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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 140 - Número 09 -  Junio 2019  (en Castellano)

 
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Un mundo angustiado:

el remedio según un teósofo

 

C. Jinarajadasa

 

C. Jinarâjadâsa(16.12.1875–18.6.1953)  fue el 4º Presidente Internacional de

la Sociedad Teosófica, Adyar, desde 1946 hasta 1953.

 Extractos del discurso dado en la Convención en Adyar, en diciembre de 1932

 

Nosotros, los miembros de la Sociedad Teosófica, no tenemos determinada creencia o religión en común más que nuestra creencia en una Fraternidad Universal de la Humanidad. Nuestro sentido de Fraternidad nos hace sentir la unidad con todo lo que vive y más particularmente con todos los demás miembros de la familia humana. Por consiguiente, ser teósofo quiere decir sentir agudamente toda desgracia que aflija a la humanidad y ser reformadores, tratando siempre de saber de qué manera `podemos disminuir las miserias del mundo. Nuestro primer deber como teósofos es ir por el mundo tratando de abolir o disminuir el sufrimiento, dondequiera lo encontremos. Para guiarnos en la realización eficaz de esta obra, disponemos de un gran cuerpo de ideas llamada Teosofía…

Los economistas del mundo dicen con respecto a las dificultades con que se tropieza en todas partes hoy … que se deben a esto, aquello o a otra causa, mientras proponen remedios todo el tiempo. Es sorprendente que no coincidan en cuanto a los remedios que proponen. Unos sugieren el cambio del sistema bancario, otros la abolición de las tarifas aduaneras y así por el estilo. Pero mientras visualizo las causas desde un punto de vista que me las muestra claramente, la raíz de todos nuestros problemas se debe a un cambio sutil que ha tenido lugar en el mundo con respecto a lo que vale la pena buscar en la vida.

Seguramente, no cabe discusión en último término, sobre lo que es digno de que se persiga, que es lo recto, lo bello y lo bueno. Pero en los últimos tiempos, debido principalmente a la influencia de la ciencia moderna, ha ocurrido un cambio con respecto a lo que es digno de ser buscado. La ciencia ha liberado las fuerzas de la naturaleza y nos ha dado miríadas de cosas nuevas, como resultado del perfeccionamiento de la maquinaria. El maravilloso progreso de la ciencia, las conquistas de la maquinaria, durante los últimos cincuenta años, nos han proporcionado infinidad de objetos que nuestros abuelos jamás soñaron que pudieran ser necesarios en nuestra vida cotidiana. Decimos hoy que el estándar de vida se ha elevado. Esto es verdad, pero también lo es que, como resultado de los múltiples mejoramientos introducidos por la ciencia y por la maquinaria, la lucha por la vida se ha intensificado como nunca. Se nos han creado nuevas necesidades, que sabemos que eran desconocidas de las generaciones pasadas. Consideramos que no podemos ser felices si no tenemos esta o la otra posesión, y año tras año se destinan más y más objetos para nuestra comodidad física. Tal es nuestra vida actual, que todo el afán del comercio moderno es crearnos más necesidades y hacernos creer que estas necesidades son conducentes a nuestra felicidad. Ya no nos sentimos felices con las pocas cosas que nuestros abuelos consideraban suficientes.

Todas las naciones se están reorganizando económicamente y esta reorganización va encaminada fundamentalmente a vender más a otras y comprarles tan poco como sea posible. Este es el gran lema económico del día: “Organicemos nuestro país para que pueda vender muchas cosas; pero elevemos las murallas aduaneras, a fin de que podamos comprar lo menos posible”. Pero, ¿cuál es el resultado de que las naciones principales traten de vender lo más posible al mismo tiempo que restringen sus compras? Una plétora de productos, más de los que el mundo necesita, porque no hay bastante dinero ni bastantes compradores para adquirirlos. Por lo tanto, todas las soluciones que han presentado hasta hoy los economistas quedan reducidos a esto: “Debemos crear más dinero para todos, a fin de que se puedan comprar más productos”. Yo no creo que esta sea la verdadera solución y voy a explicar el porqué.

La tendencia general a alejarse de los antiguos ideales de la vida a que he hecho referencia, se debe, como dije, al desarrollo de la ciencia moderna. En las grandes épocas pasadas de la religión, se enseñó a los hombres que los 70 u 80 años de nuestra vida eran nada más que la antecámara a una vida más amplia y que todos los objetos y todas las actividades de este mundo tienen valor solamente en la medida que liberaban los poderes del alma. El evangelio de toda religión es que el hombre es un transeúnte, que atraviesa este mundo en su camino hacia un mundo eterno.

Pero esto ha cambiado hoy, la gente trata cada vez más de vivir en este mundo como si este y sus placeres fueran la única realidad. Por consiguiente, todo cuanto intensifica la sensación de realidad de este mundo los atrae. Naturalmente, todos los economistas dan por sentado que los hombres no conocen ni les interesa más que una vida. Dicen que hay que modificar el sistema bancario, abolir o alterar las tarifas, que ha de cesar la explotación de trabajadores, que el ansia del hombre por poseer tierras no debe ser frustrada por los pocos que la poseen, que los ejércitos deben ser reducidos. Proponen mil cosas, pero todas vienen a reducirse a lo siguiente: Debe haber más dinero para todos!

Pero la solución verdadera es ésta: Ha de haber más Alma para todos! Porque hemos olvidado la gran idea de que la vida es fundamentalmente Alma, y en lugar del alma, hemos puesto las comodidades que se sintetizan en la palabra “dinero”, el mundo está hoy angustiado. El verdadero remedio empezará a obrar en cuanto recupere el sentido espiritual que se ha desvanecido. ¿Qué es de valor en la vida? Sobre esto gira todo el problema. ¿Qué enseñanzas imparten actualmente nuestros sistemas educativos modernos? Que si uno ahorra dinero puede invertirlo y así producir más artículos con la inversión y de esta manera se asegura uno contra la estrechez al llegar a viejo. Todo el sistema económico murmura este mensaje: “Atiende al porvenir en este mundo, ahorra para tu vejez, ahorra e invierte!”

Sin embargo, hay otro evangelio más verdadero que fue proclamado en la antigüedad y que está bien expresado en un adagio chino: “Si tienes dos panes, vende uno y cómprate un lirio.” He aquí un gran principio espiritual para trasmutar la Vida. Pero este no es el principio que hoy rige. El principio actual es ahorrar e invertir. El comentario de un poeta inglés sobre nuestro sistema moderno es verdad: “Adoro un banco de violetas. Aborrezco un banco de ahorros.”

El sentido de la vida, de desarrollo, de auto-expresión, no proviene de una multitud de posesiones, sino de poseer las cosas precisas. Cuando el rey Janaka vió a Mithila, su capital, arrasada por el fuego dijo: “Nada de lo que es mío se quema.” Porque tenía como posesión eterna la Unidad de la Vida que había descubierto. No es más dinero para todos lo que necesitamos para que el mundo prospere, sino mejor gusto para todos. Bajo este principio espiritual habrá de proceder la reorganización del mundo.

¿Cuáles son las verdaderas riquezas que la vida nos ofrece? Supongamos que en vez de esperar y planear para aumentar las rentas, planeamos para tener más ojos para ver y más oídos para oír. Imaginémonos a un hombre tratando de conocer más flores, a ver tonos más delicados en la puesta de sol, a escuchar más matices en el murmullo de las olas. En estas cosas está la vida y todo verdadero sistema de educación debería enseñar a escoger de nuestra experiencia lo que es permanente y que el desgaste del cuerpo no nos arrebatará nuestras posesiones eternas. Discernir lo permanente de lo efímero, es la razón de haber nacido.

Por esta razón ya no nos la sugieren las religiones, o si lo hacen, no con la suficiente intensidad para determinar la convicción. Por esto es que en muchos sentidos tenemos que aprender la vida de nuevo. Porque la grandeza de la vida para un individuo proviene de las pocas cosas que escoge. A medida que disminuimos el número de nuestras necesidades, más belleza intrínseca descubrimos en ellas. Seleccionar de la vida, esta es la verdadera tarea de la educación. La verdadera riqueza proviene siempre de la selección y de la transmutación de lo burdo en fino, de lo inestable en permanente. Permitidme un ejemplo. Es cierto que en mi cuarto tengo una pared llena de libros, pero si fuera desterrado a una isla desierta, con unos pocos libros del mundo, escogería nada más que estos pocos: un ejemplar de los Upanishads, la Biblia, el Sutta Nipata, la Divina Comedia de Dante, los poemas de Hardy, y los dos libros de versos ingleses y españoles publicados en Oxford. ¿Por qué tan pocos? Porque he descubierto mi propio mundo en literatura, lo que leo en estos libros refleja mi propio descubrimiento interno.

Para hacer este descubrimiento interno de la verdadera riqueza y posesiones estamos en este mundo, pero desgraciadamente hoy ya no se enseña esto tan claramente. La religión debe venir en nuestra ayuda una vez más. No quiero decir credos, fórmulas ni rituales, quiero decir el buen gusto que la religión debería darnos con respecto a las experiencias de la vida, a fin de que sepamos distinguir lo armónico de lo de mal gusto, lo eterno de lo transitorio. El remedio está en el retorno al Alma.

Para aprender cómo volver al Alma ¿de qué manera encontraremos el método? ¡No por medio de las leyes! Ninguna ley administrativa, ninguna ley, promulgada por rey o legislador, nos enseñará dónde está el camino para descubrir más Alma. Esto solamente pueden hacerlo las almas mismas. Cuando haya unos cuantos en el mundo que posean las verdaderas características del Alma serán como pequeños soles, brillando en todas direcciones para hacer ver a los demás la grandeza del Alma.

La solución al problema de cada país está en que un pequeño número, un millar a lo más, se decidan a buscar el Alma, a afirmarse en el Alma y no en las riquezas. Estos pocos serán al principio notados, escarnecidos y ridiculizados. Pero serán comprendidos después de un tiempo y con su modo predicarán y propagarán la gran doctrina de que el hombre viene a descubrir cuál es la naturaleza esencial del Alma en todas las cosas, en cada piedra, en cada arbusto, en cada ser humano que vive y sufre. Si las religiones del mundo se combinaran hoy para predicar la doctrina de que el hombre es eterno, que su vida aquí tiene un único objetivo, descubrir algo de la belleza de la vida en el más allá, que esta vida es nada más que la antecámara para otra cosa, que esta vida con sus miserias y tristezas es pasajera y tiene una sola utilidad a saber: que podamos descubrir lo Perfecto, lo Eterno, lo Bello y la Felicidad.

Si la religión enseñara esto, si todas las religiones se combinaran hoy para enseñar a la humanidad que el Alma es lo más grande en la vida, entonces la maquinaria económica del mundo que está ahora descompuesta volvería a ajustarse debidamente. Disminuir la lucha para todos, tal es la necesidad inmediata. Porque si cada individuo disminuyera su lucha por sí mismo, escogiendo, buscando, no en el mundo transitorio, sino en lo eterno, poco a poco su ejemplo sería seguido por millares y en vez de “acelerar” la vida la retardaríamos hasta tener bastante tiempo para descubrir el alma en las pequeñas cosas de la vida, hasta ver una sola cosa: lo Esencial en la eternidad. Ir a cualquier parte del mundo y ver y leer el Uno en todas las cosas, esto es la Vida. Cuando el hombre encuentre el Uno en toda la existencia, encontrará el Uno en todas las cosas. ¿No está el océano reflejado en una gota de rocío? ¿No está toda la belleza del mundo en una florecilla silvestre? ¿No tenemos la divinidad del Cristo y de Krishna en el rostro de un niño?

Estas son las verdades que el mundo necesita hoy para la humanidad, y solo si comprendemos que al descubrir el Alma de las cosas descubrimos el Todo, descubriremos, según mi entender, el remedio para el Mundo Angustiado de hoy.

 

 

 

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