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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 140 - Número 11 -  Agosto 2019  (en Castellano)

 
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Entre los Adeptos: Madame Blavatsky

en La Doctrina Secreta

Annie Besant

Segunda Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica, desde 1907 hasta 1933.

Artículo reimpreso de The Theosophist ,agosto de 1889, pp. 696-8.

 

 

Sería difícil encontrar un libro que presente más dificultades al “crítico con consciencia” que estos hermosos libros que llevan el nombre de Madame (H.P.) Blavatsky como autora, o tal vez, sería más exacto decir, como recopiladora y anotadora. El tema está muy lejos de los trillados caminos de la literatura, la ciencia y el arte; y del lejano punto de vista de nuestra manera occidental de visualizar el universo; la enseñanza se reunió y se difundió de modo tan diferente a la ciencia o a la metafísica de occidente, que 99 de cada cien lectores, o quizás para novecientos noventa y nueve de cada mil, el estudio del libro comenzará con perplejidad y terminará en desesperanza.

Que se diga ya que la gran mayoría de gente tranquila promedio hará bien en no comenzar La Doctrina Secreta (DS). Debe adquirirse una determinada actitud mental antes de que pueda leerse alguna cosa, para evitar el cansancio e ineficacia. El posible lector debe tener un intenso deseo de saber y conocer no solo las relaciones entre los fenómenos, sino las causas de los fenómenos; debe estar buscando ansiosamente ese puente entre la materia y el pensamiento, entre las células nerviosas vibrantes y la percepción, ese puente, que el fallecido profesor Clifford afirmó, nunca había sido puesto en el abismo que los separaba; debe estar libre de la absurda presunción (que existe ahora tan realmente para el universo psíquico como lo hizo en los días de Copérnico para el físico) de que este mundo y sus habitantes son el único mundo habitado y los únicos seres inteligentes en el universo; debe reconocer que puede haber, y muy probablemente haya, innumerables existencias invisibles, inaudibles para nosotros, porque no tenemos sentidos capaces de responder a las vibraciones que ellos establecen, y, que, por lo tanto, no existen para nosotros, aunque estén en plena actividad, al igual que hay rayos en cada extremo del espectro solar tan reales como los rayos visibles, aunque invisibles para nosotros.

Si solo las terminaciones nerviosas de nuestros ojos y oídos pudieran responder a frecuencias vibratorias más altas y más bajas, ¿quién puede decir qué mundos nuevos, más y menos “materiales” que el nuestro, no podrían destellar en nuestra consciencia, qué imágenes y sonidos no podrían alcanzarnos desde las esferas entremezclados con los nuestros? Un pez de las profundidades del mar, consciente de que sus compañeros hacen explosión si son arrastrados a la superficie, y sin saber nada de las condiciones de vida que no sean las suyas, podría, si fuera un imprudente pez de las profundidades del mar, negar la posibilidad de otros seres inteligentes que habitan las regiones superiores del mar o la tierra invisible para él. Y así podemos, si somos temerarios, negar toda vida excepto esas que se encuentran en nuestro globo en el fondo de nuestro océano de aire, y los peces humanos de las profundidades marinas, mejor tendrían que dejar los libros de Madame Blavatsky solos.

Sin embargo, su obra es a la vez notable e interesante, notable por su amplia gama de saber curioso y antiguo, interesante por la luz que arroja sobre las religiones del mundo. Porque cuando ella despliega la DS podemos observar rostros familiares en las imágenes que pasan bajo nuestra mirada, ahora egipcia y luego judía, ahora persa y luego china, ahora india y luego babilónica, hasta que lentamente crece el sentimiento de que ella nos muestra la roca de la que se excavaron todas estas religiones, la cosmogonía completa de la que se han presentado fragmentos desarticulados. Surge inevitablemente la pregunta: “¿Tenemos aquí, desde los arios que mecieron la cuna de la civilización del mundo, la fuente de todas las religiones principales, así como también de las razas principales de la tierra?”

El primer libro de la DS está dividido en tres partes, una exposición de la Evolución Cósmica, de la Evolución del Simbolismo y del contraste entre Ciencia y la “Doctrina Secreta.” De estas, la primera ahuyentará más y la tercera atraerá más. Porque la primera es un tratado metafísico donde el cerebro hindú, el más sutil y místico de todos los organismos mentales, expone el Ser y el comienzo de los seres de una manera que ningún intelecto occidental puede rivalizar. La Causa sin Causa, la Raíz sin Raíz, de donde se diferencian espíritu y materia, es la Existencia Una, oculta, absoluta, eterna, indistinguible para nosotros de la no-existencia, en que no tiene forma que nos permita conocerla. De esto procede todo lo que existe, la Seidad en si misma, ¿por qué no la Existencia?, luego el Llegar a Ser, y el Llegar a Ser pueden ser solo inteligibles para nosotros.

Desde este elemento primordial del cual todos los fenómenos son transmutaciones, y luego una jerarquía de existencias unidas en orden, la evolución gradual de un universo. Leyendo este “origen de las cosas”, como al leer todo lo demás, existe el constante sentimiento de deseo insatisfecho de evidencia, a pesar del alcance de la idea y coherencia del total. Por supuesto, la afirmación que se establece es que esta “Doctrina Secreta” proviene de esos que saben, saben con certeza científica, no con meras suposiciones y vacilaciones, de los Arhats, los Sabios de Oriente cuya discípula afirma ser Madame Blavatsky. Pero entonces anhelamos alguna prueba de los reveladores.

En lo que respecta a la metafísica, aquí nuevamente una vez más se siente el fracaso del lenguaje, las contradicciones en las que está involucrada la mente cuando se esfuerza por captar los siempre evasivos fundamentos del ser. Por más flexible y sutil que pueda ser el sánscrito en sus matices de significado, nuestras lenguas occidentales al menos, tropiezan en una confusión enloquecedora en medio de las formas y no formas sombrías de Aquello en si, y cuando se trata de simbolizar la existencia con un círculo ilimitado, usando una palabra que implica limitación, y está vacía de significado sin ella, en relación con la ausencia de limitación ¿qué puede hacer uno excepto reconocer que hemos salido de la región en que el lenguaje es útil para transmitir conceptos, y que ante el misterio de la existencia, el silencio es más reverente que el discurso auto-contradictorio?

Dicho de manera muy breve y aproximada la idea es que esa Seidad emana espíritu y materia, el espíritu desciende más y más en la materia en busca de experiencia que de otro modo no sería realizable, desenvolviendo todas las formas; alcanza el punto inferior, comienza su ascenso nuevamente, evolucionando a través del mineral, vegetal y animal hasta que alcanza la auto-consciencia en el hombre: luego en el hombre, con su naturaleza séptuple, asciende hacia arriba, espiritualizándolo a medida que evoluciona, hasta que el cuerpo más denso y las pasiones animales se purifican, y sus principios superiores  se unen a Atma, la chispa del espíritu divino dentro de él, alcanza su objetivo, la existencia absoluta de donde vinieron originalmente, trayendo consigo todos los beneficios de su larga peregrinación.

Este proceso implica, por supuesto, múltiples reencarnaciones para cada espíritu humano a medida que asciende las muchas gradas donde solo, en cuya cumbre, está el Descanso. Solo cuando se alcanza una cierta altura sobreviene la memoria del pasado, y luego el espíritu purificado puede mirar hacia atrás las etapas de su ascenso.

Pasando la Parte II, más allá del Simbolismo, encontramos a Madame Blavatsky, en la Parte III, que arremete de lleno en contra de la ciencia moderna, no en contra de sus hechos, sino en contra de sus más abstrusas teorías. Es una tarea fácil para ella demostrar que grandes pensadores científicos están en desacuerdo entre sí en cuanto a la constitución del éter, la esencia de la “materia” y de la “energía”, y ella afirma que el ocultista tiene el conocimiento tras el cual el científico solo anda a tientas, y que al menos, entre las teorías en conflicto, el Ocultismo puede reclamar una audiencia.

Algunas de las teorías ahora presentadas, de hecho, se acercan mucho a los puntos de vista ocultos y hacen científicamente posible algunas de las sorprendentes manifestaciones del poder oculto. La opinión de Newton, por ejemplo, de que la “gravedad debe ser causada por un agente que actúa constantemente de acuerdo a ciertas leyes”, está de acuerdo con la afirmación ocultista de que todas las “energías” en la Naturaleza son acciones de Inteligencias, que trabajan incansablemente, aunque de manera invisible para nosotros, en el universo; mientras que gran parte de la especulación de Butlerof y Crookes, casi alcanza la enseñanza oculta.

El Akasa del ocultista es, por así decir, la “materia-energía” tras la cual la Ciencia anda a tientas, la madre de todo fenómeno. Dentro de nuestra esfera terrestre, en el plano del universo comprensible para nuestro sentidos físicos, la Ciencia es exacta en cuanto a las vibraciones, etc.; donde fracasa, dice el ocultista, es en suponer que esto es todo, que sobre estas líneas de investigación, por ejemplo, se puede descubrir la naturaleza de la luz o el color; hay planos sobre el nuestro en los que existe la materia con otras transformaciones, en otras condiciones; en estos deben buscarse las causas de los efectos que estudia la ciencia, la verdadera naturaleza de nuestros fenómenos físicos.

El Átomo, esa extraña idea del físico, adaptable aunque indivisible, es para el ocultista un alma, “un centro de actividad potencial” diferenciado del Alma Única del universo, “el primogénito de la Causa siempre oculta de todas las causas,” construyendo el universo visible. En lugar de materia “inerte” e “inanimada,” colisionando a través de las eternidades, arrojando aquí un sol y un mundo, y finalmente desarrollando el pensamiento, el ocultista ve que la Inteligencia se reviste de materia, energizando, guiando, controlando, animando todo lo que es. La antítesis no puede estar más definida, y una u otra solución del problema de los problemas debe ser aceptada por el filósofo. ¿Cuál?

El segundo libro de la obra de Madame Blavatsky trata con el ser humano, la primera parte ocupándose de su génesis, la segunda del simbolismo de sus religiones, la tercera del contraste de su evolución entre el lado oculto y las consideraciones científicas. De estos, el primero se encontrará con la resistencia más furiosa y despectiva, porque brevemente esta es la teoría: El hombre tal como es ahora, con su naturaleza séptuple, cuerpo físico, principio vital, “cuerpo astral”, alma animal, alma humana o racional, espíritu humano, espíritu divino. no fue creado completamente de repente.

La Primera Raza fue creada, exhalada de su propia substancia, por los seres que construyeron nuestro mundo y era espiritual, etérica, asexuada y de escasa inteligencia; la Segunda Raza fue producida por la gemación de la Primera, más material que su progenitora y asexuada.

La Tercera Raza se produjo de forma ovípara, y de entre esta apareció gradualmente la separación de los sexos, siendo los primeros andróginos, los últimos claramente masculino y femenino; el desarrollo intelectual era todavía muy bajo, porque el espíritu no se había revestido de materia lo suficiente para el pensamiento auto-consciente. De esta raza en sus etapas posteriores eran los habitantes de la Atlántida y la Lemuria, entre ellos nacieron las religiones, la astronomía y el sexo.

De estos nació la Cuarta Raza, los gigantes, los “hombres de renombre” con quienes alcanzamos el “periodo puramente humano.” (Una curiosa digresión sobre el “tercer ojo”, que ocurre aquí, recibe una notable confirmación de algunas de las últimas especulaciones científicas sobre la glándula pineal). Ahora comienza la civilización y la construcción de grandes ciudades de piedra, y la naturaleza física e intelectual del hombre se desarrolla “a costa de la psíquica y espiritual”; las enormes estatuas y restos encontrados en la Isla de Pascua, Bamian (o Bamiyan, Asia Central) y otros lugares, dan testimonio del gran tamaño de sus creadores, al igual que las inmensas viviendas y los “enormes huesos humanos” de Misorte (en la América antigua).

Con la Quinta Raza pasamos al campo de la historia, y a esta pertenecen las razas actuales de los hombres. A primera vista, lejos como todo esto parece de la ciencia occidental, aun así, el lector cuidadoso notará las curiosas analogías entre esta visión oculta de la evolución humana y la consideración científica de la evolución de los seres en nuestro globo, una evolución que todavía se muestra en un amplio esquema del desarrollo individual de cada ser humano desde el óvulo al hombre.

Las opiniones de Madame Blavatsky puede que no encuentren aceptación, pero están respaldadas por el suficiente estudio, agudeza y capacidad para imponer una audiencia respetuosa. Verdaderamente es el oriente, que a través de ella, desafía a occidente, y el oriente no es necesario que se avergüence de su adalid. Hemos entregado aquí unos pocos fragmentos de su enseñanza, y la injusticia se realiza necesariamente por medio de ese trato a un todo coherente. El libro merece ser leído, merece que reflexionemos sobre él; y ninguno de los que creen en el progreso de la humanidad tiene el derecho de apartarse rápidamente de una contribución al conocimiento, por muy nueva que sea en su forma, de cualquier teoría, aún por extraña que sea en su aspecto.

Los sueños desbordantes de una generación se convierten en los lugares comunes de la posterior, y todos los que mantienen una puerta abierta a la Verdad examinarán a todo visitante, sea que visten el atuendo de Asia o de Europa, sea la lengua de París o de India. Si este consejo es tonto o falso, no servirá de nada, pero si es la Verdad, no puede ser derribado. Esto es extraño. De la verdad de ello nuestro examen superficial es insuficiente para decidir.

 

 

 

 

 

 

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