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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 140 - Número 08 -  Mayo 2019  (en Castellano)

 
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La difícil verdad  

 

Tim Boyd

 

Hay dos frases, una es una plegaria y la otra una afirmación, con la que los miembros de la Sociedad Teosófica (ST) estamos muy familiarizados. La plegaria es conocida como el Mantra Pavamäna: “De lo irreal condúceme a lo Real. De la obscuridad condúceme a la Luz. De la muerte condúceme a la Inmortalidad”.

Para aquellos miembros de la ST que no sean originarios de la India, normalmente la primera vez que se encuentran con esta plegaria es en la página siguiente a la dedicatoria del librito, A los Pies del Maestro, de J. Krishnamurti. Es una plegaria anterior a Jesús y a Buda, con una antigüedad de entre 2600 y 3000 años.

La segunda frase es el lema de la propia ST: satyän nästy paro dharma. Traducido de diversas formas, viene a decir:”no hay dharma o doctrina más elevada que sat, (la Verdad)”. No hay ninguna ley, ni estudio, ni sacrificio, ni religión, ni ritual, nada que sea más elevado que sat-- la Realidad. La traducción preferida y adoptada por la ST es: “no existe religión más elevada que la Verdad”. El enfoque siempre ha sido señalarnos la dirección hacia la verdad, e intentar entender aquello que nuestra capacidad nos permita.

En Isis sin Velo, H.P. Blavatsky (HPB) escribía sobre nuestro deseo de conocer la Verdad. Y citaba a Edward William Cox, entonces Presidente de la Sociedad Psicológica de Londres, que decía:”No hay una falacia más letal que aquella que dice que la verdad prevalecerá por su propia fuerza, que basta con verla para abrazarla”. Y continúa la cita: “De hecho, el deseo  por la verdad real existe en muy pocas mentes y la capacidad para distinguirla es aún menor.” Sin embargo irresistiblemente continuamos buscando aquello que, necesariamente, se encuentra más allá de nuestro alcance.

Esta inexorable búsqueda de la verdad es quizás una de las razones por las que en el libro A los pies del Maestro la primera de las cuatro cualidades necesarias para seguir el sendero espiritual es la discriminación o discernimiento.

La condición inicial es el discernimiento entre lo irreal y lo Real, y entre lo correcto y lo erróneo. En la etapa de nuestro desarrollo en la que descubrimos la intención significativa de cultivar el discernimiento, ya está bastante bien enraizado en nosotros un sentido de lo recto y de lo erróneo.

El lenguaje en el que Krishnamurti expresaba estas cuatro cualificaciones era el lenguaje de un chico de catorce años, muy directo, inocente y sin contaminar. Sin embargo, los pensamientos que leemos en A los Pies del Maestro no eran el producto de una consciencia madura y plenamente desarrollada. Krishnamurti reproducía las palabras que le habían sido transmitidas mientras su cuerpo dormía y él recibía instrucción de su Maestro. Era una repetición de lo que había recibido durante su juvenil instrucción a los pies de su Maestro.

HPB señala que en nuestra búsqueda del autoconocimiento, el primer requisito, en cualquier intento serio, es que nos hagamos profundamente conscientes de la ignorancia, no sólo de la ignorancia del mundo, sino que debemos ser conscientes, en cada fibra de nuestro corazón, de que estamos continuamente auto engañándonos.

No se trata, pues, solamente de la ignorancia del mundo. La Verdad, en el sentido de la Realidad última, no es algo que percibamos. Aunque la Verdad no tiene limitaciones, nuestra capacidad para percibirla está profundamente limitada. Así que terminamos buscando “verdades”, expresiones  limitadas de una realidad mayor, en nuestra tentativa de descubrir la Verdad. Parece que no existiera un camino hacia ella.

Si miramos hacia atrás en nuestra vida, descubrimos que nuestra percepción de lo que es real y verdadero ha ido cambiando a lo largo del tiempo. Es bien conocida la expresión “cuando yo era niño, pensaba como un niño”, pero a medida que se despliega nuestra conciencia “dejamos las niñerías”. Nuestra percepción y capacidad para captar lo que es verdadero varía a lo largo del tiempo.

Recuerdo la primera vez que me pidieron que diera una conferencia teosófica. Me preparé como era de esperar: investigué, busqué libros sobre el tema, hice fichas con mis notas—las cosas que quería compartir con los demás. Llegó el momento de ponerme ante el público y hablar. Expuse aquello que había anotado y, al parecer se recibió bastante bien, por lo que la repetí pronto en otro lugar. Según recuerdo, el tema era la Iniciación, un tema muy amplio. Sabía citar de memoria las diferentes etapas de la Iniciación, dar sus nombres en Sánscrito, relacionarlos con las escrituras del mundo, etc. Todo ello era verdad. Sin embargo, no tenía la experiencia de hablar con ninguna autoridad interna. Todo se basaba en la autoridad de quienes yo consideraba poseedores de una experiencia y comprensión más profundas.

Si me pidieran dar aquella conferencia hoy día, no podría hacerlo, no porque los hechos serían distintos, sino porque ya no serían verdaderos para mí. El gran místico Kabir decía que si no habíamos vivido algo, no era verdadero para nosotros. Por muy bien que lo investiguemos, hasta que no hemos incorporado algo en nuestro ser, no alcanza el nivel de verdadero.

La Verdad es muy difícil de comprender; tal vez tenemos más a nuestro alcance verdades.

Nuestra continua aproximación a la verdad tiene que ser, necesariamente, un esfuerzo de refinamiento con el que estemos comprometidos a cada instante.

 

 

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