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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 141 - Número 03 -  Diciembre 2019  (en Castellano)

 
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La Teosofía y el individuo

(Charla presentada en la ST. de Adyar el 11 de Abril de 2019.)

Tim Boyd.

Rupert Sheldrake, miembro de la ST y célebre biólogo, ha desarrollado durante su carrera algunas ideas relacionadas con la ciencia y la conciencia que han extendido el planteamiento científico normal hasta el reino de la conciencia. En una ocasión le hicieron una pregunta muy general pero muy profunda: “¿Por qué son las cosas como son?” Su respuesta fue breve y sencilla como la pregunta misma: “Porque han sido como han sido”. Su respuesta fue breve, pero vale la pena explorarla.

Desde la perspectiva teosófica, el karma sería una de las ideas que nos viene inicialmente a la mente. Los ciclos de la reencarnación podrían también describir por qué las cosas son como son y también el proceso de la evolución. Lo que nos ha hecho llegar hasta este momento y nuestro modo de experimentarlo es la conciencia que hemos aportado a todos los momentos previos.

En la vida diaria normal tenemos ciertas motivaciones que nos impulsan. En las Cartas de los Maestros se nos dice que “el motivo lo es todo”. Las acciones son importantes, pero se dice que nuestra motivación es lo más importante. Los motivos surgen de los valores, lo cual produce acciones, y las acciones producen reacciones que, a su vez, reaccionan respecto a nuestros motivos originales. Tomad el ejemplo de alguien que tiene la motivación de tener éxito individualmente basándose en los valores que dicen: “Estoy solo y soy yo contra el mundo”. De esto surge toda una serie de acciones egocéntricas. Esas acciones producen una respuesta que confirma su motivación. “Es un mundo peligroso, éste en el que vivo. Estoy en una competición con todos los demás. Todo lo que hago me lo confirma”, y eso refuerza y confirma su motivación y asegura que el ciclo continúe, un ciclo de resultados continuadamente insatisfactorios. La pregunta obvia que haríamos es esta: “¿Por qué? ¿Por qué alguien se puede quedar encerrado en un ciclo tan insatisfactorio?”.

En el budismo existe la idea del samsara, descrito como una rueda en la que todos los seres humanos están atrapados: nacimiento, vida, muerte y renacimiento. El verdadero significado de la palabra “samsara” es una corriente continua. A partir de ciertas causas innatas fluye una serie de acontecimientos o acciones que necesariamente se van repitiendo. Desde la perspectiva budista, se diría que la causa raíz de quedar atrapado en ese ciclo sería la ignorancia, no como falta de conocimiento, sino en el sentido de que vemos de forma errónea; no percibimos el mundo correctamente y luego actuamos basándonos en esa mala percepción.

Entonces, ¿por qué nos encontramos en una situación en la que no percibimos correctamente? En las enseñanzas teosóficas, el concepto de evolución, un proceso interminable de desarrollo, es una de las claves. Y en este proceso hay etapas y grados de desarrollo. Las cartas que constituyen las Cartas de los Mahatmas fueron recibidas por dos ingleses muy orgullosos: A.O. Hume y A.P. Sinnett. Los dos estaban totalmente convencidos de que su conocimiento, cultura y civilización eran mucho más amplios que las opiniones de los Mahatmas. Para Hume y Sinnett resultaba claro que los Mahatmas necesitaban sus consejos sobre la mejor manera de introducir las enseñanzas de la Teosofía en la humanidad. En las Cartas a veces se expresaba de manera suave, pero a veces en términos muy directos, el hecho de que Hume y Sinnett necesitaban liberarse de la idea evidentemente falsa de su superioridad.

La mayoría de nosotros tendemos a creer que estamos en una etapa muy evolucionada. Nuestra tecnología y el ritmo de nuestros avances científicos parecen confirmar nuestra superioridad evolutiva cuando, de hecho, todo indica que todavía somos una humanidad muy infantil. Hay una expresión americana indígena que dice: “Ningún árbol está tan loco como para tener ramas peleándose entre sí”. Ningún árbol está tan loco, pero la humanidad, y nosotros como individuos, lo hacemos a diario. Nuestro grado de expansión es tal vez más limitado de lo que quisiéramos admitir. Así pues, las opciones que hemos creado en este momento han sido generadas por una mente cuya percepción es infantil.

 La etapa humana de desenvolvimiento de este momento podría llamarse la etapa del individuo. La idea de los derechos y las libertades del individuo se ha convertido en la piedra de toque de esta era en particular. El individuo puede describirse como la unidad de conciencia capaz de identificarse y funcionar desde su propio centro, elevándose por encima de la dependencia y compulsión del grupo, la tribu, la unidad comunal. Es una etapa de desarrollo y una etapa necesaria. Los problemas con los que nos enfrentamos en el mundo están relacionados con el hecho de que esta etapa de individualidad se ha  exagerado mucho.

 En la Carta del Mahachohan, escrita hace casi 140 años, hay un comentario que señala este momento. Habla de los efectos de la importancia que se les atribuye a los derechos y libertades del individuo y su predecible exageración. En esa carta leemos este comentario: “A la vista del triunfo cada vez mayor, y al mismo tiempo del mal uso, del libre pensamiento y de la libertad… ¿cómo va a frenarse el instinto natural combativo del hombre de infligir crueldades y brutalidades indecibles, tiranía, injusticia, etc.? Aunque el cultivo de la individualidad es una etapa necesaria, cuando se transforma en individualismo nos enfrentamos con los problemas de hoy en día, con siete mil millones de personas en el mundo que exigen lo que consideran sus derechos individuales, separados del conjunto. La creencia en la existencia de un operador independiente, separado y aparte del todo, ha enraizado y es el origen de problemas evidentes”.

En esa misma Carta del Mahachohan, sigue diciendo que la conciencia que se desliga de la ley universal necesariamente se separa de la ley humana, con el tipo de consecuencias que ahora estamos experimentando. La idea de que la Tierra y sus recursos son inagotables y tienen como fin la satisfacción individual es algo por lo que estamos pagando un alto precio en este momento. La idea de que la competición, la agresión, la hostilidad y la dominación son planteamientos aceptables en la relación con otros seres humanos y con el mundo natural, igualmente tiene sus consecuencias.

Hay una etapa en el crecimiento del niño que se define como los “terribles dos”, la fase de los dos años, cuando el niño intenta desarrollar su propia identidad. La palabra principal que los padres oyen en esa edad es “no”. Es una etapa en la cual el niño desarrolla una individualidad sana, identificándose a sí mismo en oposición a los demás. Lo vemos claramente con un niño, pero no somos capaces de verlo en absoluto cuando pensamos en términos de esta masa de “adultos” que ahora pueblan el mundo, el “no” sonoro que le damos a nuestra inseparable conexión con el mundo natural y con todos los demás.

La fundación de la Sociedad Teosófica en 1875 fue un intento deliberado para reparar la fisura que estaba apareciendo en la escena humana. De nuevo, la Carta del Mahachohan describe dos impulsos muy fuertes que, en caso de no ser controlados, iban a deformar el curso del desenvolvimiento humano. En esa carta describía las dos corrientes nacientes como “un materialismo brutal” y “una superstición degradante”. Con la introducción de la ST, se confiaba en poder ofrecer otra salida que pudiera atraer a las grandes mentes, a los corazones deseosos y receptivos, hacia un camino diferente que abriera distintas posibilidades. Una dirección alternativa, que pudiera evitar las consecuencias del individualismo magnificado por el materialismo y la superstición, era algo digno de intentar. La ST se consideraba como “la piedra angular de las futuras religiones de la humanidad” basada en una profunda comprensión de la Unidad. Los Maestros plantan las semillas para las futuras generaciones, en beneficio de aquellos que todavía tienen que nacer. Nosotros participamos en ese proceso.

La mayor parte de lo que consideramos como desarrollo tiene lugar gradualmente, sin embargo hay momentos de un despertar repentino y profundo. Tenemos ejemplos de ello a nuestro alrededor en la Naturaleza y en los asuntos humanos. Dentro de la sociedad humana, hemos sido testigos de ocasiones en las que repentinamente caen algunas barreras y convenciones de conducta atávicas y nos preguntamos “¿por qué ahora?”. Un terremoto es uno de los ejemplos más devastadores en el mundo natural. En tres o cuatro ocasiones he podido experimentarlo. De niño oía hablar de los terremotos y pensaba que era algo fascinante. Para mi mente infantil era algo que creía que me gustaría experimentar. Después de mi primer terremoto, nunca quise volver a pasar por la experiencia. Sentado en un edificio de ladrillos y cemento, cuando los temblores iniciales aumentaron su fuerza, miré hacia arriba y vi como aquel techo tan “sólido” se arrugaba como las olas del océano. Un terremoto es la liberación repentina de una energía enorme que se ha ido acumulando en la tierra. Para que esto pueda ocurrir, unas placas flotantes dentro de la Tierra tan grandes como los continentes rozan entre sí durante largos períodos de tiempo, originando una tensión subterránea que desemboca en esa liberación repentina que experimentamos como un hecho inmediato que lo cambia todo. Durante los inviernos en mi casa de Chicago, si alguien no tuviera ninguna idea de lo que son las estaciones de la Naturaleza, pensaría que todo el paisaje está muerto. No se ve en ninguna parte una hoja, una brizna de hierba ni una flor. Pero cuando llega la primavera, en cuestión de días, allí donde no había nada, de repente sale de la tierra algo verde. Después de tres o cuatro días de calor, ese pequeño brote ha crecido unos centímetros y está dando flores. Su aparente precipitación sólo ocurre después de todo un invierno de inactividad, de ir aportando fuerza a la raíz que acaba por estallar hacia afuera.

 En las Cartas de los Mahatmas, nos dan un ejemplo basado en este repentino crecimiento: “Un Adepto es la rara eflorescencia de una generación de investigadores”. Eflorescencia es literalmente la etapa del “florecimiento”. El Adepto es la rara explosión de una generación de investigadores. Se señala que para que este “florecimiento” pueda ocurrir, el individuo “tiene que obedecer al impulso interior de su alma, independientemente de las consideraciones prudentes de la ciencia mundana o sagacidad”. Nuestro papel no consiste en trabajar en contra de la corriente existente. El trabajo que hacemos es intentar establecer una conciencia predominante que nos haga ser más conscientes de los usos de la individualidad.

 En la primera línea del poema de sir Edward Arnold sobre la vida de Buda, La luz de Asia, se nos habla de la gota de rocío que se desliza hasta el mar. Eso significa que la conciencia que había sido cultivada por el Buda, una vida tras otra, esa concienciación, la purificación, la enseñanza que se impartía, todo ello se hizo para ofrecerse ahora de forma consciente. En el momento en que nos hacemos conscientes del funcionamiento de este proceso de convertirnos en un “individuo”, surge la pregunta “¿con qué fin?”. Se cultiva la individualidad con el fin de que pueda devolverse al todo. “La gota de rocío se desliza hasta el reluciente mar”, añadiendo la totalidad de sus experiencias, vislumbres, y comprensión muy elaborada al depósito de la Vida Más Grande que sostiene a todos los seres.

 

 

 

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