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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 140 - Número 08 -  Mayo 2019  (en Castellano)

 
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“¿Qué es la Verdad?”

H. P. Blavatsky

HPB (1831-91) co-fundadora de la  Sociedad Teosófica, junto con el Coronel H. S. Alcott y otros,

 en la ciudad de  Nueva York en 1875.

Reimpreso de Collected Writings (Recopilación de Escritos), Vol. 9, p.30

 

 

La Verdad es la voz de la Naturaleza y del Tiempo,
La Verdad es el consejero asombroso
dentro de nosotros,
Nada está destituido de ella, procede de las estrellas,
Del áureo sol y de toda brisa que sopla… “

W. Thompson Bacon[1]

 

El sol inmortal de la Hermosa Verdad
A veces se esconde en las nubes, no porque su luz
Sea, en sí, defectuosa; sino que la oscurecen
Mi débil prejuicio, la fe imperfecta
Y todas las millares de causas que obstaculizan
El crecimiento de la bondad [...]

Hannah More[2]

 

 "¿Qué es la Verdad?" preguntó Pilatos a quien debía conocerla, si las pretensiones de la Iglesia Cristiana son, aunque sea, aproximadamente correctas. Sin embargo, él permaneció en silencio. Así, la verdad que no divulgó, se quedó sin revelarse tanto para sus seguidores como para el gobernante romano. El silencio de Jesús en esta y en otras ocasiones, no impide a sus actuales acólitos actuar como si hubiesen recibido la Verdad última y absoluta, y de ignorar el hecho de que se les proporcionó ciertas Palabras de Sabiduría que contenían una porción de la verdad, la cual se ocultaba en parábolas y dichos hermosos aunque oscuros.[3]

 

Esta actitud condujo, gradualmente, al dogmatismo y a la afirmación. Dogmatismo en las iglesias, en la ciencia y en todas partes. Las verdades posibles, vagamente percibidas en el mundo de la abstracción, análogamente a aquellas inferidas mediante la observación y el experimento en el mundo de la materia, se imponen, bajo la forma de revelación Divina y autoridad Científica, a las muchedumbres profanas, excesivamente atareadas para pensar con su propia cabeza. Sin embargo, la misma pregunta quedó en suspenso desde los días de Sócrates y Pilatos, hasta nuestra edad de negación completa. ¿Existe algo de verdad absoluta en las manos de algún grupo o de algún ser humano? La razón responde: "que no puede ser posible." En un mundo tan finito y condicionado como es el del ser humano, no hay espacio para la verdad absoluta tocante a ningún tema. Sin embargo, existen verdades relativas y debemos libar de ellas lo mejor que podamos.

 

En diferentes épocas hubo Sabios que fueron expertos en lo absoluto, pero sólo podían enseñar verdades relativas. Porque, ninguna prole de mujer mortal, en nuestra raza, ha divulgado, ni pudo haber divulgado, la verdad completa y final a otro ser humano, en cuanto todo individuo debe encontrar este conocimiento final en sí mismo. Como no hay dos mentes absolutamente idénticas, cada una debe recibir la iluminación suprema mediante sus esfuerzos, en consonancia con sus capacidades y no por conducto de una luz humana. La cantidad de Verdad Universal que el sumo adepto viviente puede revelar, depende de la capacidad asimilativa de la mente a la que está imprimiendo, la cual no puede ir más allá de su habilidad receptiva. Tantos hombres, tantas afirmaciones, es una verdad inmortal.

 

El sol es uno, sin embargo sus rayos son incontables y los efectos producidos son benéficos o maléficos según la naturaleza y la constitución de los objetos sobre los cuales brilla. La polaridad es universal, pero el polarizador yace en nuestra conciencia. Nosotros, los seres humanos, asimilamos la verdad suprema de manera más o menos absoluta, en proporción al ascenso de nuestra conciencia hacia ella. Todavía, la conciencia humana es simplemente el girasol de la tierra. La planta, añorando los rayos cálidos, sólo puede dirigirse hacia el sol y circunvalar a su alrededor siguiendo la trayectoria de la estrella inasequible: sus raíces la mantienen anclada al suelo y mitad de su vida transcurre en la sombra.

 

Sin embargo, cada uno de nosotros puede alcanzar, relativamente, el Sol de la Verdad aún en esta tierra y asimilar sus rayos más cálidos y directos a pesar del estado diferenciado en que puedan tornarse después de su largo viaje a través de las partículas físicas del espacio. A fin de alcanzar esto, existen dos métodos. En el plano físico podemos usar nuestro polariscopio mental y, analizando las propiedades de cada rayo, escoger el más prístino. Para arribar al Sol de la Verdad, en el plano de la espiritualidad, debemos trabajar con ahínco para el desarrollo de nuestra naturaleza superior. Sabemos que al paralizar gradualmente dentro de nosotros los apetitos de la personalidad inferior, sofocando entonces la voz de la mente puramente fisiológica, la cual depende y es inseparable de su medio o vehículo, el cerebro orgánico, el ser animal en nosotros puede hacer espacio a lo espiritual y, una vez levantado de su estado latente, los sentidos y las percepciones espirituales más elevadas crecen y se desarrollan en nosotros, en proporción y pari passu con el "ser divino." Esto es lo que los grandes adeptos, yoguis orientales, místicos occidentales han hecho siempre y aún continúan haciendo.

 

Ahora bien, como la verdad es una joya polifacética, cuyos aspectos son imposibles de percibir todos a la vez y como no existen dos hombres, a pesar de su ansia por discernir la verdad, capaces de ver, siquiera una de estas facetas de manera similar, ¿qué podemos hacer para ayudarlos a percibirla? Ya que el ser físico, cuyas ilusiones lo limitan y obstaculizan por todos lados, no puede alcanzar la verdad mediante la luz de sus percepciones terrenales, decimos: desarrollen vuestro conocimiento interno.

 

Desde el período en el cual el oráculo délfico dijo al investigador: "Hombre, conócete a ti mismo," no se ha enseñado una verdad más grande o más importante. Sin tal percepción, el ser humano permanecerá, para siempre, ciego a muchas verdades relativas por no mencionar la absoluta. El hombre debe conocerse a sí mismo: adquirir las percepciones internas que nunca engañan, antes de que domine alguna verdad absoluta. La verdad absoluta es el símbolo de la Eternidad y ninguna mente finita podrá jamás asir lo eterno. Por lo tanto, ninguna verdad podrá descender a ella en su totalidad. Para alcanzar el estado durante el cual el ser humano la ve y la percibe, debemos paralizar los sentidos del hombre externo de arcilla. Se nos dirá que ésta es una tarea complicada y, en tal coyuntura, la mayoría de las personas preferirá, indudablemente, satisfacerse con verdades relativas.

 

Pero, acercarse aún a verdades terrenales exige, en primer lugar, amor hacia la verdad por la verdad misma, de otra manera no se le podrá reconocer. En esta época, ¿quién ama a la verdad por la verdad misma? ¿Cuántos, entre nosotros, están preparados a buscarla, aceptarla y ponerla en práctica, en una sociedad en que cualquier cosa que tenga éxito debe construirse en las apariencias y no en la realidad, en el egocentrismo y no en el valor intrínseco? Estamos completamente conscientes de las dificultades que se interponen en el camino para recibir la verdad. La doncella de belleza celestial desciende sólo a un terreno adecuado, al suelo de una mente imparcial, sin prejuicios e iluminada por la pura Conciencia Espiritual, y ambos son raros habitantes en las tierras civilizadas.

 

En nuestro siglo de vapor y electricidad, en el que el ser humano vive a una velocidad febril, dejándole muy poco tiempo para la reflexión, por lo general se deja ir a la deriva de la cuna a la tumba, clavado a la cama de Procuste de las usanzas y convencionalismos. Ahora bien, el convencionalismo puro y simple es una mentira congénita, ya que, en cada caso, es una "simulación de los sentimientos según un patrón recibido" (definición de F. W. Robertson) y donde hay alguna simulación, no puede haber ninguna verdad. Aquellos obligados a vivir en la atmósfera sofocante del convencionalismo social y que, aún cuando deseen y añoren aprender, no osan aceptar las verdades que anhelan por temor al Moloch feroz llamado sociedad, saben muy bien cuán honda es la observación de Byron según el cual: "la verdad es una joya que se encuentra a gran profundidad, mientras, en la superficie de este mundo, se sopesan todas las cosas mediante las falsas escalas de la costumbre."

 

Que el lector mire a su alrededor; que estudie los relatos de viajeros de fama mundial, que tenga presente las observaciones conjuntas de pensadores literarios, los datos científicos y estadísticos. Que elabore, en su vista mental, un esbozo general de la imagen de la sociedad, la política, la religión y la vida moderna. Que recuerde las usanzas y las costumbres de todas las razas cultas y naciones bajo el sol. Que observe el comportamiento y la actitud moral de la gente en los centros civilizados europeos y americanos y hasta del lejano oriente y de las colonias, en cualquier lugar donde el hombre blanco ha transportado los "beneficios" de la llamada civilización.

 

Ahora bien, después de haber pasado revista a todo esto, que se detenga y reflexione y luego que nombre, si puede, aquel El Dorado bendito, aquel lugar excepcional en el globo, donde la Verdad es la invitada de honor, mientras la Mentira y el Engaño son los marginados so pena de ostracismo, y constatará que no puede. Pero nadie podrá, a menos que esté preparado y determinado a agregar su fragmento a la masa de falsedades que reina suprema en cada departamento de la vida nacional y social. "¡La Verdad!" clamó Carlyle, "la verdad, a pesar de que los cielos me aplasten por seguirla y no la falsedad, no obstante que todo el reino celestial fuese el premio de la Apostasía."

 

Estas son nobles palabras. Sin embargo, ¿cuántos piensan y osarían hablar como Carlyle, en nuestro siglo XIX? ¿Acaso no prefiere, la gigantesca y pasmosa mayoría, el "paraíso de los perezosos," el país del egoísmo cruel? Esta es la mayoría que se retira llena de pánico ante el esbozo más nebuloso de cada nueva verdad impopular, inducida por un simple miedo cobarde, no sea que el señor Harris denunciara y la señora Grundy condenara a sus paladines a la tortura infligida por su lengua asesina, la cual desmenuza gradualmente.

 

El Egoísmo es el primogénito de la Ignorancia y el fruto de la enseñanza según la cual por cada recién nacido se "crea" una nueva alma, separada y distinta del Alma Universal. Este egoísmo es la pared inexpugnable entre el Ser personal y la Verdad. Es la madre prolífica de todos los vicios humanos, la mentira nace de la necesidad de disimular, mientras la hipocresía procede del deseo de encubrir la mentira. Es el hongo que crece y se refuerza con la edad en cada corazón humano en el cual ha devorado todos los mejores sentimientos.

 

El egoísmo mata todo impulso noble en nuestras naturalezas y es la deidad que no teme, por parte de sus acólitos, la falta de fe o la deserción. Por lo tanto, vemos que reina supremo en el mundo y en la llamada sociedad de rango. Consecuentemente, vivimos, nos movemos y existimos en esta deidad de la oscuridad bajo su aspecto trinitario de engaño, hipocresía y falsedad, llamado RESPECTABILIDAD.

 

¿Es esto verdad de hecho o es calumnia? Podéis dirigiros hacia cualquier dirección y discerniréis que, desde el escaño más alto de la escala social hasta el más bajo, el engaño y la hipocresía operan para beneficio del querido Ego en toda nación y en cada individuo. Sin embargo, las naciones, por acuerdo tácito, han determinado que los motivos políticos egoístas deberían llamarse: "noble aspiración nacional, patriotismo", etc.; mientras el ciudadano los considera, en su círculo familiar, como "virtud doméstica." A pesar de todo, el Egoísmo, que alimenta el deseo de extensión territorial o la competencia comercial a expensas del prójimo, jamás se podrá considerar como una virtud.

 

Vemos que al ENGAÑO perpetrado con panegíricos y a FUERZA BRUTA, el Jachin y el Boaz de todo Templo Internacional de Salomón, se le llama Diplomacia, mientras nosotros les damos su nombre adecuado. ¿Deberíamos aplaudir al diplomático que, postrándose ante estas dos columnas de gloria nacional y de política, pone su simbolismo masónico en práctica diariamente: "esta casa mía se establecerá a la fuerza (astuta)" y obtiene, con el engaño, lo que no puede alcanzar a la fuerza? La siguiente calificación del diplomático: "destreza o habilidad en asegurarse las ventajas" para su propio país a expensas de otros, no puede alcanzarse diciendo la verdad; sino hablando de manera astuta y engañosa. Por lo tanto, la revista Lucifer llama a esta acción una Mentira viviente y ostensible.

 

Sin embargo, no es solamente en la política donde, la costumbre y el egoísmo han avenido en llamar virtud al engaño y a la patraña, recompensando a aquel que sabe mentir mejor en público. Cada una de las clases en la sociedad vive en la MENTIRA y se derrumbaría sin ella. La aristocracia culta y temerosa de Dios, estando prendada del fruto prohibido como cualquier plebeyo, se ve obligada a mentir constantemente a fin de encubrir lo que le gusta llamar sus "pecadillos," al paso que la Verdad los considera inmoralidad burda.

 

La sociedad de la clase media rebosa de falsas sonrisas, palabras mentirosas y engaños mutuos. Para la mayoría, la religión se ha convertido en un sutil velo arrojado sobre el cadáver de la fe espiritual. El patrón va a la iglesia para engañar a sus sirvientes; el cura hambriento, predica lo que ya ha cesado de creer, embauca a su obispo, quien, a su vez, burla a su Dios.

 

Diarios políticos y sociales podrían adoptar como lema la pregunta inmortal de George Dandin, y aún beneficiarse: Lequel de nous deux trompe-t-on ici? ¿"Quién es engañado aquí? "Incluso la ciencia, en un tiempo la tabla de salvación de la Verdad, ha cesado de ser el templo del Hecho escueto. Casi todos los científicos se esfuerzan sólo por imponer a sus colegas y al público, la aceptación de alguna idea personal predilecta, de alguna teoría recién elaborada, que dará lustre y fama a su nombre. Un científico está tan pronto a suprimir evidencias que podrían dañar una hipótesis científica corriente, como un misionero en tierras paganas o un predicador en su patria persuade a su congregación de que la geología moderna es una mentira y la evolución es puramente una vanidad y una aberración del espíritu. 

 

Al resumir la idea concerniente a la verdad absoluta y relativa, cabe repetir sólo lo que ya hemos dicho. Fuera de cierto estado mental altamente elevado y espiritual durante el cual el Hombre es Uno con la Mente Universal, lo más que él podrá captar en cualquier religión o filosofía serán verdad o verdades relativas. Aun cuando la diosa que se alberga en el fondo del pozo, saliera de su lugar de cautiverio, no podría transmitir al ser humano más de lo que él puede asimilar.

 

Entretanto, todos nosotros podemos sentarnos en las inmediaciones del pozo, cuyo nombre es Conocimiento y, atisbando en las profundidades, esperar ver, al menos, el reflejo de la hermosa imagen de la Verdad en las aguas oscuras. Sin embargo, según la observación de Richter, esto presenta un cierto peligro. Por supuesto, de vez en cuando, alguna verdad puede reflejarse, como en un espejo, en el sitio donde estamos observando, recompensando, entonces, al paciente estudiante. Pero el pensador alemán agrega: "He oído que algunos filósofos en pos de la Verdad, a fin de tributarle un homenaje, han visto su propia imagen en el agua, acabando por adorar a ésta en lugar de la verdad."

 

A fin de evitar tal calamidad, la cual se ha abatido sobre todo fundador de escuela religiosa o filosófica, los editores se dedican, con esmero, a no ofrecer al lector sólo esas verdades que encuentran reflejadas en sus cerebros personales. Entregan al público una amplia gama de elección y rechazan mostrar fanatismo e intolerancia, que son las indicaciones principales a lo largo de la senda del sectarismo. A la par que dejamos el margen más extenso posible para el cotejo, nuestros oponentes no pueden esperar encontrar sus caras reflejadas en las aguas prístinas de nuestro Lucifer, sin que las acompañen ciertas observaciones o una justa crítica referente a los aspectos prominentes de sus doctrinas, si contrastan con las concepciones teosóficas.

 

Sin embargo, todo esto se circunfiere dentro de la revista pública y abarca sólo el aspecto meramente intelectual de las verdades filosóficas. En lo que concierne a las creencias más espirituales y casi podríamos decir religiosas, ningún verdadero teósofo debería degradarlas sometiéndolas a la discusión pública, sino que debería atesorarlas y esconderlas en las reconditeces del santuario más interno de su alma. Tales creencias y doctrinas no deberían exponerse imprudentemente porque corren el riesgo inevitable de que las personas indiferentes y críticas las traten de forma áspera, profanándolas. Ni deberían incorporarse a ninguna publicación excepto como hipótesis ofrecidas a la consideración del público pensante. Las verdades teosóficas, una vez que transcienden un cierto límite de especulación, es mejor que permanezcan escondidas al público, ya que "la prueba de las cosas no vistas" no es una prueba salvo para aquel que la ve, la oye y la percibe. No debe arrastrarse fuera del "Sanctum Sanctorum," el templo del Ego divino e impersonal o el Yo que se alberga dentro; ya que, mientras la percepción de todo hecho externo puede ser, como ya hemos demostrado, en la mejor de las hipótesis, sólo una verdad relativa, un rayo de la verdad absoluta puede reflejarse únicamente en el espejo inmaculado de su propia llama, nuestra Conciencia Espiritual superior. ¿Cómo puede, la oscuridad (de la ilusión), comprender la Luz que brilla dentro de ella?

 

Lucifer, Octubre de 1888

 


 

Notas


 

[1] “Thoughts in Solitude.”

[2] Daniel: A Secred Drama, Parte II.

[3] Jesús dice a los "Doce": "A vosotros se os da el misterio del Reino de Dios, sin embargo, para ellos que están fuera, todas las cosas se les expresan en parábolas, " etc. (Marcos iV. II.)


Véase el breve artículo "Autoconcentrismo" tocante a la misma "filosofía," o el ápice de la pirámide Hilo-Idealista en este número. Es una carta de protesta que el erudito Fundador de la Escuela en cuestión nos envió para impugnar un error nuestro. Se queja por el hecho de que "acopiamos" su nombre con los de Spencer, Darwin, Huxley y otros, en lo concerniente al asunto del ateísmo y del materialismo; ya que el Doctor Lewins considera estas luces de las ciencias psicológicas y físicas excesivamente fatuas, "transigentes" y débiles para merecerse el honorable título de ateos o aún agnósticos.

 

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