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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 141 - Número 04 -  Enero 2020  (en Castellano)
 

 
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Todos somos fragmentos de lo Divino

 

Pedro Oliveira

Coordinador de Educación en la ST en Australia, ex Secretario Internacional y

Jefe de la Oficina Editorial de Adyar)

 

La palabra sánscrita “Sadhana”, implica 'ir directo a un objetivo, bien dirigido, efectivo, eficiente, productivo, logro, desempeño’ (Diccionario Sánscrito en Inglés de Monier-Wiliams). Usualmente se traduce como ‘práctica espiritual’. Sin embargo, la así llamada mente moderna, la ha convertido en un verdadero supermercado. No solamente ofrece muchas prácticas, la mayoría de las cuales involucran algún tipo de pago, sino que también hay una sutil “competencia” entre ellos, como si un maestro particular, cuya “marca espiritual” fuera más famosa, atrajera tal vez a más seguidores.

Una de las características más extrañas del mundo moderno, es ver a los así llamados gurús y maestros espirituales, construir una enorme máquina de publicidad a su alrededor. Contrasten esto con una vida de absoluta humildad como la vivida por Sri Ramana Maharshi, por ejemplo, y verán la diferencia entre la integridad espiritual y la farsa.

Además de lo descrito precedentemente, algunas personas tienden a ver las prácticas espirituales como si fueran mercancías para su placer y satisfacción. Por ejemplo, puede haber quienes se inscriban a un curso de meditación, no obtengan resultados en un corto plazo y procedan a buscar otra práctica. Esta podría ser una de las razones por la que J. Krishnamurti dijo que ninguna práctica puede conducirnos a la Verdad. Otra pregunta que también surge, dado que Krishnaji solía meditar cuando era joven, es ¿qué tipo de mente llevamos a una práctica espiritual?

Si una mente superficial se acerca a la meditación, entonces se convierte solo en un ejercicio de autoengaño. Quizás el ejemplo más noble de la correcta actitud a este respecto, fue dado por Buddha. Solo le tomó un encuentro con un mendigo al lado de la carretera, para crear en sí mismo una determinación inquebrantable de encontrar la verdad sobre el sufrimiento.

El maestro de Carlos Castañeda, Don Juan Matus, decía esto al hablar sobre viajes en un camino: “Para mí solo existe andar por caminos que tienen corazón, por cualquier camino que tenga corazón, y el único desafío que vale la pena es caminarlo totalmente, y allí viajo mirando, mirando con entusiasmo” (Carlos Castañeda, Las enseñanzas de Don Juan: Un camino Yaqui de conocimiento).

Un camino espiritual genuino, debe involucrar todo nuestro ser, nuestro corazón, lo que significa que nunca puede dejar de estar relacionado con nuestra vida diaria y sus múltiples relaciones. Es precisamente esto a lo que, en la Regla 20 de Luz en el Sendero, Mabel Collins indica: un acercamiento práctico y holístico al entrenamiento espiritual. La Regla 17, del mismo libro, nos alienta a que busquemos el camino, implica que éste permanece sin descubrir en medio de una vida regida por el auto-centrismo. Esto implica la paradoja de salir de uno mismo y al mismo tiempo, mirarnos objetivamente. La Regla 20 nos presenta un itinerario práctico para hacerlo, con una mente abierta, sumergiéndonos en las misteriosas profundidades de nuestro propio ser y descubriendo la vida más allá de la individualidad. Igual de importante es entender “esos otros fragmentos Divinos que luchan hombro a hombro” con nosotros. Es un descubrimiento que no tiene fin.

El Diccionario Oxford da como significado de la palabra 'fragmento’: “una pequeña parte rota o separada de algo; una parte aislada o incompleta de alguna cosa.” Solo cuando nos miramos a nosotros mismos inteligentemente, es cuando descubrimos que nuestro sentido del yo es incompleto, porque tal sentido equivale a aislamiento, separación de otros. Como fragmentos no logramos conocer la verdad de nuestro ser. Cuando se encuentra esa verdad, no hay otros, solo el Ser Uno, Atman, la consciencia indivisible. Pero pretender que hemos alcanzado ese estado, es solo una forma de peligrosa ilusión.

El “camino” sugerido en Luz en el Sendero, ha de hallarse verdaderamente en nuestra vida, en cómo abordamos los contactos diarios, relaciones y opciones. Esto implica que el sendero es una percepción transformada por el centro del otro, por recibirlos en nuestra existencia y no por apartarlos. Como Radha Burnier dijo una vez: “La fraternidad universal es una mente sin barreras”. Lo que una mente así ve, es la verdad de que toda vida es una. Vivir una vida espiritual se puede ver como la construcción cuidadosa de una vasija, dentro de la cual se puede verter la nueva vida. Esto significa no tener exigencias, ni expectativas, ni proyecciones. Si se hace el trabajo correcto, la felicidad vendrá. Pero no puede venir de ninguna manera a una conciencia en la que la ilusión del yo está aún viva.

La Voz del Silencio de HPB (Fragmento III, v.273), ilustra el hecho de que luchar contra el sentido del yo no es para los pusilánimes:

El guerrero intrépido, perdiendo su preciosa vida con la sangre que fluye a borbotones de sus anchas y abiertas heridas, arremeterá aún contra el enemigo, le arrojará de su fortaleza, y le vencerá antes que él mismo expire. Obrad así pues, todos vosotros, los que visteis malograda vuestra empresa y sufrís; obrad como él, y de la fortaleza de vuestra alma arrojad todos vuestros enemigos: ambición, cólera, odio y hasta la sombra misma del deseo, aún cuando hayáis fallado.

Entonces, de los fragmentos, nos convertimos en parte integral de la humanidad, de la totalidad de la vida. Tal realización tiene profundidades que no pueden sondearse completamente. Transforma el mundo. Cada Gran Maestro Espiritual ha inundado la conciencia humana con poderosas corrientes de compasión, amor y perdón. Según las enseñanzas ocultas, la humanidad no estaría aquí si no fuera por ellas. Pero hay un límite a lo que pueden hacer bajo el reinado de Karma. También debemos hacer nuestra parte.

Intentemos considerar el contenido de la Regla 20 de Luz en el Sendero cuidadosamente:

Búscalo, pero no en una dirección única. Para cada temperamento existe una vía que parece la más deseable. Pero no se encuentra el camino solo por devoción, ni por la mera contemplación religiosa, ni por el ardor de progreso, ni por el laborioso sacrificio de uno mismo, ni por la observación estudiosa de la vida. Ninguno de ellos puede hacer adelantar al discípulo más de un paso.

Cuando nos identificamos solo con una perspectiva, nuestra visión tiende a volverse errónea. La disidencia fue sofocada en Europa durante once siglos, por la brutal dominación de la Teología Católica Romana sobre el aprendizaje secular y se necesitó del cruel e inhumano sacrificio de la vida de Giordano Bruno, para que el librepensamiento amaneciera en Europa. La Regla antes mencionada, también muestra que el camino hacia la luz infinita no puede ser una mera “técnica”, algo que simplemente se aplique con la esperanza de hacer progreso. Como se menciona en La Voz del Silencio Fragmento II, v. 114:

Las semillas de Sabiduría no pueden germinar y desarrollarse en un espacio sin aire. Para vivir y crecer, la mente necesita amplitud y profundidad y fines que la traigan al Alma Diamante. No busques tales fines en el Reino de Maya, remóntate por encima de las ilusiones, busca el eterno e inmutable Sat, desconfiando de las falsas sugerencias de la fantasía.

Estas son ciertamente sabias instrucciones, porque muestran que aunque las experiencias nos llegan a todos, solo la mente es la que tiene “amplitud y profundidad”, la que puede transformar las experiencias en aprendizaje real en lugar de enredarse con ellas. La mente sabia recibe cada experiencia como si fuera un maestro y no como un agente de satisfacción o sufrimiento. Para la mente inmadura, las experiencias son siempre una lucha entre el “me gusta y no me gusta”, lo que implica que el yo o el sentido del ego, actúa como un juez insensato y autoproclamado de lo que la vida nos trae. La tragedia es que este mecanismo de falta de consciencia puede durar muchas vidas, hasta que los golpes de Karma lo deshacen. Volviendo a la Regla 20:

Todos los peldaños son necesarios para recorrer la escalera. Los vicios de los hombres se convierten en los peldaños de la misma, uno por uno, a medida que se van dominando. Las virtudes del hombre son en verdad escalones necesarios, de los cuales no se puede, en modo alguno, prescindir. Sin embargo, aunque crean una atmósfera bella y un porvenir feliz, son inútiles si permanecen aisladas. La naturaleza toda del hombre debe ser empleada sabiamente por quien desee entrar en el Sendero.

La tradición cristiana ofrece impresionantes ejemplos de Santos que tenían un particular pasado inmoral. San Agustín, por ejemplo, incluyó lo siguiente en sus Confesiones: “Cuando era joven oraba: ‘Dame castidad y continencia, ¡pero no ahora!’” (Cita de la Wikipedia). A pesar de su debilidad moral, tales Santos parecían tener la capacidad de recorrer el camino superándose. Sin embargo, superar vicios y practicar virtudes, según Luz en el Sendero, no es suficiente. Solo la sabiduría puede lidiar adecuadamente con las debilidades y hacer de la virtud un trampolín hacia la auto-transformación, y no una senda hacia la virtud propia. La Regla 20 continúa:

Cada hombre es para sí mismo absolutamente el camino, la verdad y la vida. Pero esto es así solo cuando domina firmemente toda su individualidad y por la fuerza de su voluntad espiritual despierta, reconoce que esta individualidad no es él mismo, sino aquello que ha creado trabajosamente para su propio uso y por cuyo medio se propone alcanzar la vida más allá de la individualidad, a medida que su crecimiento desarrolla lentamente su inteligencia, Cuando sabe que para esto existe su asombrosa vida compleja y separada, entonces, en verdad y solo entonces, se halla en el Sendero. 

La palabra “individualidad” viene del latín individuus, “indivisible”. Para Carlos G. Jung, todavía no somos verdaderamente individuos, ya que nuestras vidas están fuertemente influenciadas por lo que llamó “inconsciente colectivo”. El resurgimiento del racismo en distintas partes del mundo actual, corrobora su punto de vista. El camino hacia la individualidad, según Jung, no es fácil, ya que implica confrontar e integrar nuestro lado oscuro, esos aspectos de nosotros mismos que nos negamos a ver, como la ira, mala voluntad y la tendencia a dominar.

La Regla 20 hace la notable afirmación de que el sentimiento de individualidad es creado por nosotros mismos para que en el curso de nuestra evolución, podamos alcanzar la vida más allá de ella. En otras palabras, el sentimiento de individualidad no es un fin en sí mismo, sino un andamio para ayudarnos a alcanzar esa vida verdaderamente indivisa, que se encuentra más allá de manas, nuestro potente principio cognitivo, el centro de conciencia y de actividad intelectual. En Teosofía esa vida más allá de la individualidad es buddhi, la comprensión inmediata de que toda la existencia es una, una comprensión transformadora de la vida de que “trabajar para uno mismo es trabajar para la decepción”. Y ese es el comienzo del sendero:

Búscalo sumergiéndote en las misteriosas y gloriosas profundidades de lo más íntimo de tu propio y más profundo ser. Búscalo probando toda experiencia, utilizando los sentidos a fin de comprender el desenvolvimiento y significado de la individualidad, y la belleza y oscuridad de estos otros fragmentos Divinos que contigo y a tu lado combaten, y que forman la raza a la cual perteneces. Búscalo estudiando las leyes del ser, las leyes de la naturaleza, las leyes de lo sobrenatural; y búscalo postrando tu alma ante la pequeña estrella que arde en el interior. En tanto que vigilas y adoras con perseverancia, su luz irá siendo más y más brillante. Entonces podrás conocer que has encontrado el final, y su luz se convertirá súbitamente en luz infinita.

En su parte final, la Regla 20 describe las profundidades que puede alcanzar quien se somete a la preparación adecuada. Aquí la práctica espiritual adquiere una dimensión de profundo descubrimiento de lo que un ser humano está llamado a ser, cuando deja atrás su mente mundana, completamente dominada por el egocentrismo. La conciencia se ha transformado en algo extraordinariamente sensible, purificada de la escoria del egoísmo y el orgullo, lista para comprender todo lo que vive y llevando cada relación cerca de lo sagrado. La enseñanza contenida en esta Regla, no proviene de una mente ordinaria, viene de una conciencia que ha llegado al svarupa de la vida, que es la vida en su naturaleza esencial, divina, sagrada, una y eterna.

¿Cómo sumergirnos “en las misteriosas y gloriosas profundidades” de nuestro ser interno? El primer paso puede ser escuchando los contenidos de la mente personal. Cada uno de ellos clama la atención del perceptor, contenidos de emociones, pensamientos, memorias y reacciones. Y entonces, en el momento en que la luz de la conciencia y la atención brillan sobre ellos, se disuelven. Esto abre la puerta para experimentar una nueva profundidad dentro de uno mismo. Cuanto más profunda es la experiencia, menor es el sentido de importancia personal. Y a la inversa ocurre lo mismo, cuanto más superficial es la experiencia, mayor, más pronunciado es el sentido de auto importancia. Cuando la percepción madura, cuando se convierte en percepción espiritual, no hay un ego que advertir, promover o proteger.

¿Cómo se prueba toda la experiencia? Permaneciendo  objetivo, no identificado, alerta y sensible. “La acción es solo para la purificación de la mente”, enseñó Sri Sankaracharya. La práctica de nishkama karma, acción sin deseo, limpia la mente de las impurezas creadas por vidas de indulgencia en el egoísmo.

El núcleo de nuestra individualidad es manas, el principio mental, el centro coordinador para todas las experiencias y el teatro para el gran drama evolutivo de cada ser humano. HPB dijo que manas es dual en su naturaleza: parte de él expresa un fuerte llamado y atracción hacia el deseo -kama-, y crea lo que ella llamó la “mente-deseo”. Otra parte anhela unirse a buddhi. El deseo no es solo un punto focal recurrente, el deseo está presente en todos los aspectos de la actividad de la mente, incluso a niveles sutiles. La tradición budista sostiene que uno de los grilletes que impiden que el discípulo se mueva hacia la etapa de Arhat, es el engreimiento. Debe ejercerse un extraordinario estado de alertidad en la etapa final del Sendero, porque el deseo puede estar escondido en cualquier rincón de la mente.

Por otro lado, la mente es el vínculo que conecta el espíritu y la materia, y por lo tanto, tiene un gran potencial creativo. Dentro de la mente yace un poder de profunda asimilación de experiencias, así como de responder a las profundidades de la Sabiduría Antigua, trasmitida a nosotros por numerosas generaciones de místicos, adeptos e iniciados. En ellos floreció la individualidad en una flor completamente desarrollada, de exquisita belleza, radiante de Sabiduría, compasión, amor y ayuda ilimitada.

A continuación, la Regla 20 menciona la necesidad de que entendamos “la belleza y oscuridad de estos otros fragmentos Divinos que están luchando codo a codo contigo y forman la raza a la cual perteneces”. La mente personal tiende a reaccionar a cada contacto, como se dijo antes, a través de un patrón de gustos y aversiones. Bajo las aversiones se esconde la indiferencia, una actitud hacia los demás, como que ellos no tienen importancia. La indiferencia puede llevar a la insensibilidad, que añade muchas más dimensiones sombrías para el auto-centrismo en nosotros.

Sin embargo, la sabia enseñanza contenida en la Regla antes mencionada, establece que a nuestro alrededor hay fragmentos Divinos, luchando codo a codo con nosotros. Cada persona que conocemos o con los que nos relacionamos, son parte de la Divinidad, un compañero peregrino en el camino hacia la Fuente, un caminante en busca de plenitud y paz, un Alma que busca su verdadero hogar, en un Universo de cambio constante.

Virginia Hanson, una avanzada peregrina, en su meditación matutina semanal, en el Instituto de Teosofía Krotona, hace muchos años atrás, solía recordarnos lo bello de cada persona que conocemos. Y ella quiso significar cada persona. La tradición budista menciona que Angulimala, un sanguinario criminal que solía cortarle un dedo a cada una de sus víctimas, al entrar en el campo de conciencia del Buddha, mientras éste dormía, fue completamente transformado, regenerado, y se convirtió en su discípulo. San Pablo, un antiguo perseguidor de cristianos, se convirtió en uno de los apóstoles más grandes de Cristo, después de un encuentro transformador, camino a Damasco. Somos todos fragmentos de lo Divino.

La misma Regla 20, ordena: “Estudia las leyes del ser, las leyes de la naturaleza, las leyes de lo sobrenatural.” Comprender el orden que opera en el Universo nos ayuda a encontrar el orden increado dentro de nosotros. Se dice que Pitágoras solía curar personas con diferentes tipos de enfermedades, tocando instrumentos acústicos cerca de ellos. Sostenía que la naturaleza esencial del alma es armonía y que la armonía que se expresa en la música puede ayudar a restablecer el equilibrio en un cuerpo enfermo. Si aprendemos a mirar de cerca, cada forma de vida es una expresión asombrosa de orden y belleza.

La enseñanza concluye con una exhortación para que hagamos “profunda reverencia del alma a la tenue estrella que arde dentro”. Esto implica una leve percepción de una dimensión más profunda dentro de nosotros. Algunos místicos sugieren que esta percepción puede llevar a un “desconocimiento”, ir más allá de todo lo conocido por la mente personal. La Regla también menciona las palabras “observa y adora”, que indican que éste no es un ejercicio meramente intelectual, es una preparación para encontrar lo sagrado. En este nivel, lo personal ha quedado atrás.

Nos dicen que el final del camino se pierde en Luz Infinita.  Y el secreto final es revelado: esa Luz Infinita no es solo nuestro destino. Es lo que somos. También es lo que todos los que nos rodean son. Todos éramos solo fragmentos de lo Divino, ahora completos de nuevo.

 

 

 

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