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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 140 - Número 10 -  Julio 2019  (en Castellano)

 
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La paradoja

 

Tim Boyd

Siempre que alguien abraza seriamente un camino espiritual, además de la claridad que se le revela periódicamente, también enfrentamos momentos de confusión y falta de comprensión. En diversas etapas, a lo largo del camino, nos veremos bendecidos o afligidos por esas condiciones opuestas.

Cualquiera que dé un paso en la dirección de la auto-transformación tendrá que afrontar paradojas. En la vida espiritual nos vemos confrontados continuamente con ideas, afirmaciones y “verdades” contradictorias. La base de estos aparentes conflictos se describe en las Escrituras cristianas como, “las cosas de Dios (espíritu) son tonterías para el hombre.”

Algunas de las paradojas más habituales de la vida espiritual son: “recibimos cuando damos;” “es muriendo, como nacemos;” en palabras de H. P. Blavatsky (HPB), la dimensión espiritual se experimenta “paralizando la personalidad”. En el Tao se nos dice que “estar vacío es estar lleno.” En La Voz del Silencio de (HPB) hay una frase que dice: “debemos sentirnos a nosotros mismos como puro pensamiento y, al mismo tiempo, alejar todo pensamiento de nuestra alma,” ¡una paradoja, si la hubo! Para una manera de pensar material y normal, estas son ideas profundamente conflictivas. Sin embargo, en términos de la vida espiritual, son verdades fundamentales que definen nuestro camino. Estos aparentes conflictos se resuelven cuando podemos ver los opuestos como partes de un todo.

Si nos limitamos al enfoque intelectual o analítico para entender las cosas, nos sentiremos continuamente frustrados. La presentación de estas paradojas está formulada de manera tal que, para poder experimentar las verdades que se encuentran tras ellas, nos vemos obligados a ir más allá del intelecto y apelar a la luz de la intuición.

Hay tres ideas paradójicas que me gustaría examinar: plenitud y vacío, luz y oscuridad, y sonido y silencio, que están totalmente entretejidas en la experiencia de una vida genuinamente espiritual. En términos de la paradoja, “la plenitud” se experimenta a través del vacío. En el pensamiento budista nuestra comprensión de la sabiduría, la percepción de lo que es real, se dice que tiene dos dimensiones. La primera es que todo cuanto existe surge dependiendo de todo lo demás. No existe nada que exista en y por sí mismo. El cuerpo está compuesto por células, las células están compuestas por átomos, y así sucesivamente; y sin embargo, llamamos a ese conjunto “yo”, o un mundo, o un universo, una sola cosa. En las Enseñanzas de la Sabiduría se dice que “una cosa” existe, pero no en la forma en que estamos acostumbrados a verla. La segunda dimensión necesaria para comprender la sabiduría se describe como “el vacío”, esta es la base para el Prajñä Päramitä Sutra, la “Perfección de la Sabiduría” o un modo perfeccionado de ver la naturaleza de la realidad, que nada existe en y por sí mismo, todo está vacío de existencia inherente; todo y cada cosa es totalmente dependiente de todas las demás.

Esta idea ha sido bellamente expresada por el monje budista vietnamita Thich Nhat Hanh, cuando dice: “las lágrimas que derramé ayer, hoy se han convertido en lluvia.” Dicho en otras palabras, las lágrimas que mis ojos derramaron ayer, cayeron a la tierra, se evaporaron, se mezclaron con otras aguas, y regresaron en este ciclo interdependiente para el sostenimiento de las otras innumerables cosas vivientes. Todo está interconectado, es el “entre ser”, en el lenguaje de Thich Nhat Hanh, carente de existencia independiente propia. El vacío, para muchos, es una idea aterradora, algo de lo que debernos huir. Sin embargo, si hemos de alcanzar esta plenitud de la sabiduría, entonces su opuesto también tiene que ser asimilado y comprendido.

La luz es uno de los símbolos de la vida espiritual, y “la comprensión” no se llama “iluminación” por accidente. El ojo y el sentido de la visión son el modo primario mediante el que descubrimos el mundo, y es la vida del sol la que ilumina las cosas y nos permite verlas claramente. Lo opuesto a la luz es la oscuridad. En la literatura espiritual del mundo, y en nuestra propia vida, todos y cada uno de nosotros nos encontramos necesariamente con la oscuridad, tanto si es momentánea, como si es algo que parece durar un tiempo interminable. Descubrimos y afrontamos nuestro camino a través de la oscuridad. Del mismo modo que existen varios tipos de luz, hay también diversos grados de oscuridad.

Podemos imaginar muchos tipos de luz, está la luz del sol que nos permite ver con los ojos, el órgano de la visión. Está la luz proyectada por los fuegos del deseo en nuestro interior, ¡eso sí que es una luz! Está la luz del intelecto, una luz fría, que se mantiene aparte e ilumina las cosas analíticamente. Está la luz descrita en La Voz del Silencio, aquella que brilla en el Vestíbulo de la Ignorancia, un resplandor ilusorio, una luz engañosa.

Si nos tapamos los ojos con las manos, experimentamos un tipo de oscuridad, el sentido de la vista se oscurece. Así es como existe la oscuridad en el nivel físico, pero sabemos que hay también otras oscuridades. Está la que procede del enturbiamiento de la mente, que tiene lugar cuando llevamos una vida desde la perspectiva del egoísmo o del deseo. La clásica ignorancia que es la marca característica de la vida humana es otra oscuridad.

En términos del sendero espiritual, existen otros aspectos más profundos y reveladores de la oscuridad. Hay una palabra que se aplica a determinadas experiencias que todos enfrentamos alguna vez en nuestra vida. Cuando la gente que creíamos amigos nos traiciona, cuando las organizaciones resultan diferentes a lo que habíamos imaginado, cuando las ideas que teníamos sobre la naturaleza del mundo o de nuestra relación con otros resultan ser incorrectas, es normal decir que estamos “desilusionados” y, generalmente, es una dolorosa experiencia. Como padres nos resulta particularmente difícil ver cómo nuestro hijo atraviesa por estos momentos. No queremos que sufran. Al mismo tiempo queremos para nosotros mismos y para otros estar libre de ilusiones. Es nuestra dependencia del falso amigo, de la organización imprevisible, de la relación rota, de nuestro apego a lo irreal, lo que causa el dolor.

La palabra “desilusionado” describe un proceso necesario por el que tenemos que pasar. Tenemos que llegar a distanciarnos de nuestra necesidad de la ilusión. En el “Diagrama de Meditación”, HPB describe un proceso de Adquisiciones y Privaciones. En las Privaciones, enfoca un estado mental que debemos cultivar, en el que estamos rechazando continuamente la realidad de ciertas cosas. Entre esas cosas, están los aparentes opuestos de “separaciones y encuentros”, “la distinción entre amigo y enemigo”, “la asociación con lugares, tiempos, y formas.” Nuestra conciencia tiene que desprenderse de cualquier sentido de la realidad de estos aparentes opuestos.

Las experiencias normales de la vida demuestran la irrealidad de estos estados. De niños tuvimos compañeros con los que nos peleábamos en los juegos y que, luego, llegaron a ser nuestros mejores amigos, a medida que la vida iba avanzado. Las naciones se han enfrentado en largas y sangrientas guerras, para luego convertirse en aliadas. No hay tal cosa como un amigo o enemigo de por sí. Para poner un ejemplo extremo, no es infrecuente entre la gente devota y religiosa, que experimenta una pérdida profunda e inesperada en su vida, cuestionar, criticar o enfadarse y distanciarse de lo Divino, de Dios, por haberse llevado injustamente a la persona amada. El amigo más próximo, más cercano, que cualquiera pueda haber tenido, puede igualmente verse como el enemigo que impone las retribuciones Kármicas que nos encontramos en la vida. No hay permanencia ni de los amigos, ni de los enemigos. Esto también es un tipo de oscuridad.

En la literatura cristiana hay un texto profundamente poético, escrito por San Juan de la Cruz, un monje del siglo XVI, con el título La Noche Oscura del Alma. Esta “Noche Oscura del Alma” ha sido interpretada de diversas formas. Frecuentemente se ha aplicado a esos momentos extremos de pérdida que experimentamos en nuestra vida. Aunque esa no fuera la intención de su autor, probablemente también se podría aplicar aquí.

Sin embargo, “la Noche Oscura del Alma”, en el poema de San Juan de la Cruz, es una oscuridad en la que se entra voluntariamente. En el poema, él abandona su casa en medio de la noche, mientras todos duermen. Se marcha, impulsado por el deseo de encontrarse con su Amado, lo Divino. Describe cómo camina en la oscuridad sin nada que le guíe, excepto la luz que brilla desde su corazón, la luz del alma. Esa luz ilumina el camino, aunque no hay ninguna luz visible. Es en esta oscuridad donde encuentra al Amado y se produce la profunda unión. En este caso la oscuridad está llena del potencial de la belleza de la unión, la iluminación. Esta es otra oscuridad que a veces nos envuelve durante este proceso de auto-transformación espiritual.

Uno de los grandes axiomas ocultos es que debemos “saber, osar, querer y callar”. Incluso en la oscuridad existe la posibilidad o potencial para el sonido. Que no podamos ver no quiere decir que no podemos oír. En el proceso en el que nos retiramos de esta tierra, el proceso de la muerte, se nos dice que, uno tras otro, los sentidos se van desvaneciendo, pero que el último de los sentidos en abandonarnos es el oído. Cuando acompañamos a alguien que se encuentra en el proceso de la transición, se nos aconseja que “le hablemos.”

 En la tradición yóguica de Patanjali, hay ocho niveles del Yoga. El quinto de esos niveles es extremadamente importante y se llama pratyähära, “la retirada de los sentidos”. Es una práctica auto-inducida de obscuración y silencio, que aprendemos a inducir conscientemente. Diariamente, en nuestra meditación, podemos retirar los sentidos de sus apegos a los sonidos y visiones que continuamente nos rodean. Podemos hacerlo de varias maneras, y quizás lo hagamos de forma incompleta pero, en la medida de nuestra capacidad, retiramos los sentidos de su apego al mundo exterior. 

En La Voz del Silencio, HPB habla sobre este proceso. Una de las cosas que dice es que, en cuanto cesan las voces de los muchos, entonces se oye la voz del Uno. Cuando las voces de los muchos, los pájaros, los sonidos de la calle, los pensamientos de nuestra mente, cesan, entonces tenemos la posibilidad de oír realmente lo que se describe como “la voz del Silencio”, que, en su opinión, estaría mejor definida como “la voz del sonido espiritual.” Todas estas ideas son paradójicas, todas ellas, en sentido normal, no encajan entre sí. Pero, en este proceso de transformación espiritual, no hablamos del sentido normal.

La Sociedad Teosófica (ST), fue creada como una alternativa, como un antídoto a ciertos males que se estaban apoderando cada vez más profundamente de la conciencia humana. La ST, desde su comienzo, se ha esforzado por servir a la humanidad mediante una presentación clara de la posibilidad de la auto-transformación. Gran parte de lo que nos encontramos, en términos de la vida y condiciones del mundo de hoy, no eran temas de los que se tratara directamente en nuestra literatura teosófica.

Estas paradojas con las que nos encontramos y en las que nos implicamos, tienen un objetivo, en el sentido de que la ST existe para el mundo, para la humanidad y, paradójicamente, existe igualmente para el individuo, quien debe hacer el trabajo de la auto-transformación. Mientras no haya individuos que se hayan transformado, la ST será simplemente otro cascarón con excelentes conceptos, con una valiosa información, pero no será fiel a su propósito.

 

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