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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 141 - Número 04 -  Enero 2020  (en Castellano)
 

 
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El arte de ser padres

Clemice Petter

Oradora internacional y Directora del Dpto. Editorial en Adyar

 

¿Qué es importante saber sobre el arte de criar a un niño? Lo primero que tenemos que comprender es que estamos hablando de un ser que está desarrollando su potencial, cualquiera que este sea, y que tenemos más que aprender que enseñar. Esto puede sonar extraño para la mayoría de nosotros, pero si podemos verlo de una manera objetiva, podremos entender que un niño que está en un estado de aprendizaje todo el tiempo, su curiosidad e inocencia son una preciosa flor que, si no se trata de una manera adecuada, perderá vitalidad y frescura con el paso de los años.  Por esto es importante que podamos comprender cuál es el rol de los padres en el proceso de floración de un ser humano.

Empecemos desde el principio. Cuando decidimos abrir nuestro corazón y comprometernos, al menos por veinte años, a caminar con otro ser humano en este proceso de vivir, nos estamos comprometiendo con la más difícil de todas las artes. Es tiempo entonces de convertirse en padres. En ese momento, es importante comprender qué hay involucrado en el proceso del embarazo, y que el medio ambiente al que está expuesta una mujer embarazada, interfiere con la formación de los nuevos cuerpos.

Usamos la palabra “cuerpo” en plural, porque aunque la mayoría de las personas puede ver solo el cuerpo físico, sabemos que también tenemos los cuerpos emocional, mental y vital. También hay otros cuerpos que son más sutiles y por lo tanto más delicados pero por ahora vamos a hablar de estos cuatro.

El cuerpo físico está influenciado por el tipo de alimentación ingerido durante el embarazo, especialmente al principio. Si la madre fuma, hay un gran peligro de que en el futuro el niño desarrolle una enfermedad grave. Hay casos de adicción severa, donde el niño nace con síndrome de abstinencia, es decir, que se volvió adicto en el útero a la sustancia utilizada por la madre. Por supuesto, este es un caso extremo, pero lo menciono para dejar claro cómo el cuerpo físico es afectado y que todo lo que una madre ingiere, se utiliza como materia prima en el desarrollo del nuevo cuerpo físico.

Del mismo modo, las emociones a las que la madre está expuesta, interferirán en la formación del cuerpo emocional del niño. En el caso de los cuerpos emocional y mental, debido a su naturaleza más sutil, la influencia proviene de todo el entorno en que vive la madre, ya que las influencias energéticas del medio ambiente afectan enormemente a esos cuerpos. Pero la respuesta del medio ambiente al que una mujer embarazada está expuesta, no es solo de ella, también es importante que el padre comprenda el nivel de compromiso desde el principio mismo, que este nuevo miembro de la familia necesita de él.

No estamos hablando de vivir en una burbuja de perfección, lo que no tiene sentido en absoluto, estamos llamando la atención al hecho de que todo cuenta e influenciará en los futuros cuerpos del niño. Hay muchos factores que no podemos controlar, por lo que no debemos volvernos neuróticos al respecto, pero hay ciertas cosas en la vida que podemos hacer para ayudarnos unos a otros, y cuanto más entendamos este proceso, será lo mejor para todos.

Por tanto, parece importante que durante el periodo de preparación para la llegada del nuevo miembro de la familia, la madre debería tener, tanto como sea posible,  días pacíficos, no involucrarse en situaciones estresantes, tener en cuenta todas las transformaciones que están ocurriendo dentro de su cuerpo y evitar preocupaciones innecesarias. Ella puede ser una ayudante consciente de la naturaleza en el proceso de construir un nuevo cuerpo, un templo para el Alma Viajera, que pronto se unirá con ella en el viaje por el planeta Tierra.

Después que el niño nace y podemos sostener ese pequeño cuerpito en brazos, parece increíble cómo sucedió ese milagro, y el milagro recién empieza. De hecho, el milagro se repetirá hasta el último día, hasta el último aliento, y aquí es donde aprendemos el milagro diario de la vida, sucede bien frente a nuestros ojos, si sabemos mirar, si podemos mirar al niño con ojos inocentes, es decir, mirarlo con ojos que nada saben de esa pequeña florcita que nos ha sido confiada.

El problema comienza porque no podemos mirar nada con un espíritu de aprendizaje; creemos saber tanto, creemos saber quién es ese niño recién nacido. Pensamos que por ser mi hijo o hija sabemos qué es lo mejor para el/ella. Y esto comienza muy temprano. Comienza con el tipo de alimentación que le damos. Existe la tendencia a darle lo que a nosotros nos dieron de comer y creemos que esto es lo correcto, después de todo, por generaciones hemos estado comiendo de esta manera, por eso pensamos que también es natural para este niño. Pero puede que no sea así.

Quizás ayudaría dar un ejemplo de vida con respecto a esto. Están apareciendo casos en occidente, donde la carne es parte de casi todas las dietas familiares, pero aunque al niño se le ofrece carne desde edad muy temprana, cuando comienza a comer comida cocinada, él no la quiere. Hay un video en YouTube donde un niño de unos tres años, enseña a su madre, quien está intentando darle el almuerzo, y en su plato hay un trozo de pescado. Entonces el pequeño empieza a preguntarle a su mamá sobre la cabeza del pescado, y así la conversación continúa hasta que el pequeño le dice que no puede comer pescado ni ningún animal, que en vez de hacer eso debemos cuidarlos, no servirlos cocinados en el almuerzo. Este es solo un pequeño ejemplo de lo que estamos hablando. Tenemos mucho más que aprender que enseñar, y esto no es solo cuando se trata de criar hijos, es en todas las situaciones de la vida, pero especialmente cuando se trata de los niños confiados a nosotros por la vida.

Incluso podemos decir que somos capaces de enseñar cuando estamos abiertos a aprender, lo que significa que el proceso de enseñanza y aprendizaje, es un movimiento completo y no está separado uno del otro. Ayudar a un niño a comprenderse a si mismo, y por lo tanto, al mundo que está tratando de ayudar a crear, es posible solo cuando estamos abiertos a mirarlo sin expectativas, sin tratar de dirigir el curso de su vida. Mirar completamente, con todo nuestro ser, es la clave para que el flujo de enseñanza/aprendizaje se produzca.

Después de todo, la vida es un proceso de aprendizaje desde el momento en que nacemos hasta nuestro último aliento. Entonces, lo primero que se debe aprender en nuestra relación con los niños, es cómo relacionarse con ellos, ser conscientes de cómo son nuestros pensamientos, nuestros sentimientos acerca de su vida y su futuro. ¿Esperamos algo de ellos? ¿Estamos tratando de darles forma, de moldearlos a nuestra comprensión de la vida? ¿O somos capaces de escucharlos, ayudarlos a comprenderse a ellos mismos, en lugar de dar respuestas listas para usar, que no ayudan?

Se ha comprobado que las conclusiones y fórmulas para la vida solo crean conflicto en la mente, porque cuando un niño formula una pregunta no busca una respuesta, está buscando comprender a través del desarrollo de esa pregunta. Sin embargo, la mayoría de nosotros, los padres, estamos tan ocupados en nuestro propio mundo, que tenemos poco tiempo o nada, para ayudar al niño en el proceso de auto-descubrimiento y comprensión de la vida como un todo.

Tal vez pueda usar un ejemplo personal para ver cómo podemos ayudar al niño a lidiar con la vida. Cuando mi hijo era pequeño, no le gustaba ir al hospital y recibir una inyección (como a cualquier otro niño); él protestaba y no quería saber nada al ver la aguja. No era fácil, porque las enfermeras en el hospital no estaban preparadas para hablar con los niños. Ellas simplemente sostenían al pequeño y le aplicaban el medicamento, sin importar cuán fuertes fueran los gritos. Esto ha sido parte de nuestra cultura: que los niños lloran y gritan para evitar las agujas. Por lo tanto, es común que se les diga: “no te dolerá, es solo un pequeño pinchazo”.

En este contexto, puede ser importante mirar otro aspecto, que es el hecho de que los niños confíen en los adultos, y si lo que hacemos no se corresponde con lo que decimos, es mejor no decirlo. Si seguimos diciendo lo que no hacemos, ellos aprenderán que hablar sin tener la intención de lo que decimos, es la norma de la vida, y así se convertirán en adultos superficiales y deshonestos. Entonces, porque sabemos que dolerá, es importante hacerle comprender al niño que necesita el remedio en vez de  tratar de huir de la situación incómoda, lo que significaría que no estamos mirando al niño sino que nuestro interés está en nosotros mismos, en terminar con el evento problemático y desagradable. Ser conscientes cuando el enfoque se dirige a “mí” en lugar del niño, es una parte importante del proceso de aprendizaje en la paternidad.

A veces llevaba bastante tiempo para que mi hijo permitiera la inyección sin que nadie lo sujetara. Hablaba con él y le explicaba la necesidad de ello. Y le decía la verdad: “dolerá un poco, pero pronto desaparecerá. Pero si no lo recibes, el dolor de garganta (por ejemplo) se pondrá peor”. Finalmente, lo permitía. Preguntaba: “Ok, pero ¿puedo ver el tamaño de la aguja primero? Se le mostraba y después de mucho hablar, permitía que le aplicaran la inyección. El respeto es la regla de oro en cualquier relación, y en la de padres e hijos no es la excepción.

Es importante que ayudemos a los niños a aprender sobre sí mismos y sobre la vida para afrontar los desafíos con inteligencia, siempre aprendiendo de todo, para ayudar a evitar la victimización, tan común cuando no se comprenden los mecanismos de la vida. Es tarea de los padres, ayudarlos a crecer de una manera saludable. Pero cuando hablamos de una forma de vida saludable ¿qué queremos decir? Significa mirar la vida con ojos capaces de aprender, que se interesan por lo que está pasando. Significa una vida que es vital, plena de energía para mirar y ver las situaciones como desafíos, sin convertirlas en problemas.

Por lo tanto, la paternidad es sobre todo una relación de confianza. El niño necesita sentirse seguro, que pase lo que pase, los padres siempre estarán allí, que pueden confiar su corazón a ellos y que no serán juzgados. Este es otro punto crucial: no juzgar al niño cuando comete un error o incluso cuando hace algo muy malo, según nuestro entender. Cuando nos ponemos la túnica del juez universal y creemos que tenemos el derecho de juzgar a diestra y siniestra, lo único que estamos atestiguando es que no entendemos la vida y que con la máscara de juez tratamos de esconderle al niño nuestra impotencia.

Sin embargo, el verdadero mensaje que estamos enviando con este tipo de actitud, es que estamos en un pedestal, que nunca cometemos errores; entonces el niño comienza a retirarse a su propio mundo, la semilla de la inferioridad ha sido sembrada y entonces piensa que es la única persona que comete errores y que nadie más lo hace. Esto puede gestar varias cosas. Una posibilidad es que comience a ocultar sus malas acciones o errores a fin de verse bien a los ojos de sus padres, y así comienza a desarrollarse una relación artificial. Otra posibilidad es la de la rebeldía: comienza a hacer todo lo posible para irritar y mostrar a sus padres que, después de todo, ellos tampoco son perfectos. En cualquier caso, se convierte en una relación enfermiza y agotadora, y lo que debía ser una asociación se convierte lentamente en un campo de batalla.

También es importante ver el peligro del autoritarismo, que es diferente de autoridad. Hay una autoridad natural en la crianza de los hijos, que no tiene que ser una carga para el niño. De hecho, todo lo que es natural es hermoso y desarrolla características feas solo cuando tratamos de convertirlo en algo antinatural. Esto ocurre fácilmente cuando tenemos una relación posesiva con ellos, cuando los miramos como “mi” hijo/a.

Este sentido de propiedad no es natural, es una creencia desarrollada por el primario instinto de protección y retenido por la mente que mira todo a través de los lentes del “yo” y lo “mío”; esta manera de relacionarse parece ser la causa de la mayoría nuestros problemas en cualquier relación, sino de todos, especialmente con los hijos. Esto es así porque cuando los miramos a través de los lentes de la propiedad, perdemos la luminosidad requerida para ver la vulnerable inocencia que viene de la completa confianza de la que el niño es capaz.

Si traicionamos su confianza, podemos estar bloqueando algo que realmente no podemos medir, por lo que el daño puede ser más profundo de lo que nuestros ojos pueden ver. Para prevenir tal desastre, tenemos que mantener vivo el espíritu de aprendizaje y ayudarlos a ver que la vida es un vasto océano, con potencial infinito para un sinfín de descubrimientos. Si somos capaces de ver la belleza de cada nueva comprensión, la vida se convierte en una feliz aventura en vez de un  feo y doloroso campo de batalla, donde la mayoría de nosotros nos acostumbramos a vivir, creyendo que es un viaje dificultoso que hay que emprender, pasando de un problema penoso a otro. ¿Podemos ayudar a nuestros hijos a que nos enseñen a ver la vida  con ojos de inocencia? ¿Con ojos que no saben nada acerca de la vida? ¿Con un corazón que no carga con los dolores del ayer? ¿Podemos darle a la vida la oportunidad de mostrarnos su rostro de belleza, alegría y amor?

Si nosotros, como padres, estamos dispuestos a aprender en cada momento de la vida, podremos ser capaces de ayudar al niño a ver la vida como un descubrimiento diario, para que las cargas pesadas que acumulamos, que parecen tan naturales para la mayoría de nosotros, puedan desaparecer por completo y que nunca sean experimentadas por las almas afortunadas que aprenden a explorar la vida, en lugar de estar seguras de todo, que en sí mismo ya es una carga.

 

 

 

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