna nos dice en el Bhagavad Gita que si concentramos nuestra atención en Él seguramente llegaremos a Él, es la forma más segura si pensamos en Krishna como el Yo Superior.

 

Respecto a esto en nuestras vidas, debemos tomar la posición de que somos seres inmortales en esencia, nuestros yoes personales vienen y van pero lo que somos en realidad no cambia. Algunas de las mejores palabras respecto a la correcta actitud están en La Voz del Silencio (II.137-8):

 

Ten paciencia, Candidato, como aquel que no teme ningún fracaso, ni busca triunfo alguno. Fija la mirada de tu alma en la estrella cuyo rayo eres tú, la flamígera estrella que resplandece en las oscuras profundidades de la existencia eterna, las regiones infinitas de lo Desconocido.

 

Ten perseverancia, como aquel que todo lo sobrelleva para siempre. Tus sombras viven y se desvanecen; lo que en ti vivirá siempre, lo que en ti sabe porque es conocimiento, no es de la vida transitoria: es el hombre que ha sido, es y será, para el cual la hora nunca sonará.

 

Las sombras son nuestros yoes personales, que vienen y van como sombras efímeras. En la vasta escala de las cosas, nuestros pocos breves años en esta vida particular son como el proverbio Zen de que nuestra vida física es como un caballo al galope vislumbrado a través de una grieta en la muralla.

 

Todos nosotros estamos en este peregrinaje interno y debemos encontrar nuestro propio camino a lo largo de los a menudo brumosos caminos que nos conducen a través de los algunas veces bellos y a menudo duros caminos que atravesamos en nuestro viaje. Encontramos a muchos amigos y maestros en el camino y tenemos incontables aventuras y peligrosas ordalías, pero nuestro interior resuelve impulsarnos siempre hacia adelante y siempre el sol ilumina nuestro camino. Aún si desaparece detrás de las nubes de nuestra propia creación, sabemos que todavía está allí y regresaremos a tiempo, y es verdad que aún esas nubes son una luz de esperanza, albergando la promesa de días y tiempos mejores por venir.

 

En la oscuridad la luna pide prestada su luz del sol y nos da alguna comodidad hasta que el amanecer lanza su hechizo sobre nuestro mundo y la esperanza se hace más fuerte en nosotros. Luego llega el momento en que escuchamos el correr del río de la vida y alcanzamos el puente que debemos cruzar. Sentiremos la emoción de saber que esta es la consumación de todos nuestros esfuerzos  durante muchas vidas y que pronto los sueños y pesadillas habrán pasado y nos enfrentaremos con la gran opción que debemos tomar en el tiempo, pero que finalmente terminará en nuestra liberación y la elevación general de la humanidad como un todo. Luz en el Sendero (I.12) nos dice:

 

Porque en ti está la luz del mundo, la única luz que en el sendero puede difundirse. Si eres incapaz de percibirla dentro de ti, es inútil que la busques en otra parte. Está fuera de tu alcance, porque cuando a ella llegues ya no te encuentras a ti mismo. Es inasequible, porque siempre retrocede. Entrarás en el seno de la luz, pero no tocarás nunca la llama.

 

Así podemos alcanzar nuestra meta, solamente para descubrir que lo que pensamos que era el final, es realmente sólo el comienzo y hasta donde sabemos  no hay fin para la búsqueda. El sol ilumina nuestro camino, no solamente el sol físico, sino el sol  interno que ilumina el sendero para nosotros hasta el final sin fin.

 

En el camino ayudamos a otros, comprendemos las limitaciones de la naturaleza humana y estamos dispuestos a perdonar “no siete veces sino setenta veces siete”, y siempre dictamos la condena más suave posible sobre aquellos que se equivocan. Aprendemos que el viaje no es realmente solitario, sino que lo tomamos con todos nuestros pares peregrinos, nuestros pares buscadores, y siempre tenemos el bien de la humanidad, como un todo, en nuestras mentes cuando avanzamos hacia adelante. Pero de cierta manera el progreso es una ilusión, cuando ya estamos allí, sólo necesitamos despejar las nubes que oscurecen nuestra visión y nos impiden ver el sol siempre radiante de nuestro ser interno.

 

Todas nuestras vidas pueden ser una aventura, una búsqueda para alcanzar nuestro Santo Grial, las luchas por las que atravesamos, las angustias y alegrías son todas molienda para el molino. Si desarrollamos la correcta actitud podemos hacer uso de todas las experiencias que llegan a nuestro camino para ayudarnos en él. Cuando miramos el mundo, deberíamos imaginar que estamos en una montaña mirando hacia abajo todo lo que sucede, la mente inferior ha creado tantas divisiones, entre países, religiones, sectas, partidos políticos, y aún familias e individuos, aunque todos somos lo mismo en el interior. Todas estas diferencias externas son sólo “la terrible gran herejía de la separatividad que nos aparta de los demás”, como nos dice La Voz del Silencio (I.37).

 

Estamos en un planeta pequeño, uno entre innumerables otros, sin embargo, todavía no podemos entendernos unos con otros, permitimos que la ilusión y el engaño nos mantengan separados, que construimos muros en vez de puentes, vemos a los demás a través de nuestras propias equivocaciones y errores, fallamos en hacer concesiones por las limitaciones de la naturaleza humana, y olvidamos ver la viga en nuestros propios ojos antes de criticar la astilla en el ojo ajeno, “dejemos que el que esté sin pecado arroje la primera piedra”, etc.

 

Si queremos que todas las personas del mundo se amen unas a otras, entonces ciertamente debemos mostrar el camino lo mejor que podamos. Así, terminaré con una cita del “Nuevo Ciclo” (Collected Writings, Vol.XI, p.135-6) de HPB:

 

Nadie está tan ocupado o es tan pobre que no pueda crear un ideal noble y seguirlo. ¿Por qué entonces titubear en abrir un sendero hacia este ideal a través de todos los obstáculos, por encima... de cada  mezquindad de la vida social, para marchar derecho hacia adelante hasta que se alcance la meta? Aquellos que hagan este esfuerzo pronto encontrarán que la “puerta estrecha” y el “camino espinoso” conducen a los amplios valles del horizonte ilimitado, hasta ese estado donde la muerte ya no existe, porque uno se siente renaciendo como un dios! Es verdad que las primeras condiciones requeridas para alcanzarlo son un absoluto desinterés, una ilimitada devoción por el bienestar de los demás, y una completa indiferencia hacia el mundo y sus opiniones. Para dar el primer paso en ese sendero ideal el motivo debe ser absolutamente puro, ningún pensamiento indigno debe desviar los ojos del final en perspectiva, sin que ninguna duda o vacilación encadene los pies. Allí existen hombres y mujeres completamente calificados para esto, cuya sola aspiración es vivir bajo la Égida de su Naturaleza Divina. ¡Dejémoslos, al menos, armarse de valor para vivir la vida sin ocultarla de los ojos de los demás! Ninguna opinión de otro debería ser considerada superior a la voz de nuestra propia consciencia. Por lo tanto, dejemos que esa consciencia, desarrollada hasta su grado máximo, nos guíe en todas las acciones comunes de la vida. En cuanto a la conducta de nuestra vida interna, concentremos nuestra total atención en el ideal que nos hemos propuesto y miremos más allá, sin poner la más ligera atención en el lodo sobre nuestros pies.

 

 

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