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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 140 - Número 10 -  Julio 2019  (en Castellano)

 
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Las castas en la India

 

 Damodar K. Mavalankar

 

Castes in India, The Theosophist , Mayo 1880 Theosophical Publishing House, Adyar, Chennai. India

 

 

Ningún hombre de sinceridad y valor moral puede leer Profesión de Fe [Una Declaración Personal de Creencia Religiosa es el título actual del folleto - Editor] reseñado en Theosophist de abril (1880), sin sentirse asimismo desafiado a ser digno del respeto de quien profesa tales honorables sentimientos. Yo también me siento invitado a hacer mi propia declaración de creencia personal. Se lo debo a mi familia y compañeros de casta que deberían saber por qué he abandonado deliberadamente mi casta y otras consideraciones mundanas. Si, en adelante, se abre un abismo entre ellos y yo, debo declarar que esta divergencia es causada por mi propia elección, y no que he sido excluido por mala conducta. Estaría contento de tener conmigo, de ser posible, en mi nueva carrera, los cariñosos buenos deseos de mis parientes. Pero, si esto no fuese así, debo cargar con su descontento, como pueda, porque estoy obedeciendo una convicción suprema del deber.

 

Nací en la familia de la casta de Brâhmanas Karhâda Mahârashtra, como mi apellido lo indica. Mi padre me educó cuidadosamente en los dogmas de nuestra religión, y, además, me dio todas las facilidades para adquirir una educación inglesa. Desde la edad de diez años y hasta que tuve cerca de catorce, me entrenaron mucho sobre el tema de la religión y me dediqué con gran ardor a nuestras prácticas religiosas ortodoxas. Entonces mis observancias ritualistas se amontonaban al lado de mis estudios académicos, pero, hasta hace aproximadamente nueve meses, mis pensamientos y aspiraciones religiosas permanecieron enteramente sin cambios. En ese tiempo, tuve la inestimable buena fortuna de leer Isis sin Velo, Clave de los Misterios de la Religión y de la Ciencia Antiguas y Modernas, y de ingresar a la Sociedad Teosófica. No es ninguna exageración decir que he sido un hombre que ha vivido realmente estos pocos meses; porque entre la vida tal como me aparece ahora y la vida como la comprendía antes, hay un enorme abismo.

 

Siento que por primera vez ahora tengo un vislumbre de qué es el hombre y la vida – la naturaleza y poderes del uno, las posibilidades, deberes, y júbilos de la otra. Antes, aunque ardientemente ritualista, no gozaba en realidad de la felicidad y de la paz mental. Simplemente practiqué mi religión sin entenderla. El mundo se mostraba justamente tan duro sobre mí como sobre los otros, y no podía obtener ninguna visión clara del futuro. La única cosa que me parecía real era la rutina diaria; el mejor horizonte ante mí se  extendía solamente alrededor de una vida ocupada en el consumo de mi cuerpo y en las obsequiosas ceremonias brindadas por mis amigos. Mis aspiraciones consistían solamente en más Zamindâries, posición social y la satisfacción de caprichos y apetitos. Pero mi lectura y pensamiento últimos me han demostrado que todo eso son las brumas de un sueño y que solamente es digno de ser llamado hombre, quien ha hecho del capricho su esclavo y de la perfección de su Yo espiritual el gran objetivo de sus esfuerzos. Como no podía gozar de estas convicciones y de mi libertad de acción dentro de mi casta, es que estoy caminando fuera de ella.


 

 

Al hacer esta declaración, compréndase que he tomado esta medida, no porque soy un teósofo, sino porque estudiando Teosofía he aprendido y he oído hablar del antiguo esplendor y gloria de mi país - la tierra altamente estimada de Âryâvarta. Ingresar en la Sociedad Teosófica no interfiere con las relaciones sociales, políticas, o religiosas de ninguna persona. En la Sociedad, todos tienen el mismo derecho a expresar sus opiniones. Lejos de inducirme a hacerlo, Mme. Blavatsky y el Cor. Olcott me han impulsado fuertemente a esperar hasta una cierta hora futura, cuando haya tenido más tiempo para reflexionar. Pero el vislumbre que tengo de la pasada grandeza de mi país me produce una sensación de tristeza por su degeneración. Siento, por lo tanto, el ineludible deber de dedicar todas mis humildes energías a su restauración. Además, las historias de varias naciones nos proporcionan muchos ejemplos de personas jóvenes que lo dan todo por su país y que tienen éxito en última instancia en alcanzar sus objetivos. Sin patriotas ningún país puede levantarse. Esta sensación de patriotismo fue creciendo tan fuertemente en mí que ahora ha preparado mi mente para imprimir cada consideración personal bajo mis pies para la causa de mi Madre Patria. En esto, no soy ni un revolucionario ni un político, sino simplemente un abogado de la buena moral y principios según lo practicado en épocas antiguas. El estudio de la Teosofía ha lanzado una luz sobre mí en lo concerniente a mi país, mi religión, y mi deber. Me he vuelto un mejor ario de lo que he sido siempre. De modo similar he oído de mis hermanos parsis que han sido mejores zoroastrianos desde su ingreso a la Sociedad Teosófica. También he visto a budistas escribir a menudo a la Sociedad que el estudio de la Teosofía les ha permitido apreciar mejor su religión. Y así es que este estudio hace que cada hombre respete más su religión. Los provee de una visión que permite penetrar a través de la letra muerta y ver claramente el espíritu. Puede leer todos sus libros religiosos entre líneas. Si vemos a todas las religiones en su sentido popular, aparecen como fuertemente antagónicas la una uno con la otra en diversos detalles. Ninguna coincide con otra. Pero los representantes de esas creencias dicen que el estudio de la Teosofía les explica todo lo que ha sido dicho por su religión y hace que sientan un mayor respeto por ella. Debe, por lo tanto, haber un terreno común sobre el cual se construyen todos los sistemas religiosos. Y este terreno, que descansa en el fondo de todas, es la Verdad. Puede haber solamente una verdad absoluta, pero distintas personas tienen diversas opiniones de esa verdad. Y esta verdad es moralidad. Si separamos los dogmas que se aferran en los principios dispuestos de cualquier religión, encontraremos que la moralidad está predicada en cada una de ellas. Por religión no me refiero a todas las sectas de menor importancia que prevalecen en grado sumo en todo el mundo, sino  solamente a las principales de donde se han originado esas diferentes sectas. Es, por lo tanto, apropiado que cada persona siga los principios de la moralidad. Y, de acuerdo con esto, considero el deber de cada hombre hacer lo que él pueda para lograr un mundo mejor y más feliz. Esto puede provenir del amor por la humanidad. ¿Pero cómo puede un hombre amar al conjunto de la humanidad si no tiene ningún amor por sus compatriotas? ¿Puede amar al conjunto, quien no ama una parte? Por lo tanto, si deseo poner mis humildes servicios a disposición del mundo, debo primero comenzar trabajando para mi país. Y esto es lo que no podría hacer permaneciendo en mi casta. Encontré que, en vez del amor por los compatriotas, la observancia de la distinción de casta conduce a uno incluso a odiar a su vecino, porque pertenece a otra casta. No podría soportar esta injusticia. ¿Qué falla hay en que una persona nazca en una casta en particular? Yo respeto a un hombre por sus cualidades, y no por su nacimiento. Es decir, ese hombre es superior ante mis ojos, cuando ya ha desarrollado su ser interno o está en estado de desarrollo. Este cuerpo, la riqueza, los amigos, las relaciones, y el resto de los placeres mundanos que son queridos por los hombres y que consideran cercanos a sus corazones, tarde o temprano quedan atrás. Pero el registro de nuestras acciones


 

permanece siempre transmitiéndose de generación en generación. Nuestras acciones deben, por lo tanto, ser aquellas que nos hacen dignos de nuestra existencia en este mundo, mientras estamos aquí así como después de la muerte. No podría hacer esto observando las costumbres de casta. Me hice egoísta y desatento ante los requerimientos de mis compañeros hermanos. Consideré todas estas circunstancias en mi mente, y descubrí que creía en la casta como necesidad religiosa no más que en el árbol de palma que rendía los mangos. Vi que, si no fuese por esta distinción, la India no se habría degradado de esta forma, porque esa diferenciación engendró el odio entre sus hijos. Generó el odio y la pelea de uno con el otro. La paz de la tierra se vio perturbada. La gente no podía unirse una con otra para los buenos propósitos. Emprendieron la guerra con el otro, en vez de dedicar todas sus energías combinadas a la causa de mejorar la condición del país. Así se asentaron los fundamentos de la inmoralidad, hasta que ahora ha alcanzado un punto tan bajo que, a menos que se detenga este daño, pronto llegará a los pilares tambaleantes de la India. No voy a culpar por este medio a mis antepasados que originalmente instituyeron este sistema. Me parece que su objetivo era absolutamente diferente. En mi opinión, estaba basado en las cualidades de cada persona. La casta no era entonces tan hereditaria como ahora. Esto podrá verse en diversos libros antiguos, que están llenos de casos en los cuales Kshattrias e incluso Mâhars y Chambârs, que se consideran los más bajos de todos, no solamente fueron hechos y considerados como Brâhmanas, sino que casi se los adoraba como semidioses simplemente por sus cualidades. ¿Si tal es el caso, por qué, sin embargo deberíamos apegarnos a esa costumbre que ahora encontramos no sólo impracticable sino injuriosa? Discerní aún que, de observar exteriormente lo que no creo en mi interior, estaría practicando la hipocresía. Supe que de ese modo me volvía un esclavo, no gozando de la libertad de conciencia; actuaba inmoralmente. Pero la Teosofía me ha enseñado que para gozar de la paz de la mente y de la autoestima, debo ser honesto, sincero, pacífico, y mirar a todos los hombres por igual como mis hermanos, independientemente de la casta, el color, la raza o del credo. Esto que observo es una parte esencial de la religión. Debo intentar poner estos problemas teóricos en práctica. Éstas son las convicciones que finalmente me precipitaron fuera de de mi casta.

 

Al mismo tiempo pediría a mis compañeros-compatriotas, que son de mi opinión, que con audacia se manifiesten por su país. Entiendo los aparentes sacrificios requeridos por adoptar tal curso de acción, porque yo mismo tuve que hacerlos; pero éstos son sacrificios solamente a los ojos de quién venera este mundo de la materia. Cuando un hombre se ha desembarazado de una vez de este apego y, cuando tiene el sentido del deber hacia su país y hacia los dictados supremos de su corazón, éstos no son sacrificios en absoluto para él. Permitamos, por lo tanto, que cese esta distinción que nos separa a unos de otros, unámonos en un común acuerdo, y combinemos todas nuestras energías por el bien de nuestro país.

 

Sintámonos que somos arios, y probémonos dignos de nuestros antepasados. Puede ser dicho que estoy haciendo un sacrificio absurdo e inútil; que me coloco al margen de todo el tejido social e incluso que me arriesgo a la pérdida de la decente disposición de mi cuerpo por aquello sobre lo que nuestras costumbres imponen ese deber; y que nunca un visionario imaginaría que él, aunque fuese el más grande entre los Brâhmanas, podría restaurar la grandeza de su país y la ilustración de una nación entera, tan grande como la nuestra. Pero estos son los argumentos del egoísmo y de la cobardía moral. Hombres en solitario han salvado naciones antes, y aunque ni mi vanidad me hace siquiera soñar que tan glorioso resultado esté dentro de mis humildes posibilidades, con todo, un buen ejemplo nunca carece de valor, y puede ser dado aún por el más insignificante. Seguro es que, sin ejemplos y autosacrificios, no puede haber reforma. El mundo, como lo veo, me impone un deber, y


 

pienso que la más poderosa y única causa permanente de felicidad es la conciencia de que estoy tratando de cumplir ese deber.

 

Deseo que se entienda -en el caso de que con lo precedente no haya quedado perfectamente en claro- que no me he vuelto un materialista ni un cristiano. Soy un ario tanto en la religión como en todo lo demás, sigo el Veda y creo que es la madre de todas las religiones entre los hombres. Como la Teosofía explica las religiones humanas secundarias, se vuelve más accesible el significado del Veda. Las enseñanzas de los Rishis adquieren un nuevos esplendor y majestad, y las venero cientos de veces más que nunca antes.

 

 

 

 

 

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