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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 140 - Número 11 -  Agosto 2019  (en Castellano)
 

 
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Fluir es cambiar

 

Clemice Petter

 

Directora del Departamento Editorial en Adyar.

Charla dada en una reunión regular de la Logia Gandhinagar en el Hall de la Sede, Adyar.

 

 

La mayoría de nosotros estamos familiarizados con las enseñanzas de Buda, quien dijo que sufrimos a causa del apego, lo que significa que sufrimos porque nos apegamos a las cosas, situaciones, personas, creencias, conclusiones, y tantas otras cosas que es imposible enumerarlas a todas. Sin embargo, el hecho es que sufrimos porque nos gustaría moldear la Vida, decir lo que debería ser, en qué dirección debería avanzar, y en que forma debería ocurrir.

También tratamos de moldear a las personas; creemos que si la persona es nuestro hijo, hija, esposa o esposo, o está relacionada con nosotros de alguna manera, tenemos el derecho de moldear su vida, sus creencias, e incluso su fe. Hemos desarrollado tales creencias simplemente porque no amamos a las personas por quienes son, sino que esperamos que ellas satisfagan nuestros deseos y anhelos. Mientras las personas desempeñan el papel diseñado por nosotros, decimos que las amamos. Pero tan pronto como algo rompe con el plan, ya no los “amamos”. De hecho, nunca los hemos visto, solamente hemos visto nuestros propios deseos y fantasías.

Decimos que amamos a nuestros hijos, pero no parece ser verdad, porque cuando amamos a alguien es un deleite ver la vida desenvolviéndose a través de esa persona, pero nos asustamos de ese desarrollo, simplemente porque muy profundamente sabemos que no podemos controlarlo, y controlar es muy importante en nuestras relaciones.

Entonces nos encontramos con otra situación, también nos gusta pensar que sabemos lo que hará feliz a la otra persona. Si esto fuera verdad, si supiéramos lo que hace la felicidad, seríamos personas felices, lo que no parece ser así. Es importante comprender que la gente feliz se pierde en la felicidad, y por lo tanto no tiene tiempo o interés en criticar o juzgar. Es solamente el infeliz quien se ocupa de la vida de otro.

Las enseñanzas de Buda también dicen que la felicidad en esta tierra es posible. Hablan acerca del sendero de la rectitud y de la Unidad de la vida. Dice: “No matar”. Y para la mayoría de nosotros matar es solamente un fenómeno físico. Nunca miramos el matar que está sucediendo a niveles sutiles. Somos demasiado materialistas para mirar a alguien y pensar que lo que anima ese cuerpo es de una naturaleza sutil, una flor delicada que está luchando por abrirse y difundir su aroma al mundo. Necesitamos ver que cada uno es un regalo único para el mundo, y cada uno tiene un talento especial que, si se le permite florecer, llenará un vacío en la red en la que se desenvuelve la vida humana.

Un niño está lleno de vida, felicidad y curiosidad que gradualmente desaparece a medida que pasan los años. Nunca miramos esto y preguntamos. “¿Por qué sucede esto?” Me parece que esto está profundamente relacionado con el hecho de que tratamos de moldear el comportamiento del niño desde el mismo comienzo y, sintiéndose en una camisa de fuerza, sin libertad para moverse, para fluir, se marchita la frágil flor tratando de abrirse a la vida lentamente. Y al final del  periodo de esta monstruosidad que llamamos educación, tenemos una entidad muerta, un joven hombre o mujer que no es nada sino un engranaje en la rueda asesina desarrollada por la rigidez de reglas y fórmulas, un mundo creado por la mente, un mundo sin piedad.

Después del periodo de educación en el que el niño se moldea, configura, y  la espontaneidad se pierde, tenemos un adulto preparado para formar a otros y hacerles la vida tan miserable, como se siente él mismo. Esto se debe a que la muerte es todo lo que conoce, no puede tolerar la vida en ninguna forma, moldeará el medio ambiente en el que vive, interfiriendo con el ritmo de la Naturaleza, destruyendo bosques y contaminando el aire. En la cumbre de la locura, matará los ríos. Que son la fuente de toda vida en este planeta, sin comprender lo que está haciendo y sus consecuencias. Hoy estamos presenciando ciudades que sufren sin agua, y al mismo tiempo substancias apestosas corren en los ríos donde hace algunos años era agua limpia, fresca, que estaba disponible para el consumo humano.

Parece que ni aún el hecho de que muchos de nosotros estemos viviendo en ciudades altamente contaminadas, donde el aire lleva a nuestro sistema substancias venenosas y donde los niños no pueden jugar afuera de la casa, al aire libre, porque no es seguro en diferentes formas, ni incluso esto ha podido hacernos pensar. Uno se pregunta qué otra cosa puede hacernos pensar. ¿Somos una especie tan estúpida, incapaz de ver lo obvio que está sucediendo en nuestra propia casa? Hablamos acerca de Dios y acerca del Amor en los templos, iglesias, mezquitas, porque consideramos que estos lugares son sagrados. ¿Qué hay acerca de la Vida? ¿No es lo más sagrado a honrar y cuidar? Adoramos edificios construidos de piedra y vivimos una vida desértica. Hablamos acerca de un tiempo y lugar perfectos, el cielo, mientras creamos el infierno en la Tierra.

Hemos descuidado la vida a tal punto que está apartándose del planeta donde los humanos han crecido desde seres salvajes a civilizados y sofisticados. Así la pregunta es: ¿Es la civilización sinónimo de descuidar la vida? ¿Es sinónimo de competencia, violencia y codicia? Si es así, quizás habría sido mejor si nosotros, la raza humana, hubiéramos permanecido salvajes, al menos el planeta habría estado a salvo de nuestra creciente estupidez. El hecho es que, como somos hoy, somos un peligro para nosotros y para el medio ambiente en el que vivimos. Es hora que cambiemos el modo en el que funciona nuestra mente. De la competencia que conduce a la guerra y a la destrucción, a la cooperación que conduce al crecimiento interno y el desarrollo.

Porque la mente, que es una herramienta, se la ha dejado que corra sin dirección inteligente, y está haciendo la vida imposible en la Tierra. Por favor, no crean que no estamos contribuyendo a la crisis presente, porque de algún modo, algunos de nosotros estamos luchando por los derechos humanos o bienestar animal o incluso protegiendo la Naturaleza. Sin embargo, este “yo”, este “mí” está golpeando fuerte, y mientras estamos haciendo todo esto, en casa, estamos matando a aquellos con quienes compartimos el mismo techo.

 

Matamos a nuestros hijos cuando elegimos por ellos, cuando les contamos acerca de la vida y el amor, lo que ellos son y lo que no son, cuando no les permitimos indagar por ellos mismos, es por nuestro temor a la vida que tratamos de formar a nuestros hijos. Matamos a nuestra esposa o esposo cuando esperamos algo de ellos. Matamos a los desdichados que no tienen otra opción en la vida que trabajar para nosotros, los matamos cuando esperamos que hagan todo de la manera en que queremos, sin permitirles una expresión de creatividad. No hay respeto por los humanos bajo nuestro control en nuestros lugares de trabajo.

No vemos a un ser humano trabajando, vemos a una máquina inerte que tiene que producir tanto como queremos, tanto como pensamos que debería, y vemos nuestro interés amenazado si no cumplen lo que se espera, porque, después de todo, les estamos pagando. Realmente creemos que podemos comprar con dinero el don más preciado de la gente, que es la Vida; este es el pecado máximo y el crimen más repugnante en contra del Amor. Hoy, con toda nuestra tecnología, estamos matando más rápido que nunca. Desde la revolución industrial hemos destruido el medio ambiente en que vivimos más que nunca antes, y la depresión entre las personas ha llegado a ser tan común como el resfriado. Y todavía no  nos importa detenernos y mirar para comprender lo que está sucediendo.

Podemos llamarnos hermanos y hermanas tanto como deseemos pero si no podemos sentirlo, esas palabras se convierten en cuchillos que cortan cualquier poco de sensibilidad que quede en nuestros corazones. Así, si usted no siente algo en su sangre como parte de su ser, no lo repita, porque la repetición de algo que no se comprende, que no está en nuestro corazón, se convierte en una mentira venenosa que embota el corazón y enferma el alma.

Después de todo, somos esos hijos de quien la vida fue separada y a quien toda clase de atrocidades sucedieron en la escuela de la vida, en el hogar y en relación con otros niños. Sabiendo esto, ¿qué  nos  queda a nosotros, mas que ser parte de este mundo monstruoso? Averiguar lo que nos ha sucedido y cómo todo lo que sucedió ha dado forma a nuestras vidas, es el trabajo de aquellos que desean vivir. Esto no es para cambiarnos, porque si pensamos en términos de un cambio que este “yo” producirá, no habrá ningún cambio en absoluto, será solo un ajuste en otra faceta de la misma vieja estructura, porque este “yo” y la sociedad son una y la misma.

Sin embargo, si uno puede darse cuenta de cómo la mente ha sido moldeada a través de creencias, fórmulas y conclusiones, entonces podemos encontrar una clase diferente de comprensión acerca de la vida. Y es solamente entonces que habrá una posibilidad para que el flujo de la vida corra libre, sin los muros del “mi” impidiendo su curso.

 San Fracisco de Asís escribió una canción maravillosa y en ella dice que para vivir necesitamos morir. Necesitamos morir a todos nuestros condicionamientos, a todo eso que es mecánico, porque toda conducta mecánica es la expresión de una entidad muerta. Vivir, estar vivo, significa fluir, y fluir es cambiar. Pero estamos tratando desesperadamente de evitar los cambios. El factor ausente en esto es que solamente las cosas muertas nunca cambian; cuando no hay flujo, no hay cambio, solo permanece el estancamiento con su mal olor y horrible aspecto. Es una ley de la Naturaleza que todo lo que está muerto en algún momento se pudre.

El viaje en un cuerpo físico es corto para algunos, y para otros, muy largo; no importa mucho de cualquier manera. Lo que importa es darse cuenta que es solo un viaje; los escenarios cambiarán muchas veces. De la misma manera, cuando viajamos en un tren o en un automóvil; cuando nos movemos, podemos ver bellas montañas, aldeas pobres y ciudades con su ruido, belleza y suciedad. Toda clase de cosas y personas cruzan nuestro camino, pero en el momento en que deseamos quedarnos y permanecer en las montañas y evitar las ciudades sucias, comienza la lucha y el sufrimiento.

Esto no significa que no podamos disfrutar el viaje; significa que deberíamos ser como un invitado en tierra extranjera, cualquier cosa que se nos dé simplemente disfrutarla y no exigir nada más o alguna otra cosa, porque la vida sabe mejor lo que está almacenado, construido por nuestros propios pensamientos y acciones. Pedir algo que no merecemos nos endeuda con la Madre Naturaleza.

Aquí uno tiene que ser muy cuidadoso, porque muchas personas traducen el flujo de la vida como la satisfacción de sus propios deseos, lo que significa  permitirse toda clase de cosas, y lo llamamos el flujo de la vida. Fluir con la vida requiere  tomar consciencia y discernir desde el comienzo hasta el último aliento. No es una forma irresponsable de vida, exactamente lo contrario, para fluir uno tiene que sentirse tremendamente responsable. Fluir es estar liviano, no acarrear peso alguno; para fluir uno necesita despojarse de todos los deseos, anhelos e identificaciones, tales como nacionalidad, raza, cultura y familia, que son los escollos que obstruyen la alegría de la vida.

Aquí nuevamente hay un punto muy delicado, la familia. No significa que uno debería abandonar su propia familia; más bien significa que uno no debería tener un sentimiento de separación tal como “mi” familia, así mi responsabilidad es solamente con ella. Significa que pertenecemos a una familia, a la familia humana. Y podemos dar un paso adelante: significa que pertenecemos a la Familia Universal. Todo lo que vive en este o cualquier otro planeta, o en alguna parte del Cosmos, es parte de nosotros, por lo tanto, es nuestra familia, y como tal, somos responsables el uno por el otro y por el Universo entero. Hay solamente una vida, y si podemos verlo o no es un asunto diferente. Si vivimos en la ilusión del “mi” y el “tú”, el “nosotros” y “ellos”, entonces está garantizado el sufrimiento y la muerte.

La mente es una herramienta difícil de manejar; crea toda clase de ilusiones, y la dificultad se encuentra en el hecho de que quienes son engañados no pueden ver que lo que ellos ven es ilusión. Para evitar tales situaciones dolorosas necesitamos comprender la herramienta, lo que significa que necesitamos comprender cómo trabaja este hacedor de ilusiones, cómo mata lo Real y lo reemplaza con ilusiones.

Como con cualquier herramienta, para usarla con maestría necesitamos comprender su mecanismo, su motor, de modo que necesitamos mirarla, prestarle atención. No hay otra forma de aprender acerca de algo; necesitamos tener el interés, el impulso. Necesitamos aprender el arte de dudar: no creer en nuestras propias conclusiones e interpretaciones. Mirar la vida con una mente científica, una mente que siempre esté aprendiendo, es la clave en el proceso de comprender la vida, y por lo tanto, a nosotros mismos.

Darse cuenta de que la mente es incapaz de tratar con cambios, y aprender que la mente es la que está tratando de mantener la vida aprisionada en las elevadas torres de nuestras creencias, conclusiones, certezas y tradiciones puede ayudar a evitar la cristalización. Sin embargo, la vida no puede aprisionarse, se acaba y solo queda la muerte en su lugar. Porque la mente está ciega, no puede ver que la vida se ha ido, así se mantiene apreciando un cuerpo muerto como si fuera uno vivo. Cambiar es lo más difícil, porque hemos construido muros de resistencia. Algunos de ellos son viejos amigos, tales como el conocimiento como conclusión, tradición, creencias y muchas otras cosas que permiten la formación de grupos y nos separan mutuamente, y en algún momento surgirá la animosidad entre los grupos.

A la mente le gusta controlar, tener todas las cosas organizadas y funcionando como un reloj; en el momento que algo no sucede de la manera planeada, no puede tratar con ello nunca más, y en ese momento nace la guerra; puede ser una pequeña guerra, entre esposo y esposa, pero  aún así, es guerra. Entonces, toda violencia es la explosión de la desesperación por el control. Cambiar es morir a la dimensión de la violencia, codicia, ira, envidia, competencia e ignorancia, y nacer en la dimensión de la Vida Universal, donde el Amor y la Compasión son los hijos de la comprensión de la unidad de la vida, donde la mente funciona como una herramienta dirigida por la inteligencia, cuya naturaleza es Amor y Compasión. Fluir es vivir en la dimensión de la Luz.

 

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